Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 7
Capítulo 7
Don Ernesto volvió la mirada hacia Ximena.
—¿Y tú? ¿Qué piensas hacer ahora que volviste?
—Primero resolver el kínder de los niños. Después, lo que tú me digas.
Don Ernesto sonrió.
—Entonces te encargo Del Río Joyas.
Ximena se quedó quieta.
—¿Directamente?
—Directamente.
—¿No quieres que empiece desde abajo?
—No. Confío en ti. Y si la empresa se tambalea, aprenderás. Para eso está el dinero, para sostener a la familia, no para tenerla de adorno.
Ximena sintió un calor suave en el pecho.
Su madre había sido diseñadora de joyas. Muchas piezas clásicas de Del Río Joyas habían salido de sus manos. Ximena creció viendo diamantes, bocetos, monturas, piedras de colores. En Houston siguió estudiando diseño y tomó pedidos privados.
—No voy a fallarte.
—No te pedí perfección. Te pedí que te hagas cargo.
Después, Don Ernesto miró a Rodrigo.
—Te doy un año. Si en un año Arturo no te da tu lugar, vienes a Grupo Del Río.
Rodrigo asintió.
—Un año.
Días después, Ximena volvió al departamento de Polanco con una asesora inmobiliaria.
Llevaba la llave por si la huella ya no funcionaba, pero el lector encendió al primer toque.
El departamento estaba limpio.
Demasiado limpio.
Doña Tere salió del balcón con una regadera.
—¡Señora! Perdón... señorita Ximena. Es la costumbre.
—No pasa nada. ¿Qué haces aquí?
—El señor Gael me paga para venir a limpiar. Dijo que, si usted volvía, tenía que encontrar todo listo.
Ximena miró la sala.
Antes, Gael no notaba ni si ella cenaba. Después del divorcio, cuidaba una casa vacía.
Llegaba tarde.
La asesora pidió permiso para tomar fotos.
—Adelante.
Doña Tere le sirvió agua.
—¿Va a vender?
—Sí. No voy a vivir aquí.
La mujer bajó la mirada. Ximena entendió rápido.
—Tere, si no tienes otro trabajo, ven conmigo a la casa Del Río. Necesito a alguien de confianza para Santi y Sofi.
Doña Tere levantó la cabeza.
—¿De verdad?
—Sí. Pero hay una condición. Dejas de reportarte con Gael.
Doña Tere sacó el celular en ese momento y borró el número frente a ella.
—Hecho.
Cuando llegaron a la casa Del Río y Doña Tere vio a los niños, se quedó pálida.
Santi tenía los ojos y la nariz de Gael.
Sofi también llevaba algo de él en la mirada.
Doña Tere recordó las náuseas de Ximena antes del divorcio.
No preguntó nada.
—Ellos son Santi y Sofi —dijo Ximena—. Vas a ayudarme a cuidarlos.
—Con mucho gusto.
Doña Tere sabía tratar niños. En un día, Sofi ya le pedía que la llevara al jardín y Santi le enseñaba sus libros.
Ximena respiró un poco más tranquila.
Ahora podía empezar con Del Río Joyas.
Pero primero tenía que cerrar la última puerta con Gael.
La llamada llegó a la hora de la comida.
Ximena estaba en el comedor de la casa Del Río, vigilando que Sofi terminara la pasta antes de pedir postre.
—Mamá, ¿puedo comer el pastelito de conejo?
—Primero la comida que tú pediste.
Sofi infló los cachetes.
—Pero el conejo se va a poner triste.
—El conejo puede esperar.
Don Yago se acercó con el celular.
—Señorita, le han llamado varias veces.
Ximena salió al jardín, junto al muro cubierto de bugambilias.
—¿Bueno?
—Señorita Salcedo, habla Camila, de la inmobiliaria. El departamento ya tiene comprador. Vino esta mañana, dejó apartado y quiere firmar cuanto antes.
Ximena se quedó callada.
—¿Tan rápido?
—También me sorprendí. Lo vio poco tiempo y sacó la tarjeta.
El departamento estaba valuado en una cifra enorme. Ese tipo de propiedades no se compraban por impulso.
—¿Es de aquí?
—Parece mexicano, pero no lo reconozco.
Ximena agendó la firma.
Esa tarde conoció al supuesto comprador en la oficina de la inmobiliaria.
Camila presentó a un hombre de traje impecable.
—Señorita Salcedo, él es el señor Fabián Torres.
Ximena lo observó. Le sonaba la cara, pero no lo ubicaba.
—Mucho gusto.
—El gusto es mío.
Se sentaron.
—Señor Torres —dijo Ximena—, me preocupa que haya decidido tan rápido. Si cambia de opinión, puedo devolverle el apartado.
Camila casi se atragantó con su saliva.
Fabián sonrió.
—Tiene buen ojo. Yo no soy el comprador final. Trabajo para mi jefe. Le mandé video y quedó satisfecho.
Camila bajó la mirada. Ella sabía que Fabián no había grabado nada, pero una comisión así no se ponía en riesgo por curiosidad.
—¿Quién es su jefe?
—Un empresario discreto. Viaja mucho. Dudo que se conozcan.
Ximena no insistió. Había personas que pagaban fortunas por privacidad.
Firmaron. Hicieron los trámites. El dinero entró a su cuenta.
Cuando salió, tenía una cantidad absurda disponible y un hueco raro en el pecho.
Con ese dinero podía cubrir escuelas, médicos, viajes, seguridad. Criar dos niños costaba, y ella no pensaba depender de nadie.
Pero el departamento...
Ahí había vivido con Gael.
Ahí había esperado una noche entera.
Ahí había decidido irse.
Fabián, ya en el coche, llamó a Gael.
—Listo, señor. La operación quedó cerrada.
—Bien.
—Ella preguntó por usted.
—¿Le dijiste?
—No.
Gael guardó silencio.
El departamento volvía a sus manos, aunque Ximena no lo supiera.
Era ridículo. Comprar una casa vacía para conservar recuerdos de una mujer que tal vez ya tenía otra vida.
Pero aun así lo hizo.
Ximena, desde su coche, miró el atardecer encender la ciudad.
El pasado ya tenía precio, firma y nuevo dueño.
No por eso dolía menos.