Un amor secreto
Esta historia habla de un amor secreto entre Ariel, hijo de Santiago, y Kiara Emelyn, hija de Nicole y Gabriel. Desde pequeños crecieron juntos porque sus padres son mejores amigos y siempre les hicieron creer que eran como primos. Al cumplir 15 años, ambos comienzan a descubrir que lo que sienten va mucho más allá de una amistad. Sin embargo, ninguno se atreve a confesarlo por miedo a la reacción de sus familias. Entre miradas escondidas, mensajes secretos y momentos compartidos, Ariel y Emelyn intentarán entender sus sentimientos mientras mantienen su amor en secreto. ¿Podrán algún día contar la verdad?
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Capítulo 3 Un día sin respuestas
Ese día comenzó como cualquier otro. Me levanté temprano, me alisté para ir a la universidad y salí de la casa pensando que tendría una jornada bastante pesada.
Estaba en medio de varios trabajos de Ingeniería de Sistemas que tenía que entregar. Uno de ellos se había complicado muchísimo porque el programa no funcionaba como debía y el profesor nos había dado poco tiempo para solucionarlo.
Apenas llegué a la universidad, me senté con mis compañeros y comenzamos a revisar el proyecto.
El celular vibraba constantemente en mi bolsillo.
Sabía que era Emelyn.
Pero pensé:
“Después le respondo.”
Y ese fue mi primer error.
Pasaron las horas. Entre el proyecto, las clases y una reunión con el grupo, prácticamente no tuve tiempo para mirar el celular. Cuando por fin lo revisé, tenía varios mensajes de ella.
No respondí inmediatamente porque estaba entrando a otra clase.
Después se me olvidó.
Al mediodía tampoco pude hablar.
Cuando salí de la universidad ya estaba cansado y solamente quería llegar a la casa. En el camino miré el teléfono nuevamente.
Tenía todavía más mensajes.
Esta vez su tono era diferente.
Sabía que estaba molesta.
Me sentí mal, pero pensé que podía explicarle después.
No imaginaba que para ella aquel silencio significaba algo mucho más grande.
Esa noche, cuando finalmente llegué a mi habitación, abrí el chat.
Emelyn había escrito varias veces.
Emelyn: “¿Ariel? 😕”
Emelyn: “¿Está ocupado?”
Emelyn: “Llevo todo el día intentando hablar con usted.”
Emelyn: “¿Qué pasa? 😟”
Me quedé mirando la pantalla.
Escribí:
Ariel: “Perdón, estaba ocupado con la universidad.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Emelyn: “¿Todo el día? 😐”
Ariel: “Sí. Tuve trabajos y clases.”
Emelyn: “¿Y no podía sacar ni cinco minutos para decirme eso?”
No sabía qué responder.
Ariel: “Emely, no estaba haciendo nada malo.”
Emelyn: “Yo no dije que estuviera haciendo algo malo.”
Ariel: “Entonces, ¿por qué está brava?”
Pasaron unos segundos.
Después apareció su respuesta.
Emelyn: “Porque siento que ya se cansó.”
Fruncí el ceño.
Ariel: “¿Cansado de qué?”
Emelyn: “De nosotros.”
Sentí un vacío en el pecho.
Ariel: “¿Cómo así?”
Emelyn: “De esconder esto, Ariel. De tener que fingir que somos como primos delante de nuestras familias. De no poder hablarle tranquila cuando quiero. De tener que pensar siempre quién nos puede ver.”
Ariel: “Yo nunca dije que quisiera terminar.”
Emelyn: “Pero tampoco dice nada cuando desaparece todo un día.”
Ariel: “¡Porque estaba ocupado, Emely!”
Emelyn: “¡Pues entonces dígame! No soy adivina.”
Me quedé mirando el teléfono. También estaba empezando a enojarme.
Ariel: “Usted está haciendo un problema enorme por un día.”
Emelyn: “No es por un día. Es por todo lo que llevamos viviendo.”
Aquella frase me molestó.
Ariel: “¿Y qué quiere que haga? ¿Que deje la universidad tirada cada vez que usted quiera hablar?”
Emelyn: “No le estoy pidiendo eso.”
Ariel: “Entonces no entiendo qué quiere.”
Tardó en contestar.
Emelyn: “Quiero sentir que todavía le importa.”
Me quedé callado.
No sabía cómo explicarle que sí me importaba. Muchísimo.
Pero también estaba cansado de sentir que cualquier pequeño error podía convertirse en una discusión.
Ariel: “Claro que me importa.”
Emelyn: “Entonces demuéstrelo.”
Ariel: “No puedo estar pegado al celular todo el día.”
Emelyn: “Yo tampoco le estoy pidiendo eso.”
Ariel: “Pues parece.”
Emelyn: “¿Sabe qué? Déjelo así.”
Ariel: “Como quiera.”
Vi cómo apareció el mensaje de que estaba escribiendo.
Desapareció.
Volvió a aparecer.
Y finalmente llegó.
Emelyn: “Eso es lo que más me duele. Que cuando discutimos, usted simplemente dice ‘como quiera’. 😔”
No respondí.
Esta vez no porque estuviera ocupado.
No sabía qué decir.
Ella volvió a escribir.
Emelyn: “Necesito pensar.”
Ariel: “Haga lo que quiera.”
Después de eso, dejó de escribir.
Yo tampoco la busqué.
Me acosté mirando el techo, con el celular a un lado.
Por primera vez en cinco años, sentí que nuestro secreto ya no solamente nos protegía.
También empezaba a separarnos.
Y aquella noche no hubo reconciliación, ni llamada, ni mensaje antes de dormir.
Solo silencio.