Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.
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CAPÍTULO 4: Sarcasmo bajo la lluvia de sangre
La caja fuerte de Eugenio Alarcón no era un dispositivo ordinario de acero y combinación numérica. Encajada en la pared de piedra detrás de un tapiz carcomido por la humedad, parecía la puerta en miniatura de un mausoleo gótico. La cerradura consistía en cuatro discos de bronce grabados con símbolos astrológicos y una ranura central con la forma exacta de una lágrima.
Gabriel, ya recuperado pero con una palidez persistente que le acentuaba las pómulos, sacó de su maletín un juego de ganzúas magnéticas y un frasco de reactivo alquímico de color azul eléctrico. Valeria estaba sentada en el borde de la cama deshecha, balanceando las piernas y observándolo con los brazos cruzados.
—¿No vas a usar la sangre otra vez? —preguntó ella, haciendo un gesto hacia su mano vendada—. Porque si me pides más fluido vital, te aviso que voy a empezar a cobrarte intereses por litro.
—El mecanismo de la caja no responde a la genética, sino a la masa resonante —explicó Gabriel, alineando las agujas magnéticas dentro de la ranura con la precisión de un relojero suizo—. Es un cierre de combinación estelar. Si fuerzo la cerradura sin equilibrar la carga magnética, el contenido se reducirá a cenizas antes de que la puerta se abra un milímetro.
—Qué conveniente. Tu tía abuela y tu bisabuelo eran unos verdaderos paranoicos. Deberían haber fundado un club.
—Eran pragmáticos —corrigió Gabriel. Un leve click metálico resonó en la habitación, seguido por un zumbido grave que hizo vibrar el marco de la pared—. El conocimiento arcano sin custodia es simplemente un arma cargada en manos de un analfabeto.
—¿Esa indirecta iba para mí, Don Frío?
—Iba para el noventa y nueve por ciento de la humanidad, señorita Gómez. Usted ni siquiera entra en la categoría de analfabeta arcana; usted es un riesgo biológico itinerante.
Valeria soltó una carcajada corta.
—Admítelo, Thorne. Sin este "riesgo biológico", tu copia fea del gas te habría convertido en escabeche hace veinte minutos.
Gabriel no respondió de inmediato. Los discos de bronce giraron rápidamente hasta alinearse en una secuencia perfecta. La pesada puerta de hierro de la caja fuerte se abrió unos centímetros con un siseo de aire a presión retenido durante un siglo.
Antes de meter la mano, Gabriel se giró a mirarla. Sus ojos azules ya no tenían la mirada distante y calculadora del principio; había en ellos una luz profunda, densa y cargada de un reconocimiento silencioso que no necesitaba palabras traducidas del latín.
—No lo he olvidado —dijo en voz baja, con una solemnidad que hizo que el sarcasmo de Valeria se congelara en su garganta—. Y le aseguro que mi contabilidad personal tiene esa deuda registrada en la sección de pérdidas irreparables si no se la pago adecuadamente.
Valeria parpadeó, sintiendo que un calor repentino le subía desde el cuello hasta las orejas.
—Bueno... con las tres cenas que me debes por el contrato ya vamos a mano —murmuró ella, mirando hacia otro lado mientras se ajustaba la chaqueta de cuero.
Gabriel esbozó una sonrisa imperceptible en la esquina de sus labios, se giró hacia la caja fuerte y sacó el contenido.
No había lingotes de oro ni joyas. En el interior reposaban tres cuadernos de cuero negro atados con cordeles de seda roja y un objeto envuelto en terciopelo violeta: un espejo de mano de plata oxidada, con el cristal completamente negro, como si hubiera sido ahumado sobre una llama de carbón.
—El Diario de Sintaxis Abisal —dijo Gabriel, examinando el lomo del primer cuaderno con veneración—. Eugenio anotó aquí las frecuencias exactas con las que la falla del suelo responde a la voz humana. Con esto puedo diseñar un sello de neutralización permanente para la casa.
—¿Y el espejito de Blancanieves? —preguntó Valeria, acercándose y señalando el marco de plata.
—Es una lente de refracción de sombra. Permite ver la forma real de las entidades que no poseen masa física en este plano. No lo toque, por favor.
—Tranquilo, no tengo ganas de ver mi reflejo después de llevar dieciocho horas sin lavarme la cara.
Gabriel colocó los cuadernos y el espejo en su maletín con un cuidado casi religioso. Cero el maletín, ajustó los cierres de seguridad y se puso de pie, ajustándose el cuello de la camisa.
—Debemos bajar. El ambiente en esta planta se está degradando rápidamente. La disipación del gas alucinógeno ha dejado una masa de humedad ionizada en las vigas del techo.
Como si sus palabras hubieran sido la señal para una ejecución, un crujido sordo sacudió el pasillo fuera de la habitación.
Un goteo pesado empezó a sonar contra el suelo de madera. Tap... tap... tap...
Valeria salió al pasillo primero. Se detuvo en seco.
El techo del pasillo, que antes estaba cubierto de moho y yeso agrietado, ahora parecía sudar. Pero no era agua. De las vigas de madera caían gruesas gotas de un líquido espeso, caliente y de un color rojo oscuro brillante.
—Dime que eso es óxido fundido, Gabriel —dijo Valeria, sin quitar la vista de una gota que acababa de estrellarse a diez centímetros de la puntera de su bota.
Gabriel se colocó a su lado, alzando la linterna táctica hacia el techo. La luz reveló que toda la superficie superior del pasillo estaba empapada en sangre fresca que comenzaba a filtrarse en forma de una lluvia fina y continua.
—No es óxido —catalogó Gabriel, sacando su paraguas de tela aislante del costado de su maletín y desplegándolo con un chasquido metálico impecable sobre la cabeza de ambos—. Es la respuesta metabólica de la casona. La muerte del Devorador de Sombras en el sótano ha desencadenado una reacción de necrosis en la madera. La casa está purgando la energía acumulada.
El paraguas era lo suficientemente grande para cubrir a uno solo de forma cómoda, pero Gabriel rodeó los hombros de Valeria con su brazo izquierdo, pegándola firmemente contra su costado para evitar que una sola gota del líquido rojo tocara su ropa o su piel.
Valeria sintió el brazo de Gabriel duro y protector alrededor de sus hombros. La lluvia de sangre caía sobre la tela del paraguas con un sonido rítmico, como una tormenta de Verano en el infierno, mientras ellos avanzaban lentamente hacia las escaleras.
—Esto es ridículamente poético —comentó Valeria, mirando la cortina roja que caía a los lados del paraguas—. Una lluvia de sangre, un paraguas de lujo y tú abrazándome como si estuviéramos en una película romántica de bajo presupuesto.
—Si no la sujeto, el ácido de la hemoglobina espectral le derretirá la ropa en tres segundos, señorita Gómez —respondió Gabriel con voz helada, aunque la presión de sus dedos sobre el hombro de ella no se aflojó ni un milímetro.
—Claro, siempre hay una razón técnica. Eres un romántico empedernido, Thorne.
—Su capacidad para encontrar humor en una purga metabólica de Nivel 3 es fascinante desde un punto de vista psiquiátrico.
—Y tu capacidad para no despeinarte mientras cae sangre del techo es un milagro de la cosmética, Don Frío.
Llegaron al descansillo de la escalera. La lluvia de sangre se intensificaba, convirtiendo los escalones en una cascada de líquido rojo que bajaba hacia el vestíbulo principal.
De pronto, un sonido chillón y gutural surgió del techo, justo encima de ellos.
Gabriel alzó la linterna. Adherida a las vigas, directamente sobre la barandilla de la escalera, había una masa de carne informe, cubierta de ojos amarillos y pequeñas bocas con dientes de aguja que masticaban el aire. No era el Devorador de Sombras; era un carroñero espectral, una criatura menor atraída por la purga de sangre.
La criatura abrió tres de sus bocas y emitió un silbido agudo, preparándose para dejarse caer directamente sobre el paraguas.
—No se mueva —ordenó Gabriel, intentando soltar a Valeria para alcanzar una de sus dagas.
—¡A la mierda con no moverse! —gritó Valeria.
Rápida como un rayo, Valeria metió la mano en el bolsillo del abrigo de Gabriel —que él llevaba doblado sobre el brazo—, sacó el frasco de vino consagrado que quedaba y, con la puntera de la bota, le dio una patada a la barandilla de la escalera para ganar impulso.
Se soltó del agarre de Gabriel, saltó hacia adelante bajo la lluvia de sangre y le estampó la botella entera de vino sagrado directamente en el centro de la masa de ojos y bocas.
El líquido santo estalló sobre la carne del carroñero. La criatura chilló de agonía mientras se consumía en una bola de fuego azul que iluminó todo el vestíbulo con un destello cegador.
Valeria cayó de pie sobre los escalones resbaladizos, pero el suelo cubierto de sangre hizo que sus botas perdieran tracción. Se deslizó hacia atrás, con los brazos extendidos en el aire, lista para rodar por quince escalones de madera dura.
—¡Valeria! —grito Gabriel.
El paraguas cayó al suelo. Gabriel se lanzó por la escalera sin pensar en el riesgo, deslizándose sobre la cascada de sangre. Alargó los brazos y atrapó a Valeria en el aire justo antes de que golpeara el descansillo inferior.
El impacto del cuerpo de ella contra el suyo los llevó a ambos contra la pared de abajo. Gabriel absorbió todo el golpe con su espalda, manteniendo a Valeria firmemente sujetada contra su pecho, protegiéndole la cabeza con una mano mientras la otra rodeaba su cintura.
Rodaron dos escalones más y quedaron tendidos en el suelo del vestíbulo, completamente empapados de sangre espectral que comenzaba a disiparse en el aire como si fuera humo rojo.
Silencio.
Valeria estaba tendida sobre el pecho de Gabriel. Respiraba agitadamente, con la cara hundida en el hueco de su cuello. Podía sentir el pulso desbocado de Gabriel latiendo furiosamente contra su mejilla, un ritmo acelerado que no tenía nada que ver con el cálculo de riesgos ni con los protocolos de seguridad.
Lentamente, Valeria alzó la cabeza.
Gabriel la miraba desde abajo. Su camisa estaba manchada de rojo, su cabello negro estaba mojado y desordenado, y sus ojos azules brillaban con una mezcla explosiva de rabia, alivio y una pasión reprimida que amenazaba con romper todas sus barreras.
—Es usted... la persona... más estúpida... e irresponsable... de la historia —dijo Gabriel, entrecortado por la falta de aire, pero sin soltarle la cintura.
—Y tú eres un pésimo paracaídas, Thorne —respondió Valeria, con una sonrisa descarada que le temblaba ligeramente en los labios—. Aunque tengo que admitir que amortiguas bastante bien los golpes.
Gabriel apretó los dedos en la cintura de ella. Su rostro se acercó al de Valeria hasta que sus labios quedaron a menos de un centímetro de distancia.
—Un día de estos —susurró Gabriel, con una voz tan grave y peligrosa que le hizo dar un vuelco al corazón a Valeria—, voy a dejar que se caiga.
—No lo harás —desafió ella, inclinándose un milímetro más—. Te gusta demasiado tener que salvarme.
Gabriel cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro rendido. Cuando los volvió a abrir, la frialdad había desaparecido por completo, reemplazada por una calidez profunda y posesiva que la envolvió por entero.
—Tiene razón —admitió él en un murmullo derrotado—. Me gusta demasiado.
Y antes de que Valeria pudiera responder con alguna otra burla, Gabriel la tomó por la nuca y la atrajo hacia él, cerrando la distancia entre sus bocas en un beso rápido, hambriento y cargado de una tensión que llevaba horas acumulándose bajo la lluvia de sangre de la Casona de los Cedros.