En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 16 — La Primera Lección Para El Perro
El entrenamiento continuó bajo la mirada estricta del profesor Antonio.
Después de enseñarnos las posturas básicas, el equilibrio y la manera correcta de desplazarnos, llegó el momento de aprender una de las técnicas que más me había llamado la atención.
—Ahora aprenderemos derribos y barridos —explicó Antonio.
Se colocó frente a Kaelzarian.
—El objetivo no es utilizar fuerza bruta. Deben aprender a desequilibrar al oponente aprovechando su propio movimiento.
Antonio realizó lentamente el movimiento.
—Pueden utilizar las piernas, la cadera o el torso para alterar el centro de gravedad del adversario.
Kaelzarian observaba con absoluta concentración.
Yo, en cambio...
Tenía los ojos brillando.
¡Esto es increíble!
—¡Otra vez! —pedí emocionada.
Antonio me miró.
—¿Ya lo entendió?
—¡Sí!
—Entonces inténtelo.
Me coloqué frente a Kaelzarian.
Él levantó los brazos con cierta inseguridad.
—¿Estás segura, Isolde?
—¡Por supuesto!
Recordé el movimiento.
Esperé a que Kaelzarian avanzara.
Entonces giré el cuerpo, coloqué la pierna detrás de la suya y aproveché su propio impulso.
—¡Ahora!
Con un movimiento rápido, lo hice perder el equilibrio.
Kaelzarian cayó sobre la arena.
¡Plof!
Me quedé mirándolo.
Él parpadeó desde el suelo.
—...
—¡Lo hice!
Le tendí la mano.
—¿Estás bien?
Kaelzarian aceptó mi mano y se levantó.
—Sí.
Antonio asintió.
—No está mal.
Mi pecho se infló de orgullo.
¡No está mal!
Para mí aquello era prácticamente un elogio monumental.
Continuamos practicando.
Barridos.
Derribos.
Bloqueos.
Cómo aprovechar el peso del adversario.
Cómo escapar de un agarre.
Cómo mantener el equilibrio.
Cada cosa que Antonio enseñaba hacía que mi corazón se llenara de emoción.
En mi vida anterior jamás había imaginado que podría hacer algo así.
Había vivido encerrada en las expectativas de los demás.
Una dama debía comportarse de determinada manera.
Una futura reina debía sonreír.
Una mujer debía obedecer.
Una esposa debía soportar.
Pero ahora...
Era diferente.
No iba a permitir que nadie volviera a pisotearme.
No quería depender únicamente de la magia.
Quería aprender a defenderme.
Quería ser capaz de protegerme incluso si mi magia fallaba.
Y, sobre todo...
No volvería a quedar indefensa frente a nadie.
......................
El tiempo pasó rápidamente.
Tan rápido que apenas me di cuenta de que habían transcurrido varias horas.
Hasta que...
Alguien apareció en el campo de entrenamiento.
Mis movimientos se detuvieron.
Sentí como si el mundo entero hubiera quedado en silencio.
Mis ojos se abrieron lentamente.
El hombre que caminaba hacia nosotros tenía el cabello plateado, ojos azules, el porte elegante de un miembro de la familia real y una expresión amable cuidadosamente construida.
Lo reconocí inmediatamente.
Leorian Draven.
El príncipe heredero.
Mi prometido.
Tenía dieciséis años.
Y aunque todavía era joven...
Yo conocía perfectamente el futuro que le esperaba.
El futuro en el que él me traicionaría.
El futuro en el que permitiría que me llevaran a la guillotina.
El futuro en el que destruiría todo aquello que amaba.
Mi corazón dio un vuelco.
No de emoción.
De rabia.
Leorian caminó directamente hacia nosotros.
Ignoró completamente a Kaelzarian.
Ignoró al profesor Antonio.
Sus ojos se concentraron únicamente en mí.
Una sonrisa cálida apareció en su rostro.
Era la misma sonrisa.
Aquella sonrisa amable que tantas veces había visto en mi primera vida.
—Isolde.
Su voz era dulce.
—¿Por qué me has estado evitando?
Mostró tristeza.
—He tenido que venir personalmente a buscar a mi pequeña prometida escurridiza.
Extendió una mano hacia mí.
—Ven.
Retrocedí inmediatamente.
Fruncí el ceño.
—No me toques.
La sonrisa de Leorian se congeló.
—¿Isolde?
Parecía genuinamente confundido.
—¿Estás enfadada porque no te he mandado caramelos estos últimos días?
Una vena palpitó en mi frente.
Claro que estoy enfadada.
Pero no por unos estúpidos caramelos.
Maldito.
Mis manos se cerraron.
Por un instante sentí deseos de lanzarme sobre él.
Pero respiré profundamente.
No.
Todavía era joven.
En aquel momento de su vida aún no se había convertido en el hombre que recordaba.
No podía juzgarlo por crímenes que todavía no había cometido.
Pero...
Mi corazón no entendía de razonamientos.
Cada vez que lo veía, recordaba mi ejecución.
Recordaba la traición.
Recordaba su mirada.
Y la rabia regresaba.
Así que decidí hacer lo único que podía controlar.
Ignorarlo.
Me giré hacia Antonio.
—Profesor, me retiraré primero.
Incliné la cabeza.
—Gracias por las enseñanzas de hoy.
Después miré a Kaelzarian.
—Nos vemos mañana.
Kaelzarian asintió.
—Sí...
Y entonces pasé junto a Leorian.
Sin mirarlo.
Sin hablarle.
Como si no existiera.
....................
Isolde pasó de largo.
Completamente.
Sin siquiera dignarse a dirigirle una mirada.
La sonrisa de Leorian desapareció.
Una pequeña vena apareció en su frente.
Aquello era intolerable.
¿Cómo se atrevía aquella mocosa a ignorarlo?
Él era el príncipe heredero.
Y ella...
Era su prometida.
Aun así, mantuvo la compostura.
Se giró.
—Isolde.
Ella continuó caminando.
Leorian dio un paso.
Después otro.
Y finalmente extendió la mano.
Sus dedos se cerraron alrededor del antebrazo de la niña.
—¡¿A dónde vas, Isolde?!
Su voz perdió aquella dulzura artificial.
—No te he permitido retirarte.
Isolde se detuvo.
Su mirada cayó sobre la mano que la sujetaba.
Una furia helada recorrió sus ojos.
Otra vez.
Exactamente igual que en mi vida anterior.
Su pensamiento fue inmediato.
Retiro lo dicho.
¡Es el mismo imbécil de mi otra vida!
Giró lentamente el rostro.
—Suéltame, perro.
Leorian abrió los ojos.
—¿Qué...?
Isolde no esperó ni un segundo más.
Recordó inmediatamente las instrucciones de Antonio.
No intentó competir directamente contra la fuerza del príncipe.
A una velocidad anormal.
Buscó el punto débil del agarre.
Giró la muñeca, buscando el espacio junto al pulgar.
Tiró con fuerza.
El agarre se rompió.
Leorian apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Isolde atrapó su mano.
Empujó su codo hacia arriba, bloqueando la articulación.
Después deslizó una pierna detrás de sus tobillos.
Isolde giró la cadera.
¡PUM!
El cuerpo de Leorian perdió el equilibrio.
El príncipe cayó de espaldas contra el suelo con un estruendo.
—¡Ugh!
Kaelzarian abrió los ojos.
Antonio observo en silencio.
En el mismo instante.
Isolde apretó los puños.
La rabia seguía allí.
Toda aquella rabia acumulada durante años.
Y se lanzó hacia él.
—¡Maldito...!
Su puño salió disparado.
Leorian reaccionó por puro instinto.
Su cuerpo emitió un destello mágico.
—¡No!
¡FWOOSH!
Desapareció del alcance del golpe mediante magia.
El puño de Isolde impactó contra el suelo.
¡BOOM!
La tierra se abrió.
Un pequeño cráter apareció bajo su mano.
Kaelzarian se quedó completamente inmóvil.
Antonio también.
Leorian, que había reaparecido a unos metros de distancia, observó el cráter con incredulidad.
—¿Qué...?
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
gracias 😍😍❤️❤️❤️