Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Jack 2
A la mañana siguiente llegó una carta sellada con el emblema azul de los O'Neill.
Cuando el mayordomo la entregó durante el desayuno, Elia casi dejó caer la taza.
—¿De los O'Neill?
Preguntó el conde.
—Sí.
Respondió el mayordomo.
La condesa pareció alegrarse.
—Eso es una buena señal.
Elia abrió la carta.
La leyó.
Luego la volvió a leer.
Y una tercera vez.
Porque claramente tenía una costumbre que le impedía leer algo importante solo una vez.
—¿Y bien?
Preguntó el conde.
—Me invitaron nuevamente.
—¡Magnífico!
Exclamó la condesa.
La reunión sería en tres días.
Y aquello fue suficiente para que Elia sintiera una mezcla de alivio y nervios.
Al menos el duque se encontraba mejor.
O eso esperaba.
Porque seguía convencida de que había sufrido algún tipo de problema de salud.
[Quizás fue una migraña.]
[Parecía una migraña.]
[O una fiebre.]
[O algo relacionado con la magia.]
Mientras tanto... a varios kilómetros de distancia... el verdadero motivo de aquella segunda reunión se encontraba rodeado por montañas de libros.
Y estaba absolutamente fascinado.
Jack llevaba tres días investigando.
Tres días sin descanso.
Tres días sin dormir lo suficiente.
Tres días ignorando el concepto de vida saludable.
Lo que para él significaba que todo iba perfectamente.
—¡Albert!
Gritó irrumpiendo en un despacho.
—No grites.
—¡Encontré algo!
—Eso tampoco justifica gritar.
Jack ignoró completamente el comentario.
Porque había encontrado algo.
Y aquello era mucho más importante.
Extendió varios documentos sobre la mesa.
Mapas.
Registros.
Crónicas antiguas.
Libros históricos.
Y algunas copias tan viejas que parecían deshacerse al tocarlas.
Albert observó todo.
—¿Qué encontraste?
—Posibilidades.
—Eso no es una respuesta.
—Es la mejor que tengo.
Jack comenzó a señalar textos.
—Hace siglos existían registros en el Imperio Lennox.
El nombre llamó inmediatamente la atención de Albert.
Porque Lennox era una de las potencias más antiguas del continente.
Un imperio lejano.
Poderoso.
Y rodeado de leyendas.
—Continúa.
—Algunas crónicas mencionan que ciertos miembros de la familia imperial poseían habilidades mentales.
Albert frunció el ceño.
—¿Lectura de pensamientos?
—Algo parecido.
Jack hojeó varios documentos.
—Pero no exactamente. Algunos podían escuchar pensamientos. Otros percibir emociones.
Y algunos podían hacerlo únicamente mediante contacto físico.
—¿Era magia oscura?
—Generalmente sí. O al menos estaba relacionada con afinidades mentales compatibles con la oscuridad.
Albert se cruzó de brazos.
Aquello solo hacía todo más extraño.
Porque él no poseía magia oscura.
Nunca la había tenido.
Su elemento era el viento.
Y uno particularmente poderoso.
No existía ninguna razón para que desarrollara una habilidad mental.
Mucho menos de forma repentina.
Jack parecía cada vez más emocionado.
—Lo interesante es otra cosa.
—¿Qué?
—Todos esos registros tienen algo en común.
—¿Qué cosa?
—Ninguno habla de una sola persona.
Albert comprendió inmediatamente.
—Podían escuchar a todos.
—Exactamente. O al menos a varias personas.
Nunca encontré ningún caso donde alguien pudiera escuchar únicamente a una persona específica.
La habitación quedó en silencio.
Porque aquella era precisamente la anomalía.
Solo Elia.
Nadie más.
Ni los sirvientes.
Ni los guardias.
Ni el secretario.
Solo ella.
—Eso no tiene sentido.
Murmuró Albert.
—Lo sé.
Respondió Jack.
Con una sonrisa enorme.
Porque para él aquello era maravilloso.
Las cosas sin sentido eran sus favoritas.
—Y mientras menos sentido tiene... más interesante resulta.
Albert ya conocía aquella mirada.
Era la misma que tenía un explorador al descubrir un continente desconocido.
O un científico al encontrar algo imposible.
Jack estaba obsesionado.
Y probablemente seguiría estándolo durante meses.
Mientras tanto... la persona que estaba provocando todo aquel caos mágico tenía preocupaciones mucho más mundanas.
Porque Elia había llegado a una conclusión.
El duque O'Neill probablemente estaba enfermo.
No gravemente.
Esperaba.
Pero claramente algo había ocurrido.
Por lo tanto... debía prepararse mejor.
Mucho mejor.
Si el hombre estaba delicado de salud, entonces debía aprovechar cada minuto disponible.
Y aquello fue un error.
Porque su cerebro interpretó inmediatamente:
"Debes prepararte más."
Como:
"Debes prepararte hasta niveles absurdos."
Durante los siguientes tres días prácticamente desapareció dentro de la biblioteca.
Otra vez.
Los sirvientes comenzaron a apostar cuántas horas pasaría allí.
El récord fue dieciséis.
Y nadie estaba orgulloso de eso.
Excepto quizás Elia.
Un poco.
Añadió nuevos cálculos.
Nuevas proyecciones.
Nuevos estudios.
Nuevas rutas comerciales.
Nuevas alternativas agrícolas.
Nuevas estrategias de cultivo adaptadas al frío.
Y cuando terminó... volvió a revisar todo desde el principio.
Porque aparentemente sufrir ansiedad en dos vidas consecutivas era una tradición personal.
Una tarde, la condesa la encontró rodeada por montañas de documentos.
—Querida.
—¿Sí?
—¿Has dormido?
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
La condesa la observó.
—Dormí.
—¿Cuánto?
—...mmm
—Elia.
—Cuatro horas.
—Elia.
—Cinco.
—Elia.
—Cuatro y media.
La condesa suspiró.
Elia sonrió.
Culposamente.
Y continuó trabajando.
Porque tenía una misión.
Una muy importante.
Iba a convencer al duque O'Neill.
Iba a conseguir apoyo para el proyecto.
Iba a mejorar las finanzas de los Russ.
Y algún día contrataría a los mejores sanadores del reino para ayudar a su padre.
Por eso, la noche anterior a la reunión, observó todos sus documentos cuidadosamente organizados.
Y sintió confianza.
Por primera vez.
Una confianza genuina.
No arrogancia.
No exceso de optimismo.
Simplemente la tranquilidad de alguien que había hecho todo lo posible.
Lo que no sabía... era que mientras ella repasaba por trigésima vez sus propuestas agrícolas... en la mansión O'Neill dos hombres observaban una montaña de documentos antiguos intentando resolver un misterio mágico.
Y ambos estaban esperando aquella reunión.
Aunque por razones completamente distintas.
Elia quería hablar de cultivos.
Albert quería respuestas.
Y Jack...
Jack quería descubrir qué demonios estaba ocurriendo.
Preferiblemente sin secuestrar a nadie.
Aunque seguía pensando que habría sido una excelente idea.