Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 23
Adrián sentía que ya se había dado por vencido buscando empleo en esta ciudad. Solo le quedaba un camino que no había intentado.
Doña Carmen volteó de golpe, asustada.
—¿A dónde te vas?
—A la capital —respondió Adrián con voz más firme—. Voy a buscar trabajo allá.
Doña Carmen se quedó callada unos segundos, tratando de asimilar la decisión de su hijo.
—¿Y tu mamá aquí con quién se queda? Tú sabes que a mí no me gusta pasar mucho tiempo en un pueblo ajeno —dijo doña Carmen en voz baja; la preocupación se le notaba.
—Quédese aquí, mamá. Cuando consiga trabajo le mando dinero —contestó Adrián sin titubear.
En el fondo, doña Carmen no estaba de acuerdo. Pero necesitaban dinero para sobrevivir.
—Tu mamá solo puede rezar por ti. Que allá encuentres un buen trabajo y que te paguen bien —dijo doña Carmen con un hilo de voz.
—Gracias, mamá. Rece por mí todos los días para que todo me salga bien —respondió Adrián abrazando a doña Carmen. Madre e hijo se estrecharon conteniendo la tristeza.
Adrián entró al cuarto y abrió el armario, que ya no tenía mucho adentro. Tomó un sobre escondido entre la ropa vieja. Al abrirlo, las manos se le detuvieron un instante. Era el dinero de la dote que le entregó lleno de orgullo cuando se casó. Y que después Valentina le devolvió cuando se divorciaron.
Adrián apretó el puño. El recuerdo le llegó con absoluta nitidez. Valentina de pie frente a él, el rostro sereno. Sin llanto, sin furia, cuando le devolvió el sobre, como si estuviera regresando algo que ya no le pertenecía.
Adrián respiró hondo y volvió a cerrar el sobre. Lo metió en la bolsa pequeña que llevaría.
Al regresar a la sala, doña Carmen seguía de pie en el mismo lugar, mirándolo con expresión interrogante.
—Ya me voy, mamá. Voy a empezar de cero —dijo Adrián levantando un poco la bolsa.
Doña Carmen todavía se veía indecisa.
—¿Te vas ahorita, Adrián? ¿Por qué no mañana? —le preguntó.
Adrián asintió despacio.
—Tengo que irme ya, mamá. Las cosas buenas no se deben posponer.
Se quedó callado un instante y luego continuó con un tono más enérgico, como si quisiera darse fuerzas a sí mismo.
—Les voy a demostrar a todos que puedo triunfar otra vez, sin Valentina.
La frase sonó contundente, pero había una parte pequeña dentro de Adrián que se tambaleaba. Algo que aplastaba hacia adentro para que no saliera.
Doña Carmen se acercó y le tomó el brazo con suavidad.
—Cuídate mucho en el camino, Adrián —le dijo en un murmullo.
Adrián no contestó, pero asintió. Se soltó despacio del brazo de su madre y salió de la casa. No miró hacia atrás. Siguió caminando sin dudar, dejando atrás todo lo que quedaba de su vida anterior. La bolsa que llevaba en la mano pesaba poco, pero la carga que llevaba por dentro era mucho más pesada.
En la cabeza de Adrián había un solo objetivo: tenía que demostrar que podía levantarse, sostenerse con sus propios pies.
* * *
Adrián estaba parado en la esquina junto al mercado, con la bolsa pequeña colgándole del hombro. De vez en cuando apretaba la correa sin darse cuenta, mientras los ojos le recorrían la calle, esperando el autobús que no terminaba de llegar.
A su alrededor, las voces de los vendedores se cruzaban unas con otras, los compradores regateaban con voz alta y los vehículos no dejaban de pasar. Pero la atención de Adrián se fue desviando cuando la mirada le cayó sobre una figura que conocía bien: Valentina.
La mujer estaba de pie junto a un puesto de vendedores ambulantes, platicando con varias personas con toda soltura. Se veía cercana a ellos, sonreía de cuando en cuando, hasta se reía un poco cuando alguno de los vendedores le decía algo. Se movía con ligereza, sin timidez, como si ese lugar ya fuera parte de su día a día.
Adrián entrecerró los ojos. La mirada le recorrió a Valentina de arriba abajo. La mujer iba vestida con sencillez, pero bien arreglada. Sin exageraciones, sin nada llamativo, y sin embargo se veía perfecta. El rostro bonito lucía más fresco, más radiante que la última vez que la vio.
Una sensación incómoda le brotó en el pecho.
Seguro anda buscando la atención de los hombres, murmuró para sí, los labios apretados. Por eso ahora anda toda cambiada.
La mirada de Adrián se afilaba cada vez más, como buscando los defectos que antes encontraba con tanta facilidad.
Cuando era mi esposa, era del montón. Hasta más bien poco atractiva, siguió Adrián para sus adentros; la irritación se le notaba más. Y ahora resulta que brilla.
Adrián desvió los ojos un momento, pero al rato volvieron al mismo lugar. Había algo que le impedía apartar la vista del todo.
Los recuerdos viejos le llegaron sin pedir permiso. Antes, justamente era él quien perseguía a Valentina. No fue fácil ganarse el corazón de esa mujer. Valentina no era de las que caían a la primera. Solía guardar distancia, rechazarlo con delicadeza, y obligarlo a esforzarse más.
Adrián aún recordaba cómo iba una y otra vez, cómo seguía intentando, cómo le demostraba que lo suyo no era un juego.
—¿Por qué no te rindes? Recién entré a la universidad y no soy de las que andan de novias por puro pasatiempo —le dijo Valentina entonces; la voz cansada, pero sin verdadero enojo.
Adrián solo sonrió en aquel momento.
—Porque lo que siento por ti es en serio. Y pienso hacerte mi esposa.
Pasó mucho tiempo antes de que Valentina por fin aceptara. Cinco años estuvieron juntos. Muchas risas, muchas historias y muchos planes que entonces se sentían tan reales.
Pero todo cambió después de la boda. Apenas al año, Adrián empezó a sentirse distinto. Los pensamientos se le fueron hacia Lorena. Una mujer completamente diferente a Valentina.
Lorena siempre andaba arreglada, a la moda, rebosante de seguridad. La manera coqueta en que hablaba, la forma en que se vestía, siempre impecable y actual, incluso en casa nunca andaba en bata.
Valentina, en cambio, desde que se casaron, se la pasaba con sencillez. El pelo recogido a como cayera, el rostro sin maquillaje. En la casa, casi siempre con bata, yendo de la cocina a la sala, del lavado a la limpieza sin parar. No es que se viera mal. Simplemente dejó de resultar atractiva a los ojos de Adrián en aquel entonces.
—La diferencia es abismal, antes y ahora —murmuró Adrián en voz baja.
Adrián volvió a clavar los ojos en Valentina, que seguía platicando con los vendedores. La mujer se veía relajada, sin peso encima. Hasta la sonrisa se le veía más libre que antes.
Y eso justamente le apretó el pecho a Adrián.
Sintió un desagrado que no podía explicar. Se suponía que Valentina no debía verse así. Se suponía que tenía que estar más destrozada.
Ese pensamiento le brotó de la nada, y la mandíbula se le apretó. Seguía mirándola, demasiado rato, demasiado fijo.
Y justo en ese instante, Valentina dejó de hablar de repente. Como si hubiera percibido algo, giró la cabeza despacio. La mirada se le fue directo a un punto. Hacia Adrián, que estaba parado no muy lejos, cargando una bolsa, con una expresión en la cara que no alcanzó a disimular.