—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: La fragancia del saúco
Al día siguiente.
La cocina de la casa principal se encontraba sumida en un ambiente cálido y reconfortante. El aroma de la masa horneándose, impregnado de ralladura de cítricos y flores de saúco silvestres, inundaba cada rincón del espacio.
Claudia se encontraba frente a la gran mesa de madera de roble, ajustándose las mangas de la bata sencilla que llevaba puesta. Sobre la superficie, perfectamente colocado sobre una fuente de cerámica blanca, reposaba un pastelillo dorado, espolvoreado con azúcar fina y decorado con pequeñas hojas de menta. Era una receta tradicional del sur que Marth le había enseñado a preparar.
Marth, sentada cerca del ventanal limpiando un juego de cubiertos de plata, observaba a la joven con una mezcla de ternura y preocupación maternal.
—Ya está listo —murmuró Claudia, contemplando el postre con la mirada pensativa—. Aunque... por más perfecto que haya quedado, sé bien que con un simple pastel no puedo pagar ni una milésima parte de todo lo que ese hombre ha hecho por nosotras.
—El señor Leonardo no parece el tipo de hombre que calcula sus favores en monedas o regalos, señorita Claudia —respondió Marth con voz pausada, dejando el paño sobre la mesa.
Claudia suspiró, apoyando ambas manos en el borde de la mesa de madera.
—Lo sé, Marth. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados esperando a que nos mantenga indefinidamente. Pagó mis deudas, nos sacó del país, nos dio este lugar... No estoy acostumbrada a depender de la caridad de nadie, y mucho menos de un hombre al que apenas conozco.
La anciana ama de llaves se puso de pie lentamente y se acercó a ella, mirándola con atención.
—Si tanto le preocupa, ¿por qué aceptó venir hasta aquí con él en primer lugar? ¿Por qué confía en ese hombre, señorita?
Claudia guardó silencio durante unos segundos. Cruzó los brazos sobre el pecho y dirigió la vista hacia la ventana, observando cómo la brisa matutina mecía las copas de los árboles en el jardín.
—No lo sé con certeza —admitió Claudia en un susurro sincero—. Es algo que no sé explicar bien con palabras. Simplemente... me atrae. Hay algo en su forma de hablar, en la calma con la que camina y en la manera en que me mira que me hace sentir que puedo bajar la guardia. Es una sensación extraña, casi natural, como si mi instinto me dijera que con él estoy a salvo.
Marth esbozó una pequeña y sabia sonrisa, pero no la presionó.
—A veces el corazón reconoce la honestidad antes que la razón, mi niña.
—Aún así, no voy a acomodarme —añadió Claudia con firmeza, volviendo a erguirse con la determinación brillando en sus ojos—. En cuanto entienda cómo funciona el mercado y el comercio en la capital de este imperio, voy a buscar un trabajo. Quiero ganarme mi propio dinero. No pienso apoyarme eternamente en su generosidad ni convertirme en una carga para él.
Marth inclinó la cabeza con orgullo.
—Por ahora, disfrute. Se lo ha ganado.
Pocos minutos después, el sonido distante de cascos de caballo sobre la gravela anunció la llegada del visitante. Claudia tomó la pequeña caja donde había empaquetado con cuidado el dulce especial y caminó hacia el porche principal.
Un carruaje sencillo, se detuvo frente a la escalinata. La portezuela se abrió y de él descendió Leonardo. Vestía una camisa de lino azul oscuro con los primeros botones desabrochados, un chaleco de cuero blando y botas altas de montar; una vestimenta elegante pero lo suficientemente común como para pertenecer a un comerciante próspero.
Claudia descendió los escalones con una sonrisa entretenida, llevando la pequeña caja de madera entre las manos.
—Puntual —comentó ella—. Por un momento pensé que tus 'importantes deberes' en la capital te mantendrían ocupado.
Leonardo soltó una leve risa y se detuvo a solo un par de pasos de ella.
—Nunca falto a una promesa —respondió él con tono cálido, notando de inmediato la caja que ella sostenía—. ¿Qué es eso?
—Es para ti —dijo Claudia, extendiéndole el paquete—. Es un dulce tradicional de saúco. Marth me enseñó a prepararlo. Sé que no es nada en comparación con la finca, la protección o el viaje, pero... no puedo quedarme de brazos cruzados sin corresponder en algo tu ayuda.
Leonardo tomó la caja con sorpresa y delicadeza, sosteniéndola como si fuera un objeto de gran valor. Al abrirla levemente y percibir el aroma dulce, sus ojos oscuros brillaron con una calidez genuina.
—Un dulce hecho por ti... Créeme que esto vale más para mí que cualquier tesoro de la capital —dijo Leonardo, mirándola con una intensidad que hizo que a Claudia le diera un vuelco el corazón—. Gracias, Claudia.
—No te acostumbres —bromeó ella, aclarándose la garganta para ocultar el rubor en sus mejillas—. Además, hoy tengo un objetivo claro. Quiero que me muestres el distrito comercial porque planeo buscar un trabajo pronto. No pienso vivir gratis aquí por mucho tiempo.
Leonardo alzó una ceja, divertido por su espíritu indomable, pero no discutió.
—Lo hablaremos en el camino. Sube.
El trayecto hacia la capital del Imperio Sabio transcurrió con fluidez. Cuando el carruaje se adentró en las inmediaciones del gran mercado central, Leonardo le hizo una señal al vehículo para que se detuviera en una calleja lateral.
—Antes de que bajemos a mezclarnos con la multitud, hay un pequeño detalle que debemos ajustar —dijo Leonardo, sacando de su bolsillo un pequeño cristal translúcido que emitía un leve fulgor dorado.
Antes de que ella pudiera preguntar, Leonardo alzó la mano derecha y colocó suavemente la yema de su dedo índice en la frente de Claudia. Un calor suave, reconfortante y sorprendentemente liviano se extendió desde el punto de contacto hacia el resto de su cuerpo.
—Es un hechizo de anonimato y percepción leve —murmuró él con voz pausada mientras los destellos de mana se disipaban—. No cambia tu rostro, pero hace que la mente de quienes te miren te perciba simplemente como una habitante más de la ciudad. Para el resto del mundo, en este momento solo somos una pareja ordinaria disfrutando de una caminata.
Claudia parpadeó, impresionada por la ligereza del mana de Leonardo, tan diferente a la energía aplastante de la Torre Mágica de su país natal.
—Es impresionante... —admitió ella en un susurro—. En mi país esto habría requerido tres magos de alto rango.
Leonardo esbozó una sonrisa misteriosa y le tendió la mano para ayudarla a bajar.
—Tengo varios trucos guardados. Vamos.
Al poner un pie en el mercado, la sensación de libertad fue absoluta. Recorrieron los puestos de sedas mágicas, las avenidas de perfumistas y las plazas donde sonaba música alegre.
—Te ves diferente hoy —comentó Leonardo mientras se detenían a comer unas tartas de miel en un puesto ambulante.
—¿Diferente cómo?
—Sonríes de verdad —respondió él con sencillez—. Me gusta esa expresión en ti.
Claudia sintió una calidez subir por su cuello, pero disimuló dando un bocado a su tarta.
—Es fácil sonreír en un lugar así. Y sobre lo del trabajo... hablo en serio, Leonardo. Una vez que me ubique, encontraré algo en lo que pueda ser útil.
Leonardo la observó con una mezcla de admiración y diversión.
—Aprecio tu independencia, pequeña chismosa, pero no hay prisa. Este imperio tiene mucho que ofrecerte antes de que te ponga a trabajar.
A medida que la tarde caía, se detuvieron en la terraza de un viaducto que ofrecía una vista idílica de toda la metrópoli, destacando a lo lejos las majestuosas cúpulas doradas del Palacio Imperial.
—Es gigantesco... —murmuró Claudia, contemplando la fortaleza—. Supongo que ahí reside ese Mago Supremo del que todo el mundo habla. Dicen que el Emperador de este país es un monstruo insoportable de poder.
Leonardo soltó una pequeña carraspera para contener la risa.
—Los rumores exageran. Apuesto a que ese Emperador es solo un tipo común que tiene demasiado trabajo y desearía estar aquí afuera comiendo tartas de miel.
Claudia se rio con ganas y lo miró de reojo.
—Hablas del gobernante como si fuera tu amigo de taberna. De verdad eres un noble extraño, Leonardo.
—Solo sé apreciar lo importante —sonrió él.
El regreso a la casa de verano transcurrió en absoluta serenidad. Cuando se despidieron en la entrada bajo la noche estrellada, el hechizo de anonimato se disipó suavemente. Leonardo guardó la caja con el dulce como su mayor tesoro antes de subir al carruaje, mientras Claudia permanecía en el porche, sabiendo que finalmente había encontrado un lugar donde podía construir su propio destino.