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La Joven Amante Del Lycano

La Joven Amante Del Lycano

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Hombre lobo / Mundo de fantasía
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

La Joven Amante del Lycano

Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.

Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.

Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.

Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.

Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.

Es un lycano.

Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El collar

La tarde se derramó sobre la cabaña como miel tibia.

Sebastián no tenía prisa. No tenía horarios. No tenía ningún lugar donde estar que no fuera esa cama, esa ventana, ese cuerpo pequeño que se despertaba y volvía a él una y otra vez con la incredulidad de quien no termina de creer que aquello es real.

Clara lo miraba con los ojos enormes.

—¿Esto está pasando?

—Está pasando.

—¿No es un sueño?

Sebastián le apartó el cabello de la frente. Le besó la sien.

—Toca. Comprueba.

Ella tocó.

Y la tarde se volvió larga. Lenta. Dorada. El mar entrando por la ventana abierta, el sonido de las olas marcando un ritmo que no necesitaban seguir pero seguían. Piel contra piel. Respiraciones que se buscaban. El nombre de Clara dicho una y otra vez, con la cadencia exacta, en el momento exacto, hasta que ella dejaba de pensar y solo sentía.

Para Clara, era el paraíso.

Para Sebastián, era la confirmación de que todo funcionaba según el diseño.

Cuando el sol empezó a caer y la luz se volvió naranja, volvieron a la cama. Otra vez. Sin hambre. Sin reloj. Solo el mar y el calor de los cuerpos y la sal en la piel.

Clara se quedó dormida con la cabeza sobre su pecho.

Sebastián le acarició el cabello.

Contó sus respiraciones. Una. Dos. Tres. Cuatro.

Dormida. Profundamente.

Fue entonces cuando vio la pantalla del teléfono parpadear sobre la mesita.

Tres llamadas perdidas.

Un nombre. Bolton.

Sebastián miró a Clara. Respiración profunda. Labios entreabiertos. No iba a despertar en un buen rato.

Se deslizó fuera de la cama con la precisión de quien no quiere hacer crujir una sola tabla. Se vistió. Cogió el teléfono.

Salió.

---

El aire de la noche le golpeó la cara. Sal. Frío. El rugido constante del mar.

Sebastián caminó por la arena. Diez metros. Veinte. Treinta. Hasta que la cabaña fue un punto de luz a su espalda y el único sonido era el agua rompiendo contra las rocas.

Nadie podía escucharlo.

Marcó.

—¿Qué pasa?

La voz de Bolton llegó clara, medida, profesional.

—Señor. Para recordarle que la reunión del clan es en dos semanas.

Sebastián cerró los ojos.

El viento le movió el cabello.

—¿Dos semanas?

—Sí, señor. El consejo ya ha confirmado asistencia. No sería bien visto que usted no estuviera presente.

Silencio.

Sebastián miró el horizonte. La línea negra donde el mar se tragaba el cielo.

—Entiendo.

—¿Le aviso a la señora?

Una pausa.

—¿A Eleanor?

—Sí, señor.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Te confirmaré si debes avisarle o no.

—Como diga, señor.

—Eso es todo.

—Buenas noches, señor.

Colgó.

Sebastián guardó el teléfono en el bolsillo.

Se quedó de pie frente al mar.

Dos semanas.

Dos semanas de paz, de cacería, de silencio. Y ahora el clan. El consejo. Eleanor. Las preguntas. Las miradas. La obligación de sentarse en una mesa con los suyos y fingir que el mundo humano le importaba algo más que como entretenimiento.

Respiró hondo.

El aire le llenó los pulmones. Olor a sal. A algas. A noche antigua.

Después dio media vuelta.

Caminó de regreso a la cabaña.

Como si nada.

---

Clara despertó con la luz gris del amanecer.

Sebastián estaba a su lado. Despierto. Mirándola.

—Buenos días —dijo él.

—¿Qué hora es?

—Tarde. Hay que volver.

Clara parpadeó. Se estiró. Bostezó.

—¿Volver?

—Tus padres te esperan.

Ella asintió. Se sentó en la cama. Miró por la ventana. El mar seguía ahí. Gris. Enorme. Real.

—¿Podemos… volver algún día?

Sebastián le sonrió.

—Cuando quieras.

---

El viaje de regreso fue silencioso.

Clara miraba por la ventanilla con una sonrisa que no podía borrar. Los campos pasaban. Los árboles. Las casas lejanas. Todo igual que siempre. Pero ella ya no era la misma.

Llevaba el mar en la piel.

Lo llevaba a él en la piel.

Sebastián conducía. Una mano en el volante. La otra en la rodilla de Clara.

No hablaba.

No hacía falta.

Cuando el coche se detuvo frente a su casa, Clara se giró hacia él.

—Gracias.

—Por nada.

—No. Por todo. Por el mar. Por la cabaña. Por…

Sebastián le puso un dedo en los labios.

—No hace falta que me des las gracias.

Ella le besó el dedo.

Después bajó del coche. Se quedó en la acera mirándolo.

Sebastián no arrancó.

Abrió la guantera. Sacó una caja pequeña. Terciopelo negro. Sin lazo. Sin papel.

—Espera.

Clara volvió a acercarse.

Él abrió la caja.

Dentro, una cadena fina de plata. Y colgando de ella, una figura pequeña. Delicada. Con las orejas erguidas y el hocico levantado.

Un lobo.

Clara lo miró.

—¿Qué es?

Sebastián lo tomó entre los dedos. Lo sostuvo a la luz del amanecer.

—Un lobo.

—¿Un lobo?

—Es un símbolo de protección.

Clara lo miró. Después miró a Sebastián. Después volvió a mirar el lobo.

—¿Quiere decir que… cuando tú no estés, él me protegerá?

Sebastián le sonrió.

—Sí. Esa es la idea. No puedo dejar que mi princesa ande sola sin nadie que la cuide.

Clara sintió que el pecho se le llenaba de algo caliente. De algo que no sabía nombrar pero que le subía por la garganta hasta los ojos.

Se giró. Se levantó el cabello.

—Pónmelo.

Sebastián le abrochó la cadena. Sus dedos le rozaron la nuca. Clara se estremeció.

El lobo quedó descansando sobre su clavícula. Pequeño. Brillante.

Clara lo tocó con la punta de los dedos.

—Me encanta.

Sebastián cerró la caja. La guardó.

—Vete. Antes de que tu madre salga y me vea.

Clara rió. Le dio un beso rápido. Breve. Y entró en su casa caminando de puntillas, con una mano en el lobo de plata y la otra en el corazón.

Sebastián la vio desaparecer tras la puerta.

Arrancó el coche.

No miró atrás.

---

El hotel lo recibió con su silencio habitual.

Sebastián subió a la habitación. Se quitó la chaqueta. Se aflojó la corbata. Se lavó las manos.

Después abrió el portátil.

Bolton ya había enviado los informes. Tres fusiones pendientes. Dos adquisiciones en negociación. Una reestructuración de personal que significaba cuarenta y tres despidos en la filial del norte.

Sebastián revisó. Aprobó. Rechazó. Reescribió una cláusula. Firmó digitalmente.

Marcó a Bolton.

—Los despidos de la filial. Que sean efectivos el lunes.

—Sí, señor.

—La fusión con Harwick. Adelántala. Quiero el papeleo el miércoles.

—Entendido.

—¿Algo más pendiente?

—No, señor. Todo al día.

Sebastián asintió.

Colgó.

Se sirvió un whisky.

Se recostó en la silla. Miró la ciudad desde la ventana. Riverside brillaba abajo. Pequeño. Insignificante.

Bebió un sorbo.

Y entonces, como si recordara algo que había dejado a medias, dejó el vaso en la mesa.

Marcó otra vez.

—Bolton.

—Señor.

—Compra un arreglo floral. Rosas. Doce.

Silencio al otro lado.

—¿Las envío a algún lugar, señor?

—No. Tráemelas a mí.

Otra pausa.

—Señor… ¿va a salir hoy?

Sebastián sonrió.

No una sonrisa amplia. Una sonrisa de dientes blancos. De hambre.

—Claro. Tengo una cita con mi nueva conquista.

Un sorbo de whisky.

—No sería apropiado que me apareciera sin flores, ¿verdad?

Silencio.

—No, señor. Por supuesto que no.

—Pues ya lo sabes. Una hora.

—Sí, señor.

Colgó.

Sebastián dejó el teléfono sobre la mesa.

Miró el whisky.

Miró la ventana.

En algún lugar de Riverside, Clara dormía con un lobo de plata en el cuello y el nombre de Sebastián en los labios.

Y en algún otro lugar de Riverside, otra chica estaba a punto de recibir doce rosas de un hombre que ya había decidido cómo iba a caer.

Sebastián terminó el whisky.

Se sirvió otro.

Y esperó.

Con la paciencia del que sabe que la noche es larga.

Y que siempre hay una pieza nueva en el tablero.

1
yolanni
👏
EspirituCreativo
> 😂😂 María, ¡espere, espere! ¡No la despierte todavía!
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭

Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀

Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺

Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.
maria orellana
por Dios, despierta niña, hulle lejos de ese hombrecito que no vale nada
maria orellana
pero creo que está casado o no,,, que pena con clara ojalá pronto se de de cuenta pobre chiquita ojalá el se enamoré y sufra
maria orellana
desgraciado
Guillermo Vasquez Areque
emfermooo
Guillermo Vasquez Areque
hay no que le den su merecido a ese sinverguenza
EspirituCreativo: 🤭 Te apoyo
total 1 replies
EspirituCreativo
Bueno por eso una no debe ser tan confiada... Lo malo tambien viene en empaque de lujo
Maricruz Felix
Esta interesante
Maricruz Felix
Que malo se va aprovechar de la pobre muchacha
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