Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 17: El misterio de la nota cambiada
El llanto de Maya fue cediendo poco a poco, transformándose en una respiración pesada y entrecortada contra el pecho de Demian. El calor de sus brazos y la contundencia de su promesa habían logrado apagar el fuego del pánico generalizado, pero la cercanía física seguía resultando abrumadora. Al darse cuenta de que continuaba aferrada a la tela de su camisa, Maya se apartó con suavidad, limpiándose los restos de las lágrimas con el dorso de la mano. Se alejó un par de pasos, buscando recuperar una distancia segura que le permitiera pensar con claridad.
Demian no intentó retenerla a la fuerza, pero sus ojos miel no la soltaron ni un solo segundo. Tenía el semblante serio, cruzado por una mezcla de frustración e indignación que no lograba ocultar.
—Acepto que tuvieras miedo, Maya, y te juro que entiendo el shock de verme aparecer en tu empresa —comenzó Demian, rompiendo el silencio con su voz grave y pausada, mientras se cruzaba de brazos—. Pero lo que sigo sin comprender, lo que me parece una locura destructiva, es por qué decidiste pasar tres años en silencio. ¿Por qué no me llamaste? Te dejé mi número de teléfono personal en la mesita de noche. Tenías una vía directa conmigo. Si me hubieras marcado, si me hubieras dicho una sola palabra sobre el embarazo, yo habría dejado el mundo entero para regresar a tu lado. No tenías por qué pasar por todo esto sola.
Maya detuvo el movimiento de sus manos y lo miró con el ceño fruncido, sintiendo que una oleada de incredulidad y dolor viejo le subía por la garganta.
—¿De qué número de teléfono estás hablando, Demian? —le reclamó, con la voz cargada de una profunda amargura—. ¡Jamás hubo un número! No me vengas a echar la culpa de tu abandono ahora que descubriste a Cielo. No trates de limpiar tu conciencia tres años tarde.
—¡Claro que había un número! —insistió él, dando un paso al frente, con las facciones tensas por la indignación—. Escribí la nota de mi puño y letra antes de salir hacia el aeropuerto de madrugada. Expliqué que mi consorcio en el continente estaba sufriendo un ataque financiero y que debía abordar un vuelo privado de inmediato. Puse mi contacto directo abajo. Estaba seguro de que me llamarías en cuanto despertaras.
Maya soltó una risa seca, rota por el escepticismo, y negó con la cabeza mientras caminaba hacia el gran ventanal de la oficina.
—Eres un cínico... Me sé esa maldita nota de memoria, Demian. La leí tantas veces que se me quedó grabada a fuego en la mente —sentenció ella, dándose la vuelta para encararlo, con los ojos castaños brillando con un rencor herido—. ¿Quieres que te repita lo que decía? Decía exactamente esto:
*«Surgió una emergencia ineludible en el continente y tuve que adelantar mi vuelo de madrugada. Nuestro pacto fue no tener nombres ni pasados, pero olvidé advertirte que tampoco soy bueno para las despedidas. Gracias por la fantasía perfecta. No me olvides»*. Eso fue lo que encontré. Ni una explicación real, ni un nombre, ni un solo maldito número de teléfono. Solo un adiós frío que me trató como un juguete de vacaciones.
En cuanto Maya terminó de pronunciar la última palabra, el rostro de Demian cambió por completo. La indignación y la prepotencia desaparecieron en un milisegundo, dejando sus facciones rígidas, pálidas y completamente congeladas. Se quedó de piedra en medio de la oficina, con las pupilas dilatadas por el shock absoluto.
—¿Qué...? —alcanzó a articular, con una voz que descendió a un hilo ronco y denso—. Repite eso.
—Que me diste las gracias por la fantasía perfecta y te largaste —repitió Maya, dolida por tener que revivir la humillación—. Fui a la recepción del hotel destrozada, le supliqué al personal que me diera algún dato del hombre de la suite presidencial, tu nombre, una empresa, cualquier cosa. Pero me dijeron que la reserva era confidencial y que no tenían permitido revelar ninguna información. Me dejaron a oscuras.
—Yo nunca escribí eso, Maya —sentenció Demian, y esta vez su voz vibró con una furia tan sorda, gélida y peligrosa que hizo que el aire de la habitación se volviera pesado—. Jamás me referiría a lo que vivimos como una simple "fantasía perfecta", y mucho menos te llamaría un pacto sin pasado. Alguien cambió esa nota.
Maya parpadeó, descolocada por la absoluta seriedad y la mirada de horror genuino que vio en el hombre. El rompecabezas de su separación comenzó a adquirir piezas nuevas y alarmantes.
—¿De qué estás hablando? La nota estaba sobre la mesita de noche, al lado del teléfono... —susurró ella, sintiendo que un frío extraño le recorría la espalda.
—Alguien en ese hotel saboteó nuestra historia, Maya —declaró Demian, y sus ojos miel se oscurecieron con una promesa de venganza absoluta—. Alguien entró a la suite después de que yo me fui y antes de que tú despertaras, se llevó el papel que yo te dejé con mis datos reales y puso esa porquería en su lugar para asegurarse de que nunca pudieras encontrarme. Y el hecho de que la recepción se negara en redondo a darte un solo dato confirma que hubo dinero de por medio para cerrarles la boca.
El silencio que se instaló en la oficina fue sepulcral. La revelación cayó entre los dos con el peso de una verdad innegable. No había sido un abandono por falta de interés; habían sido manipulados por una mano invisible que los había querido mantener separados a toda costa. El misterio de quién habría tenido el poder, el acceso y la malicia para cometer semejante sabotaje quedó flotando en el aire como una amenaza latente para el futuro.
Demian rompió la distancia que los separaba, deteniéndose frente a ella, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Su mirada se suavizó al ver la confusión y el impacto en los ojos de su niña.
—Tienes que creerme en esto, Maya —le pidió, tomándola suavemente de las manos—. Yo no sabía nada del embarazo. Pasé tres años maldiciendo tu silencio, creyendo que me habías olvidado, mientras tú estabas aquí pasando por todo esto sola. No puedes culparme por no haber estado a tu lado durante esos meses, porque me mantuvieron a oscuras de la existencia de mi propia hija. Pero eso se acabó. Ahora que sé la verdad, voy a averiguar quién nos hizo esto, y te juro que pagará cada una de las lágrimas que derramaste.
Maya lo miró, sintiendo que el muro de rencor que había construido alrededor de su corazón durante tres años comenzaba a agrietarse ante la abrumadora realidad. No había sido abandonada. El hombre que la había vuelto loca en el Caribe no era el monstruo desalmado que ella creía. Las cartas estaban sobre la mesa, las verdades se habían dicho en la cara, y aunque el misterio del pasado seguía abierto, el presente exigía dar el paso más importante de todos.