Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
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Capítulo 10
010. Él recordaba hasta sus publicaciones más casuales
Valentina llamó a Alejandro. Él contestó enseguida, con una voz muy dulce.
—Vale, ¿te gustan los tres vestidos?
—Sí. ¿A ti cuál te parece más bonito?
Al otro lado pareció oírse una risa. Alejandro le respondió con cariño:
—¿No te dije que, si te gustaban, compraras los tres? Ya le pedí a mi asistente que los reservara.
—¿Tan rápido? Si apenas los publiqué.
—Por si después no se conseguían. Son ediciones limitadas.
—Bueno. Gracias por la molestia, Alejandro.
—Vale, ahora eres mi prometida. Ya somos familia. ¿Qué molestia va a ser?
Tenía razón, pero ella todavía no conseguía sentirse su prometida. En su corazón, Alejandro seguía siendo aquel vecino que le explicaba los ejercicios con paciencia, un hermano mayor.
—Por cierto, Vale. En Puerto Azul no tienes cómo moverte y andar pidiendo autos es incómodo. Te compré uno. Ya terminaron los trámites. Dame una dirección y te lo mando.
Valentina se sintió muy avergonzada. Se había ido de casa precisamente para escapar del matrimonio con él. Alejandro no podía ignorar que Esteban le había bloqueado las tarjetas. En Puerto Azul no tenía casa ni auto propios; llevaba la vida de una trabajadora cualquiera.
Sus dos mejores amigas se habían ofrecido a mantenerla, medio en broma, pero ella se negó. Solo había aceptado algo de dinero durante los dos primeros meses, para salir del apuro. Cuando consiguió estabilidad en el trabajo, no volvió a aceptar más. Incluso aquella primera ayuda la había devuelto poco a poco, con su sueldo.
Había huido para no casarse con Alejandro. Él, en lugar de reprochárselo, le compraba un auto. Valentina apretó el teléfono, llena de vergüenza.
—No hace falta. Estoy bien pidiendo un auto cuando lo necesito.
En la voz de Alejandro asomó una herida apenas perceptible.
—Vale, ¿me tratas con tanta distancia porque en el fondo todavía no quieres casarte conmigo?
Ella negó por instinto. Solo después recordó que hablaban por teléfono y él no podía verla. Se lo explicó con suavidad.
—No, Alejandro. Si acepté, es porque quiero. Solo pensaba que en unos días vuelvo a Santa Lucía y no hace falta comprar un auto ahora.
—No pasa nada. Cuando vuelvas, mando a alguien para que lo lleve también.
—Pero… —Todavía quería negarse.
—¿No tienes una audiencia en la ciudad de al lado dentro de unos días? Con auto te va a ser más fácil.
Valentina se sorprendió.
—¿Cómo sabes que tengo que ir a una audiencia allá?
—Lo publicaste hace dos meses.
Se quedó desconcertada. Era cierto. La fecha de aquella audiencia había quedado fijada dos meses antes: el 25 de septiembre, en el tribunal de apelación de la ciudad vecina. Ella había hecho una publicación de pasada, bromeando con que se iba de turismo por cuenta del trabajo. Después de la audiencia quería comer un plato de fideos de arroz picantes que llevaba tiempo antojándosele y visitar uno de los lugares turísticos más conocidos.
—Con auto vas a estar mucho más cómoda —dijo Alejandro, con una sonrisa cálida en la voz—. Después de la audiencia puedes dar una vuelta por los lugares de los alrededores.
En ese momento, él estaba frente al ventanal de su oficina, en el último piso del edificio del grupo. Miraba las luces de la ciudad con los ojos llenos de ternura. Solo él sabía cuánto había deseado comprarle una casa, un auto y mandarle dinero cuando, tres años atrás, se enteró de las dificultades que pasaba en Puerto Azul.
Pero no tenía una relación con ella que justificara aquellos regalos. Si se los ofrecía sin más, Valentina no los aceptaría. Ahora era distinto. Había accedido a casarse con él y por fin podía hacerle regalos como su prometido.
Valentina se quedó un instante en silencio, conmovida. Era como si una piedrita hubiera caído en el agua de su corazón y hubiera dejado pequeñas ondas. Sus publicaciones solo quedaban visibles durante tres días. A veces hasta ella olvidaba, al poco tiempo, lo que había subido. Alejandro, en cambio, lo recordaba con tanta claridad.
Gabriel nunca prestaba atención a lo que publicaba. Incluso cuando ella le avisaba que iba a salir de viaje por trabajo, él la llamaba ese mismo día para preguntarle por qué no estaba en Puerto Azul. También le había hablado muchas veces de los lugares que quería conocer. Él nunca se había molestado en recordarlos. Los sitios a los que había querido ir con Gabriel dos años antes seguían pendientes.
Así se sentía que alguien se interesara por ella.
No volvió a negarse. Le dio la dirección de la casa de Gabriel.
—¿Mañana por la mañana vas a estar? —preguntó Alejandro—. Te mando el auto entonces.
—Sí, voy a estar.
***
Poco después de colgar, Gabriel volvió con Camila. Valentina estaba viendo televisión en la sala de la planta baja. Los miró de reojo, sin decir nada. Él tampoco habló. Camila fue la primera en saludar.
—Valentina, volvemos a encontrarnos.
Ella seguía recostada con despreocupación en el sofá, sin apartar la vista de un programa sobre temas legales. No respondió. Camila no se molestó. Se acercó sonriendo y se sentó.
—Así que te gusta ver estas cosas.
—Voy a bañarme —soltó Gabriel antes de subir, sin que quedara claro a cuál de las dos se lo decía.
En cuanto se fue, Camila borró la sonrisa y cambió de expresión.
—Viste el video, ¿verdad? A quien ama Gabriel es a mí.
A Valentina no le importaba a quién amara él. Asintió sin apartar los ojos de la pantalla.
—Sí, sí. Ya entendí.
Aquella indiferencia irritó a Camila. Ya no disimuló el desprecio en sus ojos.
—Qué bien finges estar tranquila. A ver cuánto te dura.
—No tan bien como tú —contestó Valentina con frialdad.
Camila soltó un resoplido desdeñoso y se dirigió a las escaleras.
—Gabriel, voy a bañarme contigo.
Se volvió para lanzarle una sonrisa provocadora a Valentina. Lástima que ella ni siquiera la miraba.
***
A la hora de cenar, Gabriel y Camila se sentaron de un lado de la mesa. Valentina quedó sola al otro. Teresa dejó un plato de acelgas escaldadas.
—Ya está todo servido.
Valentina la miró con el ceño fruncido.
—Teresa, ¿por qué hoy solo hay esto?
Repollo, lechuga, espinacas, acelgas, brócoli y ensalada de pepino. Puras verduras. Verde por todos lados, sin un solo plato de carne.
—Es lo que le gusta a Camila —dijo Gabriel, sin darle importancia—. Le gustan las verduras.
—¿Las verduras? —Valentina esbozó una media sonrisa—. Yo pensé que el menú era para recordarme que me estás engañando.
—¡Valentina! ¿Ahora qué te pasa? —El rostro de Gabriel se llenó de enojo—. ¡Come lo que quieras, pero no hables por hablar!
Ella le miró el cuello. El chupetón resaltaba demasiado. Camila se lo había dejado allí a propósito, para que lo viera. Valentina miró con una sonrisa al hombre que, frente a ella, se enfurecía de vergüenza.
—Tú sabes muy bien si estoy hablando por hablar.
Gabriel tenía el rostro sombrío.
—Si quieres, come. Si no, no. Además, Camila no tiene dónde quedarse y va a pasar estos días aquí. Seguramente vamos a comer verduras seguido. Si no lo soportas, cocínate tú.
Tenían una empleada. Solo habría que preparar un par de platos más, pero Gabriel no lo permitía. Si Valentina no recordaba mal, a él tampoco le entusiasmaba comer puras verduras. Aquello era para hacerla pasar un mal rato. Con tal de fastidiarla, estaba dispuesto a seguir la dieta de Camila en cada comida, aunque él también saliera perdiendo.
Valentina sabía que seguía enojado por el reloj. No tenía la menor intención de explicarse, y mucho menos de pedir perdón.
No había hecho nada malo.
Dejó los cubiertos y se levantó. Pues no cenaba eso. Como si no pudiera pedir comida a domicilio.
A la mañana siguiente, llegó el auto que Alejandro había mandado para ella.