Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 23
Meili y Lin se quedaron observándolo unos segundos en silencio, mientras la respuesta de Daniel resonaba en el aire del pabellón.
A ambas les brotó una enorme y cómica gota de sudor por la sien ante la descarada contradicción del niño. Lin dejó escapar un largo suspiro, llevándose los dedos a las sienes como si intentara frenar un dolor de cabeza inminente, mientras Meili no pudo contener una ligera risotada que rompió por completo cualquier vestigio de solemnidad en la sala. Para dos cultivadoras acostumbradas a la rigidez, la frialdad y el miedo reverencial que imponía la jerarquía del clan, la soltura de ese niño de seis años —capaz de pasar en un parpadeo de una postura confiada a una confesión tan humana y despreocupada— resultaba extrañamente refrescante e interesante.
—Espera, espera... —dijo Daniel sacudiendo las manos en el aire, rompiendo la expectativa con un gesto de total resignación—. Olviden lo que dije. Era broma. No hay forma de que me memorice tres mil especies de plantas en una tarde, ni en una semana. No tengo una mente fotográfica, no le tomo captura de pantalla a las cosas con solo mirarlas y, siendo sincero, a veces me cuesta memorizar datos mecanicistas como a cualquier persona normal.
Daniel dio otro sorbo al agua con miel, sintiendo cómo el dulzor le devolvía un poco de estabilidad al cuerpo, y continuó con la voz seria, mirando a Meili fijamente.
—Además... no quiero involucrarme en los asuntos del clan ni perder el tiempo intentando aprender las técnicas de veneno de su gente —declaró Daniel, dejando la taza sobre la bandeja de madera—. Mi anomalía no funciona con la lógica de su cultivo. La física del mundo real, la ciencia que ustedes conocen, es la construcción y la estabilidad de la materia. Es el lado positivo. Lo mío... lo mío es la contraparte exacta. Es como el Yin y el Yang. La Ciencia Negativa es la polaridad opuesta: pura anulación, destrucción y reordenamiento entrópico. Es infinitamente más destructiva e inestable porque niega las leyes naturales.
Hizo una pausa para respirar, apoyando los codos sobre sus rodillas de seis años.
—No soy un genio, ni un prodigio, ni un monstruo de la naturaleza —continuó Daniel, arrugando el entrecejo por la frustración de reconocer sus propios límites—. Solo tengo la teoría en la cabeza. Si intento meterle a mi cuerpo técnicas de Qi o fórmulas alquímicas tradicionales que siguen la polaridad positiva, lo único que voy a conseguir es que mis propios átomos colapsen de nuevo. Tengo que entender esta fuerza por mi cuenta, a través de prueba y error, formulando mi propio método o mi propio flujo para que la energía no me destroce los órganos cada vez que reaccione.
Meili lo escuchó con una mezcla de fascinación y diversión contenida. La profundidad conceptual con la que hablaba de "polaridades" y "reordenamiento", combinada con la honestidad bruta de admitir que no poseía un talento divino ni memoria perfecta, hacía que el niño fuera un enigma cada vez más atrapante para la Primera Rama.
—Entiendo tu punto —dijo Meili, inclinándose ligeramente hacia adelante con los brazos cruzados—. No esperaremos que te conviertas en un maestro boticario ni que memorices la enciclopedia del clan. Pero ante los ojos del consejo de ancianos y los espías de las ramas secundarias, debes al menos sostener un libro de toxinas en la mano. Tu investigación personal de esa "Ciencia Negativa" tendrá que hacerse en las sombras, mientras en la superficie aparentas ser un aprendiz de venenos bajo mi custodia.
En ese preciso momento, las pesadas cortinas de la entrada se hicieron a un lado. Dos sirvientes de la Primera Rama entraron con pasos apresurados y la vista baja, cargando una mesa baja de madera de sándalo sobre la que se acomodaban varios recipientes de porcelana humeantes.
El aroma a caldo denso de ginseng de montaña, carne asada de ciervo espiritual y arroz recién al vapor inundó de inmediato el aire frío del Pabellón del Loto Negro.
Los sirvientes colocaron la bandeja cerca de la camilla, hicieron una reverencia profunda sin atreverse a mirar a Daniel directamente a los ojos y se retiraron en silencio.
Daniel no esperó una invitación formal. Deslizó las piernas sobre el suelo, tomó los palillos de madera y el tazón de arroz, y comenzó a comer con una voracidad pragmática. No había elegancia de noble ni modales refinados; simplemente era un organismo biológico que demandaba nutrientes de manera urgente para reponer la glucosa y la masa celular destruida por la anomalía.
Lin se apoyó contra la columna de piedra caliza, mirando al pequeño devorar la carne con una sonrisa de incredulidad.
—Para no ser un prodigio —murmuró Lin en voz baja hacia Meili—, tiene una forma muy peculiar de poner a todo el clan en jaque sin mover un solo dedo.
—Eso es lo que lo hace peligroso... y fascinante —respondió Meili en un susurro, observando cómo Daniel terminaba el primer cuenco de arroz—. No busca el poder por ambición de cultivo. Solo busca comprender su propia existencia. Y una mente que busca la verdad por encima del dogma es mucho más impredecible que cualquier guerrero de la Secta Hanyang.
Meili y Lin se miraron la una a la otra por un segundo, con la mente procesando la frase que acababa de salir de la boca del niño.
—Espera un momento... —interrumpió Lin, frunciendo el ceño y dando un paso hacia adelante con ligera confusión—. ¿Qué fue exactamente lo que dijiste antes? ¿Una "captura de pantalla"? ¿Qué clase de artefacto o término es ese?
Meili también se quedó congelada en su sitio, pestañeando despacio.
—¿"Captura"... de pantalla? —repitió Meili con lentitud, saboreando las palabras como si hablara un idioma extinto—. ¿Es una técnica de sellado visual de la Secta Central? ¿O algún tipo de talismán de proyección de memoria?
Un silencio incómodo y pesado se apoderó de la habitación.
Daniel, que estaba a mitad de masticar un pedazo de carne de ciervo con los palillos en la mano, se detuvo en seco. Se dio cuenta de inmediato de su desliz: había soltado un término del siglo XXI y de la tecnología moderna de la Tierra por pura inercia, olvidando por completo que estaba en un mundo de cultivadores donde las pantallas no existían.
El niño tragó despacio, se limpió los labios con la manga de su túnica y las miró con la cara totalmente seria, tratando de disimular la torpeza.
—Olviden eso —dijo Daniel con voz plana y sin pestañear—. Es solo... una forma de decir. En mi cabeza significa mirar algo y que se quede grabado mágicamente como un dibujo instantáneo. No hay ningún talismán ni artefacto extraño, solo modismos míos. Concéntrense en la comida y en cómo me van a encubrir, que esto se está enfriando.
Lin soltó un largo suspiro y sacudió la cabeza, mientras que Meili dejó escapar una leve sonrisa de resignación, decidiendo no presionar más por ahora sobre el vocabulario absurdo e incomprensible de su nuevo "aprendiz".
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