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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

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Capítulo 22

Capítulo 22: Mi prometida

Rodrigo abrió la puerta del estudio y la dejó pasar primero. La perilla estaba fría. Su mano no.

Maite dio dos pasos adentro, vio los libreros hasta el techo, el escritorio, la ventana hacia la sierra. No se sentó. Se dio la vuelta con los brazos cruzados, en pantuflas blancas, y habló antes de que él pudiera abrir la boca.

—Antes de que me enseñes nada, yo también tengo algo. Dos cosas. —Levantó un dedo—. En la empresa me gano mi lugar sola. —Levantó otro—. Y nadie sabe lo nuestro hasta que me titule. Sobre todo nadie de la facultad.

Lo tenía ensayado. Rodrigo lo notó en que no le temblaba la voz y en que no lo miraba a él, sino un punto arriba de su hombro.

—Está bien.

—¿Así nada más?

—Así nada más. —Cerró la puerta—. Pero en esta casa no te escondes.

Ella bajó los brazos.

Rodrigo fue al librero de la izquierda, jaló el tercer entrepaño y la sección entera se abrió hacia afuera. Atrás había una caja fuerte empotrada. Marcó la combinación sin taparla. Sacó dos estuches, uno grande y uno chico, y una carpeta de piel. Puso las tres cosas sobre el escritorio, en fila.

Abrió la carpeta primero.

Maite leyó el encabezado en voz baja. Contrato de donación. Leyó su nombre completo, Maite Guzmán Robles, y bajó el dedo por la hoja hasta la cifra. Ahí se quedó.

Luego dio un paso atrás. Y otro.

—Esto es una locura.

—Probablemente.

—Son diez millones. —Se le fue la voz—. ¿Sabes cuántos camiones son diez millones? Ochocientos treinta y tres mil. Y pico.

Rodrigo no la corrigió. Hizo la cuenta él también. Estaba bien.

—No quiero que me expliques nada —dijo ella—. No sé si esto es de verdad.

Él tomó el celular de Maite de la orilla del escritorio, donde ella lo había dejado, y se lo puso en la mano.

—No me creas a mí. Busca tú el número de la notaría. Llama tú. Con el tuyo, no con el mío.

Maite se quedó mirándolo. Luego se sentó en la orilla del sillón y buscó. Rodrigo vio en la pantalla, al revés, el directorio del Colegio de Notarios de Nuevo León. Notaría Pública número 45 de San Pedro Garza García. Licenciado Gustavo Sepúlveda Marroquín. Ella anotó el teléfono en un post-it amarillo del escritorio antes de marcar. Siempre la copia.

—Buenas tardes. Hablo para confirmar una cita. —Se aclaró la garganta—. A nombre de Maite Guzmán Robles.

Rodrigo se sentó enfrente y no dijo nada. Oyó la voz de la recepcionista, pequeña, lejana. Oyó a Maite decir sí, sí, ¿una donación?, ¿ya está ahí?, ¿a las siete? Vio cómo se le iba apretando la mano sobre la rodilla.

Colgó.

—Existe.

—Existe.

—Y el notario viene a las siete. Aquí.

—Aquí.

Ella miró los estuches cerrados. No los tocó.

A las seis y media, Imelda tocó dos veces.

—Ingeniero, Adolfo pregunta cómo quiere las gallinas que trajo la invitada.

—Mañana. Hoy no cenamos.

Imelda parpadeó una sola vez. Cerró la puerta sin ruido.

* * *

El licenciado Sepúlveda llegó a las siete en punto, con traje gris, portafolio de cuero y una pluma fuente que puso sobre el escritorio como si fuera parte del protocolo. Saludó a Maite de usted, con una pequeña inclinación, y a Rodrigo con la mano.

Leyó de pie. Tenía voz de iglesia.

—Donación pura y simple. El donante transmite a la donataria, a título gratuito, la cantidad de diez millones de pesos en efectivo, un anillo de diamante de cinco quilates con certificado GIA, con valor aproximado de seis millones de pesos, y una argolla de oro sin piedra. Los bienes donados forman parte del patrimonio propio de la donataria, con independencia de que llegue a contraer matrimonio o de que dicho matrimonio llegue a disolverse.

Maite levantó la vista hacia Rodrigo. Él miraba al notario.

—La donación no puede revocarse por la sola voluntad del donante —siguió Sepúlveda—. Solo en los casos que marca la ley, como la ingratitud. La revocación por superveniencia de hijos no aplica, toda vez que el donante ya tiene descendencia. —Hizo una pausa y se dirigió a ella—. Le informo, señorita, que una donación entre personas que no son parientes causa impuesto sobre la renta, y la declaración le corresponde a usted.

—Ya lo tiene cubierto mi contador —dijo Rodrigo—. Le asignamos uno a ella. El impuesto lo pago yo.

Maite abrió la boca para discutir. Sepúlveda le acercó la pluma fuente antes.

Firmó ella primero. Rodrigo vio que le temblaba la mano en la G de Guzmán y que la apretó hasta que dejó de temblar. Luego firmó él.

Abrió la laptop ahí mismo. Cuenta, CLABE, monto, concepto. Donación. Le dio enviar.

A los cuarenta segundos le sonó el celular.

—Buenas noches, ingeniero. Le llamamos de prevención de fraudes para confirmar una transferencia SPEI por diez millones de pesos.

—Confirmo.

—¿Me proporciona su clave de seguridad?

Él la dictó, número por número, sin mirar a nadie. Colgó.

Del otro lado del escritorio, el celular de Maite vibró. Ella lo volteó. Abrió la app del banco. Rodrigo la vio leer el saldo una vez, parpadear y volver a leer. Ocho cifras donde siempre había tres, a veces cuatro.

Maite puso el celular boca abajo sobre el escritorio y dejó la mano encima, plana, como para que no se escapara.

Rodrigo abrió el estuche grande. El diamante atrapó la luz de la lámpara y la regresó entera. Se lo puso a ella en la palma y le cerró los dedos encima.

Luego abrió el chico. La argollita era lisa, delgada, de oro. Le tomó la mano izquierda y se la deslizó en el anular. Le quedaba justa. Ella no preguntó cómo había sabido la medida, y él no se lo dijo.

—Eres mi prometida.

Maite no contestó. Se miraba la mano.

—El diamante vive aquí. —Él señaló la caja fuerte—. Desde hoy esa caja es tuya. La combinación la pones tú y no me la dices. La argollita la usas diario.

—¿Diario?

—Para que todos sepan que ya tienes dueño. —Se detuvo—. Digo. Prometido.

Sepúlveda recogió sus papeles con la cara muy seria y los ojos riéndose. Dijo que la escritura estaría lista en unos días, felicitó a la señorita, y se fue.

Maite se levantó, fue a la caja fuerte, metió el diamante y cerró. Se tapó el teclado con el cuerpo para marcar la combinación. Rodrigo miró la ventana todo el tiempo que tardó.

* * *

El sol se estaba metiendo detrás de la sierra cuando la levantó en brazos. Uno bajo las rodillas, otro en la espalda. Ella soltó un grito corto y se le agarró del cuello.

—¿Eso lo sacaste de una novela?

—De las muchachas de la oficina. No paran de hablar de las telenovelas.

A la mitad de la escalera le avisó la rodilla. No le hizo caso.

Se detuvo en la puerta de la recámara, en el segundo piso. No entró.

—¿Estás segura, Maite?

Ella lo miró a los ojos. Tenía la argollita apretada contra su nuca.

—Sí quiero.

Adentro, las cortinas estaban abiertas y la sierra se estaba poniendo morada. Rodrigo la bajó despacio. Maite caminó por el cuarto descalza, tocando cosas. Abrió el clóset: dos camisones colgados, de algodón, uno blanco y uno azul, de su talla. Abrió el baño: una bata, unas chanclas, una toalla para el pelo, todo de su talla. La regadera ya estaba a la temperatura.

Se volteó.

—¿Cuándo hiciste todo esto?

—Hace un mes.

—¿Y si te decía que no?

—Tenías una bata.

Maite se rio. Luego dejó de reírse y cruzó el cuarto.

No hubo prisa. Él se había prometido eso y lo cumplió hasta que Maite le agarró la camisa con las dos manos y lo besó con una impaciencia que le desordenó todos los planes.

Rodrigo le sostuvo la nuca. La besó una vez, hondo, y otra más lenta, rozándole la lengua hasta que ella dejó de apretar los hombros. Maite tenía las manos frías; las metió debajo de su camisa y las apoyó sobre su pecho. El contacto lo hizo contener el aire.

—Te tiembla el corazón —murmuró ella.

—Todo.

Eso la hizo sonreír. Le abrió los botones uno por uno, torpe en el último, y cuando por fin apartó la tela se quedó mirándolo. Rodrigo se quitó la camisa sin dejar de verla. Después le tomó las manos y se las llevó a la hebilla del cinturón.

—Tú.

Maite tragó saliva, pero no bajó la mirada. Desabrochó la hebilla. El sonido del cuero al salir de las trabillas pareció demasiado fuerte en el cuarto.

Él le levantó la blusa despacio. Le besó el vientre, las costillas, el borde del sostén. Maite soltó una risa nerviosa cuando el broche cedió; la risa se le cortó al sentirle la boca sobre un pezón. Se arqueó sin querer, con una mano hundida en su pelo y la otra agarrada a la colcha.

—Rodrigo.

No era una pregunta. Tampoco sonaba como su nombre cuando lo decía en el teléfono. Él volvió a chupar, despacio primero, después con más fuerza, y la respiración de ella se rompió en un gemido pequeño que intentó esconder mordiéndose el labio.

—No te calles —dijo él contra su piel.

Maite abrió los ojos. Tenía las mejillas rojas.

—Entonces no vayas tan lento.

La obedeció.

Le quitó el resto de la ropa mientras la besaba. Cuando deslizó la mano entre sus piernas, ella juntó las rodillas por reflejo; él se detuvo, con la palma quieta sobre su muslo. Maite respiró una vez, larga, y volvió a abrirlas. Luego le agarró la muñeca y lo guio.

Rodrigo encontró el punto que la hizo alzar las caderas. La acarició con dos dedos, sin apartar los ojos de su cara, aprendiendo en cada respiración qué presión quería, qué ritmo. Ella quiso taparse la boca con el dorso de la mano. Él se la apartó y le entrelazó los dedos.

—Quiero oírte.

La frase le salió más ronca de lo que esperaba. Maite lo miró como si acabara de descubrir algo. Después movió las caderas contra su mano, sin vergüenza ya, y el siguiente gemido llenó el cuarto.

Cuando él bajó la cabeza, ella se incorporó sobre los codos.

—¿Qué haces?

Rodrigo le besó la parte interior del muslo.

—Lo que debí hacer desde que cerré la puerta.

La primera caricia de su lengua la hizo soltar su nombre. La segunda le hizo cerrar las piernas alrededor de sus hombros. Él la sostuvo por las caderas y siguió hasta que Maite dejó de intentar contenerse, hasta que los dedos en su pelo apretaron y todo su cuerpo se puso tenso bajo su boca. El orgasmo le llegó con un grito ahogado contra la almohada y un temblor que tardó en irse.

Rodrigo subió besándole el vientre. Ella seguía respirando rápido cuando le tomó la cara entre las manos.

—¿Eso también lo planeaste hace un mes? —preguntó, todavía sin aire.

—Eso llevo planeándolo desde mucho antes.

Maite se rio contra su boca. La risa se convirtió en otro beso y después en un tirón de su pantalón.

—Yo me cuido —dijo él, y se levantó un segundo al cajón del buró.

Ella lo miró volver con el paquetito en la mano.

—¿Eso también lo tenías desde hace un mes?

—Desde junio.

Maite escondió la cara en la almohada, riéndose, pero cuando Rodrigo se quitó el resto de la ropa dejó de reír. Lo recorrió con los ojos y después con la mano, insegura apenas un segundo. Él cerró los ojos. Cuarenta y siete años, y le temblaban las piernas como no le habían temblado nunca.

Rasgó el envoltorio con los dedos torpes. Maite se lo quitó y terminó de ponerle el condón ella misma, mirándolo a la cara mientras lo hacía. Cuando él se acomodó entre sus piernas, ella le agarró una mano y le entrelazó los dedos.

Entró despacio. El cuerpo de Maite se tensó y Rodrigo se quedó quieto, con la frente pegada a la suya.

—Mírame.

Ella abrió los ojos.

—No te detengas.

Avanzó un poco más. Maite apretó los dedos alrededor de los suyos y respiró por la boca hasta que el gesto de molestia se deshizo. Fue ella quien levantó las caderas, exigiendo lo que faltaba. Rodrigo se hundió por completo y soltó un sonido bajo, casi una maldición, contra su cuello.

Al principio se movió con una lentitud que la desesperó. Maite le rodeó la cintura con las piernas.

—Más fuerte.

Él levantó la cara para comprobar que lo había dicho de verdad. La encontró con los ojos abiertos y el labio húmedo de tanto morderlo.

—Rodrigo, más fuerte.

La cama empezó a golpear suavemente contra la pared. Cada embestida le arrancaba a ella un gemido distinto; cada uno le quitaba a él un poco más de control. Rodrigo le sostuvo una pierna en alto, abrió el ángulo y volvió a tocarla entre los dos. Maite se aferró a sus hombros, clavándole las uñas.

—Así —jadeó—. No pares. Así.

No paró. Ella llegó primero, cerrándose a su alrededor, el cuerpo arqueado y su nombre roto en la boca. Rodrigo aguantó dos movimientos más antes de venirse con la cara hundida en su cuello, temblando entero.

Durante unos segundos no hubo más que respiraciones y el golpeteo rápido del corazón de ella debajo de su pecho.

Afuera se apagó la sierra. Adentro la lámpara seguía encendida.

* * *

Después, ella se acurrucó contra su costado, con la cabeza en su hombro y una pierna encima de la suya. Hablaba bajito, como si alguien pudiera oír.

—¿Ya soy tu esposa?

—Este año firmamos. —Le pasó la mano por la espalda, despacio—. Y antes de que se acabe el año, eres la señora Solana.

—Esposo.

Lo dijo para probar cómo sonaba. Él no contestó. No pudo.

—Mañana quiero ver la cocina de tu casa —dijo ella, adormilada.

—Nuestra casa.

—Eso. La cocina de tu…

Rodrigo la besó antes de que terminara. La besó hasta que se le olvidó qué iba a decir.

A la una se quedó dormida.

Él no. Se quedó mirando el techo con ella respirándole en el cuello.

Cuatro años de un contrato que había terminado la noche de su cumpleaños y liquidado el nueve de junio, nueve días antes de que ella dijera sí quiero en un audio de la una y catorce. Y desde mayo, desde el día que ella entró a su oficina, nadie. Ella lo sabía. Se lo había dicho él mismo, con los estudios médicos sobre la mesa y la boca seca.

Y aun así era esto lo que nunca había tenido. Una persona dormida encima de su brazo, que se lo estaba entumiendo, y él sin ganas de moverlo.

Pensó en doña Rosa. En la voz de la mamá detrás de un celular boca abajo. Más de quince, ni lo pienses. Viuda a los treinta.

No iba a convencerla. Con esa señora no servían los argumentos, igual que con él. Iba a dejar que lo viera. Todos los días que hicieran falta.

A las tres de la mañana sacó el brazo, centímetro a centímetro. Maite se quejó dormida y se abrazó a la almohada.

Rodrigo se sentó a la orilla de la cama. En el buró había un block de hojitas y una pluma. Escribió tres renglones cortos, sin lentes, con la letra más derecha que pudo. La leyó dos veces.

La dejó junto a la almohada, donde ella la iba a ver primero.

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