Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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El Eco de la Revelación y la Reacción de Valeria
El silencio en el Jardín de Cristal era denso, interrumpido únicamente por el leve goteo del agua sobre los estanques de mármol y el susurro de la brisa tibia que aún acariciaba las copas de los árboles exóticos.
Valeria permanecía inmóvil, mirando alternativamente la túnica de seda azul con el emblema de la Casa Vaelor y los ojos del joven que tenía a pocos pasos. La sorpresa inicial dio paso a una rápida marea de pensamientos encontrados. Aquel hombre no era el siervo anónimo con quien había compartido sus confidencias más íntimas sobre botánica y poesía; era Manuel Vaelor, el "Rey de las Tormentas", el soberano cuyo carácter, según los rumores de todo el continente, desataba heladas mortales y vendavales capaces de derribar fortalezas.
—El rey... —murmuró ella finalmente, retrocediendo un paso de manera instintiva—. Todo este tiempo... las horas en este invernadero, las preguntas sobre mi familia, sobre el tratado... ¿Era todo una prueba? ¿Un juego para medir la astucia de los delegados de Valoria?
Manuel sintió que el temor apretaba de nuevo su garganta, pero esta vez no invocó nubes oscuras ni vientos helados. La paz que había florecido en su interior tras escuchar las palabras sinceras de la joven permanecía intacta como un escudo.
—No fue un juego, Valeria. Os lo juro por la memoria de mi madre —dijo Manuel, dando un paso cauteloso hacia adelante, manteniendo sus manos visibles en un gesto de absoluta sumisión—. Cuando llegasteis a la fortaleza, me oculté en las galerías superiores para observar a vuestra comitiva. He aprendido a desconfiar de las sonrisas cortesanas; durante diez años, cada noble que ha cruzado esas puertas traía consigo una agenda oculta, una petición de títulos o el deseo codicioso de controlar el clima de Eldamar.
Valeria lo escuchaba en silencio, con los labios ligeramente entreabiertos y la mirada fija en el rostro del soberano.
—Cuando descendisteis del carruaje —continuó Manuel con voz vibrante y emotiva—, vi en vuestros ojos algo que jamás había contemplado en esta corte: curiosidad genuina y ausencia de miedo. Deseé hablar con vos sin la barrera de mi corona, sin la zozobra de saber si me sonreíais a mí o al trono de granito. Venir a este jardín no fue una estratagema calculada; era mi único refugio. Hallaros aquí fue un regalo del destino que no me atreví a estropear revelando mi título.
La joven observó las manos de Manuel. Notó las ligeras marcas de tierra bajo sus uñas, el desgaste en los nudillos producido por el trabajo honesto entre las plantas y la mirada vulnerable con la que la contemplaba. No había en él rastro del tirano impredecible del que hablaban los cancilleres en las cortes del sur. Solo había un hombre profundamente golpeado por la soledad, luchando por proteger la poca autenticidad que le quedaba.
Valeria dejó escapar un suspiro pausado. Su postura se relajó y la tirantez de sus hombros desapareció.
—Habéis sido un actor audaz, Majestad —dijo ella, aunque una leve pincelada de calidez volvió a matizar su tono de voz—. Sin embargo... cuando me hablasteis de la carga del rey, cuando me explicasteis la fragilidad de estas plantas y cómo necesitaban paciencia para sobrevivir a las heladas... no estabais representando ningún papel, ¿verdad?
—Cada palabra que dije en este jardín fue la verdad más pura de mi vida —respondió Manuel con solemnidad—. En estas cuatro paredes no fui el rey Manuel. Fui sencillamente el hombre que soy cuando el peso del mundo me permite respirar.
Valeria caminó hacia el banco de piedra y rozó con la yema de sus dedos los pétalos de una orquídea dorada.
—El clima de esta tarde... —recordó la joven, alzando la vista hacia la cúpula, por donde se filtraban los tonos púrpura y carmesí del atardecer—. Las nubes se abrieron en el instante exacto en que me negué a ser parte del juego de los diplomáticos. No fue una casualidad.
—El Firmamento Vivo no sabe mentir, Valeria —explicó el rey con amargura y ternura a la vez—. Mis predecesores aprendieron a apagar sus corazones para mantener los cielos grises y seguros. Yo jamás pude lograrlo. Mi mente refleja lo que siento sin filtro alguno. Esta tarde, cuando comprendí que vuestra sinceridad era real, el cielo de Eldamar sintió la primera paz verdadera en más de un decenio.
Valeria se acercó a Manuel. Sin pedir permiso ni guardar la rigidez del protocolo, extendió su mano y rozó suavemente los dedos del soberano. Manuel se sobresaltó ligeramente ante el contacto, pero no se apartó. El calor de la mano de la joven recorrió su brazo como un torrente reconfortante.
—Entonces no volváis a esconderos tras la máscara de jardinero, Sire —dijo ella con una sonrisa dulce y resuelta—. Pero tampoco os encerréis tras la frialdad del trono. Si Eldamar necesita un rey justo, también necesita saber que su rey es capaz de sentir la luz del sol.