Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
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Capítulo 23
Capítulo 23
A la mañana siguiente, Doña Carmen y Don Rogelio salieron temprano con Toño.
Víctor también se fue.
Yo esperé en la cama, con el comunicador escondido en el oído, pensando en el siguiente paso.
Nadia tenía que sacar a mis padres de Suiza.
Diego tenía que preparar la cuenta de riesgo que habíamos hablado: si la empresa necesitaba que yo fuera al banco para desbloquear fondos, esa podía ser mi salida.
Por primera vez en meses, un plan tenía forma.
Entonces el micrófono del coche volvió a respirar.
Ruido eléctrico.
Una puerta cerrándose.
La voz de Yareli.
—Víctor, de verdad me equivoqué. Mira, traje el dinero que me llevé. Todo. Mis papás lo tenían guardado.
Así que eso había hecho esos días.
Volver a su pueblo por el dinero.
Víctor no se conmovió.
—Una vez ladrona, siempre ladrona.
—No robé de la empresa.
—La primera vez que te subiste a mi cama fue por un celular. No vengas a venderte como santa.
El silencio del coche fue largo.
Hasta yo sentí el golpe.
Yareli tenía la voz más baja cuando volvió a hablar.
—Fui con mis papás. Me contaron lo que pasó en la casa. Ximena los enredó.
Me quedé helada.
—¿Qué significa eso? —preguntó Víctor.
—Que ella sabía cómo hacerlos hablar. Lo de los dos millones yo se los dije de pasada. Pero ella lo usó justo cuando tú llegaste, como si quisiera que me corrieras.
Me empezó a sudar la espalda.
La había subestimado.
No era brillante, pero tampoco tonta.
La universidad que yo pagué le había servido para afilarse contra mí.
—¿Qué quieres decir? —insistió Víctor.
—Que quizá ya sabe lo que hicimos.
La respiración de Víctor cambió.
—Yareli, ¿entiendes lo que estás diciendo?
—Déjame probarla. Si no sabe nada, mejor. Si sabe, te lo demuestro. Déjame volver contigo. Quiero reparar lo que hice.
Quería volver a su cama.
Quería comprar perdón con mi sangre.
Me quité el comunicador porque el cuerpo me temblaba demasiado.
—Nadia —llamé por la otra línea—. Necesito salir ya.
—No puedo entrar sin que Víctor lo sepa. Tus papás todavía vienen en camino. Dame tiempo.
—No tengo tiempo.
No lo tenía.
Sentí la casa cerrarse sobre mí.
El miedo tiene memoria: recordé las agujas de Valdés, la anestesia mal puesta, mi cuerpo apagándose de la cintura para abajo.
Yareli iba a “probarme”.
¿Con qué?
¿Otra terapia?
¿Otro accidente?
¿Otra copa?
No alcancé a encontrar respuesta.
Abajo, Marisol dijo:
—¿Doctor Santiago? ¿Tan temprano?
El corazón se me prendió como una lámpara.
Santiago.
Por un segundo creí que Renata lo había encontrado, que él había entendido mi intención y que venía menos furioso.
Luego escuché sus pasos.
No eran pasos de alguien que viene a agradecer.
La puerta se abrió de un golpe.
Santiago estaba ahí, con los ojos rojos y la mandíbula dura.
—¿Tú le dijiste dónde encontrarme?
Renata.
El alivio se murió.
—La vi llorando en tu puerta. Pensé que...
—Tú no piensas.
Entró, me agarró de la ropa y me levantó de la cama como si yo no pesara.
—Tú te metes.
—No sabía que no querías verla.
—¿Cuándo te di permiso de decidir qué quiero?
Intenté sujetarme a su muñeca.
—Santiago, lo siento.
—No.
Su mano subió a mi cuello.
—Primero Don Ernesto. Ahora Renata. Dos veces. Dos veces te metiste en mi vida para usarme.
El aire empezó a faltar.
Él sabía lo de Don Ernesto.
Claro que lo sabía.
Yo había creído que mis movimientos eran invisibles. Qué arrogante.
—No... fue...
—¿No fue qué?
Sus ojos estaban llenos de una rabia que no me pertenecía por completo.
Yo solo había empujado una puerta rota.
—Ahora entiendo por qué Víctor quiere verte muerta.
Eso sí fue mío.
Me lo clavó en la garganta.
Marisol entró gritando.
—¡Doctor! ¡La va a matar!
Santiago me soltó.
Caí sobre la cama, tosiendo.
El cuarto daba vueltas.
Y entonces oí tacones.
Yareli.
Entró con la respiración agitada, pero no sorprendida.
Había visto algo por la cámara.
—¿Qué pasa aquí?
La miré y el miedo cambió de forma.
Santiago se había convertido en una salida.
Una salida brutal, furiosa, peligrosa.
Pero salida.
Si conseguía que me llevara con Don Ernesto o con el comité del residencial, yo cruzaba la puerta de la casa.
—Doctor —dije, todavía sin aire—, usted acaba de entrar a mi cuarto y agredirme. Eso es delito.
Su mirada se volvió negra.
—¿Me va a denunciar?
—Podemos ir con Don Ernesto. Él es su familiar y presidente del comité. Que decida si es normal que usted asfixie a una mujer enferma.
Marisol se quedó paralizada.
Yareli también.
Santiago miró a Yareli.
Luego me miró a mí.
En ese segundo lo entendió todo.
Otra vez.
Yo lo estaba usando.
La comisura de su boca se movió sin humor.
—No pasa nada.
Mi pecho cayó.
Yareli sonrió, rápida, aliviada.
—Entonces lo acompaño abajo, doctor. Xime últimamente se altera mucho.
—Santiago —lo llamé.
No volteó.
Yareli se cruzó en la puerta.
—Perdón, doctor. Anoche mi hermana hasta se levantó sola y salió al balcón. Nos asustó muchísimo. Está muy inestable.
El rostro de Santiago se enfrió todavía más.
Renata.
El balcón.
Yo.
Todo se acomodó en su peor versión.
Se fue.
Yo me quedé en la cama, con la garganta ardiendo y una certeza horrible:
Yareli todavía no iba a matarme de frente.
Primero iba a hacerme escoger.
Cuando volvió, traía un vaso de leche.
—Ya pasó, Xime. Tómate esto y te saco a dar una vuelta para que te calmes.
La miré.
La leche.
Su sonrisa.
La puerta abierta que ofrecía.
La prueba.
—¿Cómo supiste que anoche fui al balcón?
Yareli parpadeó.
—Marisol me dijo.
Mentira.
No quiso mencionar la cámara.
Eso significaba que todavía no iba a enseñar todas sus cartas.
También significaba que no tenía una prueba clara contra mí.
Me ofrecía la leche para sacarme una reacción.
Si me negaba, confirmaba que sabía.
Si bebía, podía perder.
—¿Víctor te perdonó? —pregunté.
—Sí. Ya hablamos. Todo se aclaró.
—Cuida lo del dinero. A Víctor no le gusta que nadie toque lo suyo. Ni yo puedo sacar algo sin que me pregunte.
Yareli miró su brazo.
Todavía no sanaba del todo.
El miedo le pasó por la cara.
Duró poco.
—Tómalo antes de que se enfríe.
Tomé el vaso.
Probé apenas un sorbo.
Esperé.
Nada.
No era algo fulminante.
Víctor no la dejaría matarme sin permiso.
Tal vez quería enfermarme.
Tal vez hacerme hablar.
Tal vez castigarme.
Tal vez todo.
—Está bien —dije.
Me bebí la leche.
Lenta.
Entera.
Yareli se relajó.
—Te busco ropa.
Caminó al clóset.
Yo me recosté.
La vista empezó a empañarse.
—¿Recuerdas cuando te conocí? —dije.
Ella se quedó quieta.
—Yo traía leche y dulces porque me bajaba el azúcar. Me pediste una cajita. Dijiste que era lo más rico que habías probado.
No respondió.
—Yo te di leche aquella vez. Tú me das esto ahora.
Su espalda no se movió.
Quizá todavía le quedaba una uña de culpa.
No le alcanzó para darse vuelta.
Me cubrí con la sábana.
Yareli gritó mi nombre con una actuación perfecta.
Después sentí dedos en mi boca.
Olor a desinfectante.
Alguien me obligaba a vomitar.
Qué raro.
En esa casa todavía había alguien que no quería verme muerta.