Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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Historia para +18 - El Ruido Que Dejaste Capítulo 1: El Regreso
Todos los personajes son mayores de 18 años. Esta historia trata temas de acoso y superación en la vida adulta, universitaria y laboral.
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No hay un olor más particular que el de la Facultad de Derecho a las siete de la mañana. A cera de piso barata, a café quemado de la máquina del segundo piso y a papel viejo. Tenía 24 años y había jurado que nunca más iba a pisar ese edificio.
Tres años. Tres años me tomó irme y volver a juntar el coraje.
Me llamo Elena Rivas. Y a los 21 años fui la becada, la rara, la que no encajaba.
No era por mi ropa, aunque ahora lo entiendo, sí era un poco por eso. Yo venía de El Trébol, del interior, con una mochila heredada de mi hermano y con el acento todavía muy marcado. Entré a Derecho en Rosario con el mejor promedio de mi pueblo y con la ingenuidad de creer que eso importaba.
Importó los primeros dos meses. Después se convirtió en mi condena.
El grupo se formó rápido. Camila, Sofía, Marcos y Julián. Eran lindos, eran de familias conocidas de Rosario, tenían auto, tenían departamento en el centro, tenían todo lo que yo no tenía. Y al principio me adoptaron. Me acuerdo patente de la primera vez que Camila me dijo "venite con nosotros, interiorana". Me lo dijo riéndose y yo pensé que era con cariño.
El bullying en la adultez no es como en las películas. No te tiran los libros al piso. Es mucho más limpio y mucho más cruel.
Empezó con el grupo de WhatsApp. "Las Divinas del Derecho". Yo estaba. Al principio. Me mandaban los apuntes. Después empezaron a mandar stickers con mi cara. Fotos que me sacaban sin que me diera cuenta en clase, dormida porque me levantaba a las 5 para tomar dos colectivos, con un filtro de cerdo, con un filtro de vaca. "Nuestra beca de campo".
Yo me reía. Esa es la parte que más vergüenza me da ahora. Me reía para encajar. Mandaba un jajaja y ponía "son re boludos". Porque si te reís, no te duele. O eso te hacen creer.
Después dejaron de mandarme los apuntes. "Ay, Eli, pensé que te lo había mandado". "Uy, se me pasó". Y yo me quedaba hasta las 2 de la mañana en la biblioteca copiando a mano lo que me faltaba.
Después fue el trabajo práctico de Derecho Penal. Éramos grupo los cinco. Yo hice todo. Literalmente todo. 45 páginas. Las corregí, las cité, las imprimí con mi poca plata en la fotocopiadora cara porque la barata estaba cerrada. El día de la entrega, llegaron temprano y tacharon mi nombre de la carátula. Cuando la profesora preguntó, Camila dijo: "Profe, Elena al final no hizo nada, tuvo unos problemas personales y no pudo. Lo hicimos nosotros para no dejarla afuera, pero nos pareció justo no ponerla".
Saqué un 2. Mi primer 2 en mi vida. Me fui al baño del tercer piso, el que nadie usa porque no tiene espejo, y lloré tres horas seguidas hasta que me quedé sin aire. Nadie me buscó.
Lo peor no era lo que me hacían. Lo peor era que yo empecé a creer que tenían razón. Que yo era una campesina bruta que no tenía que estar ahí. Que mi ropa era fea. Que mi voz era molesta. Que mi esfuerzo daba lástima. Empecé a faltar. Empecé a reprobar. Empecé a pesar 48 kilos porque no tenía hambre. Mi mamá me llamó un domingo y me dijo: "Elenita, volvé a casa".
Y volví. Dejé la carrera a tres materias de terminar tercer año. Me volví a El Trébol con la cola entre las patas y con un diagnóstico de trastorno de ansiedad generalizada que todavía llevo en la mochila, más pesado que cualquier apunte.
Hice terapia. Dos años. Conseguí trabajo en un estudio jurídico chico de Cañada de Gómez, como asistente. Aprendí más ahí que en tres años de facultad. Mi jefa, la Dra. Ferrero, una mujer de 58 años que fuma como un escuerzo y te dice las cosas en la cara, un día me miró y me dijo: "Rivas, usted es demasiado inteligente para estar archivando. Vuelva y termine esa mierda. Que no le ganen los boludos".
Así que acá estoy. De nuevo. 24 años. Tercer año, segunda vez. Con otro pelo, con 8 kilos más, con tatuajes que no tenía antes, con terapia encima y con un límite muy claro.
Subo las escaleras. Segundo piso. Aula 203. Derecho Procesal II. La materia que dejé colgando.
Abro la puerta y el aire se va de golpe.
Están ahí. Los cuatro. Más grandes, más arreglados. Camila con el pelo más rubio que antes, con un blazer carísimo. Sofía embarazada de pocos meses. Marcos con barba. Julián con el mismo gesto de asco.
Y yo parada en la puerta, con mi mochila nueva, que esta vez sí es mía.
El profesor todavía no llega. Todos me miran. Se hace ese silencio espeso que solo se hace cuando alguien es el tema de conversación y acaba de entrar.
Camila es la primera en hablar. Me sonríe. Esa sonrisa que conozco de memoria.
"¡No! ¡Elena! ¡No puedo creer! ¿Volviste? ¡Qué valiente!"
Valiente. Lo dice como si dijera "qué caradura".
Siento el nudo en la garganta, el viejo conocido. El corazón me empieza a latir en las orejas. Mis manos sudan. Mi cerebro me grita "andate, andate, andate".
Pero esta vez tengo un plan. Lo practiqué con mi psicóloga.
Respirar. 4-4-4. Cuatro segundos inhalar, cuatro retener, cuatro exhalar.
"Volví", digo. Y mi voz sale más firme de lo que me siento. "Me quedaron algunas materias".
"Obvio, obvio, sentate con nosotros", dice Sofía, corriendo apenas su cartera de la silla de al lado, lo justo para que sea incómodo.
"No, gracias", digo. Y me voy al fondo. Sola. Elijo la última fila, contra la ventana. Desde ahí los veo a todos.
La clase empieza. El profesor es nuevo, el Dr. Valdez. Joven, no más de 35, con ojeras de quien no duerme y con una forma de explicar que te hace querer escucharlo.
A mitad de la clase hace una pregunta sobre nulidades. Nadie contesta. Yo sé la respuesta. La sé porque la vi mil veces en el estudio. Levanto la mano.
"Rivas", dice, leyendo mi nombre de la lista.
Contesto. Perfecto. Citando jurisprudencia nueva. El profesor me mira sorprendido.
"Muy bien, Rivas. Se nota quien trabajó en la práctica".
Siento los ojos de Camila clavados en mi nuca. No me doy vuelta.
Cuando termina la clase, junto mis cosas rápido. Quiero salir primera. Pero no soy lo suficientemente rápida.
"Che, Elena", me dice Marcos en el pasillo. Los cuatro me rodean. Es la misma formación de tiburones de hace tres años. "Te vimos muy picante en clase. ¿Ahora sos abogada de pueblo?"
"Trabajo en un estudio", digo, corta.
Julián se ríe. "¿Fichando? ¿O ya te dejan cebar mate?"
Y ahí, justo ahí, cuando estoy por volver a ese lugar chiquito y oscuro de los 21 años, escucho otra voz.
"¿Todo bien acá?"
Es una chica que no conozco. Está parada atrás mío. Tiene el pelo azul, muy corto, un aro en la nariz, y una remera de una banda que no conozco. Lleva una pila de libros que parece que se le van a caer.
"¿Son amigos de Elena?", pregunta, mirándolos fijo.
"No, no", digo yo rápido. "Compañeros de hace mucho".
La chica del pelo azul me mira, después los mira a ellos. Y entiende todo en dos segundos. Se ve que tiene un radar.
"Bueno, compañeros, la dejan ir porque tenemos que ir a Secretaría. Le prometí a Valdez que le llevaba a la mejor alumna de Procesal. Vamos, Elena".
Me agarra del brazo y me saca. No los deja contestar. Caminamos rápido por el pasillo hasta doblar la esquina. Ahí me suelta.
"¿Estás bien?", me pregunta.
"¿Quién sos?", le pregunto yo, todavía con el corazón a mil.
"Luz. Luz Sosa. Estoy en tu comisión. Te vi hoy. ¿Esos son los forros que te hicieron dejar?"
Me quedo helada. "¿Cómo sabés eso?"
"Porque Rosario es un pueblo grande. Yo dejé un año por lo mismo, pero en otra facultad. Se te nota en la cara cuando volvés a entrar al lugar donde te rompieron. Tenés la misma cara que tenía yo".
Nos sentamos en las escaleras. Luz saca un paquete de galletitas y me ofrece.
"Yo no me fui por boludos como esos. Yo me fui porque mi ex novia iba a mi misma carrera y me hizo la vida imposible cuando cortamos. Me decía torta por los pasillos. Literal. En 2023. Tremendo original la piba".
Nos reímos. Las dos. Una risa nerviosa al principio, después una risa de verdad.
"¿Sabés qué es lo peor?", le digo, sin conocerla, pero con la necesidad de decirlo. "Que yo pensé que si volvía iba a estar curada. Y los vi y sentí que tenía 21 de nuevo. Que no había avanzado nada".
"Obvio que no estás curada, boluda. Estás en proceso. Curada vas a estar cuando los veas y no sientas nada. Ahora sentís todo, y está bien. Sentir todo es volver a estar viva. Antes no sentías nada porque estabas apagada".
Luz habla como mi psicóloga, pero con mejor ropa.
Esa tarde me agrega a un grupo de WhatsApp. "Procesal - Los que laburamos". Somos seis. Tres pibas, dos pibes y yo. Mandan apuntes de verdad. Mandan memes malísimos. Nadie manda fotos mías.
Las semanas siguientes son una montaña rusa. Camila y su grupo no me hacen nada grave. Ya no hace falta. Ahora es más sutil. Es el susurro cuando paso. Es que me dejan afuera de los grupos de estudio de nuevo. Es que cuando expongo, Sofía pone los ojos en blanco. Es el bullying de adultas. Limpio, silencioso, que si lo contás parecés una exagerada. "Ay, pero si no te hicieron nada".
Pero ahora tengo a Luz. Y tengo a la Dra. Ferrero que me manda audios de 5 minutos diciéndome "no sea cagona, Rivas".
Y tengo algo que no tenía a los 21: rabia. No vergüenza. Rabia. Una rabia linda, que me da energía.
Un martes, a la tercera semana, Valdez nos da la consigna del trabajo final. Es el 40% de la nota. Grupos de 3. Obligatorio. Y nos asigna él.
"Rivas, Sosa y... Alderete, Camila".
El mundo es muy chiquito y muy hijo de puta a veces.
Luz me mira con cara de "la concha de la lora". Camila me mira y sonríe.
"¡Qué bueno, Eli! ¡Vamos a poder ponernos al día!"
La primera reunión de trabajo es en la biblioteca. Llegamos Luz y yo. Camila llega 40 minutos tarde, con un café de Starbucks y sin un solo apunte.
"Chicas, perdón, estuve a mil. Ustedes vayan avanzando y yo después lo veo y le doy mi toque, ¿sí? Es que yo redacto muy bien, ustedes saben".
Luz está por contestar, pero le agarro la mano por abajo de la mesa.
"Perfecto", le digo a Camila. "Nosotras avanzamos".
Esa noche, Luz y yo hacemos todo el trabajo. Todo. 30 páginas. Lo dejamos impecable. Le mandamos el archivo a Camila por el grupo de a tres. "Falta tu parte, la conclusión y la corrección final. La presentamos el viernes".
Camila contesta: "Genias!! Mañana lo veo sin falta!".
Miércoles. Nada. Jueves. Nada. Le escribo el jueves a las 10 de la noche: "Cami, ¿pudiste verlo?".
Visto. Sin respuesta.
Viernes, 8 am. Día de la entrega. Camila aparece en el aula con el trabajo impreso. Lo deja en el escritorio de Valdez.
"Profe, acá está el trabajo de mi grupo. Lo hicimos entre las tres, pero yo me encargué de la edición final y de imprimirlo porque mis compañeras no tenían plata".
Luz se pone roja. Yo siento que me sube la sangre a la cabeza como lava.
Valdez nos mira. "¿Rivas? ¿Sosa? ¿Algo que agregar?"
Y ahí, Elena de 21 se hubiera callado. Hubiera llorado en el baño.
Elena de 24 hace otra cosa. Se levanta, camina hasta el escritorio, agarra el trabajo impreso y lo abre.
"Profe, ¿puede ver la hora de creación del documento impreso y la del archivo digital que le mandamos al mail ayer a las 23:45 Luz y yo? Va a ver que mi compañera Camila no tocó ni una coma. De hecho, la conclusión que le pedimos que haga no está. Hay solo 30 páginas, no 35. Y si quiere, le muestro el historial de Google Docs donde se ve minuto a minuto quién escribió qué. Y también le muestro los mensajes donde le pedimos que haga su parte".
Silencio total en el aula. Ni un respiro.
Camila se pone blanca.
"Yo... yo... tuve un problema familiar..."
"¿Cuál es tu problema familiar, Camila?", le digo, y mi voz no tiembla. "¿Que estás acostumbrada a que los demás hagan tu trabajo?"
Valdez mira el historial que le muestro en mi notebook. Mira a Camila.
"Alderete, Rivas, Sosa, se quedan después de clase. El resto se puede ir".
Cuando el aula se vacía, Valdez nos mira a las tres.
"Alderete, esto que hizo es gravísimo. Es plagio de trabajo de sus propias compañeras y es mentir. Rivas, la felicito por defender su trabajo con pruebas y no con gritos. Eso es lo que hace una buena abogada. Voy a evaluar a cada una por separado según el aporte real. Rivas y Sosa tienen un 10. Alderete, tiene un 1 y va a tener que rendir un coloquio conmigo la semana que viene para ver si aprueba la materia. Y le aconsejo que les pida disculpas a sus compañeras".
Camila no me pide disculpas. Sale llorando del aula. Por primera vez, la que llora en el baño es ella.
Luz me abraza afuera. Me abraza fuerte.
"¡Sos una hija de puta hermosa! ¡La destruiste!"
"No la destruí", le digo, llorando yo también, pero de alivio. "Me defendí. Por primera vez en tres años, me defendí".
Esa noche, le mando un audio a la Dra. Ferrero. "Jefa, aprobé Procesal con 10".
Me contesta al toque: "Obvio, carajo. ¿Quién lo dudaba? Ahora andá y festejá, que mañana tenés que archivar igual".
Me río sola en mi departamento de una habitación. Miro por la ventana. Rosario se ve distinta ahora. No tan hostil. No tan grande.
Todavía me falta. Todavía me duele cuando los veo. Todavía me da ansiedad entrar a esa facultad. Pero hoy, por primera vez, siento que el ruido que dejaron en mi cabeza se está apagando un poco. Y que mi voz, la mía, se escucha más fuerte.
Y esto, recién empieza.