Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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Capitulo 23
El cielo sobre la ciudad se había tornado de un color plomo, una bóveda de nubes que amenazaba con aplastar los rascacielos. Elena caminaba hacia la cafetería "L’Éclipse", un establecimiento privado ubicado en un callejón discreto donde la discreción se pagaba tan cara como el café de especialidad. Había recibido un mensaje de Sabrina esa mañana, corto y frío: “Sé razonable por una vez. Hablemos de tu futuro lejos de Liam. L’Éclipse, 10:00 AM. Ven sola o Ian pagará las consecuencias”.
Esa última frase fue la que hizo que Elena no consultara con Liam. Conocía la volatilidad de Sabrina y no podía arriesgarse a que la mujer cometiera una locura antes de que el niño entrara al quirófano. Pero Elena no era ingenua. Antes de bajar del coche, activó la grabadora de voz de su teléfono y lo deslizó en el bolsillo lateral de su bolso, con el micrófono orientado hacia afuera.
Al entrar, el aroma a grano tostado y vainilla le pareció nauseabundo. Sabrina ya estaba allí, sentada en una mesa al fondo, envuelta en una gabardina de cuero negro y tras unas gafas de sol que ocultaban cualquier rastro de humanidad.
—Llegas tarde, doctora —dijo Sabrina, señalando la silla frente a ella sin siquiera saludar.
Elena se sentó, manteniendo la espalda recta como una vara de acero. —No tengo tiempo para juegos, Sabrina. Mañana opero a Ian y cada minuto que paso aquí es un minuto que no estoy supervisando su estabilidad. ¿Qué es lo que quieres?
Sabrina se quitó las gafas, revelando una mirada cargada de un pragmatismo aterrador. No había rabia, solo cálculo.
—Hablemos de realidades, Elena. Tú eres una mujer inteligente, aunque tu sentimentalismo te nuble el juicio. Vienes de un mundo donde el dinero se cuenta por monedas. Yo vengo de uno donde el dinero es la única lengua que garantiza la supervivencia.
Sabrina sacó de su bolso un sobre de papel crema, pesado y elegante. Lo deslizó por la mesa hasta que tocó los dedos de Elena.
—Ahí hay un cheque certificado —susurró Sabrina, inclinándose hacia adelante—. Cinco millones de dólares. Es más de lo que ganarías en tres vidas trabajando en hospitales públicos. Es tu libertad, tu jubilación, la clínica propia que siempre soñaste... todo está ahí.
Elena miró el sobre como si fuera una serpiente venenosa. El asco empezó a subirle por la garganta, una náusea moral que le hacía vibrar las manos.
—¿A cambio de qué, Sabrina? —preguntó Elena, su voz peligrosamente baja.
—A cambio de un "pequeño error" —Sabrina hizo un gesto vago con la mano, como si hablara de cambiar una receta de cocina—. Un pequeño desliz durante la cirugía de mañana. Una sutura mal hecha, una dosis de anestesia ligeramente elevada... algo que el corazón débil de Ian no pueda soportar. Será una tragedia, por supuesto. El mundo llorará al heredero de los Volkov. Liam se hundirá en el duelo y tú... tú te irás con tus cinco millones, alegando que la presión fue demasiada.
Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Había visto la malicia de Sabrina, pero esto era otro nivel. Era un filicidio por encargo, una transacción comercial sobre el cadáver de un niño de siete años.
—¿Estás pidiéndome que mate a un niño? —Elena pronunció las palabras con una claridad quirúrgica, buscando que quedaran registradas perfectamente en su teléfono.
—Estoy pidiéndote que seas pragmática —corrigió Sabrina, su voz volviéndose gélida—. Ian es un niño enfermo que dudosamente llegará a la edad adulta. Solo estás adelantando lo inevitable y asegurando tu futuro. Si lo haces, todos ganamos. Yo me quedo con Liam y el control de la empresa, y tú te haces rica. Es un trato justo.
Elena sintió una oleada de calor recorrerle el cuerpo. No era solo rabia; era la indignación de alguien que ha dedicado su vida a preservar el latido de los demás. Se puso de pie tan bruscamente que la mesa se tambaleó.
—Eres un monstruo —dijo Elena, su voz temblando de puro odio contenido—. He visto personas en los peores barrios pelear por un centavo para salvar a sus hijos, y tú, que lo tienes todo, estás dispuesta a pagar una fortuna para asesinar al hijo del hombre que supuestamente amas.
Sabrina soltó una carcajada seca y carente de humor. —El amor es para los pobres, Elena. El poder es para nosotros. Toma el cheque. No seas estúpida.
Elena metió la mano en su bolso y sacó su teléfono. Detuvo la grabación y le dio al botón de "reproducir". La voz de Sabrina, clara y nítida pidiendo el "pequeño error", llenó el pequeño reservado de la cafetería.
El rostro de Sabrina se transmutó. La máscara de elegancia se agrietó, revelando una palidez ceniza.
—Tengo todo grabado, Sabrina —dijo Elena, guardando el teléfono con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Cada palabra.
Cada oferta. Si piensas que voy a tocar a ese niño para hacerle daño, no conoces nada de lo que significa ser médico. Me voy de aquí directamente a la oficina de Liam y luego a la policía. Se acabó. Mañana no solo perderás a Liam, perderás tu libertad.
Elena se dio la vuelta, dispuesta a salir de aquel antro de corrupción. Pero la risa de Sabrina, esta vez más profunda y siniestra, la detuvo antes de llegar a la puerta.
—¿De verdad crees que soy tan previsible, doctora? —Sabrina se levantó lentamente, alisándose la gabardina con una calma que hizo que a Elena se le helara la sangre—. Ve con Liam. Muéstrale tu grabación. Pero mientras tú juegas a ser la detective, recuerda que tus huellas y el "veneno" ya están en tu maletín médico.
Elena se detuvo, su mano temblando sobre el pomo de la puerta. Se giró para mirar a Sabrina.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que mientras tú jugabas a ser mi maestra de medicina ayer, yo estaba preparando mi Plan B —Sabrina se acercó a ella, sus ojos brillando con una malicia triunfal—. Las fotos de los medicamentos prohibidos en tu maletín ya están circulando en los correos electrónicos de los miembros del consejo de la clínica. Si Ian muere mañana —y créeme, algo saldrá mal—, nadie creerá tu grabación. Dirán que es un montaje para extorsionarme después de que tu negligencia mató al niño.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Recordó la visita de Sabrina a la biblioteca, su fingido arrepentimiento... la forma en que le dio la espalda para mirar los informes.
—Tú... tú los pusiste allí —susurró Elena, el pánico empezando a filtrarse por las grietas de su resolución.
—Pruébalo —desafió Sabrina, dándole un golpecito en la mejilla a Elena—. Mañana entrarás a ese quirófano sabiendo que si Ian vive, yo perderé; pero si Ian muere, tú irás a la cárcel de por vida. Elige bien tus movimientos, Elena. El juego acaba de empezar de verdad.
Sabrina salió de la cafetería con paso firme, dejando a Elena paralizada, aferrada a su bolso donde la prueba del soborno ahora parecía un arma de doble filo. Elena salió a la calle, el aire frío golpeándole el rostro. Tenía la grabación, sí, pero Sabrina tenía la escena del crimen preparada.
El miedo por Ian se mezcló con el miedo por su propia vida. Caminó hacia su coche, dándose cuenta de que la cirugía de mañana ya no era solo una batalla médica, sino un campo minado donde un solo error, provocado o natural, significaría el fin de todo.
—No voy a dejar que ganes —susurró Elena hacia el cielo plomizo, aunque sus manos no dejaban de temblar—. No por mí, sino por él.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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