Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 17 - Maratón 1/4
Era temprano en la mañana cuando el carruaje de Adalia llegó al palacio imperial.
El trayecto había sido tranquilo, algo que ella agradecía profundamente.
Por fortuna, aún no había tenido que enfrentarse a su tío desde la noche anterior.
Y esperaba que siguiera siendo así por un tiempo.
Mientras el carruaje avanzaba por los enormes portones del palacio, Adalia observó los jardines impecables y las grandes fuentes que adornaban el lugar.
El palacio siempre le había parecido imponente.
Demasiado grande.
Demasiado elegante.
Cuando el carruaje se detuvo, un sirviente abrió la puerta.
Adalia bajó con cuidado, acomodándose ligeramente el vestido.
Apenas puso un pie en el suelo cuando vio una figura conocida acercarse.
—Señorita Adalia.
Era Tristán.
El guardia del emperador le hizo una pequeña reverencia.
—El emperador la está esperando.
Adalia asintió.
—Gracias.
Tristán la guió por varios pasillos del palacio hasta llegar a una sala amplia y luminosa.
Cuando la puerta se abrió, Adalia lo vio.
Azrael.
Estaba sentado de forma relajada en una de las sillas, como si el mundo entero le perteneciera.
Su postura era tranquila, pero su presencia llenaba completamente la habitación.
Adalia dio unos pasos hacia el interior.
Luego hizo una reverencia respetuosa.
—Majestad.
Azrael se levantó lentamente de su asiento.
Sus ojos no se apartaron de ella ni un segundo mientras caminaba hasta quedar frente a ella.
Tomó su mano con suavidad.
Y depositó un beso en el dorso de esta.
Adalia sintió un pequeño estremecimiento recorrerla.
Sin darse cuenta, se mordió ligeramente el labio inferior.
Azrael lo notó.
Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Por favor, siéntese, señorita Adalia.
Su voz era calmada.
Adalia tomó asiento frente a él.
Azrael se acomodó también.
Durante un momento pareció observarla con curiosidad.
—Hace un clima agradable hoy.
Adalia parpadeó un par de veces.
—Sí, majestad… bastante agradable.
Pero en realidad…
no estaba pensando en el clima.
"Joder…
Estoy tan concentrada viéndolo que parece que estoy en trance."
Azrael parecía tan relajado.
Tan seguro.
Tan… atractivo.
Adalia se aclaró la garganta rápidamente para volver a la realidad.
—Majestad… ¿para qué me pidió venir?
"Será que piensa que estaba haciendo algo ilícito en esa taberna?
Azrael alzó una ceja ligeramente."
Una sonrisa divertida apareció en sus labios.
—Bueno…
Se inclinó un poco hacia ella.
—Saber que la prometida de mi hermano frecuenta tabernas de mala muerte llamó bastante mi atención.
Sus ojos brillaban con curiosidad.
—Tengo curiosidad por saber por qué.
Adalia sintió que su estómago se tensaba.
"Joder…
No sé cómo decirle que su propio hermano quiere hacer una rebelión."
Azrael levantó una ceja
Había escuchado cada palabra.
Pero mantuvo la expresión tranquila.
Adalia respiró hondo.
—Bueno… majestad… no sé si me crea.
Ojalá que sí y no me mande a cortar la cabeza porque piense que estoy inventando todo eso.
Azrael casi soltó una risa.
—Adelante —dijo con calma—. La escucho.
Adalia juntó un poco las manos sobre su falda.
—Espero que me crea, majestad… pero le contaré todo desde el principio.
Azrael asintió.
Adalia comenzó a hablar.
Le contó cómo, después de la muerte de sus padres, sus tíos se hicieron cargo del marquesado.
Cómo poco a poco comenzaron a malgastar el dinero.
Cómo dejaron de cumplir con las obligaciones hacia el territorio.
—El pueblo ya casi no recibe ayuda —explicó—. Muchos campesinos están pasando dificultades con sus cultivos.
Azrael escuchaba con atención.
Su expresión se fue endureciendo poco a poco.
—Hace poco encontré unas cartas en el despacho que ocupa mi tío.
Adalia dudó un segundo.
No voy a decirle que también husmeé en el despacho del príncipe.
—En esas cartas se hablaba de una mercancía… y otras cosas sospechosas.
Azrael entrelazó los dedos frente a sí.
—Así que lo seguí.
Adalia respiró hondo.
—Y fue así como terminé en esa taberna.
La habitación estaba completamente en silencio.
—Ahí estaba mi tío… con otros nobles.
Adalia levantó la mirada hacia el emperador.
—Hablaban sobre armas.
Hizo una pequeña pausa.
—Y sobre cómo planeaban hacerlo caer a usted, majestad.
Los ojos de Azrael se oscurecieron ligeramente.
—Entre ellos estaba su hermano… Godric.
Adalia continuó:
—También descubrí que la razón por la que él quiere casarse conmigo es por las minas del marquesado.
Sus dedos se tensaron ligeramente.
—Para poder fabricar más armas.
Cuando terminó de hablar, el silencio volvió a llenar la habitación.
Adalia esperaba cualquier reacción.
Ira.
Duda.
Desconfianza.
Pero Azrael solo sonrió.
Una sonrisa ladeada.
—Ah…
Apoyó el codo en el respaldo de la silla.
—Así que mi querido hermanito cree que puede matarme… para quedarse con mi reino.
Su sonrisa se volvió burlona.
Adalia lo observó con nerviosismo.
—Sé que es difícil de creer, majestad… pero hablo con la verdad.
Azrael la miró fijamente.
—Le creo, señorita Adalia.
Adalia abrió ligeramente los ojos.
"¿Me cree?"
Azrael continuó con voz seria.
—Debe ser consciente de que todo lo que me está diciendo es extremadamente grave.
Su mirada se volvió más dura.
—Su tío está conspirando contra el imperio.
—Eso lo convierte en un criminal.
Hizo una pausa.
—Y el hecho de que esté malgastando los fondos destinados al marquesado también es un delito.
Adalia apretó los labios.
"Esos malnacidos merecen pasar el resto de sus días en prisión… por eso y por cómo trataron a Adalia."
Levantó la mirada con determinación.
—Soy consciente, majestad.
Su voz era firme.
—Y estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para que el marquesado no salga implicado en todo esto.
Hizo una pequeña pausa.
—No quiero que los esfuerzos de mi padre sean destruidos por la ambición de otros.
Azrael la observó durante varios segundos.
En silencio.
Luego…
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Una sonrisa distinta.
Más… interesada.
—Veo que es una mujer muy decidida, señorita Adalia.
Sus ojos brillaron ligeramente.
—Eso me agrada.
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