Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Reacciones.
La vida de Adara Lobo se había convertido en un peligro delicioso. Uno que no pensaba detener porque después de aquella segunda vez con Cedric Becker todo había empeorado de la manera más adictiva posible, porque él tenía razón, ella lo llamaría y lo hizo tres días después...
Y luego.ensajes a medianoche. Llamadas cortas cargadas de tensión y palabras sucias. Fotos insinuantes. Provocaciones descaradas. Y encuentros furtivos que parecían incendiar todo lo que tocaban.
No importaba en qué país estuvieran.
No importaba si Cedric tenía reuniones con la organización alemana o si Adara debía quedarse hasta tarde revisando contratos y estrategias empresariales junto a su tía Nelly y él resto del equipo de trabajo.
Siempre terminaban buscándose como dos malditos adictos.
A veces era él quien aparecía en Italia bajo la excusa de negocios con la familia Lobo.
Otras veces era ella quien viajaba a Alemania porque “extrañaba a sus sobrinos”.
Mentira.
Bueno… a medias. Porque sí extrañaba a los trillizos, pero también extrañaba las manos de Cedric recorriéndole el cuerpo como si le perteneciera y eso empezaba a asustarla.
Por eso se había mudado sola apenas unas semanas atrás.
Un enorme apartamento moderno en Florencia con ventanales inmensos, acabados minimalistas y seguridad privada las veinticuatro horas. Oficialmente lo había hecho porque necesitaba independencia y privacidad para enfocarse mejor en su trabajo dentro del conglomerado empresarial de los Lobo.
Extraoficialmente… Porque ya le estaba dando miedo cómo reaccionaba su cuerpo cada vez que el nombre de Cedric aparecía en la pantalla de su celular.
El problema era que seguía convenciéndose de lo mismo una y otra vez:
No era amor.
Solo deseo.
Solo pasión.
Solo química.
Nada más.
Eso se repetía constantemente mientras terminaba encerrada entre los brazos de aquel alemán de ojos peligrosos que parecía capaz de hacerla olvidar hasta su propio nombre.
—Hexe… —la voz grave de Cedric sonó a través del teléfono aquella madrugada—. Te extraño.
Adara, acostada completamente sola sobre las sábanas blancas de su habitación, sonrió apenas mientras observaba las luces de Florencia desde el ventanal.
—¿Extrañas mi encantadora personalidad o mi cuerpo?
Del otro lado hubo una risa baja, masculina y peligrosa.
—Tu cuerpo definitivamente no sabe comportarse.
Adara mordió apenas su labio inferior.
—El tuyo tampoco.
Silencio, pero no uno incómodo. Uno cargado como si ambos estuvieran imaginando exactamente lo mismo.
—Tengo ganas de verte —dijo él finalmente —Necesito saborear tu c0ño, tus t3tas...
Ella cerró los ojos apenas un segundo.
Maldito hombre.
Porque bastaba escucharlo para que algo dentro de ella reaccionara.
—Voy este fin de semana a Alemania.
—¿Por negocios?
—No.
Cedric sonrió al otro lado de la línea.
—Entonces vienes por mí.
Y la peor parte era que probablemente tenía razón.
…
El sábado por la tarde el enorme parque de diversiones parecía completamente tomado por los Becker.
Los trillizos corrían emocionados de un lado a otro mientras Stella intentaba decidir qué juego quería probar primero. Helmut llevaba una gorra negra al revés idéntica a la de su padre. Giulia tenía algodón de azúcar pegado en la mejilla. Y Giada ya iba por el segundo helado del día.
Adara caminaba junto a Cedric mientras observaban el caos infantil con una mezcla de resignación y diversión.
—Tu sobrino acaba de amenazar a otro niño porque intentó colarse en la fila —comentó Cedric.
—Eso es liderazgo.
—Eso es comportamiento mafioso.
—Es un Becker-Lobo. ¿Qué esperabas?
Cedric soltó una carcajada baja.
Dios.
Ese hombre riéndose debería estar prohibido.
Vestía completamente de negro como siempre; camiseta ajustada, gafas oscuras y esa postura relajada que no conseguía ocultar el peligro que representaba. Incluso rodeados de niños y familias normales seguía viéndose como el tipo de hombre que podía ordenar una ejecución sin alterar el pulso.
Y aun así… Ahí estaba.
Comprándole churros a Stella mientras Giulia le colgaba del brazo.
Era absurdamente atractivo. Adara apartó la mirada antes de que él lo notara, muy tarde, Cedric ya la estaba observando con esa intensidad que parecía desnudarle hasta el alma.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Mentiroso.
Cedric se inclinó apenas hacia ella.
—Te queda bonito Alemania.
Adara rodó los ojos aunque el calor ya le había subido por el cuello.
—Y tú necesitas urgentemente dejar de coquetearme delante de los niños.
—No estoy coqueteando.
—Claro que sí.
—Hexe… —murmuró él divertido—. Si estuviera coqueteando contigo de verdad ya estarías sonrojada.
Ella abrió la boca para responderle algo venenoso, pero Helmut apareció interrumpiéndolos.
—¡Tía Adara! ¡Tío Cedric! ¡Vamos a la montaña rusa!
Ambos se giraron automáticamente.
Y luego ocurrió.
Porque Giulia los miró entrecerrando los ojos pequeños exactamente igual que Aurora cuando sospechaba algo.
—¿Por qué ustedes dos se miran así?
Cedric y Adara hablaron al mismo tiempo.
—¿Así cómo?
Los niños se miraron entre sí y fue Giada quien respondió primero con total inocencia:
—Como si estuvieran enamorados.
El silencio fue inmediato.
Adara sintió literalmente cómo el corazón le daba un golpe contra el pecho. Cedric se tensó apenas a su lado.
—Así se miran mamá y papá —añadió Helmut con naturalidad—. Papá mira a mamá como si quisiera besarla siempre.
—Y ustedes también hacen eso —confirmó Giulia muy segura de sí misma mientras mordía su helado.
Cedric carraspeó apenas y Adara quiso desaparecer.
—No estamos enamorados —respondieron ambos otra vez al mismo tiempo.
Los niños los miraron con clara desconfianza y luego Giada soltó la frase que terminó destruyéndolos:
—Entonces deberían dejar de mirarse raro.
Cedric soltó una risa seca mientras Adara literalmente quería lanzarse a la fuente más cercana y ahogarse ahí mismo porque lo peor de todo era que los niños no estaban tan equivocados.