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Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Telepatía
Popularitas:10.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23: Cumple tu palabra

Sebastián fue el primero en bajar la mirada.

No por rendición. Por oficio.

Dejó la pluma sobre el escritorio, revisó otra vez la placa y habló con una calma que no alcanzaba a cubrir el filo de la habitación.

—La fractura es estable, pero no debe caminar. Nada de apoyar el pie durante al menos dos semanas. Después evaluaremos.

—¿Dos semanas? —Ximena casi se incorporó.

Cristian la sujetó por el hombro.

—Dijo nada de apoyar.

—Tengo trabajo.

—Tendrás reposo.

—También tengo alumnos.

—Tus alumnos sobrevivirán.

—Eso no lo sabes. Algunos apenas sobreviven con supervisión.

Sebastián, pese a todo, casi sonrió.

Fue un gesto mínimo, nacido de un recuerdo que Cristian no compartía.

—Siempre fuiste así con tus clases —murmuró el médico.

Ximena se tensó.

Cristian sintió el cambio bajo su mano.

—¿Siempre? —preguntó.

Sebastián volvió a la pantalla.

—Es una forma de hablar.

*No. No fue forma de hablar. Fue memoria. Y las memorias son peligrosas cuando tienen bata blanca y ojos tristes.*

Cristian miró a Ximena.

Ella no lo miró de vuelta.

Sebastián miró la mano de Cristian sobre su hombro.

—Necesitará ayuda para bañarse, subir escaleras, moverse en casa.

—La tendrá —repitió Cristian.

—Y no conviene dejarla sola las primeras cuarenta y ocho horas. El dolor puede aumentar.

—No estará sola.

Cada frase sonaba como indicación médica.

Cada respuesta sonaba como desafío.

Ximena cerró los ojos.

*Esto es una consulta, no una pelea de gallos caros. Aunque debo admitir que Cristian celoso tiene una energía peligrosísima. Si no estuviera al borde de un colapso, le pediría que dijera otra vez "no estará sola" pero más cerca.*

Cristian escuchó el pensamiento y, por primera vez desde que Sebastián entró, la furia le dio un segundo de tregua.

Solo un segundo.

Porque Sebastián volvió a hablar.

—La férula temporal se cambiará por una bota inmovilizadora. Voy a pedirla.

—Gracias —dijo Ximena.

—No tienes que agradecerme.

El silencio cayó de golpe.

Cristian miró a Sebastián.

Sebastián pareció darse cuenta tarde de la familiaridad. Enderezó la espalda.

—Es mi trabajo —añadió.

*No lo hagas más difícil. Por favor. No me mires así. No me hables como si el tiempo no hubiera pasado. No soy la persona que estás viendo.*

Cristian no entendió la última frase.

Pero la oyó.

No soy la persona que estás viendo.

La sospecha, que hasta entonces tenía forma de celos, cambió de textura. Algo no encajaba. No era solo un ex. No era solo una historia vieja. Había un terror más profundo en Ximena, una grieta que ella tapaba con sonrisas, compras y pensamientos indecentes sobre su abdomen.

—Voy por los medicamentos —dijo Cristian.

Ximena abrió los ojos.

—No hace falta, pueden traerlos.

—Voy yo.

Sebastián tomó una receta y la extendió.

—La farmacia está al final del pasillo.

Cristian tomó el papel sin tocarle los dedos.

Antes de salir, se inclinó hacia Ximena.

—No te muevas.

—Estoy fracturada, no planeaba bailar.

*Aunque si te quitas el saco, quizá hago el intento.*

Cristian le sostuvo la mirada un segundo.

Luego, delante de Sebastián, se inclinó y la besó.

No fue un beso largo.

Tampoco fue suave.

Ximena se quedó inmóvil, con las manos suspendidas a medio camino entre empujarlo y sujetarse de él. El beso duró apenas lo suficiente para dejar clara una cosa: Cristian no estaba marcando una costumbre. Estaba marcando territorio.

Cuando se apartó, sus ojos seguían fríos.

—Vuelvo enseguida.

Ximena no encontró voz.

Cristian salió del consultorio.

La puerta se cerró.

Sebastián soltó el aire que había estado conteniendo.

—¿Así es tu matrimonio?

Ximena giró hacia él.

—No empieces.

—Te besa como si quisiera demostrar algo.

—No es asunto tuyo.

—Antes lo era.

La frase la golpeó más de lo que esperaba.

—Doctor Rivas.

Sebastián apretó la mandíbula.

—No me llames así.

—Aquí eres mi médico.

—Y tú...

Se detuvo. Sus ojos repasaron su rostro como si buscara una respuesta en una piel conocida.

—Tú no estás igual.

Ximena sintió que se le enfriaban las manos.

—Han pasado cosas.

—Seis años no desaparecen porque te cases.

—Sebastián.

Él se acercó un paso.

—¿Por qué no me buscaste?

—No puedo hablar de eso.

—¿No puedes o no quieres?

*No puedo. No aquí. No con Cristian a tres pasillos. No con mi tobillo roto y tu mirada rompiéndome otro problema encima.*

Sebastián avanzó otro paso.

—Mírame.

—No.

—Ximara...

El nombre salió distinto de su boca.

No como lo decía Adriana, con cariño familiar. No como lo decían los conocidos de la familia Blanco, con respeto social. Sebastián lo dijo como quien toca una cicatriz que no ha dejado de doler.

Ximena sintió que las paredes del consultorio se acercaban.

—Por favor —susurró—. No.

—Te busqué —dijo Sebastián—. Después del accidente, después de las noticias, después de que todos cerraran la puerta. Te busqué hasta que me hicieron creer que ya no había nada que buscar.

—No hables de eso.

—¿Cómo no voy a hablar de eso si estás aquí?

Su mano tembló al extenderse. No era agresiva, pero sí desesperada. Y Ximena, atrapada entre el dolor físico, el miedo y una mentira demasiado grande para un cuarto tan pequeño, sintió que si él la tocaba, todo se iba a romper.

La palabra casi la hizo retroceder, pero la camilla se lo impidió. Sebastián extendió la mano, quizá para tocarle el rostro, quizá solo para comprobar que la mujer frente a él era real.

Ximena reaccionó antes de pensar.

—¡Cuñado, no me toques!

Sebastián se quedó paralizado.

La palabra quedó suspendida en el consultorio como vidrio roto.

Cuñado.

Ximena se cubrió la boca.

Demasiado tarde.

Sebastián bajó lentamente la mano.

—¿Cuñado?

Ella negó con la cabeza, pero ya no había manera de recogerlo.

—Yo...

—¿Quién eres?

Ximena cerró los ojos.

—No me preguntes.

—¿Dónde está Ximara?

La pregunta salió apenas audible.

Ximena guardó silencio.

Sebastián retrocedió un paso, aturdido, como si el piso se hubiera movido bajo sus pies.

—Entonces es verdad —murmuró—. Hay otra.

Ella no respondió.

No podía.

La puerta se abrió.

Cristian entró con una bolsa de farmacia en la mano.

Vio a Sebastián demasiado cerca de la camilla.

Vio la cara blanca de Ximena.

Vio la mano de Sebastián aún suspendida en el aire, como si hubiera estado a punto de tocarla.

No oyó la palabra.

No necesitó oírla para perder el control.

—Aléjese de ella.

Sebastián giró apenas.

—Cristian...

El puñetazo lo derribó antes de que terminara la frase.

La pluma cayó del escritorio. La silla golpeó la pared. Sebastián terminó en el piso, con una mano en la mandíbula y la mirada perdida por una mezcla de dolor, confusión y furia.

—¡Cristian! —gritó Ximena.

Cristian respiraba como si hubiera corrido.

—Te dije que te alejaras.

—¡Está en el piso!

—Intentó tocarte.

—No era...

Ximena se detuvo.

No podía explicar.

No podía decir la verdad.

No podía defender a Sebastián sin herir más a Cristian.

*No. No, no, no. Esto se salió de control. Tenía que mantenerlos separados. Tenía que callarme. ¿Por qué dije eso? ¿Por qué ahora?*

Cristian escuchó el pánico, pero no la explicación.

Sebastián se incorporó con dificultad. Tenía el labio partido.

—No sabes nada —dijo, mirando a Cristian con odio contenido.

Cristian dio un paso hacia él.

Ximena se lanzó hacia adelante por instinto.

El dolor del tobillo le arrancó un gemido, pero alcanzó a agarrar el brazo de Cristian.

—¡Basta!

Cristian se detuvo.

No por Sebastián.

Por ella.

La bolsa de medicamentos cayó al suelo. Un blíster salió rodando hasta quedar bajo la camilla. Nadie lo recogió.

Cristian miró el tobillo inmovilizado de Ximena, luego su mano aferrada a su manga. La furia todavía le empujaba la sangre, pero el gemido de dolor que ella había soltado abrió una grieta en el impulso de seguir golpeando.

—Te lastimaste —dijo él.

—Entonces deja de hacer que tenga que detenerte.

La frase le pegó con más fuerza que cualquier reclamo.

Sebastián se limpió el labio con el dorso de la mano y soltó una risa amarga.

—Sigues eligiendo hombres que deciden por ti.

Cristian volvió la mirada hacia él.

Ximena se interpuso con la voz antes que con el cuerpo.

—Sebastián, cállate.

El médico la miró, herido, pero obedeció.

Ximena tenía los ojos llenos de lágrimas de dolor y miedo.

—Por favor —dijo—. Basta.

Sebastián, todavía en el piso, la miró como si acabara de descubrir una tragedia detrás de otra.

Cristian miró la mano de Ximena apretada en su brazo.

La escena quedó rota en tres partes: el médico aturdido, la mujer fracturada tratando de sostener un secreto y el esposo enfurecido sin saber contra qué estaba peleando realmente.

Nadie se movió.

Y en ese silencio, el golpe de Cristian siguió resonando mucho después de haber terminado.

1
bruja de la imaginación 👿😇
me encanta esta historia
Carely Prieto
bonita narrativa, creativa y gran ingenio
Karina Sanabria
👏👏👏👏muy linda novela!! algo diferente
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Karina Sanabria
Dios mío que le pasa a este hombre!!! acaso no le gusta el sexo 🤭🤤🫠
Erika Durán
Hasta el momento
Muy bien,
Carely Prieto
😭 noooo, no seas malita, sube más capítulos 🥹 anda dí que si, anda siiiiiiii??!
wendy arrieta
Dios mio ella si sabe utilizar su mente jajajajajaa
Martha Mena Wong
Por dios me voy acabar las uñas esto se está poniendo peliagudo más capítulos muchas felicidades autora eres genial te atrapa desde el principio la novela bendiciones
Martha Mena Wong
Esto se está poniendo buenísimo por favor que no la idie cuando se entere de la verdad gracias más capítulos por favor está súper la historia
Martha Mena Wong
Noooooo me va a dar el mimisqui cuánto podrá fingir ser quien no debe ahora sí me va a dar algo😭😭😭😭
Martha Mena Wong
Santa cachucha ahora que hará se le junto el ganado jajajaja 🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
Celoso de el mismo que divertido genial 🤣🤣🤣🤣
Martha Mena Wong
Por dios esto está más entretenido que las estupidas novelas de la tele felicidades me encanta
Martha Mena Wong
Ajaja se le hizo por fin siiiiiiii
Martha Mena Wong
Ya el se ka imaginaba con lencería buen camino
Martha Mena Wong
Andele a ver si ahora le hace caso
Martha Mena Wong
jajajaja me encanta excelente novela
Martha Mena Wong
🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
jajajaja esto está genial imagínate que oigan tus pensamientos bueno si está buenorro yo también pienso cositas o cositas depende jijiji
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