un romance entre un mafioso y un femboy
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UNA VIDA NORMAL
Habían pasado casi seis meses desde que Dante abandonó definitivamente su antigua organización. Seis meses en los que había intentado reconstruirse, aprender a vivir sin el peso del poder sobre los hombros, sin miradas que lo juzgaran o temieran cada vez que entraba a una habitación. Y para Adrián, aquellos meses habían sido, sin duda, los más extraños y hermosos de toda su vida.
Nunca había imaginado que el hombre que una vez había sido una de las figuras más temidas de la ciudad, aquel cuyo nombre hacía callar a las personas en las reuniones más oscuras, terminaría discutiendo con él, con toda seriedad, sobre quién debía lavar los platos después de cenar.
—Te toca a ti —dijo Adrián, señalando el fregadero con un gesto firme, aunque con una sonrisa traviesa escondida en los labios.
Dante miró los platos acumulados como si fueran una montaña imposible de escalar.
—Los lavé ayer —replicó, con ese tono levemente defensivo que últimamente usaba cada vez que perdía una discusión.
—Y yo cociné —respondió Adrián, cruzándose de brazos.
—Eso no cuenta —dijo Dante, sacudiendo la cabeza.
—¿Cómo que no cuenta? —exclamó Adrián, fingiendo indignación—. ¡Me esforcé!
—Quemaste la mitad de la comida —señaló Dante, con una media sonrisa que empezaba a ganar la batalla.
Adrián abrió la boca, totalmente indignado.
—¡Eso fue porque estabas hablando conmigo mientras cocinaba! ¡Me distraíste a propósito!
Dante soltó una pequeña risa, una de esas que ahora le salían con más frecuencia, sin esfuerzo, como si estuviera aprendiendo a ser feliz de nuevo.
—Entonces fue culpa mía —admitió.
—Exactamente. Así que lava.
Adrián tomó uno de los platos y se lo entregó, poniéndolo directamente en sus manos. Dante suspiró, pero no se lo devolvió.
—Sí, señor —dijo, con una inclinación exagerada de la cabeza.
Adrián comenzó a reír, y Dante, al verlo reír, sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido, algo que durante años creyó que no merecía: paz.
Aquella vida sencilla era algo que Dante jamás había imaginado tener. Una casa pequeña, acogedora, con paredes pintadas de colores suaves y muebles que no eran fríos ni ostentosos. Una rutina que no consistía en firmar sentencias ni planear estrategias, sino en ir al supermercado, caminar por el parque al atardecer, arreglar la cerradura de la puerta o simplemente sentarse en el sofá a leer mientras Adrián hacía los deberes o escuchaba música. Un trabajo legítimo, en una pequeña empresa de contabilidad donde nadie sabía quién había sido antes. Y alguien esperándolo al regresar a casa, alguien que no le temía, que no le pedía nada más que estar ahí.
Sin embargo, algunas noches el pasado no lo dejaba descansar. Seguía despertándose sobresaltado, con el corazón acelerado, sudor frío en la frente y la sensación de que las paredes se le venían encima. Los sueños no eran siempre claros, pero el sentimiento sí: culpa. El pasado no desaparecía simplemente porque uno decidiera abandonarlo. No era tan fácil como cerrar una puerta y caminar hacia otra parte. Las sombras saben seguirte.
Una madrugada, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, Adrián se despertó y notó que el lado de la cama estaba vacío. Se levantó en silencio y lo encontró sentado junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad de la calle, con la espalda tensa, como si estuviera escuchando algo que los demás no podían oír.
—¿Otra vez sin dormir? —preguntó Adrián suavemente, acercándose sin hacer ruido.
Dante no respondió de inmediato. Solo asintió levemente.
—¿Pesadillas?
—Solo estaba pensando —dijo él, pero su voz sonaba cansada.
Adrián se sentó a su lado, cubriendo su mano con la suya.
—¿En tu antigua vida?
—A veces. Vienen recuerdos. Caras que ya no están. Voces que no puedo olvidar.
—¿La extrañas?
Dante negó con la cabeza, rápido, como si la idea le asustara.
—No. Ni un solo día la extraño. No extraño el miedo, ni el control, ni sentirme solo entre tanta gente.
Guardó silencio unos instantes, mirando las luces lejanas de la ciudad. Después añadió, casi en un susurro:
—Pero algunas personas quedaron atrás. Y no sé si están bien. No sé si logré protegerlas de verdad.
Adrián comprendió entonces lo que le pesaba. Dante había dejado atrás a muchos aliados, a personas que le habían sido leales hasta el final. Algunos habían desaparecido sin dejar rastro. Otros seguían viviendo dentro de aquel mundo oscuro, expuestos a peligros que él ya no podía ver ni detener.
—No puedes salvar a todos —dijo Adrián con ternura—. Por más que lo intentes. No es tu responsabilidad cargar con el destino de todos.
Dante lo miró a los ojos.
—Lo sé. Pero aprender a vivir con eso… es más difícil de lo que creí.
—Entonces deja de castigarte. No eres perfecto. Y no necesitas serlo para mí.
Dante entrelazó sus dedos con los de él, apretando su mano con fuerza, como si fuera su ancla.
—Intentaré hacerlo. De verdad.
Pero esa misma mañana, justo cuando el sol empezaba a iluminar la cocina y el aroma del café llenaba el aire, ocurrió algo que cambiaría todo.
Alguien dejó un sobre cerrado frente a la puerta. No tenía nombre, ni remitente, ni sello. Solo estaba ahí, esperando, como una advertencia silenciosa. Dante lo recogió con el ceño fruncido, sintiendo cómo una vieja inquietud volvía a crecerle en el pecho. Lo abrió con cuidado.
Dentro había una fotografía algo desgastada por los bordes. Era una imagen antigua de él, mucho más joven, con una expresión más dura, menos cansada. Y junto a él, de pie, sonriendo con una amabilidad que ahora le dolía ver, estaba otra persona. Alguien que Dante reconoció inmediatamente, alguien a quien creyó haber perdido hace mucho tiempo. Su rostro perdió el color de golpe y sus dedos temblaron levemente al sostener el papel.
Adrián lo notó enseguida. Se acercó y preguntó con voz suave:
—¿Quién es, Dante?
Dante guardó silencio, incapaz de hablar. Le dio la vuelta a la fotografía y leyó, con el corazón latiéndole con violencia contra las costillas, la frase escrita con tinta oscura, en una caligrafía que jamás habría querido volver a ver:
"Creíste que habías escapado. Pero el pasado nunca olvida tu nombre."
Dante apretó la fotografía entre sus manos, sintiendo cómo el aire se volvía más denso. Su respiración se entrecortó por un instante. Sabía lo que esto significaba. No era solo una carta. Era una señal. Su pasado, ese que había intentado dejar tan lejos, acababa de encontrarlo. Y esta vez, no venía solo.