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Las Enseñanzas Del Bambú

Las Enseñanzas Del Bambú

Status: Terminada
Genre:Época / Completas
Popularitas:439
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.

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Capítulo 4: El arte de no hacer nada

El viento del mediodía no avisó. En la campiña de Kent, las nubes a veces se comportan con la prisa caprichosa de los niños pequeños: se agrupan en cuestión de minutos, se tiñen de un plomo denso y descargan una cortina de agua pesada sobre la tierra sin conceder el menor margen de maniobra a los viajeros desprevenidos.

​Lordian y Genevieve apenas habían recorrido medio millar de yardas desde el arroyo —él con las botas puestas de nuevo, aunque sintiendo aún en la planta de los pies la extraña memoria de los cantos rodados, y ella con sus zapatillas de tela sujetas en una mano y los pies al aire— cuando los primeros goterones del tamaño de avellanas comenzaron a golpear las copas de los castaños.

​—Se lo dije —declaró Lordian, alzando la voz por encima del estruendo creciente del viento entre el follaje y apresurando el paso con esa elegancia marcial que no lo abandonaba ni bajo la amenaza de una tormenta—. El barómetro de la posada mostraba una caída de presión evidente esta mañana. Esta precipitación era predecible en un noventa por ciento.

​—¡Oh, cállese con su barómetro, señor Vance! —gritó Genevieve, echando a correr por el sendero mientras la lluvia comenzaba a calarla en cuestión de segundos, haciendo que el vestido de lana musgo se le pegara al cuerpo con una rotundidad escandalosa—. ¡En lugar de predecir el agua, use las piernas! ¡Por aquí!

​Le echó el guante a la manga de la camisa y lo arrastró fuera del camino principal, internándose por un sendero estrecho flanqueado por zarzamoras. Lordian, que en circunstancias normales habría protestado por la incursión no autorizada en la vegetación silvestre, se dejó llevar por el impulso firme de los dedos de la joven.

​A unos cien metros, semioculta entre la hiedra y los arbustos de saúco, se erigía una antigua choza de leñadores. El tejado de paja, aunque deshilachado por los inviernos, aún conservaba una armazón sólida de vigas de roble, y las paredes de piedra caliza ofrecían una trinchera seca contra el vendaval.

​Entraron de un empellón. Genevieve cerró la pesada puerta de madera tras ellos, dejando fuera el rugido de la lluvia y la penumbra del bosque.

​El interior de la choza olía a resina seca, a paja añeja y a la cal apagada de las paredes. Un rayo de luz cenicienta se filtraba por una ventana sin cristales, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire.

​Lordian se detuvo en el centro del espacio, respirando con cierta agitación. Sacó de inmediato su pañuelo de seda del bolsillo —el segundo pañuelo de su reserva personal— y comenzó a secarse las gotas que le resbalaban por la frente y el cuello.

​—Una estructura improvisada —evaluó el duque, mirando el techo con escrutinio técnico—. Sin embargo, la inclinación de la paja permite un drenaje aceptable. Estaremos atrapados aquí durante al menos una hora y cuarenta minutos, si la curva de dispersión del frente nuboso mantiene su velocidad actual.

​Genevieve lo miró mientras se escurría el agua de la maraña de su cabello con ambas manos, haciendo saltar diminutas gotas brillantes que cayeron sobre las tablas del suelo.

​—¿Es capaz de estar tres minutos en un lugar sin calcular la duración, la resistencia o el margen de error? —preguntó ella, arrojando sus zapatillas húmedas a un rincón y dejándose caer sobre un banco de madera tosca pegado a la pared.

​—El cálculo es lo que diferencia la civilización del caos, señorita Genevieve. Si no supiera medir el tiempo, no podría gestionar mis... mis negocios.

​—Sus negocios —repetía ella en un murmullo juguetón, apoyando la espalda contra la piedra fría de la pared y cruzando las piernas descalzas—. Siempre los negocios. Mírese. Ha encontrado un refugio seco en medio de una tempestad, tiene techo, tiene compañía y el aire huele a pino seco, pero su mente sigue atrapada en una oficina de la ciudad contando monedas o minutos.

​Lordian frunció el ceño. Se acercó a la mesa de madera que ocupaba el centro de la estancia, sacó de su bolsillo interior una pequeña libreta de piel negra con cantos dorados y un lápiz de grafito bien afilado. Se sentó en la única silla disponible, alineó la libreta paralelamente al borde de la mesa y abrió la primera página llena de cifras pulcras y columnas ordenadas.

​—Aprovechar el tiempo muerto es la base de la productividad —sentenció, sin levantar la vista del papel—. Puesto que la lluvia nos inmoviliza, procederé a revisar el presupuesto de mantenimiento de las granjas del sector norte.

​Genevieve lo contempló durante un largo segundo. Había algo profundamente cómico en la estampa de aquel hombre: impecable, serio, de una guapeza aristocrática y pulida, sentado en una choza abandonada rodeada de telarañas, intentando resolver balances financieros mientras la lluvia repicaba sobre la paja del tejado.

​Se puso en pie sin hacer ruido. Caminó con sus pies descalzos sobre las maderas del suelo con la ligereza de un felino hasta colocarse justo detrás de la silla de Lordian.

​El duque sintió su presencia antes de oírla. El calor que emanaba de la muchacha, combinado con el aroma acre y dulce del agua de lluvia sobre su piel, hizo que la punta de su lápiz se detuviera sobre una cifra de tres dígitos.

​—¿Qué hace? —preguntó él, manteniendo la mirada fija en el papel.

​—Voy a cometer un robo —susurró ella al lado de su oreja.

​Antes de que Lordian pudiera reaccionar, los dedos ágiles de Genevieve se deslizaron sobre la mesa, le arrebataron la libreta de piel y el lápiz de grafito, y retrocedieron dos pasos fuera de su alcance.

​—¡Señorita Genevieve! —exclamó Lordian, poniéndose en pie de golpe con la silla rechinando contra el suelo—. Deje eso inmediatamente. Esos documentos contienen información contable confidencial de alta importancia.

​—Contienen números aburridos escritos por un hombre que se niega a mirar por la ventana —corrigió ella, escondiendo la libreta tras su espalda y sonriendo con esa osadía que le ponía la sangre a hervir.

​—Le exijo que me la devuelva.

​—Venga a buscarla —lo desafió ella, dándole un rodeo a la mesa con pasos breves y bailados.

​Lordian dio un paso a la izquierda; ella se movió a la derecha. La mesa de leñador se convirtió en el tablero de un juego absurdo donde el duque de Blackwood, el hombre más temido por los administradores de la capital por su severidad inflexión, intentaba acorralar a una muchacha despeinada y descalza que se burlaba de él con los ojos encendidos.

​—Esto es un comportamiento infantil indigno de una persona adulta —dijo Lordian, intentando amagar por la derecha para cortarle el paso.

​—El juego es la forma más pura de la sabiduría, señor Vance —replicó ella, esquivándolo con un giro de caderas rápido que hizo que el vuelo de su vestido rozara los pantalones de él—. Lo decía el maestro Lao-Tsé en los textos que leía mi tío: El niño que no ha perdido la capacidad de jugar es el único que conserva la energía del origen.

​—Lao-Tsé no tenía que presentar balances a la junta de accionistas —espetó Lordian, lanzándose hacia adelante para atraparle la muñeca.

​Genevieve intentó escabullirse hacia el rincón del banco, pero su pie desnudo tropezó con un saliente de la madera del suelo. Soltó un pequeño jadeo al perder el equilibrio.

​Lordian la atrapó al vuelo antes de que tocara el suelo.

​La sujetó por los hombros con firmeza, pero el impulso del movimiento los empujó a ambos contra la pared de piedra. Genevieve quedó acorralada entre el muro frío de la choza y el cuerpo alto, ancho y sólido del duque. La libreta de piel se le desprendió de los dedos y cayó sobre el banco de madera con un golpe sordo, olvidada por completo.

​La respiración de ambos era agitada, entrecortada.

​Lordian no se retiró. Apoyó la mano izquierda en la piedra, justo al lado de la cabeza de Genevieve, manteniéndola prisionera dentro del marco de su sombra. Su rostro estaba a escasos centímetros del de ella. Podía ver cada diminuta peca dorada que salpicaba el puente de su nariz, el temblor ligero de sus pestañas oscuras y la forma en que sus labios se entreabrían para buscar aire.

​—Tengo la libreta —murmuró él, aunque su mirada no estaba puesta en el cuaderno, sino en la boca de la joven.

​—Tiene la libreta —repitió ella en un susurro grave, cargado de una electricidad que hizo que la choza pareciera encogerse a su alrededor—. Pero ha perdido la calma, señor Vance.

​—Usted me quita la calma —confesó él, y por primera vez la voz no le salió con el tono del aristócrata educado, sino con un registro profundo, áspero, veteado de un deseo contenido que llevaba días acumulándose en su pecho.

​—Entonces deje que se vaya —paz pidió Genevieve, mirándolo directamente a los ojos sin pestañear—. Deje de luchar contra la tormenta. Escuche.

​Lordian frunció levemente el entrecejo, pero no se movió.

​En el exterior, la lluvia golpeaba la paja con un ritmo hipnótico, denso, continuo. El viento aullaba suavemente entre las rendijas de la madera, creando una melodía salvaje y envolvente que aislaba por completo la choza del resto del mundo. Allí dentro no había títulos de propiedad, ni compromisos de la corte, ni miradas escrutadoras de la alta sociedad. Solo estaban la piedra, el barro, el olor a bosque húmedo y dos cuerpos latiendo en el mismo espacio reducido.

​—El arte de no hacer nada... —susurró Genevieve, subiendo despacio una de sus manos hasta apoyarla en el pecho de Lordian, justo sobre la tela fina de su chaleco—. En Oriente lo llaman Mu-shin, la mente vacía de distracciones. No pensar en el ayer, no calcular el mañana. Solo estar aquí. Conmigo.

​Lordian sintió el calor de la palma de la joven atravesando las capas de su ropa hasta tocar su corazón. Latía desbocado, desobedeciendo cualquier norma de templanza.

​—Es un concepto... peligroso —articuló él, bajando la cabeza apenas una pulgada más. Su aliento cálido rozó la mejilla de Genevieve, haciendo que ella cerrara los ojos un segundo y dejara escapar un largo suspiro.

​—Es el único concepto que importa ahora mismo —dijo ella, volviendo a abrir los ojos para fijarlos en los suyos.

​Lordian no calculó nada. No midió la conveniencia, ni las consecuencias, ni la absurda diferencia que la sociedad impondría entre un duque de la Corona y una muchacha silvestre de la campiña. Simplemente cedió.

​Extendió la mano derecha y la deslizó por el cuello de Genevieve, enredando los dedos en los bucles húmedos de su cabello castaño. La atrajo hacia sí con una lentitud deliberada, casi tortuosa, sintiendo cómo ella se estremecía ante el contacto.

​—Señorita Genevieve... —murmuró contra sus labios.

​—Llámeme Genevieve —pidió ella en un aliento apenas audible.

​Y entonces Lordian la besó.

​No fue el beso torpe de un hombre sin experiencia, ni la aproximación cautelosa de un caballero victoriano. Fue un beso hambriento, profundo, nacido de la contención de quien ha pasado toda su vida reprimiendo cada pulso de su naturaleza. Sus labios se apoderaron de los de ella con una firmeza que hizo que Genevieve soltara un gemido ahogado contra su boca, inclinando la cabeza hacia atrás para entregarse por completo al contacto.

​La lengua de Lordian exploró la dulzura de su boca con un ardor que desmintió de golpe sus treinta y dos años de frialdad académica. La mano que sostenía su cabeza se apretó con posesividad, mientras que su otra mano descendía por su espalda hasta encontrar la curva de su talle, pegándola con fuerza contra su cuerpo hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre los dos.

​Genevieve envolvió el cuello del duque con ambos brazos, tirando de él hacia abajo, respondiendo a la intensidad del beso con un ardor salvaje y sin reservas. Sus pies descalzos se alzaron sobre las puntas para acortar cualquier distancia, mientras sus dedos se enredaban en el cabello oscuro de Lordian, despeinando definitivamente al hombre más pulcro de Inglaterra.

​El beso se prolongó, cambiando de ritmo, volviéndose más lento, más pesado, impregnado de una sensualidad abrasadora que hizo que a ambos les faltara el aliento. Cuando finalmente se separaron apenas un par de centímetros, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra, compartiendo el mismo aire caliente en la penumbra de la choza.

​Lordian tenía los ojos oscurecidos por una pasión que jamás había experimentado, la mandíbula tensa y los labios marcados por la presión del encuentro.

​Genevieve lo miraba con las mejillas encendidas por un rubor hermoso, la respiración agitada y una sonrisa cansada pero infinitamente victoriosa en los labios.

​—Dígame... señor Vance —susurró ella, acariciándole la nuca con la yema de los dedos—... ¿cuánto tiempo ha durado este beso según sus cálculos?

​Lordian la miró en silencio durante un segundo que pareció una eternidad. Luego, despacio, dejó caer la cabeza en el hueco del cuello de ella, inspirando profundamente el olor de su piel.

​—No tengo la menor idea —confesó el duque de Blackwood con la voz totalmente quebrada por el deseo—. Y por primera vez en mi vida... no me importa en absoluto.

​Genevieve soltó una risita dulce, envolviéndolo con sus brazos mientras afuera la tormenta continuaba lavando la tierra de Kent, ajena por completo a la rendición del hombre de piedra.

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Isabel Sandoval
Eso se cuenta? /Slight//NosePick//Grin/
Isabel Sandoval
Ya está en la bolsa
Isabel Sandoval
jajaja
Isabel Sandoval
Hago eso y me rompo un hueso /Facepalm//Scare/
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja k chistosa y ya se enamoró ❤️
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