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CORAZÓN DE FUEGO

CORAZÓN DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Héroes
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: DARLIN VELASQUEZ

Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀

NovelToon tiene autorización de DARLIN VELASQUEZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

6. AZUL FOSFORESCENTE

“La curiosidad por lo desconocido nos conduce, inevitablemente, al conocimiento”.

—¿Solo eso? —preguntó mi padre, incrédulo. Después su expresión se relajó un poco.

—Sí. Cuando llegué a casa, mi madre me esperaba. VR15 también le contó todo. Renunció al programa para cuidarme durante los meses siguientes. Ella te protegió, Ámbar, cuando yo no podía estar. VR15 le dio todos los libros que debías leer, todo el conocimiento que debías adquirir. Mi madre se encargó de tu educación, de formarte, de protegerte —su voz se quebró de nuevo. Ahora todo encajaba perfectamente, mi abuela siempre supo la verdad y me preparó para eso.

—Ahora tengo un montón de preguntas más —me costaba respirar—. ¿La abuela no renunció al programa porque lo consideraba injusto… sino por mí?

—Es un sí y un no —respondió mi madre con suavidad—. Mi madre siempre odió a los Bloky y todos los cambios que trajo la sequía. Pero cuando llegaste a nuestras vidas, estaba emocionada… y te amaba. Te amaba porque significabas mucho para ella.

Sentí cómo me ardía el pecho. Saber que me ocultaron mi verdadero origen me dolía, pero no por sentirme traicionada... sino porque pensé en lo diferente que habría sido todo. Cuántas cosas se habrían facilitado, cuánto menos me habría sentido extraña, inconclusa dentro de mí misma. En la mesa, mi padre y mis hermanos guardaban silencio absoluto. Podía ver en sus rostros que la noticia los había golpeado fuerte. Para todos era difícil de entender.

—¿Me amas porque soy tu hija… o porque soy esa esperanza del mundo? —pregunté con el corazón hecho un nudo. Temía ser solo un propósito, una herramienta, una misión.

Mis hermanos aguantaron el aliento. Todos esperaban la respuesta.

Mi madre se acercó más.

—Te amo porque eres mi hija. Estuviste dentro de mí. Te sentí crecer. Me dolería el alma si algo malo te pasara. Eres mi tesoro, no por ser poderosa… sino porque eres parte de mí. Mi sangre. Mi corazón —nos miró a todos—. Los amo a todos por igual.

Y supe que decía la verdad.

—No cuestiones nada de eso, Ámbar —dijo Zarek con una sonrisa dulce—. Eres mi hermana. Nada de esto cambia quién eres para mí.

—Yo soy tu padre —añadió mi papá—. Y te he amado desde siempre.

Reímos entre lágrimas. El amor que sentí en ese momento fue tan grande que me desbordó. Nunca había sentido algo así en mi vida.

—Gracias —susurré con los ojos llenos de agua—. Yo también los amo mucho. Mis hermanos se levantaron para abrazarme. Era como si nada pudiera salir mal con ellos allí.

—Ahora —dijo mi madre, levantándome el rostro con suavidad—, mantén la cabeza en alto. Eres una heroína. Nos salvarás a todos y por primera vez… sentí de verdad el peso de esa responsabilidad. Ya no era cuestión de encajar. Era cuestión de protegerlos.

Entonces recordé lo último.

—Bueno, hay algo más que quiero decir —me separé del abrazo y miré a mi padre—. Esto va para ti.

—No quiero más sorpresas —dijo él, llevándose la mano a la frente—. Aún estoy intentando procesar tu concepción.

Todos soltamos una carcajada.

—Tenemos mascota. Decirlo fue como abrir la ventana y dejar entrar aire fresco. Irreal. Maravilloso.

Mi padre se quedó en silencio unos segundos, como si dudara haber escuchado bien. Cuando por fin reaccionó, entrecerró los ojos y frunció el ceño de esa forma tan suya.

—¿Cómo que tenemos… qué? —preguntó, mirándonos a todos como si esperara que dijéramos que era una broma.

Yo respiré hondo y asentí. —Papá… ven —le hice una seña con la mano.

Él se levantó con pesada curiosidad, como si el día ya le hubiera dado demasiadas sorpresas y no estuviera preparado para otra más. Pero aun así caminó hacia mí. Mis hermanos hicieron una barrera a su alrededor, emocionados, conteniendo la risa nerviosa.

Fui hasta mi habitación y, con cuidado, levanté la pequeña caja donde Axel dormía, enroscado como una bolita tibia. Su cuerpo subía y bajaba con respiraciones suaves y desacompasadas.

El hipo ya se le había pasado. Me giré hacia mi padre, sosteniendo la caja entre mis brazos.

—Papá… te presento a Axel.

El silencio cayó como un manto suave. Mi padre abrió los ojos lentamente. La barba se le movió levemente cuando su boca se entreabrió, incapaz de formar palabras. Dio un paso adelante. Luego otro. Lo observaba como si fuera imposible. Como si estuviera viendo un recuerdo en lugar de un animal real.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el pequeño Axel levantó la cabeza, aún somnoliento. Parpadeó dos veces. Luego emitió un pequeño sonido, algo entre un chillido y un bostezo.

Mi padre quedó inmóvil. —No… —su voz se quebró—. Esto no puede ser…

Me acerqué un poco más para que pudiera verlo. —Sí puede —susurré.

Fue entonces cuando el rostro de mi padre cambió. Toda la tensión, el shock y el cansancio del día se disolvieron de golpe. Lo vi como pocas veces en mi vida: desarmado. Vulnerable. Aunque sus ojos se mantuvieron secos, tenían ese brillo que yo conocía tan bien, ese brillo que escondía lo que no se debía llorar frente a los hijos.

—Pensé que ya no existían… —murmuró en voz baja, casi para sí mismo—. Que nunca volveríamos a ver uno.

Extendió la mano con cuidado, tan despacio que parecía tener miedo de que Axel desapareciera si se movía demasiado rápido. El cachorro olió sus dedos y luego, en un acto valiente y completamente inesperado, apoyó su pequeña cabeza contra la palma de mi padre.

Mi padre suspiró como si hubiera estado conteniendo el aire por años. —Dios mío… —tragó saliva, su voz ronca—. Cuánto tiempo ha pasado desde que tuve algo así entre las manos.

Todos lo miramos sorprendidos. —¿Antes… viste uno? —preguntó Kaleth, incapaz de ocultar su emoción.

Mi padre asintió, sin apartar la mirada de Axel. —Iba con mi padre… antes de que él muriera, yo era muy pequeño. Cuando la sequía apenas comenzaba y las cosas todavía tenían esperanza. Recuerdo haber visto uno pequeño, como este. Lo acaricié solo un segundo antes de que se escapara. Pensé que ese momento se había perdido para siempre…

Mi madre, que había permanecido en silencio, se acercó por detrás y tocó el hombro de papá, como si entendiera perfectamente lo que significaba ese instante para él. Axel, sin saber nada de la historia del mundo ni del peso que llevaba encima, simplemente lamió los dedos de mi padre.

Mi padre cerró los ojos por un instante, y entonces lo vi… vi la lucha interna entre la alegría y la nostalgia. —Es hermoso, Ámbar —dijo al fin, abriendo los ojos otra vez—. Y… gracias. Gracias por traer esto a casa. Por traer algo que pensé que no volveríamos a sentir.

Sus palabras cayeron sobre mí con un calor difícil de describir. Mis hermanos se acercaron también, todos alrededor de la pequeña caja, como si estuviéramos reunidos alrededor de un fuego diminuto en medio de una noche larga. El ambiente era extraño… una mezcla de emoción infantil y una melancolía suave, profunda, que se enredaba entre nosotros como un hilo invisible.

Mi padre pasó un brazo por encima de mis hombros y me atrajo hacia él, apoyando su barbilla en mi cabeza.

—Este pequeño… —murmuró— nos recuerda que todavía hay vida allá afuera. Que no todo está perdido.

Axel se acurrucó, soltando un pequeño suspiro y por primera vez en mucho tiempo, todos sentimos lo mismo. Esperanza. Una pequeña, frágil… pero viva esperanza. La emoción aún flotaba en el aire cuando dejé a Axel sobre la alfombra del centro de la sala. Parecía diminuto comparado con el tamaño de mis hermanos, pero él no mostraba miedo. Se movía torpemente, olfateando todo como si la casa entera fuera un nuevo universo por explorar. Kaleth fue el primero en reaccionar. Se arrodilló frente a él, grande y musculoso, pero con la sonrisa más suave del mundo.

—Míralo, Ian… tiene la cabeza más pequeña que mi mano —dijo riendo mientras extendía un dedo para que Axel lo oliera.

El cachorro respondió dando un pequeño brinco hacia adelante, torpe pero decidido. Intentó lamerle el dedo, pero terminó resbalándose un poco y cayendo sentado sobre su propio trasero. Kaleth soltó una carcajada tan fuerte que hasta mi padre sonrió. Ian, siempre intentando verse más serio, se acercó después. Aunque su gorro gris seguía firme en la cabeza, sus ojos oscuros brillaban como un niño en invierno recibiendo su primer regalo.

—A ver, ven acá, pequeñín —dijo con voz suave.

Axel ladeó la cabeza, curioso. Ian levantó ambas manos, como si temiera aplastarlo sin querer. Era increíble ver a un hombre tan fuerte moviéndose con tanta delicadeza.

—No muerde, ¿no? —preguntó Ian con un poco de respeto y otro tanto de miedo.

—¡Es un bebé! —respondí riendo—. Apenas si tiene dientes.

Kaleth aprovechó ese momento para empujar suavemente a Ian con el hombro.

—¿Qué? ¿Acaso uno de los grandes guerreros del nivel cuatro le teme a un cachorro?

Ian rodó los ojos.

—Sólo estoy siendo precavido. Nunca he visto uno… no sé cómo se supone que funcionen —dijo, como si Axel fuera un artefacto peligroso.

Pero justo en ese instante, Axel se acercó tambaleando a Ian, olfateó su zapatilla y luego… le mordió el cordón.

No con fuerza.

Con ese mordisquito tierno que solo los cachorros dan.

—¡AH! —gritó Ian, saltando hacia atrás—. ¡Me está atacando!

Kaleth se dobló de la risa.

—¡Sí, claro! ¡El temible depredador de veinte centímetros!

Incluso Zareck, que había permanecido en silencio observando con nostalgia, no pudo evitar sonreír. Sus hombros se relajaron, como si algo dentro de él se hubiera acomodado.

Ian, recuperando su dignidad, volvió a agacharse.

—Está bien, está bien… ven acá, chiquito, no quise gritarte —dijo con voz suave, como si se disculpara con un niño pequeño.

Axel lo olió otra vez. Luego, como si hubiera comprendido que él también era parte de la manada, subió sus patitas sobre la pierna de Ian y dejó escapar un ladrido diminuto, casi un "¡pi!".

Fue suficiente. Ian se derritió por completo. —Ok, ya está, lo amo —declaró, rindiéndose—. Quédense todos quietos. Este es oficialmente mi hijo.

Kaleth rodó los ojos. —Tu hijo, dice… si apenas puedes cuidar tu gorro.

—Pues ahora cuidaré a este pequeño —insistió Ian, levantando a Axel con ambas manos como si fuera un tesoro.

Axel sacó la lengua, relajado, feliz, completamente confiado. Fue entonces cuando Zarek se acercó también. Él siempre había sido el más serio, el más reservado, el que cargaba silencios pesados. Pero esta vez…

Se acuclilló junto a mis hermanos, y la luz tenue de la sala dejó ver cada uno de sus rasgos con claridad. Zarek, con sus veinticuatro años, tenía esa presencia tranquila que imponía sin necesidad de hablar. Su cabello oscuro, de corte medio, estaba peinado hacia atrás, dejando su frente alta completamente despejada. Ese detalle hacía que su mirada —unos ojos café profundos, siempre atentos— pareciera aún más intensa. Su rostro tenía una forma entre ovalada y ligeramente cuadrada, con una mandíbula definida y un mentón marcado que le daban una apariencia fuerte, madura. Las cejas oscuras, bien delineadas, acentuaban cada una de sus expresiones, incluso las más sutiles y los labios de grosor medio completaba aquella armonía natural que siempre lo hacía destacar entre nosotros.

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