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AMORES DE LA ÉLITE

AMORES DE LA ÉLITE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

SECRETOS DE SOBREMESA, RISA BAJO SOL

La sobremesa avanzaba entre risas contagiosas, copas que tintineaban al compás de los brindis y el murmurlo alegre de una familia que, por fin, se permitía respirar sin la sombra de la amenaza. Los rayos de sol de la tarde filtraban su luz dorada a través del follaje de los árboles, creando un juego de sombras bailarinas sobre el mantel de lino blanco. En un extremo del jardín, el pequeño Irai correteaba persiguiendo pompas de jabón mientras la pequeña Diane descansaba plácidamente en un cochecito, arrullada por el suave compás de la tarde y vigilada de cerca por Kaelen y Clara.

A pocos metros de allí, sentados a la sombra de un frondoso limonero, Andrés y Anastasia compartían una charla íntima y silenciosa. Lejos de los hospitales, de los pasillos estériles y de las garras de Rubén Martínez, Anastasia parecía otra persona; el brillo había retornado a sus ojos oscuros y una sonrisa tímida pero genuina se dibujaba en sus labios cada vez que Andrés le decía algo al oído.

De regreso en la mesa principal, el debate sobre los romances y las bromas de las amigas de Diana seguía dando de qué hablar.

—Yo insisto —comentó Paulina Betancourt, acomodándose los lentes de sol con una elegancia impecable y señalando a Diana con la punta de los dedos—, que deberíamos redactar un contrato matrimonial para Samantha y Diana, notariado y con cláusulas de exclusividad médica. Porque conociendo a Diana, en cualquier momento se nos escapa a una misión encubierta con la teniente y nos deja el hospital sin directora.

Samantha soltó una carcajada sonora, negando con la cabeza mientras le rodeaba los hombros a Diana con un brazo protector y afectuoso.

—No te preocupes, Paulina, mis misiones encubiertas con Diana se limitan estrictamente a la sala de descanso y a los fines de semana libres —respondió Samantha con una sonrisa socarrona que hizo sonrojar ligeramente a la cirujana.

—¡Menos mal, teniente, porque ya bastante tenemos con los sobresaltos de esta familia! —intervino doña Elena, la respetada matriarca, levantando su copa de agua con gas con absoluta autoridad y una chispa de picardía en los ojos—. A propósito de sobresaltos... no crean que se me ha olvidado el detallito que mencionó Mateo cuando llegó a la clínica.

El silencio se instaló de golpe en la mesa. Las risas se apagaron por un instante y varias miradas se cruzaron con evidente desconcierto.

Mateo Valderrama, que estaba sentado junto a su esposa Elena cortando un trozo de carne, detuvo el movimiento del cuchillo y miró a su abuela con atención.

—¿De qué hablas, abuela? —preguntó Mateo con el ceño ligeramente fruncido.

A ver, a ver... no nos hagamos los distraídos ni inventemos conspiraciones donde no las hay —comenzó la matriarca, mirando fijamente a los dos jóvenes que se encontraban sentados cerca del extremo de la mesa—. Que aquí mi nieto Mateo los vio muy juntitos y sonrientes por los pasillos de la clínica. Así que, sin rodeos: Valeria, mi vida, y Esteban, hijo mío... que nos cuente todo el mundo qué se traen entre manos y por qué andan tan amiguitos de la mano por ahí.

Al instante, todas las miradas de la mesa se clavaron en Valeria y Esteban. Un ligero sonrojo asomó por las mejillas de Valeria, quien acomodó con elegancia los mechones de su cabello oscuro, mientras Esteban esbozaba una sonrisa de medio lado, profundamente divertido por la atención repentina.

Esteban se aclaró la garganta con elegancia, se acomodó la camisa y, tomando de la mano a Valeria bajo la mesa, decidió dar la cara con total tranquilidad.

—Bueno, ya que la abuela doña Elena pregunta de frente, no tiene ningún caso seguir ocultándolo —respondió Esteban con voz firme y una sonrisa radiante, mirando a su madre y a la doctora Morales—. No nos traemos nada oscuro ni ninguna intriga de novela. Lo que pasa es que, después de tantas semanas compartiendo pasillos, emergencias y momentos difíciles en el hospital, nos dimos cuenta de que lo nuestro iba mucho más allá de una simple amistad. Así que, para responderle a la abuela: le pedí a Valeria que fuera mi novia, y ella aceptó.

La confesión cayó en la mesa como una chispa en un campo de trigo seco. Por un segundo hubo un silencio absoluto de sorpresa, seguido inmediatamente por una explosión de aplausos, risas y exclamaciones de alegría.

En medio del alboroto general, la teniente Samantha Blake, que estaba sentada justo al lado de Diana, se inclinó ligeramente hacia su pareja y le susurró al oído con una sonrisa socarrona:

—Vaya, mi amor... parece que la familia se agranda y ahora tenemos una alianza oficial entre los Monasterio y los Morales. ¿Te imaginas cómo serán los nietos con el carácter de Diana y la elegancia de Elena?

Diana, que todavía estaba procesando la noticia del noviazgo de su hijo Esteban con la hija de su gran amiga, sintió el comentario juguetón de Samantha tan cerca que, por pura reacción refleja ante la broma, le dio un fuerte y rápido pellizco disimulado en el brazo.

—¡Auch! ¿Y eso por qué fue, mi amor? —susurró Samantha con los ojos abiertos de par en par, frotándose el brazo con una mezcla de risa y dolor fingido.

—Por andar de chistosa cuando estoy intentando procesar que mi hijo ya creció y tiene novia —le recetó Diana en un susurro de reproche, aunque con una sonrisa inevitable en los labios.

En ese preciso instante, Samantha se quedó viendo a Diana fijamente a los ojos, con una chispa de travesura brillando en su mirada, y le soltó en voz baja pero con la intención suficiente para que los de al lado alcanzaran a escuchar:

—Tranquila, doctora... guárdate esos pellizcos, que esta noche me los cobro todos en casa.

El comentario no pasó desapercibido. De inmediato, todos los rostros de la mesa giraron hacia ellas con aire de picardía absoluta. Las bromas estallaron de inmediato, pero el comentario más picoso, sin duda, vino de parte de la doctora Elena Morales, quien soltó una carcajada y apuntó con la copa:

—¡Vaya, vaya! Con razón la teniente anda tan valiente defendiendo la clínica, ¡si ya tiene las horas de cobro nocturno bien programadas y estrictamente confidenciales!

Al escuchar la ocurrencia de Elena, Diana sintió que las mejillas se le encendían por completo de la pena y la risa. Sin pensarlo dos veces, agarró su servilleta de lino blanco hecha un bollo y se la lanzó de lleno a la cara a Elena con total puntería.

—¡Cállate la boca, Elena Valderrama! ¡Yo no sabía que tú también venías incluida en el clan de las malcriadas y chistosas! —exclamó Diana entre carcajadas, mientras toda la mesa rompía en una ovación de aplausos y gritos divertidos.

Pero si alguien no iba a dejar pasar la oportunidad de rematar la escena, esa era Mariana. Tan pronto como el revuelo comenzó a calmarse, Mariana se levantó un poco de su asiento, alzó su copa de vino con elegancia teatral y pidió la palabra a todo pulmón.

—¡No, un momento, un momentito! ¡Paren las prensas y detengan la boda! —exclamó Mariana con una sonrisa pícara y sarcástica—. ¡Yo solo quiero decir que esto ya supera cualquier guion de televisión! ¡Primero nos salvan de los tiroteos, luego celebramos altas milagrosas, y ahora resulta que entre amenazas tácticas, pellizcos y cobros nocturnos, la directora del hospital nos salió de lo más romántica y vengativa!

Mariana hizo una pausa dramática, mirando fijamente a Diana.

—Teniente Blake, cuídela bien, porque si le vuelve a dar otro pellizco por andar de bromista, la próxima que va a terminar disparando en el balcón va a ser la propia Diana. ¡Que viva el amor, que nos salven de la ruina inmobiliaria y que viva la resistencia nocturna!

La carcajada colectiva estalló con tanta fuerza que los pájaros en los árboles echaron a volar. Entre las risas de doña Elena, la complicidad de Elena Morales, la ternura de Marcela y las bromas interminables de Regina y Paulina, el almuerzo se convirtió en la fiesta perfecta. Diana, negando con la cabeza mientras le acomodaba la chaqueta a Samantha —a quien le seguía sobando el brazo con falsa culpa—, supo que, a pesar de los enredos, las sorpresas y las ocurrencias de sus amigas, esa caótica y maravillosa familia era exactamente el lugar donde siempre había deseado estar.

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Luisa Franco
la historia promete
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