Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 13: El Arsenal de la Luna y el Descenso a las Sombras
El humo residual del veneno del Visir terminó de disiparse bajo la brisa fría que se colaba por la terraza destruida. El silencio en la suite imperial no era de paz, sino el preludio tenso de una guerra que había tardado diez siglos en alcanzar su punto de ebullición. El polvo de yeso, las astillas de caoba y los fragmentos de cristal tachonaban la gruesa alfombra persa, reflejando la luz tenue de los velones que milagrosamente continuaban encendidos.
Tariq permaneció unos segundos con Zaira estrechada contra su pecho, sintiendo el latido desbocado pero constante del corazón de la joven. Sus dedos, aún manchados de ceniza y tizón, se hundieron en el cabello oscuro de ella con una posesividad feroz.
—Tu poder está despertando con más rapidez de la que preveía —murmuró el Alfa, deslizando la mejilla por la sien de Zaira—. Esa luz no proviene del amuleto. Es tu propia sangre reconociendo la matriz de la era antigua.
Zaira alzó la mirada, fijando sus ojos oscuros en los orbes ámbar de su esposo. El miedo inicial había sido reemplazado por un fuego frío y determinado.
—Aprendí a sobrevivir en un mundo de lobos vestida con trajes de gala, Tariq —respondió ella, acomodando la seda roja que cubría su cuerpo—. No voy a permitir que un espectro podrido decida nuestro destino en este siglo ni en el nuestro.
Una leve sonrisa de orgullo deformó los labios del inmortal. Se inclinó y estampó un beso rudo, hambriento y breve sobre su boca, saboreando la mezcla de adrenalina y devoción que emanaba de la joven.
—Así se habla, mi reina —sentenció él, soltándola a regañadientes—. Vístete. Baraz no tardará en subir al escuchar el estruendo. Necesitamos armarnos antes de que el sol alcance su cenit y la luna empiece a devorar la luz.
Las puertas destrozadas del aposento se abrieron del todo y el anciano Baraz apareció en el umbral, flanqueado por dos sirvientes de la estirpe inmortal con las espadas desenvainadas. Sus rostros reflejaban la gravedad de la situación; sabían que la visita del Visir presagiaba la apertura inminente del portal subterráneo.
—Mowlana... —pronunció Baraz, inclinándose con rapidez ante Tariq y Zaira—. Las sombras de Jafar se han replegado hacia las entradas del acueducto bajo el Gran Bazar. El pueblo no lo sabe aún, pero el cielo ya empieza a teñirse de un tono plomizo antinatural. El eclipse ha comenzado su curso.
—Prepara la armería subterránea, Baraz —ordenó Tariq con voz de mando infalible—. Zaira no peleará con ropa de seda ni con telas livianas. Necesita protección bendecida por el templo de la luna. Y trae el acero de damasco pesado para mí.
—Todo está listo en el nivel inferior, mi Señor. Seguidme.
El descenso hacia la armería de la posada se realizó a través de un pasadizo secreto oculto tras una pared de ladrillos refractarios en las cocinas del complejo. A medida que bajaban por los peldaños de piedra desgastada, el calor sofocante de la superficie dio paso a un aire fresco, denso y saturado del olor a aceite vegetal, grasa de ballena para pulir metales y cuero curtido.
La estancia subterránea era un bastión excavado en la roca viva. Antorchas fijadas en soportes de hierro iluminaban hileras de armaduras antiguas, cimitarras curvadas, dagas de doble filo, arcos compuestos de madera de tejo y escudos de bronce reforzado. En el centro de la sala, sobre una gran mesa de roble, descansaba el atuendo ceremonial de las antiguas defensoras del santuario.
Zaira se acercó a la mesa. Sobre el cuero negro yacía un corsé reforzado con placas de plata fina grabadas con runas de protección lunares, diseñado para brindar máxima movilidad sin sacrificar la resistencia contra estocadas y magia negra. Acompañaban a la pieza un par de brazales de metal flexible, grebas de cuero duro para las piernas y una túnica ajustada de lino oscuro lavada en aceites esenciales sagrados.
—Esto perteneció a la última matriarca del orden —explicó Baraz mientras ayudaba a Zaira a ajustar las hebillas del corsé—. La plata pura repele la parálisis de los espectros. Ningún conjuro de baja escala podrá atravesar este tejido.
Zaira sintió el peso de la armadura ajustándose a sus curvas. El cuero flexible ceñía su cintura con firmeza, reforzando su postura y dándole una presencia imponente. Ajustó los brazales a sus muñecas y probó la flexibilidad de sus brazos. A su lado, Tariq la observaba con la mirada encendida, ajustando las correas de sus propias hombreras de acero persa sobredorado.
El Alfa se acercó a ella sosteniendo un cinturón de cuero cruzado. De él colgaban dos dagas de hoja ondulada, forjadas en acero estriado con incrustaciones de lapislázuli en la empuñadura.
—Estas dagas no son ornamentales —dijo Tariq, colocándose detrás de Zaira para ceñirle el cinturón alrededor de la cadera. Sus manos se demoraron un instante sobre la curva de sus glúteos, apretándola con sutileza antes de ajustar la hebilla—. La hoja fue templada en sangre de lobo y agua bendita. Un solo corte con esto desintegrará la materia de las criaturas que Jafar invocó.
Zaira giró el rostro y rozó la mandíbula rígida de Tariq con sus labios.
—Espero no tener que usar ambas en ti si vuelves a darme órdenes en mitad del combate —bromeó en un susurro ardiente.
Tariq soltó un bajo gruñido de satisfacción, tomándola de la nuca para presionar su frente contra la de ella.
—Me encantaría verte intentarlo, pajarillo. Pero guarda esa furia para el Visir.
Baraz dio un paso al frente sosteniendo un candil de bronce y una llave monumental de hierro forjado.
—El camino más rápido hacia la necrópolis no es por el palacio, Mowlana. Es atravesando los túneles olvidados del antiguo culto. Bajo las catacumbas se halla la Puerta de las Sombras. Si lográis cruzar el nexo antes del punto máximo del eclipse, el poder de Jafar quedará fracturado y la línea temporal de vuestro futuro se estabilizará.
—¿Y si fallamos? —preguntó Zaira, ajustándose la capucha de la túnica sobre el cabello.
Tariq tomó la empuñadura de su cimitarra de cabeza de león y desenvainó dos pulgadas de acero, dejando ver el reflejo mortífero de la hoja.
—No hay lugar para el fallo —sentenció el Alfa—. Vamos a recuperar nuestro tiempo, destruir al brujo y regresar a nuestro imperio.
El acceso a la red de acueductos subterráneos se abría como una garganta de piedra negra al fondo de la armería. La transición entre la luz de las antorchas y la penumbra del túnel fue instantánea. El aire se volvió helado, cargado de humedad, moho y el eco distante de corrientes de agua subterránea que discurrían a metros de profundidad.
Tariq caminaba al frente, su presencia imponente bloqueando la mayor parte del pasadizo. Sus sentidos inmortales estaban alerta al máximo; las orejas y los ojos del Alfa captaban el más mínimo crujido de la roca o la vibración de las sombras. Detrás de él, Zaira avanzaba con pasos firmes, una mano apoyada en la empuñadura de una de sus dagas y la otra buscando instintivamente la espalda reforzada de su esposo para mantener el contacto.
A medida que se adentraban en las entrañas de Isfahán, el cielo exterior comenzaba su transformación. Aunque no podían ver el Sol directamente desde las profundidades, la presión atmosférica dentro de los túneles empezó a cambiar. El aire se volvió denso, eléctrico. La luz tenue que se colaba por las pequeñas rendijas de ventilación en la bóveda de piedra pasó del dorado matutino a un púrpura enfermizo.
El eclipse había comenzado.
—Siento la atracción... —comentó Zaira tras media hora de marcha ininterrumpida por los laberintos de piedra—. Es como si la gravedad estuviera tirando de mis huesos hacia el centro de la necrópolis.
Tariq se detuvo un instante y se giró para tomar la mano de Zaira. Sus dedos se entrelazaron con una fuerza reconfortante.
—Es el nexo del tiempo abriéndose —explicó el inmortal, acariciando el dorso de su mano armada con el pulgar—. La alineación de la Luna y el Sol crea una grieta en la dimensión. Jafar está usando la sangre de los espectros para forzar a la grieta a tragarse la energía del pasado. Si no lo detenemos, la grieta colapsará y el presente del que venimos —Dubái, el imperio, las familias de la mafia— desaparecerá como si nunca hubiera existido.
—Y nos quedaremos atrapados aquí... para siempre.
—O moriremos en el vacío —corrigió Tariq con una frialdad serena—. Por eso este combate no admite piedad.
Continuaron avanzando hasta alcanzar una bifurcación donde las paredes de piedra tallada daban paso a una arquitectura mucho más antigua. Columnas colosales con forma de serpientes entrelazadas sostenían una bóveda monumental. En el suelo de mármol negro corroído se distinguían inscripciones en cuneiforme y símbolos de la antigua Persia que brillaban con una tenue fosforescencia verdosa.
De entre las grietas del suelo y las sombras de las columnas comenzaron a emerger docenas de siluetas.
No eran los espectros voladores de la suite, sino guerreros muertos en combate siglos atrás, reanimados por la magia negra del Visir. Vestían armaduras oxidadas de la guardia imperial, sosteniendo lanzas mallas rotas y escudos carcomidos. Sus órbitas oculares vacías ardían con la misma luz verde esmeralda que caracterizaba a Jafar.
—Parece que nuestro anfitrión no quiere que lleguemos al estrado principal a tiempo —dijo Tariq con una voz que destilaba un deleite oscuro ante la perspectiva de la carnicería.
El Alfa desenvainó la cimitarra persa con un chasquido seco. El sonido del acero cortando el aire pareció despertar a la horda de cadavéricos, que soltaron un gutural alarido colectivo y se lanzaron en masa hacia la pareja.
—¡Mantente a mi espalda, Zaira! —ordenó el Alfa.
Tariq arremetió contra la primera línea de muertos vivientes con la velocidad de un huracán. La primera estocada cercenó tres cabezas en un solo arco perfecto de acero; los cuerpos desmembrados se convirtieron en polvo seco antes de tocar el suelo. El inmortal se movía como una fuerza de la naturaleza: abría brechas con patadas devastadoras que fracturaban escudos de bronce y atravesaba pechos blindados con la facilidad de quien atraviesa papel.
Zaira no se quedó atónita observando la masacre. Dos guerreros no muertos intentaron flanquear la posición de Tariq para atacarlo por la espalda.
La joven reaccionó con una agilidad impresionante. Desenvainó las dos dagas de acero ondulado y se interpuso en la trayectoria de los atacantes. El primer guerrero alzó una lanza de hierro hacia su pecho; Zaira se agachó con elegancia bajo la punta de la lanza, deslizándose sobre el mármol frío, y clavó la daga derecha directamente en la rodilla del cadáver. La plata de la hoja reaccionó al contacto con la magia negra: una explosión de chispas azules consumió la pierna del no muerto, haciéndolo colapsar.
Sin detener su impulso, Zaira giró sobre sí misma y hundió la segunda daga en el cuello del otro atacante. El guerrero emitió un silbido seco y se desintegró al instante en una nube de ceniza inofensiva.
Tariq, que acababa de aplastar el cráneo de un capitán de la guardia con su bota reforzada, giró el rostro a tiempo para ver la maniobra de su esposa. Una chispa de orgullo puro y deseo abrasador encendió sus ojos rojos.
—Impecable, pajarillo —dijo el Alfa con la voz agitada por el combate—. Tienes el instinto de una cazadora de mi estirpe.
—Te dije que no necesitaba que me protegieras a cada segundo —respondió Zaira, limpiando el tizón de la hoja de su daga antes de adoptar de nuevo la postura de combate.
El camino hacia el centro de la necrópolis estaba despejado. Los restos de la guardia cadavérica cubrían el suelo en forma de montículos de ceniza y armaduras vacías. Pero al fondo de la gran bóveda, a través de una hilera de arcos de piedra que conducían al estrado principal, la luz del eclipse alcanzaba su fase de umbra total.
El cielo sobre Isfahán se había oscurecido por completo. El Sol era ahora un disco negro rodeado por una corona de fuego dorado y azul.
Y desde el centro del altar de basalto, la voz de Jafar resonó con la potencia de un trueno destruyendo la estructura de la cúpula subterránea.
—¡El tiempo se ha agotado, Tariq! ¡Entrégame a la mujer o la era de los Alfa será sepultada bajo esta necrópolis!
Tariq tomó la mano de Zaira, apretándola con una determinación inquebrantable mientras caminaban juntos hacia la luz del portal donde se decidiría la victoria final de su imperio.