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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 23

Este es el Capítulo 21. Entramos en la recta final de la historia. Aquí, la biología y el destino colisionan: mientras Lía enfrenta el momento más vulnerable y poderoso de su vida, los últimos hilos del pasado intentan asfixiar su presente. Es un capítulo de dolor, redención y el primer llanto de una nueva era.

CAPÍTULO 21: El primer grito

El noveno mes de embarazo llegó con un calor inusual que hacía que la superficie del lago pareciera un espejo de plata líquida. Lía se movía con dificultad por la cabaña, sintiendo que su cuerpo ya no le pertenecía del todo; era un templo dedicado a la llegada de una nueva vida. A pesar de la paz aparente, la seguridad se había intensificado. Dante no se alejaba más de diez metros de ella, y dos hombres de confianza de Gabriel patrullaban el perímetro del bosque.

La calma se rompió una mañana con una llamada de Victoria desde la prisión de mujeres.

—Lía, Sara ha estado involucrada en una pelea en el patio —la voz de la abogada sonaba urgente—. No es grave físicamente, pero está aterrada. Dice que Julián dejó instrucciones antes de morir. Hay alguien dentro de la prisión que quiere "saldar la deuda" de los Montero. Sara asegura que tiene una última pieza de información que solo te entregará a ti.

Lía sintió una contracción, no de parto, sino de ansiedad. —¿Por qué ahora, Victoria? He pasado meses intentando borrar su nombre de mi mente.

—Porque dice que se trata del bebé. Que Julián tenía un plan de contingencia relacionado con la tutela legal si ustedes desaparecían.

Dante, que escuchaba la conversación, negó con la cabeza con vehemencia. Pero Lía, con esa intuición que se había agudizado en la recta final de su embarazo, supo que no podía dejar ese cabo suelto. No podía entrar al quirófano o a la sala de partos con una sombra cerniéndose sobre su hijo.

...

El viaje a la prisión fue corto pero agónico. Lía entró en la sala de visitas protegida por un chaleco antibalas ligero bajo su blusa de maternidad, una precaución que Dante le exigió. Cuando Sara apareció, Lía casi no la reconoció. Tenía un ojo morado y un labio partido, pero lo que más impactó a Lía fue la mirada de su hermana: ya no había envidia, solo un vacío existencial.

—Viniste —susurró Sara, pegando su frente al cristal de seguridad—. Mírate... estás enorme. Vas a ser una madre increíble, Lía. Todo lo que yo nunca pude ser.

—Dime qué es eso tan importante, Sara. No tengo mucho tiempo —respondió Lía, sintiendo una presión creciente en la parte baja de su espalda.

—Julián... él era un psicópata previsor —dijo Sara, bajando la voz—. Antes del juicio, registró una serie de documentos en una notaría de dudosa reputación en las islas. Creó una "cláusula de moralidad" vinculada a los fideicomisos antiguos de papá. Si tú eras declarada cómplice de las actividades de la constructora, o si tu conducta era "pública y notoriamente escandalosa", el control de tus bienes y la tutela de cualquier heredero pasaría a una fundación que él controlaba.

—Eso es absurdo, Julián está muerto —replicó Lía.

—Pero la fundación sigue viva, y la dirige su abogado personal, un hombre llamado Varga. Él tiene órdenes de reclamar la custodia del niño alegando que tú y Dante son un peligro debido a los eventos de Suiza y París. Quieren usar al bebé para chantajear a la junta de liquidación y recuperar el dinero.

Lía sintió una contracción real, más fuerte esta vez. Se agarró al borde de la mesa, respirando con dificultad.

—¿Por qué me cuentas esto ahora? —preguntó Lía entre dientes.

—Porque me protegiste —respondió Sara, y por primera vez, una lágrima corrió por su mejilla sucia—. Me enviaste a Victoria. Me diste una oportunidad de salir de aquí algún día. No dejes que ese hombre se acerque a mi sobrino, Lía. Quémalo todo si es necesario, pero sálvalo.

...

Al salir de la prisión, el dolor en el vientre de Lía se volvió rítmico. Dante la tomó en brazos en cuanto la vio palidecer.

—Es el momento, ¿verdad? —preguntó él, su voz cargada de una mezcla de terror y alegría.

—Es el momento —confirmó ella—. Pero Dante... tenemos que llamar a Gabriel. El abogado de Julián... Varga... viene a por nosotros.

El trayecto hacia el hospital fue una carrera contra el tiempo y contra el destino. Mientras las contracciones se intensificaban, Dante operaba desde el asiento del copiloto, coordinando con Victoria para bloquear cualquier acción legal de la fundación de Varga.

—No tocarán a ese niño —juraba Dante, apretando la mano de Lía—. Antes destruyo cada notaría de este país.

Llegaron al hospital de la ciudad bajo una lluvia torrencial. El ambiente era de máxima alerta. Gabriel ya estaba allí, con un equipo legal y de seguridad. La planta de maternidad fue prácticamente sellada.

Las horas siguientes fueron un borrón de dolor, luces blancas y el rostro de Dante siempre allí, firme como una roca. Lía se sentía en medio de una tormenta, pero ya no era la víctima. Cada empuje era una declaración de independencia. Estaba expulsando de su cuerpo no solo a su hijo, sino siglos de opresión familiar.

—¡Ya casi está, Lía! —gritaba Dante, con lágrimas en los ojos—. ¡Vamos, amor mío!

Con un último esfuerzo que pareció desgarrar el universo mismo, un llanto agudo y potente rompió el silencio de la sala. Eran las 3:14 de la madrugada.

La enfermera colocó al bebé sobre el pecho de Lía. Era pequeño, rosado y tenía una mata de cabello oscuro. Pero lo que más impactó a ambos fue cuando el niño abrió los ojos por un segundo: eran los ojos de Nikola y de Alberto, pero limpios, sin el pecado de la codicia.

—Hola, Mateo —susurró Lía, usando el nombre que habían elegido en secreto. Mateo: regalo de Dios.

Dante se inclinó, besando la frente de Lía y luego la cabecita del bebé. En ese momento, en esa habitación de hospital, el imperio Montero murió definitivamente para dar paso a la familia Valerios.

...

Sin embargo, la paz duró poco. Apenas dos horas después del parto, mientras Lía descansaba con Mateo en sus brazos y Dante dormitaba en el sillón, Gabriel entró en la habitación con el rostro sombrío.

—Varga está en el vestíbulo —dijo en un susurro—. Ha traído a un juez de guardia y una orden de alejamiento preliminar. Dice que los antecedentes de Dante en Suiza lo inhabilitan para estar cerca del menor hasta que se aclare el caso de homicidio del sicario en el museo.

Dante se puso en pie de un salto, su cansancio evaporándose instantáneamente. Su mirada volvió a ser la del lobo que protege su guarida.

—Que lo intente —siseó Dante—. Voy a bajar allí y voy a terminar con esto de una vez por todas.

—No —dijo Lía desde la cama, su voz débil pero cargada de una autoridad nueva—. Dante, quédate aquí. Protege a Mateo. Gabriel, dile a Varga que subiré a hablar con él en diez minutos.

—Lía, acabas de dar a luz, no puedes... —intentó protestar Dante.

—He dado a luz a un nuevo mundo, Dante. Y no voy a permitir que un fantasma de Julián pise el umbral de su vida. Traedme mi bata. Y traedme el diario de mi padre.

...

Diez minutos después, Lía Montero, pálida y apoyada en una silla de ruedas pero con la espalda recta como una columna jónica, se encontró con el abogado Varga en una sala privada del hospital. Varga era un hombre pequeño, de ojos de rata y una sonrisa aceitosa.

—Señora Montero, lamento las circunstancias —dijo él, extendiendo unos papeles—. Pero la ley es clara. El fideicomiso esmeralda estipula que...

—El fideicomiso esmeralda ya no existe, Sr. Varga —le interrumpió Lía, lanzando el diario de su padre sobre la mesa—. Porque hoy mismo he firmado la transferencia de todos mis bienes personales a la Fundación de Reparación de Víctimas de mi madre, Elena Montero. No tengo bienes. No tengo fortuna. Soy, legalmente, una mujer sin activos que el Consejo de los Seis pueda reclamar.

Varga palideció. —¿Usted se ha quedado sin nada? ¿Por un capricho?

—No es un capricho. Es arquitectura —respondió Lía con una sonrisa gélida—. He demolido la estructura sobre la que usted quería construir su chantaje. En cuanto a la custodia, si intenta presentar esa orden, Gabriel hará pública la lista de pagos que su bufete recibió del Consejo durante diez años. Usted no saldría de este hospital hacia un juzgado, sino hacia una celda junto a lo que queda de sus jefes.

Varga miró los documentos, miró a Gabriel, que esperaba en la puerta con una expresión letal, y comprendió que el juego había terminado. Los Montero ya no tenían nada que les pudieran quitar, y por lo tanto, eran invencibles.

...

Esa noche, cuando el hospital recuperó su calma nocturna, Lía y Dante se quedaron solos con Mateo. La tensión sensual que siempre los había definido se había transformado en un amor devocional, una unión que ya no necesitaba de dramas ni de secretos para arder.

Dante se sentó en el borde de la cama y tomó a Mateo en sus brazos, acunándolo con una destreza que sorprendió a Lía.

—¿Sabes qué es lo más irónico? —preguntó Dante, mirando al bebé—. Que este niño es el dueño de la única tierra que queda a nuestro nombre. El muelle del lago.

—Es lo único que necesita —dijo Lía, cerrando los ojos—. Un lugar donde el agua esté limpia y donde su padre y su madre no tengan nada que ocultar.

—Te amo, Lía. Gracias por no rendirte.

—Gracias por encontrarme en ese club, Dante. Incluso si fue con un plan... fue el mejor error de nuestras vidas.

Se besaron sobre la cabeza del niño, un beso que ya no sabía a peligro, sino a hogar. la primera luz del alba se filtránba por la ventana del hospital, iluminando a los tres sobrevivientes de una guerra de treinta años.

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