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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La tregua del amanecer.

La tregua del amanecer.

La frase de Fred golpeó a Laura comoLa tregua del amanecer. un latigazo, y sus ojos se abrieron con una mezcla de incredulidad y furia contenida. Se incorporó lentamente, arropándose con la sábana como si fuera una armadura, y lo enfrentó con una mirada que nunca antes había dirigido a su esposo. "¿Mis obligaciones?", repitió con voz temblorosa pero firme, "¿Obligaciones dices? ¿Acaso firmé un contrato cuando me casé contigo, Fred? ¿Un contrato donde aceptaba que mientras yo te esperaba en casa, tú te entregabas a cualquier mujer que se cruzara en tu camino de negocios?"

Se levantó de la cama, descalza, sintiendo el frío de la madera bajo sus pies, y caminó hacia la ventana, apartando la cortina para ver el jardín perfectamente cuidado, ese jardín que ella misma había diseñado y que ahora parecía el escenario de una prisión dorada. "No soy una más de tus objetos, de tus colecciones, de tus conquistas. Soy tu esposa, o al menos eso creía.

Pero parece que para ti el matrimonio es solo una fachada, un título que te da respetabilidad mientras sigues viviendo como un soltero libertino." Fred la observaba desde la cama, la toalla aún ceñida a su cintura, y por un instante sus ojos perdieron la dureza habitual, pero se recuperó rápido, con ese gesto suyo de fruncir el ceño que precedía a sus decisiones más frías.

"No entiendes nada, Laura. Ese mundo no es como tú crees. Las reuniones, los acuerdos, la confianza que se construye en esos círculos no se negocian con apretones de mano solamente. Hay códigos, hay rituales, y sí, hay mujeres que forman parte de esos rituales. Pero ninguna de ellas significa nada para mí. Tú eres mi hogar, mi refugio, la única que realmente importa. ¿No puedes verlo? ¿No puedes entender que lo que hago allá afuera no tiene nada que ver con lo que siento por ti?" Laura se giró bruscamente, y las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a rodar por sus mejillas."

¿Entenderlo? ¿Cómo quieres que entienda que mientras yo duermo sola, tú estás en brazos de otras? ¿Cómo quieres que entienda que eso es parte de tu trabajo, cuando para mí el amor no es un trabajo, Fred, es un compromiso, es lealtad, es estar ahí aunque nada funcione, aunque todo se desmorone?" La habitación se llenó de un silencio denso, interrumpido solo por el goteo de la ducha que él había dejado abierta, y por el canto de los pájaros allá afuera, ajenos a la tormenta que se vivía dentro de esas paredes.

Fred dio unos pasos lentos hacia ella, y Laura instintivamente retrocedió hasta chocar con el marco de la ventana. Él levantó una mano para tocar su rostro, pero ella giró la cabeza, rechazando su caricia. "Sabes que siempre he sido honesto contigo", dijo él con una voz más suave, casi lastimera, "nunca te he mentido sobre quién soy, sobre el mundo al que pertenezco. Mi padre me crió para ser esto, para ser el Don, para llevar el apellido con el peso que conlleva. Y sí, he tenido mujeres, muchas, pero ninguna ha ocupado jamás el lugar que tienes tú en mi vida.

Cada vez que vuelvo a casa, cada vez que te veo dormir, sé que todo lo que hago afuera es solo negocio, es solo un juego de poder donde el cuerpo se usa como moneda. Pero contigo, Laura, contigo es diferente. Contigo he compartido mis miedos, mis dudas, mis sueños. Contigo he sido débil, y eso, para un hombre como yo, es el mayor acto de confianza que puedo ofrecer."

Laura lo miró entonces, y en sus ojos vio la sombra del niño que alguna vez fue, del joven que había heredado un imperio manchado de sangre antes de cumplir los veinte. Pero el dolor era más fuerte que la compasión, y sus palabras salieron como puñales. "No me pidas que agradezca que seas débil conmigo, Fred. No me pidas que me conforme con las migajas de tu afecto mientras repartes el resto entre otras. Anoche dormí en otra habitación porque no soportaba la idea de estar en esta cama, en nuestra cama, sabiendo que mientras yo lloraba por ti, tú estabas con otra. Y no me vengas con que es parte del negocio, porque el sexo no es negocio, Fred, es intimidad, es entrega, y al entregarte a ellas, me estás entregando a mí también, porque me estás vaciando del lugar que debería ser solo mío." Dio un paso al frente, esta vez ella hacia él, y su voz se quebró.

"¿Sabes lo que es despertar en mitad de la noche y sentir frío porque el cuerpo que debería abrazarte no está? ¿Sabes lo que es mirar al techo y preguntarte si hoy volverá, si hoy seré suficiente, si hoy valdré más que una maldita negociación?" Fred bajó la mirada, y por un momento, solo un momento, Laura vio algo que nunca había visto en él: vergüenza.

El silencio se alargó como una herida abierta, y Fred finalmente alzó la cabeza con una determinación nueva en sus ojos. "Tienes razón", dijo, y la palabra sonó tan extraña en sus labios que Laura contuvo el aliento, "tienes toda la razón, Laura. Soy un hombre acostumbrado a tomar lo que quiero, a imponer mis reglas, a creer que el mundo gira a mi alrededor porque siempre lo ha hecho. Pero contigo todo es distinto, y no porque yo quiera, sino porque tú eres distinta. No eres una negociación, no eres un acuerdo, no eres un ritual. Eres la única persona por la que he sentido miedo de perder, y eso me ha convertido en un idiota que no supo cómo demostrarlo."

Dio un paso más, esta vez ella no retrocedió, y él tomó sus manos con una suavidad que desentonaba con la fuerza de sus dedos. "Anoche, cuando te encontré en esa habitación, cuando te cargué y te traje aquí, sentí que se me partía el alma. Verte dormir, con el rostro aún marcado por las lágrimas, y saber que fui yo quien las causó, fue peor que cualquier herida de bala o cualquier traición de las que he recibido en mi vida.

Quiero que sepas que voy a cambiar, Laura. No sé si sé cómo, pero voy a intentarlo. He vivido toda mi vida en la oscuridad, y tú eres la única luz que he conocido, no puedo permitirme apagarte." Laura sintió que las lágrimas volvían a brotar, pero esta vez no eran de rabia, sino de algo más antiguo y profundo. "No te creo", susurró, aunque sus manos no se apartaban de las de él, "y eso es lo peor, que quiero creerte, pero no puedo. Porque las palabras son fáciles, Fred, y los hechos duelen." Él levantó la mano de ella hasta su pecho, donde el corazón latía con fuerza bajo la piel. "Siente esto, Laura. Esto no es parte de ningún negocio, esto solo late por ti. Dame tiempo, dame la oportunidad de demostrarte que puedo ser el hombre que mereces, aunque nunca pensé que merecía a alguien como tú." El sol de la mañana se colaba por las rendijas de la cortina, iluminando sus rostros, y por primera vez en mucho tiempo, Fred no vio en los ojos de Laura solo dolor, sino un atisbo de esperanza, frágil como un cristal, pero esperanza al fin. Suavemente, él apartó un mechón de cabello detrás de su oreja, y cuando sus labios rozaron su frente, Laura no se apartó.

El agua de la ducha seguía corriendo, y el mundo afuera seguía girando, pero dentro de esa habitación, en el corazón de una casa que había sido testigo de tantas noches de pasión y de silencio, algo comenzaba a repararse, lentamente, como un barco que regresa a puerto después de la tormenta, herido pero aún a flote, y con la promesa de un nuevo amanecer en el horizonte.

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