Axel nunca tuvo talento.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
No era el más popular.
Mientras otros avanzaban, él parecía quedarse atrás.
A sus 22 años, su vida era una colección de trabajos temporales, sueños abandonados y promesas que nunca cumplía. Cada día se parecía al anterior: levantarse cansado, trabajar por poco dinero y regresar a casa sintiendo que no estaba llegando a ninguna parte.
Pero una noche todo cambia.
Al escuchar a su madre llorar en silencio por las deudas y los problemas que amenazan a su familia, Axel comprende una verdad dolorosa: nadie vendrá a rescatarlo.
No existe un destino especial.
No existen los milagros.
No existe un camino fácil.
Si quiere una vida diferente, tendrá que construirla con sus propias manos.
Así comienza una batalla que durará años.
Una batalla contra la pobreza.
Contra el cansancio.
Contra el miedo.
Contra los errores.
Y, sobre todo, contra sí mismo.
En el camino conocerá a Sofía, una joven que parece tener la vida bajo control, aunque detrás de su sonrisa también esconde heridas que nadie imagina. Juntos descubrirán que crecer no significa volverse perfecto, sino aprender a seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.
Entre fracasos, pequeñas victorias, amistades verdaderas, amores complicados y decisiones que cambiarán su futuro, Axel descubrirá que la disciplina duele, que los sueños tienen un precio y que convertirse en alguien mejor es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque la vida nunca estuvo diseñada para ser fácil.
Y cuando el mundo te obliga a jugar en desventaja...
Solo queda una opción.
Activar el modo difícil.
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CAPÍTULO 6 - Un número pequeño
La motivación duró exactamente diez días.
Once, si Axel era generoso.
Después llegó la realidad.
Porque la realidad siempre llega.
Aquella mañana abrió los ojos cuando la alarma sonó.
Y lo primero que sintió fue dolor.
Dolor en las piernas.
Dolor en la espalda.
Dolor en lugares que ni siquiera sabía que existían.
—Perfecto...
Apagó la alarma.
5:00 A.M.
Observó el techo.
La cama estaba cómoda.
Demasiado cómoda.
Y otra vez apareció la voz.
—Hoy no entrenes.
—Cállate.
—Estás cansado.
—Lo sé.
—Necesitas descansar.
—Lo sé.
—No pasa nada si faltas un día.
Axel cerró los ojos.
Porque la voz tenía razón.
Y eso era lo peligroso.
Las excusas más difíciles de vencer no eran las falsas.
Eran las verdaderas.
Sí estaba cansado.
Sí le dolía el cuerpo.
Sí necesitaba descansar.
Pero también sabía que si cedía demasiado pronto, podía volver a convertirse en el mismo de antes.
Finalmente se levantó.
No porque estuviera motivado.
Sino porque estaba asustado.
Asustado de volver atrás.
En el trabajo todo salió mal.
Un cliente reclamó.
El supervisor gritó.
Un compañero faltó.
Y eso significó más trabajo para todos.
Al mediodía, Axel estaba agotado.
Cuando terminó el turno, solo quería llegar a casa.
Dormir.
Desaparecer.
No pensar.
Nada más.
Pero cuando llegó a su habitación vio la libreta sobre el escritorio.
Y sintió algo extraño.
La libreta parecía estar observándolo.
Juzgándolo.
Recordándole la promesa.
—Odio este cuaderno.
La abrió.
Revisó las primeras páginas.
Día 1.
Día 2.
Día 3.
Día 4.
Día 5.
Marcas de verificación.
Notas.
Pequeñas victorias.
Pequeños avances.
Entonces encontró una hoja vacía.
Y escribió una pregunta.
¿Por qué estoy haciendo esto?
Se quedó mirando las palabras.
No tenía una respuesta elegante.
No tenía un discurso inspirador.
Solo una verdad.
Escribió debajo:
"Porque estoy cansado de sentir que mi vida no avanza."
Leyó la frase.
Y sintió algo.
No felicidad.
No motivación.
Algo más sólido.
Convicción.
Tal vez.
Al día siguiente regresó al parque.
Sofía estaba allí.
Leyendo, como siempre.
—Hola, guerrero del cuaderno.
—Hola, lectora profesional.
—Suena mejor que tu apodo.
—Cualquier cosa suena mejor que mi apodo.
Ella sonrió.
—¿Cómo estuvo tu semana?
—Horrible.
—Excelente.
—¿Excelente?
—Sí.
—¿Qué tiene de excelente?
—Que sigues viniendo.
Axel abrió la boca.
Luego la cerró.
Porque no tenía una respuesta.
Sofía señaló el camino del parque.
—Ve.
—¿Qué?
—Corre.
—Acabo de llegar.
—Y sigues hablando.
—Porque es más fácil.
—Exactamente.
Axel soltó una carcajada.
—Eres cruel.
—Eficiente.
—Cruel.
—Eficiente.
—Cruel.
—Eficiente.
Ambos terminaron riéndose.
Finalmente Axel se puso de pie.
—Bien.
—Bien.
—Voy.
—Ve.
Comenzó a correr.
Un minuto.
Dos.
Tres.
Cinco.
Ocho.
Diez.
Su respiración se volvió pesada.
Las piernas comenzaron a arder.
Pero siguió.
Once.
Doce.
Trece.
Cuando finalmente se detuvo, sintió que el corazón intentaba escapar de su pecho.
Se apoyó en una banca.
Respirando como si hubiera corrido una maratón.
Sofía levantó una ceja.
—¿Cuánto?
Axel miró el cronómetro.
Y sonrió.
Una sonrisa enorme.
Real.
Genuina.
—Trece minutos.
—¿Antes cuánto?
—Ocho.
—Entonces mejoraste cinco.
—Sí.
—Nada mal, guerrero.
Axel observó la pantalla.
Trece minutos.
Para muchas personas no era nada.
Para él era gigantesco.
Porque trece minutos representaban algo más.
Representaban pruebas.
Pruebas de que estaba cambiando.
Pruebas de que el esfuerzo servía.
Pruebas de que no estaba atrapado para siempre.
Guardó el teléfono.
Y por primera vez en mucho tiempo se permitió pensar algo que antes parecía imposible.
Quizás no iba a quedarse estancado toda la vida.
Quizás podía convertirse en alguien mejor.
No de golpe.
No en un mes.
No en un año.
Pero sí un día a la vez.
Y por ahora...
Trece minutos eran suficientes.
Fin del Capítulo 6