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Que Dolor Me Da Quererte

Que Dolor Me Da Quererte

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.

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Capítulo 8: La semana decisiva

La amenaza de don Rodrigo Montenegro colgó sobre la casa de don Justo como una nube negra. Los siete días que les habían dado se convirtieron en una cuenta regresiva que ninguno de los dos mencionaba abiertamente, pero que ambos sentían en cada mirada, en cada suspiro, en cada abrazo que se daban al despedirse por la noche.

Sebastián intentó mantener la rutina. Seguía levantándose al amanecer, ayudando a don Justo en el huerto, ordeñando las vacas y reparando lo que hiciera falta. Pero sus movimientos eran más lentos, sus silencios más largos. Lucía lo observaba desde la ventana mientras lavaba los platos, y su corazón se rompía al verlo así. Sabía que estaba luchando una batalla interna entre el deber hacia su familia y el amor que sentía por ella.

—No tienes que quedarte por mí —le dijo una tarde, mientras descansaban a la sombra del viejo árbol de mango—. Si tu familia te necesita, puedes irte. Yo te esperaré.

Sebastián la miró con incredulidad.

—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó, tomando su rostro entre las manos—. Eres lo único que tengo, Lucía. Lo único que realmente importa.

—Pero tu padre dijo que perderías todo —insistió ella, con lágrimas en los ojos—. Tu herencia, tu apellido, tu futuro. No puedo pedirte que sacrifiques eso por mí.

—No me estás pidiendo nada —respondió él, con voz firme—. Yo lo elijo. Y no hay fortuna que valga más que tu sonrisa.

Lucía lo abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su pecho. Quería creerle. Quería que todo fuera tan simple como sus palabras. Pero el miedo se había instalado en su corazón, y no se iba a ir tan fácilmente.

Mientras tanto, en el pueblo, los rumores comenzaron a correr. La gente hablaba del joven citadino que había desafiado a su poderosa familia por una campesina. Algunos lo admiraban; otros lo llamaban tonto. Y Elena, por supuesto, aprovechaba cada oportunidad para avivar el fuego.

—¿Han oído? —decía en la tienda de abarrotes—. La familia de Sebastián le ha dado una semana para que regrese. Si no lo hace, lo desheredarán. Y entonces se quedará sin nada, sin dinero, sin futuro. ¿Creen que Lucía querrá seguir con él cuando sea pobre?

La gente murmuraba, y las palabras de Elena llegaban a oídos de don Justo. El viejo campesino, aunque había comenzado a aceptar a Sebastián, no podía evitar preocuparse por el futuro de su hija. ¿Qué pasaría si el joven se quedaba sin recursos? ¿Podría realmente mantener a Lucía en el campo? ¿O terminaría arrepintiéndose y abandonándola?

Una noche, don Justo llamó a Lucía a su habitación. La encontró sentada en su cama, con la mirada perdida en la oscuridad.

—Hija —dijo, sentándose a su lado—, necesito hablar contigo.

—Dime, papá.

—¿Estás segura de lo que haces? —preguntó, con una suavidad que no solía mostrar—. Ese muchacho lo está dejando todo por ti. ¿Y si algún día se arrepiente? ¿Si te culpa por haber perdido su fortuna?

Lucía lo miró a los ojos, y por primera vez, su padre vio una determinación que no sabía que existía en ella.

—Si se arrepiente, entonces no era el hombre que creía que era —respondió—. Pero confío en él, papá. Confío en su amor.

Don Justo suspiró. No podía discutir con esa certeza.

—Está bien —dijo, acariciando su cabeza—. Entonces confío en ti.

En el granero, Sebastián no podía dormir. Daba vueltas en el catre, pensando en las palabras de su padre. Recordaba su infancia, los momentos en que don Rodrigo lo llevaba a las oficinas, los consejos sobre los negocios, la presión constante para ser perfecto. Nunca había sido un hijo querido, sino un heredero. Algo que debía cumplir con su deber para mantener el apellido Montenegro en lo más alto.

Y ahora, por primera vez en su vida, estaba eligiendo algo por sí mismo. Algo que no tenía que ver con el dinero ni con el poder. Y eso, aunque aterrador, también era liberador.

Al amanecer del sexto día, un nuevo visitante llegó al campo. No era un coche lujoso, sino una camioneta vieja y polvorienta. De ella bajó un hombre joven, de rasgos parecidos a Sebastián, pero con una sonrisa más cálida y una mirada menos severa. Era Mateo, el hermano menor de Sebastián.

—¡Mateo! —exclamó Sebastián al verlo, corriendo a abrazarlo—. ¿Qué haces aquí?

—Papá me envió —dijo Mateo, con una sonrisa irónica—. Dice que soy el único que puede hacerte entrar en razón. Aunque, para ser sincero, creo que quiere que te convenza de volver.

Sebastián rió, pero había amargura en su risa.

—¿Y tú qué piensas?

Mateo lo miró a los ojos, y por un instante, su sonrisa se borró.

—Yo pienso que eres un hombre adulto, y que puedes tomar tus propias decisiones. Pero también pienso que papá tiene razón en algo: no sabes lo que es vivir sin dinero. Te has criado con todo, Sebastián. Nunca has pasado hambre, nunca has tenido que preocuparte por pagar una cuenta. ¿Estás seguro de que quieres eso para tu vida?

Sebastián guardó silencio. Su hermano, aunque menor, siempre había sido más sensato que él. Y sus palabras, aunque duras, eran ciertas.

—La amo, Mateo —dijo finalmente—. Y no puedo imaginarme una vida sin ella.

Mateo asintió, comprendiendo.

—Entonces tienes que estar seguro. Porque si te quedas, no habrá vuelta atrás.

Sebastián miró hacia la casa, donde Lucía lo observaba desde la ventana. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, cualquier duda que pudiera tener desapareció.

—Estoy seguro —dijo—. Más que nunca.

Mateo suspiró, pero no insistió. En cambio, extendió la mano y la estrechó con fuerza.

—Entonces te apoyaré. Siempre.

Esa noche, Mateo se quedó a cenar. Conoció a Lucía y a don Justo, y aunque el viejo campesino desconfiaba de todo lo que llevara el apellido Montenegro, el joven Mateo supo ganárselo con su simpatía y su respeto.

—Es usted un buen hombre, señor Justo —dijo Mateo—. Y su hija es una mujer maravillosa. Ahora entiendo por qué mi hermano está tan enamorado.

Don Justo sonrió, por primera vez en mucho tiempo.

—Gracias, muchacho. Ojalá todos los de tu familia fueran como tú.

Pero el séptimo día llegó, y con él, la hora de la verdad. Un coche negro apareció en el camino, pero esta vez no traía a Victoria ni a don Rodrigo. Traía a un abogado, un hombre de traje gris que llevaba un maletín lleno de documentos.

—Señor Sebastián —dijo el abogado, con tono profesional—. Su padre me ha enviado para que usted firme estos papeles. Si decide quedarse, renunciará a todos sus derechos como heredero de la fortuna Montenegro. Si decide volver, solo tiene que subir al coche y olvidarse de este lugar.

Sebastián tomó los papeles y los leyó lentamente. Cada palabra era un golpe, una renuncia a todo lo que había conocido. Pero al final, solo había una verdad: su amor por Lucía era más fuerte que cualquier herencia.

Tomó la pluma y, sin dudar, firmó.

—Ya está —dijo, devolviendo los papeles—. Hecho.

Lucía, que había observado desde la puerta, corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Te quiero —susurró, con lágrimas de felicidad—. Te quiero más que a nada.

—Y yo a ti —respondió él, abrazándola con la misma fuerza—. Siempre.

El abogado guardó los papeles y se fue, dejando atrás a un Sebastián libre, aunque pobre.

Pero esa noche, mientras celebraban, nadie notó que Elena observaba desde la oscuridad, con los ojos llenos de odio.

—No importa —susurró—. Aún tengo un as bajo la manga.

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Monica Liliana Broudiscou
estuvo muy buena, me gustó mucho, muchas felicitaciones🥰👏👏👏👏👏
Lis
🐍
valeska garay campos
bella historia
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