Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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El duque que sabía contar
El duque de Vireo lo contaba todo. Sus anillos, cuando se aburría. Sus pasos, cuando se ponía nervioso. Sus enemigos, siempre.
Era el partido más codiciado de la corte: rico, conectado, con una sonrisa que jamás le llegaba a los ojos. Su alianza con Livia se había sellado con una promesa que lady Elara había susurrado en todos los salones de la capital: *la casa del conde entregará una dote digna de su linaje.*
Nadie especificó cuánto.
Ese fue el primer error.
***
Cuando el mayordomo anunció a «la señorita Cassandra, prometida del Príncipe de Moldavia», Vireo la recibió por curiosidad y por prudencia. Al demonio nadie le negaba nada; a su prometida, tampoco.
Vio entrar a una muchacha de ojos claros y modales suaves, y decidió que la corte tenía razón: la pobre niña se había dejado deslumbrar por un uniforme y un título.
—Duque de Vireo —dijo ella, sentándose con una gracia ensayada—. Vengo a pedirle un favor.
—¿La prometida del Príncipe de Moldavia me pide un favor a mí? —Vireo sonrió, contando sus anillos—. Me halaga.
—Es por mi hermana Livia. Quiero que su boda sea perfecta. —Cassandra bajó la voz, como quien confiesa un secreto—. Por eso necesito que haga algo por mí: no espere la dote de la que todos hablan.
La sonrisa de Vireo no se movió, pero sus dedos dejaron de contar.
—Explíquese.
—La dote famosa, la del clan de mi madre, ahora es mía. Y cuando la reclamé… —ella suspiró, con la dulzura de quien no entiende lo que dice— encontré que eran casi libros. Mi madre gastó la fortuna en medicinas durante la plaga. Y al revisar los registros de la finca del sur vi… agujeros, duque. Mi padre administró esa dote «por mi bien» durante años. Y lady Elara vende cosas del almacén cuando cree que nadie mira.
Hizo una pausa. Miró sus propias manos, como avergonzada.
—Seguro que no es nada. Yo no entiendo de números.
Se levantó, recogió su bolso y, desde la puerta, le regaló la última puntada:
—Pero usted sí. Usted sabe contar mejor que nadie en este reino.
Y se fue, dejando tras de sí un silencio que olía a tinta y a deuda.
***
Vireo no rompió la alianza esa noche. Los hombres como él no rompen nada hasta haber contado dos veces.
En tres días, sus agentes vaciaron los registros prestamistas de la capital. Lo que encontraron lo hizo sonreír por primera vez en el año: arcas flacas, una dote desviada durante una década, y el conde Aldous debiendo dinero a tres prestamistas distintos. Uno de ellos, el propio Vireo.
No canceló el compromiso. Aún no. La codicia no abandona: *aprieta*.
Exigió una garantía. La finca del sur, en escritura, presentada en público durante el banquete de compromiso, como dote de Livia.
—Una formalidad —dijo, con su sonrisa de tinta—. Para tranquilidad de ambas casas.
***
En la mansión del conde, la «formalidad» cayó como una sentencia.
—¡La escritura de la finca del sur está en manos de esa desgraciada! —siseó lady Elara, con el abanico temblando—. El rey se la selló con su propio sello cuando le concedió el premio.
—Entonces estamos perdidos —gimió el conde.
—No. —Lady Elara alzó la barbilla, y en sus ojos brilló la misma hambre que los había perdido desde el principio—. Vireo quiere casarse con Livia. Nadie mirará ese papel con lupa. Manda hacer una copia. Idéntica. Hasta el sello.
El conde sudó. Pero asintió.
Nadie, en esa casa, había aprendido todavía que las copias idénticas eran la especialidad de otra persona.
***
El banquete de compromiso olía a flores caras y a triunfo recuperado. Livia, con un vestido nuevo, ya se veía duquesa. Lady Elara sonreía a los invitados como quien cobra una herencia.
Vireo esperó al brindis. Entonces, con la cortesía de un verdugo, pidió la escritura.
El conde, con manos que apenas temblaban, entregó el pergamino.
Vireo lo desplegó. Lo leyó. Y alzó una ceja.
—Qué extraño —dijo una voz dulce desde la puerta del salón—. Esa es la escritura de la finca del sur.
Cassandra entró con un vestido sencillo y una sonrisa de hermana mayor. Llevaba una bolsa de cuero.
—Hermana —dijo, acercándose a Livia para besarle la mejilla—. Felicidades. —Luego se giró hacia Vireo, con los ojos brillantes de inocencia—. Perdone, duque. Pero la escritura verdadera está en mi cofre. La reconocería entre mil.
—¿Cómo?
—Porque mi madre me enseñó a reconocer su sello.
Abrió la bolsa. Sacó un pergamino. Lo sostuvo junto al de Vireo.
—Mire. El sello de mi madre lleva un hilo de seda carmesí, cosido por ella misma para que nadie lo falsificara. El de mi padre… no.
El salón entero contuvo el aliento.
Vireo comparó. Sus ojos, que contaban anillos, pasos y enemigos, contaron ahora las fibras del papel, la cera, el hilo. Tardó tres segundos.
No gritó. No insultó. Los hombres como él no gastan saliva: cobran.
—La casa de Vireo no se casa con falsificaciones —dijo, doblando el pergamino falso y dejándolo sobre la mesa como quien deja una moneda sin valor—. El compromiso queda roto.
Livia se puso blanca. Lady Elara abrió la boca, y la cerró al recordar, demasiado bien, el viento de unas alas sobre su jardín.
Vireo se inclinó ante el conde, y añadió, en voz tan baja que solo él y Cassandra la oyeron:
—Y respecto a los ocho mil oros que me debe, conde… los esperaré a fin de mes. Con intereses.
***
Esa noche, en su estudio, con el pergamino falso ardiendo en la chimenea, Vireo sirvió dos copas y no bebió ninguna.
Repasó la visita de la muchacha, palabra por palabra. Y entendió, con una claridad que le escocía, lo que había pasado.
No me mintió, pensó.
Eso era lo peor.
No me mintió ni una sola vez. Me dijo exactamente lo suficiente para que yo hiciera lo que ella necesitaba.
Sirvió una tercera copa y, esta vez, brindó solo, hacia la nada.
Vireo decidió, esa noche, dos cosas: que jamás volvería a prestarle un cobre al conde Aldous… y que jamás, por ningún precio, se pondría del lado contrario a esa muchacha.
Si algún día ella necesitaba un consejo financiero, él lo cobraría barato.
***
En la residencia que el rey había asignado a la prometida del demonio, Balkan escuchó el relato sin interrumpir, limpiando una daga con un paño negro.
—Le entregaste los libros de cuentas de tu padre —dijo al fin—. Mi red los consiguió en dos días.
—Tú conseguiste los números —Cassandra se sirvió vino sin pedir permiso—. Yo solo le enseñé a un hombre hambriento dónde estaba la carne.
—Vireo reclamará la deuda a fin de mes. Tu padre no podrá pagar. —Balkan alzó los ojos, y las vetas carmesí latieron, divertidas.
—Cobrar la deuda es lo que hará Vireo —Cassandra bebió un sorbo, serena—. Lo mío es asegurarme de que mi padre no pueda pagarla ni vendiendo el nombre.
Balkan soltó una risa baja.
—Cada vez que creo que he visto tu tablero completo, mueves una pieza que no existía.
—Es que tú miras el tablero —dijo ella, dejando la copa—. Yo miro a los jugadores.
Balkan dejó la daga sobre el paño. La miró un largo segundo.
—¿Y qué ves cuando me miras a mí?
Cassandra levantó los ojos.
—Un hombre que cree que está observándome.
Balkan sonrió.
—¿Y no es así?
—No.
—¿Entonces?
—Estamos observándonos mutuamente.
Bajo los ojos del demonio, las grietas ardieron como brasas vivas. Y por primera vez, no fue él quien rompió el silencio.
***
Sobre la mesa, junto al vino, había una carta con el sello de la casa real. Cassandra la giró hacia él, sin abrirla.
—Llegó esta tarde. Edric me pide un encuentro «para hablar de los viejos tiempos».
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Balkan.
—Nada. Aún no.
Apagó la vela de un soplo.
*Todavía cree que soy suya.*
Cassandra sonrió.
*Qué adorable.*
*Lo dejaría creerlo un poco más.*