Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 23
Capítulo 23
Dina no había avisado por buena.
La cena anterior, cuando la habían hecho pagar a ella, ni siquiera le había servido para ganarse un trato decente. Después de eso la usaron para todo: tareas pesadas, trámites molestos, papeles que nadie quería tocar. Ese mismo día le habían sacado el peor escritorio sin que nadie levantara la voz.
Por eso, cuando vio que la nueva iba directo a caer en la misma trampa, no pudo quedarse callada.
Valenntina manejaba sin apuro.
-Gracias por avisarme -dijo-. Pero recién todos te vieron subir a mi auto. Si me voy ahora, van a saber que les arruinaste la jugada.
Dina apretó la mochila contra las piernas.
-Ya sé. Pero lo que no quiero para mí, no se lo deseo a otro. Yo pensé que el Grupo Alcorta, siendo una empresa internacional, iba a darme futuro. No imaginé encontrarme con gente así. Si se pone feo, renuncio.
-El Grupo Alcorta es bueno -respondió Valenntina-. Justamente por eso no conviene dejar que un par de vivos lo pudran.
El auto se detuvo frente a un club privado.
Dina miró el cartel y se desesperó.
-¡Te dije que te quieren estafar! ¿Por qué venís igual? Encima este lugar es carísimo. Acá una persona común no entra ni para mirar.
Valenntina bajó del auto como si no le importara.
-Si quieren jugar, juego. A mí todavía no me asustó nadie.
El club se llamaba Magnolia. La dueña conocía bien a Liliana Varela. Cada vez que Lili llevaba una mesa, después recibía una comisión. La cena de Dina también había sido ahí.
Con Dina no se habían pasado tanto porque sabían que venía de una familia humilde. Pidieron platos de precio medio, unos cuantos miles, lo justo para sacarle un sueldo entero. Aun así, Lili se había llevado más de dos mil de comisión.
Con Valenntina no pensaba tener esa delicadeza.
Primero, la nueva iba y venía en auto. Algo de plata debía tener. Segundo, la había dejado en ridículo delante de todos. Si no la hacía sangrar, no se le iba a ir la bronca.
Apenas se sentaron, Lili tomó la carta.
-Yo ya vine varias veces. Sé qué vale la pena. ¿Les parece si pido?
Dina le hizo señas a Valenntina con los ojos hasta casi quedarse bizca.
No la dejes pedir. No la dejes.
Valenntina sonrió.
-Dale.
Lili pidió sin freno. Mariscos, cortes caros, abulón, platos de estación, entradas, sopas, postres. Eran seis personas y terminó encargando más de treinta platos.
Dina no aguantó.
-Lili, capaz es demasiado. No lo vamos a terminar. ¿No conviene cancelar algo?
Valenntina la miró de costado. La chica era miedosa, sí, pero tenía una línea. Cuando todos se callaban, ella igual intentaba ayudar.
Lili la fulminó.
-No pagás vos. ¿Para qué hablás?
Una empleada antigua, Silvia Juárez, se sumó enseguida.
-En estos lugares las porciones son chicas. Si pedimos poco, después falta.
Valenntina no dijo nada.
Lili interpretó su calma como debilidad y agregó dos botellas de vino tinto importado.
Dina vio el precio en la carta y se le secó la boca. Más de cinco mil cada botella. Solo el vino ya pasaba los diez mil.
Le mandó un mensaje a Valenntina por debajo de la mesa.
“No tomes eso. Te quieren matar con la cuenta.”
Valenntina ni miró el celular.
Dina casi quiso sacudirla. Tan linda, tan despierta para algunas cosas, ¿y justo en esto no entendía nada?
Cuando trajeron la comida, todos perdieron la compostura. Salvo Lili, que había comido bien varias veces gracias a Zárate, los demás eran empleados de sueldo común. No iban a desperdiciar semejante mesa.
Silvia agarró una botella.
-Dina, probá. Dicen que estos vinos caros son otra cosa.
Valenntina le sacó la botella de la mano, miró la etiqueta y frunció el ceño.
-¿Cuánto cuesta?
Lili se adelantó, dulce.
-Lo pedí de pasada, ni vi. No debe ser tanto.
Dina habló rápido.
-Cinco mil y pico cada una. Dos botellas son más de diez mil. Para una comida entre compañeros no hace falta.
La cara de Lili se enfrió.
-¿Qué gracia tiene tomar vino barato? Dina, si nunca probaste algo bueno, no seas tan desagradecida cuando se te da la oportunidad.
Valenntina levantó la mano.
-Mozo, devuelva este vino.
Dina respiró aliviada.
Por fin.
Lili se burló:
-¿Te duele pagar? Es una botella de vino, tampoco es la gran cosa.
Valenntina sonrió.
-No, no es la gran cosa.
Cuando llegó el mozo, preguntó:
-¿Lo mejor que tienen es esto? ¿No hay una cosecha de veinte o treinta años?
-Tenemos dos botellas de treinta años -respondió él-. Pero son muy caras. Cien mil cada una.
-Traiga esas dos. Ya que estamos juntos, tomemos algo bueno.
Lili casi se rió.
Seguro la tonta creía que la empresa iba a cubrir la cuenta.
Que pidiera. Que se hundiera sola.
Los demás se miraron con cara de espectáculo. Cuando trajeron el vino, todos quisieron probar. Entendieran o no, lo llenaron de elogios. Lili subió varias historias presumiendo.
Valenntina tomó un sorbo y dejó la copa.
Comparado con botellas de millones, aquello tampoco era tanto.
Cuando todos estuvieron llenos, Silvia agarró la cartera.
-Voy al baño.
Otro dijo que iba a hacer una llamada.
Lili recibió un llamado de Silvia, fingió que había mala señal y caminó hacia la puerta.
Antes de que pudiera salir, una mano le tocó el hombro.
-Quedan muchos platos. ¿Qué apuro hay?
Lili se quedó rígida.
Tenía un pie adelante, listo para dar el paso. Pero el cuerpo no le respondía.
La boca, sí.
-¿Qué me hiciste? Valenntina, ¿qué me hiciste?
Valenntina no se molestó en explicar que solo le había presionado un punto para dejarla inmóvil un rato.
La agarró del cuello de la blusa y la arrastró de vuelta al asiento como si pesara nada.
-Dina, ¿comiste?
Dina seguía con los ojos enormes.
-Sí...
-Entonces vamos.
-¿Y la cuenta?
-Que la pague quien la pidió.
Valenntina salió con Dina y dejó a Lili clavada en el box, todavía con el teléfono en la mano.
Los gritos de Lili no hicieron volver a Valenntina. Sí trajeron a la dueña del local.
-¿Cómo que quedaste sola? ¿La cuenta está paga?
Cuando supo que no, la sonrisa de siempre se le borró.
-A mí no me importa. Esta noche se paga. Son doscientos cuarenta mil. Quitando tu comisión, igual tenés que poner ciento ochenta mil.
Lili no tenía esa plata.
Llamó a Zárate, lloró, exageró, dijo que Valenntina la había armado, que había que echarla de Recursos Humanos esa misma noche.
Zárate llegó sin entender del todo qué pasaba.
Y antes de que pudiera acomodarse, apareció su esposa con medio clan familiar.
El escándalo fue inmediato.
A Lili la agarraron del pelo, la insultaron, la golpearon delante de todos. Zárate, que en privado la llamaba mi vida y mi amor, delante de su mujer se achicó como un cobarde. No pagó la cuenta. Ni siquiera la defendió. Se fue detrás de su esposa con la cabeza gacha.
Lili terminó golpeada, endeudada y humillada, sin entender por qué la mala suerte le había caído toda junta.
No había sido suerte.
Valenntina sabía que Lili, con o sin plata, no iba a pagar de su bolsillo. Iba a llamar a Zárate. Y conseguir el teléfono de la esposa de Zárate, para Valenntina, no era difícil.
Después, Lili quiso recuperar algo de dinero. No tenía el número de Valenntina, así que empezó a etiquetar a todos en el grupo del área para que dividieran la cuenta.
Silvia y los otros sabían aprovechar, pero no soltar plata. Se hicieron los desentendidos.
Lili explotó:
“El que no pague, lo cubre con el sueldo.”
Ahí se armó la guerra.
La cuenta pasaba los doscientos mil. Dividida entre todos, cada uno tenía que poner una fortuna. El grupo se llenó de insultos. Navarro, como gerente, no dijo ni una palabra.
Valenntina estaba leyendo la pelea y riéndose cuando le entró una videollamada de Dante.
-Me dijeron que hoy fuiste al Grupo Alcorta -dijo él-. ¿Qué puesto te dio Bruno?
-Logística. La gente de ahí es muy divertida.
La cara de Dante se oscureció.
-¿Te mandó a logística? ¿A ese rincón? ¿Por qué no me dijiste que querías entrar al grupo?
Cuando Dante mandaba, logística era un área ordenada y útil. Por algo ocupaba parte del décimo piso. Con Bruno, se había llenado de acomodados, empleados viejos y gente que vivía del sueldo sin trabajar. Dante, aunque recién había vuelto, ya tenía el mapa de cada área en la cabeza. Apenas terminara lo del exterior, iba a limpiar la empresa.
Valenntina se encogió de hombros.
-No me molesta. Es tranquilo. Además, hay espectáculo.
Le mandó capturas del grupo y le contó lo de la cena como si fuera un chiste.
Dante, que venía serio, terminó soltando una risa.
-Se metieron justo con vos. Hay que tener la cabeza dura. ¿Te estás divirtiendo o querés seguir jugando?
-Hoy tenía ganas. Pero gente así no puede quedarse en la empresa. Ensucian el nombre de ustedes.
-Entonces que se vaya todo el departamento. Cuando vuelva, lo rearmo. Y si querés trabajar, venís conmigo de asistente.
Valenntina hizo una mueca.
-¿Secretaria? ¿Asistente? Suena a cargo de amante. Muy poco serio.
Dante se rió.
-No hay cargos poco serios. Hay jefes poco serios.
Valenntina no quería moverse.
Entonces Dante eligió otra forma de sacarle las moscas de encima.
Le mandó las capturas a Bruno y agregó:
“Hermano, ¿así administrás el Grupo Alcorta? Gerentes que no parecen gerentes, empleados que no parecen empleados, extorsión a los recién llegados. Si logística está así, no quiero imaginar el resto.”
Bruno, que había mandado a Valenntina ahí para que renunciara sola, sintió que el golpe le caía en la cara.
“No sabía que pasaba esto. Voy a despedir a todo el personal de logística y emitir un aviso prohibiendo esas cenas de extorsión.”
Dante respondió:
“Mi esposa está en logística. Nombrala gerente. A quién conserva y a quién echa, que lo decida ella.”
Si a su esposa le gustaba ese lugar, no iba a dejarla como una empleada maltratada. Y aun gerente le parecía poco.
Esa misma noche, Navarro recibió la desvinculación por negligencia. El aviso fue enviado a todo el personal.
A la mañana siguiente, Silvia y los otros llegaron temprano hablando del tema.
-¿Por qué habrán echado a Navarro?
-Seguro hizo algo.
-Viste lo de Lili anoche, ¿no? Esa mina se lo buscó. Encima amante.
Cuando Lili mandaba, ellos la seguían, la adulaban y la ayudaban a pisar a los nuevos. Cuando cayó, se rieron primero.
En ese momento entró Valenntina con la gerente de Recursos Humanos, Marta Méndez.
Silvia se acercó con una sonrisa.
-Gerente Méndez, ¿quién es el nuevo jefe del departamento?
Hasta se le cruzó una fantasía: llevaba años en logística, tal vez por antigüedad podían ascenderla.
Marta miró a Valenntina.
-Desde hoy, ella es la nueva gerente de logística.
La oficina se quedó muda.
Silvia fue la primera en saltar.
-¿Ella? Entró ayer. ¿Con qué derecho va a ser gerente? Si faltaba alguien, tenían que elegir entre los empleados antiguos.
Los demás empezaron a protestar detrás.