Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 20
Leo se durmió con la boca abierta y un camión de juguete todavía en la mano, la respiración pesada y regular de quien ha corrido todo el día sin culpa. Luna, en cambio, resistió hasta el final, peleando contra el sueño como si cerrar los ojos fuera una traición a algo importante.
—Un cuento más —murmuró, ya vencida, con la voz espesa—. El del dragón que no quería fuego.
—Ese ya te lo conté tres veces.
—Por eso. Ya me lo sé bien. Así no me asusto si sueño con dragones de verdad.
Sonreí y le acomodé el cabello detrás de la oreja, ese mechón rebelde que nunca se quedaba en su lugar por más que yo insistiera con la peineta. Desde que Silvia Quintanar intentó llevárselos —esa tarde que todavía se me aparecía en sueños, el auto negro frente al Colegio Estrella, mi cuerpo interponiéndose entre esa mujer y los niños sin pensarlo dos veces, el corazón golpeándome tan fuerte que temí que se me saliera del pecho—, dormir a Leo y Luna se había vuelto un ritual casi sagrado. Como si contarlos, arroparlos, verlos respirar tranquilos bajo la luz tenue de la lámpara de dinosaurios, fuera la prueba de que una vez más habíamos ganado el día. De que seguíamos completos.
Silvia no lo olvidó. Yo tampoco.
Le canté el final del cuento en voz baja, inventando sobre la marcha porque ya no recordaba cómo terminaba de verdad, y para cuando llegué a la parte del dragón que aprendía a soplar solo nubes de humo tibio, Luna ya se había ido, la mano floja sobre la cobija, los labios entreabiertos igual que su hermano al otro lado de la cama.
Me quedé un momento más de lo necesario, solo mirándolos, memorizando el ritmo de sus pechitos subiendo y bajando bajo la sábana con estampado de estrellas. Esto es lo único que tengo. Lo único que no pienso perder. Afuera, el viento movía las ramas del jacarandá contra la ventana, un sonido seco que meses atrás me habría sobresaltado y que ahora apenas registraba, otra prueba de cuánto se había acomodado mi cuerpo a esta casa, a esta vida prestada que empezaba a sentirse cada vez menos prestada.
Apagué la lámpara del buró y salí de puntitas, cerrando la puerta apenas un centímetro, la costumbre que había adoptado para poder oírlos si algo pasaba en la noche. En el pasillo, el teléfono de la casa vibraba sobre la mesa auxiliar, un aparato antiguo que Dante insistía en conservar "por si se va la luz", con un número que no reconocí en la pantalla.
Dudé un segundo antes de contestar. Algo en mí, alguna alarma que no sabía de dónde venía, me decía que no lo hiciera. El reloj del pasillo marcaba las diez y cuarto. Nadie llamaba a esa hora con buenas noticias.
Contesté de todas formas.
—¿Bueno?
Silencio al otro lado. Un silencio distinto al de una llamada equivocada, más denso, más deliberado, igual que si alguien estuviera del otro lado saboreando el momento antes de hablar, dejando que la espera misma hiciera parte del daño.
—Qué maternal te has vuelto, Ximena.
Reconocí la voz al instante, aunque llevaba semanas sin oírla. Silvia hablaba con esa calma que a mí siempre me erizaba la piel, la calma de quien nunca alza la voz porque no lo necesita, porque sabe que el poder está en otro lado, en algo que uno todavía no ve venir.
—Casi se me olvida que hace un mes eras una desconocida que llegó pidiendo trabajo —continuó, arrastrando cada palabra—. Y mírate ahora. Cantando canciones de cuna como si fueran tuyos de verdad.
Sentí que la mano se me tensaba alrededor del auricular, los nudillos blanqueándose.
—¿Qué quieres?
—Nada. —Casi pude imaginarla sonriendo, del otro lado de la línea, en alguna oficina con vista a la ciudad, una copa de vino tal vez sobre el escritorio—. Solo recordarte que perder no es lo mismo que rendirse. —Una pausa calculada, larga, diseñada para que el silencio doliera más que las palabras—. Cuídalos bien, mientras puedas.
—Si te acercas a esos niños otra vez…
—¿Qué? ¿Me vas a golpear de nuevo, como aquella tarde? —Se rió, bajito, un sonido seco sin nada de humor real—. Fue vergonzoso, ¿sabes? Que me venciera la niñera. Delante de los padres de familia, delante del director del colegio. Pero no te preocupes, no guardo rencores baratos. La próxima vez no voy a estar yo en primera línea.
Colgó antes de que pudiera responder, dejándome con el auricular pegado a la oreja, escuchando el tono muerto, el corazón bombeando con una fuerza que dolía físicamente, como si alguien me hubiera apretado el pecho con las dos manos. Me quedé mirando el aparato igual que si pudiera hacerlo hablar de nuevo, exigirle una respuesta que no tenía.
La próxima vez no voy a estar yo en primera línea.
¿Qué significaba eso? ¿A quién iba a mandar? ¿Cuánto tiempo tenía antes de que apareciera esa persona, fuera quien fuera, en algún rincón de la casa donde yo no la esperara? Pensé en los jardineros que entraban y salían sin que nadie los mirara dos veces, en el chofer nuevo que Simón había contratado apenas la semana pasada, en cualquier rostro anónimo que hubiera cruzado ya el portón de la Hacienda sin levantar sospechas.
—¿Todo bien?
Di un salto, el corazón subiéndome hasta la garganta. Dante estaba en el umbral del pasillo, sin corbata, la camisa desabotonada en el cuello, con esa manera suya de aparecer sin hacer ruido que todavía no lograba acostumbrar, como si los años de negociar en salas de juntas le hubieran enseñado a moverse sin anunciarse.
—Sí. Número equivocado.
Mentí mal. Se me notó, porque él frunció el ceño y dio un paso hacia mí, los ojos entrecerrados, leyéndome de la manera en que solo alguien acostumbrado a detectar mentiras en contratos y en rivales de negocios podía leer a una persona.
—Ximena.
Solo mi nombre, pero cargado de una advertencia suave: no me mientas.
—Silvia —admití al fin, porque no tenía caso seguir escondiéndolo, porque el peso de guardármelo sola ya me resultaba insoportable—. Llamó. Dijo que la próxima vez no estaría "en primera línea".
La mandíbula de Dante se tensó de una manera que le conocía bien, ese músculo que se marcaba justo debajo de la oreja cuando algo lo enfurecía de verdad. Por un segundo pareció que iba a decir algo cortante, del tipo que usaba con sus empleados cuando algo salía mal en una junta, esa voz de hielo que había escuchado un par de veces por las paredes del despacho. En cambio, se acercó más, tanto que sentí el calor de su cuerpo antes que su mano en mi hombro, un calor que contrastaba con el frío repentino que me había dejado la llamada.
—No va a tocarlos —dijo, y su voz bajó, se volvió algo que no era exactamente ternura, pero se le parecía peligrosamente—. Ni a ti tampoco.
—No te pedí que me protegieras a mí.
—No lo hice porque me lo pidieras.
Nos quedamos así, demasiado cerca, su mano todavía en mi hombro, el pulso todavía acelerado por el susto de la llamada, y por un instante absurdo pensé que iba a besarme. No seas ridícula, Ximena. Es tu jefe. Es el papá de los niños que cuidas. Nada más.
Pero mi cuerpo no pareció recibir el memo, porque no me aparté. Me quedé ahí, respirando el mismo aire que él, sintiendo cómo el miedo de hacía un minuto se transformaba en otra cosa, algo más cálido, más peligroso a su manera. Podía escuchar, absurdamente nítido en medio de todo, el tictac del reloj de pared al fondo del pasillo, cada segundo estirándose más de lo que debería.
Fue él quien retrocedió primero, carraspeando, con las orejas ligeramente rojas bajo la luz tenue del pasillo, la mano deslizándose de mi hombro con una lentitud que contradecía la brusquedad de sus palabras siguientes.
—Voy a doblar la seguridad en el colegio. Y aquí. —Se aclaró la garganta otra vez, ya con un pie hacia atrás, hacia la seguridad de la distancia—. Descansa.
Se fue hacia su despacho con pasos más rápidos de lo normal, casi huyendo, y no pude evitar una sonrisa pequeña, involuntaria, en medio de todo el miedo que todavía me apretaba el pecho.
Yo me quedé ahí, con el teléfono todavía tibio en la mano, preguntándome si la próxima amenaza de Silvia ya se estaba moviendo en algún lugar de esta casa sin que ninguno de los dos lo supiera todavía. Miré hacia la puerta entreabierta del cuarto de los niños, escuché la respiración tranquila que llegaba desde adentro, y me prometí, en silencio, que fuera quien fuera esa persona que Silvia pensaba mandar, tendría que pasar sobre mí primero.