Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 6
—Ha llegado una carta para usted, señorita.
La doncella extendió el sobre con ambas manos. Irene lo reconoció al instante, el sello de la princesa heredera brillaba en la cera roja.
—Gracias.
Tomó la carta con serenidad, aunque la curiosidad le punzó apenas el pecho. La observó unos segundos antes de romper el sello y desplegar el papel.
A medida que leía, su expresión se volvió pensativa.
La princesa Lina la invitaba a tomar el té. Decía que deseaba conocer a la prometida de su querido amigo.
Irene dejó la carta sobre el escritorio.
Lina siempre le había resultado intrigante. Conocía las historias que circulaban sobre ella, las dificultades que había enfrentado, la fortaleza con la que había superado cada obstáculo hasta convertirse en la princesa heredera. En más de una ocasión la había comparado con las protagonistas de las novelas que solía leer.
Sin embargo, cuando finalmente la conoció días atrás, no sintió la admiración que esperaba. Lo que hubo fue incomodidad.
No le entusiasmaba aquella invitación, pero tampoco tenía motivos reales para rechazarla.
—Supongo que tendré que responder.
Tomó pluma y tinta, redactando una respuesta formal y correcta.
Ese mismo día, una carta suya llegó al Ducado Markov. Era para acordar la fecha de su visita oficial al lugar que pronto sería llamado su hogar.
Rohan la estaba leyendo en ese preciso momento.
Sonrió con entusiasmo y se dispuso a contestar de inmediato.
Ezra, que se encontraba en el despacho revisando unos documentos, alzó la vista al notar el movimiento.
—¿Qué haces?
—Oh, estoy poniéndome de acuerdo con la señorita Irene sobre el día que vendrá a conocer el ducado —respondió Rohan con naturalidad—. Tengo tiempo pasado mañana, así que le diré que venga entonces.
El silencio que siguió fue frío.
—Rohan Gils.
El asistente se estremeció. Que el duque pronunciara su nombre completo con ese tono no era buena señal.
—S-sí…
—Déjalo. Yo escribiré esa carta.
Rohan parpadeó, desconcertado, pero no se atrevió a cuestionarlo.
Cuando Irene recibió la respuesta, supo de inmediato que no era Rohan quien la había redactado. La caligrafía era más firme, más recta; el estilo, escueto y cortante, limitándose a lo justo y necesario.
Sonrió con cierta gracia.
¿Estaría Rohan ocupado y alguien más escribió por él?
No le dio demasiada importancia.
El día acordado, un carruaje del Ducado Markov llegó puntualmente por ella.
—Rohan piensa en todos los detalles… —murmuró Irene al verlo—. Por algo es el asistente de un hombre tan exigente.
Se acomodó en el interior y emprendió el viaje.
La sorpresa fue mayúscula cuando, al descender, quien la esperaba no era Rohan, sino Ezra.
Se encontraba de pie junto a la escalinata principal, con expresión severa.
—Con esa cara parece que no era a mí a quien esperaba ver —dijo, frunciendo levemente el entrecejo.
Irene aceptó la mano que le ofrecía para bajar.
—Qué extrañas palabras de bienvenida, duque.
Ezra se tensó. Él mismo se sorprendió por el tono áspero que había utilizado.
—Le presentaré al personal —se limitó a decir.
Y así lo hizo. La condujo por los salones, presentándola como la futura duquesa ante empleados y administradores. Irene saludó con compostura, memorizando nombres y funciones.
El recorrido culminó en los jardines.
Eran extensos y cuidados con esmero. Entre senderos de grava y rosales en flor, una pérgola cubierta de enredaderas llamativas llamó su atención. Bajo ella, un columpio de madera se balanceaba suavemente con la brisa.
Irene se acercó sin poder evitarlo y tomó asiento, dejando que el columpio se meciera apenas.
Sonrió, imaginándose allí con un libro entre las manos.
Cuando levantó la vista, Ezra estaba frente a ella.
—Este era el lugar favorito de mi madre —dijo en voz baja—. Parece que también lo es para usted.
Había en su tono algo distinto. Más frágil.
Irene lo notó.
—Sin duda es encantador —respondió con una sonrisa luminosa—. Estoy segura de que su madre disfrutó mucho su tiempo aquí.
Las pupilas de Ezra temblaron apenas. Nunca la había visto sonreír así. Hasta entonces, solo conocía su sonrisa correcta y medida.
Desvió la mirada.
—Espero que también sea un lugar que puedas disfrutar.
El uso de aquel trato más cercano quedó suspendido entre ambos.
Tras unos instantes, retomaron el camino hacia el comedor para almorzar.
Fue entonces cuando Irene recordó la invitación.
—Su alteza Lina me ha invitado a tomar el té con ella.
Ezra se tensó de inmediato.
Irene lo observó de reojo y continuó.
—Me gustaría agradecer su amabilidad con algún presente. Sé que son amigos, así que… ¿podría recomendarme algo?
Aquella simple pregunta desató un discurso inesperado.
Ezra habló durante más de una hora sobre los gustos de Lina, los colores que prefería, las flores que detestaba, las infusiones que disfrutaba, los libros que solía releer.
Irene escuchó en silencio.
Internamente, estaba agotada.
— Simplemente pedí una sugerencia—, pensó con ironía.
Se preguntó cómo reaccionaría otra mujer en su lugar, oyendo a su prometido hablar con tanto detalle y calidez de otra persona.
Ezra tenía suerte de que fuera ella quien ocupaba ese sitio. A Irene no le afectaban sus evidentes sentimientos por la princesa. De ser alguien más, aquel compromiso quizá ya estaría roto.
Aun así, tomó nota mental de cada dato. Podrían resultarle útiles.
Más tarde, cuando encontró a Rohan a solas, se acercó con aparente naturalidad.
—He recibido una invitación de la princesa Lina —comentó—. Como futura duquesa, no quisiera cometer ningún error frente a alguien tan… importante para el duque. ¿Hay algo que deba saber?
Rohan se acomodó los lentes, incómodo.
Ella lo notó, pensó.
—¿Importante…? —repitió, tragando saliva.
Desde la distancia, Ezra observaba la escena. Irene y Rohan reían suavemente, conversando con soltura.
Con él, en cambio, siempre parecía medir cada palabra.
Frunció el ceño y se acercó.
Al llegar, escuchó la voz de Irene.
—Por cierto, señor Rohan, fue curioso el tono de la última carta. ¿Estaba tan ocupado que alguien más escribió por usted? ¿Algún aprendiz, quizá? Esa manera tan tosca de escribir solo podría ser de alguien así.
Rohan palideció.
—En realidad fue el…
—Fui yo quien escribió esa carta.
La voz de Ezra fue firme.
Irene lo miró, sorprendida.
—¿También vas a pensar que fue Rohan quien envió el carruaje? —añadió él, con evidente molestia.
El silencio se volvió pesado.
Rohan parecía al borde del colapso.
Irene hizo una pequeña reverencia.
—Me disculpo si lo he ofendido. No era mi intención.
Ezra la observó sin suavizar la expresión.
Rohan aprovechó la tensión.
—Bueno… yo me retiro.
Se escabulló sin esperar respuesta.
Irene sostuvo la mirada del duque.
— Un hombre tan fuerte… ¿acaso tiene un orgullo tan frágil?— , pensó.— Que ridículo...
—Parece que realmente lo he molestado —dijo con serenidad—. Si mis disculpas no son suficientes, lo mejor será retirarme por el momento.
Hizo una leve reverencia y se volvió hacia la salida.
Ezra la vio alejarse.
—Qué mujer…
En pocos pasos la alcanzó y tomó su mano con firmeza.
—Es tarde —dijo, con un tono que ya no era áspero, sino contenido—. La acompañaré de regreso.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener