Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
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Capítulo 11
Capítulo 11
Un joven de poco más de veinte años corrió hacia ellos.
Traía traje de carreras, una sonrisa enorme y una energía que casi chocaba con el suelo antes que sus zapatos. Era de esos hombres que parecen llevar sol en la cara aunque el día esté nublado.
—¿Ya terminaste de ver el espectáculo? —preguntó Damián.
El joven se llevó una mano al pecho.
—Terminé y quedé conmovido. Jefe, eso de salvar a la belleza fue precioso. Si yo fuera mujer, me entregaba en agradecimiento.
Luego miró a Luna y le guiñó un ojo.
—¿Verdad, cuñada?
Luna se puso roja.
Miró a Damián sin querer.
Damián también la miraba.
Sus ojos traían una ternura tan espesa que a Luna se le desordenó el pulso.
El joven soltó una carcajada.
—Ya, ya. No la molesto. Cuñada, soy Diego Nieto. Soy el séptimo del grupo y el más chico. Puedes decirme Diego, como todos.
Luna sonrió.
Le ofreció la mano libre.
—Mucho gusto, Diego. Soy Luna Salcedo.
Diego extendió la mano.
No alcanzó a tocarla.
Damián le apartó la mano de un golpe seco.
—Habla con la boca. Corrige esa costumbre de tocar.
Diego se miró la mano, luego miró a Luna y sonrió más.
—Cuñada, parece que no voy a poder tocar tu manita. El jefe está en modo vigilancia total.
Luna pensó un segundo.
Luego levantó la mano que Damián tenía atrapada y la movió frente a Diego.
—Puedes intentar tocar la suya. Así, indirectamente, cuenta.
La cara de Damián se oscureció.
Diego puso expresión de haber tragado algo amargo.
¿La mano del jefe?
Primero tendría que seguir vivo.
Luna no pudo aguantar.
Se rió.
Una risa clara, abierta.
La primera risa de ese tipo desde que volvió a nacer.
Diego se contagió.
—¿Quién dijo que la cuñada tenía mal carácter? A mí me parece bonita, graciosa y perfecta para compensar lo serio del jefe.
Le lanzó a Damián una mirada de "mira qué bien la hice reír".
Damián no lo premió.
Pero tampoco lo mató.
Diego tomó eso como victoria.
—Vamos. Hay varios amigos por allá. Te los presento. Uno de ellos es accionista de Grupo Rivas.
Luna levantó apenas la mirada.
Eso sí le interesaba.
Mientras caminaban, Diego preguntó:
—Cuñada, ¿sabes manejar?
—Un poco.
—Perfecto. Entonces tengo una sorpresa para ti.
—¿Qué sorpresa?
Diego sonrió misterioso.
—Si te la digo, deja de ser sorpresa. Pero te va a gustar.
Luna empezó a sentir curiosidad.
Diego los llevó con un grupo pequeño.
Hizo las presentaciones rápido, pero dejó claras dos cosas: Luna era la heredera de Grupo Rivas y era la esposa de Damián Alcázar.
Luna notó el cambio.
Cuando escucharon "heredera de Grupo Rivas", los hombres fueron correctos. Sonrisas educadas. Saludos formales.
Cuando escucharon "esposa de Damián", la miraron de nuevo.
Más atentos.
Más cálidos.
Más sinceros.
Por primera vez, Luna entendió con el cuerpo el peso de esas tres palabras:
Damián Alcázar.
Ella no habló demasiado.
Escuchó.
Observó.
Dejó que Damián conversara y fue tomando nota mental de tonos, nombres, vínculos, silencios. También conoció al accionista de Grupo Rivas.
Si lo trabajaba bien, ese contacto podía convertirse en una carta útil.
La visita al autódromo ya valía la pena.
—Cuñada, vamos a correr unas vueltas —dijo Diego—. ¿Quieres probar?
Luna negó con una sonrisa.
—Yo paso. Ustedes jueguen. Yo miro.
Hacía mucho que no tocaba un auto de carreras.
Diego se giró hacia Damián con cara de cachorro insistente.
—Jefe, esta vez traje arma secreta. ¿Corres unas vueltas conmigo?
Damián ni siquiera alcanzó a decir que no.
Diego ya estaba buscando refuerzos.
—Cuñada, seguro nunca has visto al jefe correr. ¿No quieres verlo? En su época, con traje profesional, tenía a medio mundo suspirando. Su técnica es de este nivel.
Levantó el pulgar.
Los ojos de Diego estaban llenos de admiración real.
Él empezó a amar las carreras por ver a Damián manejar.
Luna miró a Damián.
¿Damián también corría?
La curiosidad se le notó en la cara, aunque no dijo nada. No quería obligarlo por emoción ajena.
—¿Quieres ver? —preguntó Damián.
—Más o menos.
Respuesta tibia.
Diego juntó las manos y empezó a suplicar en silencio con una cara tan triste que parecía ensayada.
Luna cedió.
—Es verdad que nunca he visto tu estilo.
Damián miró a Diego.
—¿Sigue aquí el traje?
Diego casi brincó.
—¡Sí! Lo tengo guardado como tesoro.
Su emoción contagió a Luna.
De pronto sí quería verlo.
Damián seguía sereno, como montaña de hielo, lo opuesto a Diego.
—Ve a la sala de preparación.
Luego se inclinó y besó rápido la frente de Luna.
Ella se quedó quieta.
Cuando reaccionó, Damián ya iba a cambiarse.
Luna miró alrededor.
Nadie parecía haberlos visto.
Se tocó la frente.
Ese hombre...
Siempre atacaba sin avisar.
—¿Luna Salcedo?
Una voz femenina la llamó.
Luna levantó la vista.
Frente a ella había una mujer alta, de porte firme, pelo corto a la altura de la oreja y un traje de carreras rojo que le quedaba como armadura.
Guapa.
No dulce.
Imponente.
—Soy yo. ¿Y tú eres...?
Luna buscó en sus recuerdos de dos vidas.
Nada.
Una mujer así no se olvidaba.
La mujer sonrió con naturalidad.
—No te esfuerces. No nos conocemos. Yo te conozco de un lado nada más.
Le ofreció la mano.
—Jimena Duarte. Amiga de infancia de Damián.
Damián.
El apodo íntimo cayó suave, pero Luna lo escuchó.
Apretó su mano.
—Mucho gusto, señorita Duarte.
No sabía qué quería, así que mantuvo la cortesía justa.
Jimena miró hacia la zona por donde se habían llevado a Daniel.
—Vi lo de hace rato.
Luna esperó.
Jimena se acomodó un mechón corto con un gesto limpio, casi masculino.
—Damián parece frío, pero es leal. Los que crecimos con él esperamos que su matrimonio sea feliz.
Su tono era plano.
No se podía leer si lo decía con preocupación o con juicio.
—Durante años pensé qué clase de mujer podría estar a su altura. No imaginé que, después de tantas vueltas, terminarías siendo tú.
Luna la miró con calma.
—Señorita Duarte, si quiere decir algo, dígalo directo.
Jimena no sonrió.
—No me gustan tus métodos.
Directa.
Sin adornos.
—No hace falta que actúes frente a mí. Aunque el accidente de hace años hubiera sido culpa de Damián, ya lo torturaste bastante. Tu familia Salcedo no es de gran nivel, pero al menos tiene apellido conocido. ¿Tan poca educación recibiste?
No le dio espacio para responder.
Tampoco parecía querer escucharla.
—Mateo Morales se metió con tu hermana y tú usaste a Damián para vengarte. Hace rato Daniel te buscó problemas y tú esperaste a que Damián lo resolviera. Ese papel de mujercita indefensa no me gusta.
Luna fue atacada de la nada.
Y, aun así, pensó que Jimena no estaba del todo equivocada.
La Luna anterior sí había hecho cosas terribles.
Sí había herido a Damián.
Sí lo había usado ese día.
Lo que hizo, no iba a negarlo.
—¿Y qué quiere que haga?
Sentir culpa por Damián no significaba deberle explicaciones a Jimena.
Jimena levantó la barbilla.
—Vuelve a tu lugar. Deja de torturarlo. Si no, yo misma me encargaré de que no la pases bien.
—¿Meterse en la vida de otros y dar órdenes también es parte de la educación de la señorita Duarte?
Jimena se quedó rígida.
Luna siguió:
—Usted me acusa, me amenaza y al mismo tiempo teme que yo vaya con Damián a quejarme. Eso significa que le preocupa que él la culpe por mí. En mi opinión, eso también es estrategia. También es manipulación. No suena tan franca como quiere parecer.
La cara de Jimena se tensó.
—¿Jimena? ¿También viniste?
Diego llegó corriendo desde lejos.
Por el tono, era claro que la conocía bien.
—Cuñada, Jimena, el jefe ya se cambió y está preparando todo. Me pidió venir por la cuñada. Ya que estás aquí, vamos juntos.
Diego miró a una y a otra.
El aire estaba raro.
—¿De qué hablaban? ¿Algo que no puedo escuchar?
Jimena sonrió de inmediato.
La presión de hace un momento desapareció.
—De carreras. La señorita Salcedo dijo que también le interesa. Quedamos en correr una vuelta.
—¿Señorita Salcedo? —Diego la corrigió con alegría—. Ya toca decirle cuñada.
—Todavía es temprano para eso —dijo Jimena, sin emoción—. Cuida lo que dices. Si el abuelo Alcázar lo escucha, te va a regañar.
Diego estaba acostumbrado a su tono y no pensó de más.
Luego reaccionó.
—¿Van a correr? ¿En serio? ¡Perfecto! No sabía que la cuñada traía eso escondido. Entonces mi regalo sí queda perfecto.
Jimena miró a Luna.
El desafío estaba ahí.
Claro.
Quería ponerla en ridículo.
Aunque Luna aceptara, competir contra una mujer reconocida en la pista era perder con elegancia o humillarse.
Luna curvó apenas los labios.
—Si la señorita Duarte quiere correr, corramos un poco.
Diego casi aplaudió.
—¡Excelente! Aunque la cuñada no tiene traje. Puede usar el de una chica de mi equipo por hoy. Mañana mando hacerle uno a la medida.
Jimena intervino:
—Yo tengo uno. Me quedó chico. Puede usarlo. Aunque la señorita Salcedo es bajita, quizá todavía le quede grande.
Jimena medía alrededor de uno setenta y cinco. Incluso entre hombres no se veía pequeña.
Luna medía uno sesenta y cinco.
No era bajita.
Pero en la boca de Jimena, claro que lo era.
—No hace falta —dijo Luna—. No soy profesional. Correré con mi ropa.
Los tres fueron a la sala de preparación.
Un Bugatti Veyron de dos tonos estaba estacionado bajo las luces, con líneas limpias y agresivas.
Damián estaba junto al auto.
Llevaba traje de carreras negro y gris.
La tela marcaba sus proporciones perfectas. Hombros anchos, cintura firme, piernas largas. Sus rasgos parecían tallados, los ojos afilados como cuchillos fríos.
No parecía un empresario jugando.
Parecía alguien nacido para dominar también ese lugar.
Con razón Diego dijo que había conquistado a muchas.
Tenía con qué.
Luna lo miró unos segundos de más.
—¡Jefe! —Diego gritó—. El estilo sigue intacto. Mejor que antes. Voy a prepararme.
Salió disparado.
Damián estaba revisando el motor. Al escuchar a Diego, levantó la vista.
Sus ojos encontraron a Luna.
El ánimo le cambió.
—¿Lo viste? ¿Te gustó?
Cerró el cofre del auto, se quitó los guantes y caminó hacia ella.
Paso a paso.
Luna lo vio acercarse.
Y sintió, sin poder evitarlo, que algo pequeño empezaba a brotarle en el pecho.