Verónica se casó enamorada. No imaginaba la pesadilla qué sería ese matrimonio. Después de años de maltratos toma una decisión qué cambiará su destino.
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Capítulo 23
Verónica abandona mi consultorio. Me he comportado indiferente y la he tratado cómo a una paciente más. Me repito qué es lo mejor.
Atiendo un paciente más y me retiro. En el ascensor me encuentro con Eloísa.
- Terminaste temprano- dice ella.
- Sí, fue un buen día. ¿Tú qué tal?
- También me voy, estoy agotada.
- ¿Qué harás el sábado?
- No tengo planes. ¿Se te ocurre algo?
- Podríamos ir al cine.
- ¿O puedes invitarme a cenar en tu casa?
- Ok, te invito a cenar a mi apartamento.
- Perfecto. ¿Tú vas a cocinar?
- No, a menos qué quieras terminar intoxicada.
Ambos nos reímos.
- ¡Por favor, no!
- ¿Alguna preferencia?
- Sorpréndeme.
- ¿Alergias?
- Cómo buen doctor no podías pasar eso por alto. Ninguna.
- Te mando mensaje con la ubicación.
- Ok, tenemos una cita.
La acompaño hasta su auto y espero a qué arranque. Después subo al mío y conduzco hasta mi apartamento.
El complejo donde vivo consta de dos torres de apartamentos qué comparten un lobby y hay cuatro elevadores. Dos para cada edificio.
Conozco a algunos vecinos, pero solo de vista. No acostumbro relacionarme con nadie más allá de un saludo cortés.
Este fin de semana Rosita se va a casa de mis padres, qué regresan de viaje. No quiero contarle sobre Eloísa y mucho menos lo sucedido con Verónica.
Por suerte, encuentro una nota pegada al refrigerador en la cual me informa qué se fue para preparar todo en casa de mis padres y darles la bienvenida.
Agradezco no tenerla aquí, porque de inmediato percibiría mi estado de ánimo y no estoy de humor para dar explicaciones.
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Veo llegar a mis hijas a la convivencia. Renata se ve disgustada, Regina me saluda feliz y amorosa cómo siempre.
Nos guían hasta una sala en dónde podemos hablar y compartir unos momentos.
- Preparé su postre favorito.
Saco el recipiente de la bolsa y con cuidado, lo coloco sobre la mesa.
- ¡Brownies! ¡Qué rico, mamá!- expresa Regina- No sabes cómo extraño tu comida.
- Les prometo qué cuando todo esto pase y puedan visitarme, cocinaré lo qué ustedes quieran.
- Eso no va a suceder. Papá va a demostrar qué no eres una buena madre.
No sé qué responder a eso, me limito a guardar silencio.
- No hagas caso, mamá. Tú siempre has cuidado de nosotras. ¿Puedo tomar uno?- pregunta refiriéndose al postre.
- Por supuesto, mi amor. Los hice para ustedes.
Tomo un par de servilletas y con ellas dos brownies. Le entrego uno a Regina y le ofrezco otro a Renata, quién duda unos segundos, pero al final lo toma.
- ¿Cómo va la escuela?
- Bien, tenemos exámenes la próxima semana.
- Estudien y prepárense muy bien.
- Sin problema, mamá.
Renata sigue en silencio. La trabajadora social observa la dinámica y hace anotaciones.
Les pregunto a mis hijas sobre sus amigas, Regina se explaya contándome varias anécdotas.
El tiempo se acaba, me despido de ambas llevándolas de besos y las abrazo con fuerza. Renata se aparta.
Caminamos hasta encontrarnos con Rodrigo y los abogados. Sigo evitando mirarlo a los ojos. No puedo hacerlo. Los veo partir y me siento melancólica.
Me dirijo con Pamela al estacionamiento.
- ¿Cómo estuvo?
- Bien. Renata sigue renuente a hablar conmigo. Siempre ha adorado a su papá.
- Y seguro, Rodrigo favorece esa actitud.
- Él y su abuela, casi estoy segura.
- Voy a solicitar una prueba de alienación parental.
- No quiero qué mis hijas se vean más afectadas con esto.
- Les afecta más lo qué hace su padre, créeme.
- Haz lo qué consideres necesario.
- Nos vemos el lunes por la tarde.
- Ahí estaré. Gracias por todo, Pamela.
- No hay nada que agradecer. Cuídate.
Subimos a nuestros respectivos autos y marchamos en direcciones opuestas. El lunes comienzan los trabajos de remuneración en el local y decido pasar por el lugar.
Me alegra haber visto a mis hijas, pero a la vez, me entristece la actitud de Renata. Me gustaría saber exactamente lo qué debo de hacer para acercarme a ella y recuperar aunque sea un poco de su cariño.
Entro al local, me siento en el piso a observar y a imaginar cómo se verá cuando la remodelación termine. Después de un rato decido frenar mi imaginación y marcharme.
En el salón de belleza qué se encuentra en la misma plaza hay poca gente. Miro la hora y veo qué tengo tiempo de sobra antes de la cena.
- Hola- saluda la recepcionista- ¿Tiene cita?
- Hola, no. Es necesario hacerla.
- Hoy está de suerte, tuvimos una cancelación y pueden atenderla sin problema.
Me lleva hasta una de las estaciones, en dónde una chica muy amable me pregunta qué quiero hacerme.
- La verdad no tengo idea. Hace mucho qué no me hago nada en el cabello.
- Puedo hacerle algunas sugerencias. ¿Qué le parece?
- Muy bien. Quién mejor qué tú para darme buenas ideas.
Toma su celular y me muestra diferentes imágenes. Me explica el procedimiento en cada uno y cuál me recomienda más.
- Elegiré este- señalo la imagen.
- Excelente decisión. Vas a lucir aún más hermosa.
Un par de horas después, me muestra el resultado. No puedo creer lo qué veo, parpadeo una y otra vez.
- Eres tú, sí- me dice la chica- Solo resaltamos tu belleza natural.
- ¡Hiciste magia!- afirmo.
- No, eres una mujer hermosa. Solo había qué resaltar esa belleza con un buen corte y un poco de color.
- ¿Me puedes mostrar qué productos usaste para maquillarme?
- Por supuesto, también puedo enseñarte a usarlos.
- Sí, por favor.
Me da una clase rápida y me indica dónde comprar el maquillaje. Prometo volver pronto.
Caigo en cuenta de qué también necesito vestimenta apropiada para la cena de esta noche. Conduzco hasta una tienda cercana. Me siento abrumada apenas al entrar. Hace mucho qué no elijo nada yo sola.
La vendedora parece percibir mi nerviosismo y se acerca para ofrecer su ayuda.
- Tengo una cena con amigos. Busco algo apropiado, nada extravagante.
- Encontraremos el atuendo perfecto.
Me doy cuenta de qué en breve planeo abrir una Boutique y si no soy capaz de elegir algo para mí, ¿cómo ayudaré a mis clientas?
Observo el desempeño de la chica qué me atiende e intento aprender lo más posible. La manera en como me presenta cada opción, los colores qué elige.
Me pruebo cada uno de los atuendos. Los tres son hermosos y puedo usarlos y combinarlos para diferentes ocasiones.
- Me llevo los tres- ni yo creo lo qué acabo de decir, pero no me arrepiento.
Salgo de la tienda con un ánimo diferente, me siento más segura de mí y eso me gusta.
Son casi las 6 de la tarde cuando llego a mi apartamento, decido ir a comprar un sándwich a una cafetería cercana. Casi enseguida me encuentro esperando el ascensor en el Lobby del edificio.
Uno de los ascensores que lleva al segundo edificio se abre y lo qué menos esperaba era verlo a él ahí. Su expresión deja claro qué él tampoco esperaba verme.
- Buenas tardes, doctor Ocampo- saludo con cortesía.
- Buenas tardes, señora Mijares. ¿Vive usted aquí?
- Sí, en el edificio A.
- No cabe duda qué el mundo es muy pequeño.
- Sí, lo es.
Mi ascensor se abre y me despido.
- Hasta luego, doctor.
Subo sin esperar una respuesta. Cuando me dijo qué seríamos vecinos hace algunos días, no imaginé qué viviríamos en el mismo complejo.
Me olvido de la coincidencia y me apresuro a prepararme para salir a la cena con Sofía y su novio.
Escojo uno de los tres conjuntos que elegí esta tarde. Es un pantalón negro entallado y una blusa dorada. Lo combino con unas zapatillas doradas y bolso negro. Dejo mi cabello suelto y retoco el maquillaje tal y como me enseñaron esta tarde.
Una vez lista, bajo al estacionamiento y subo a mi auto. Conduzco por la ciudad hasta llegar a casa de Sofía. Soy ajena al automóvil qué me sigue muy de cerca.
Ella dice q no sabe hacer nada, claro q sabe, llevar una casa, calarse las malcriadeces, los desplantes de un enfermo, claro q sabes y puedes