Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Piel de porcelana
...*🥀Bienvenidos a Cenizas del Pecado.🥀*...
...*Esta no es una entrega principal dentro de la línea cronológica de la saga. No continúa los acontecimientos de Dinastía de la Serpiente, ni interfiere con su desarrollo central.*...
...*Sin embargo, es una historia *profundamente importante....
...Aquí conoceremos lo que ocurrió antes....
...Antes del poder....
...Antes del caos....
...Antes de que ciertos personajes se convirtieran en lo que son....
...*Esta novela corta de veinte capítulos, se centra principalmente en Anne Moretti: en su vida, en las decisiones que tomó siendo joven y en los sucesos que la marcaron para siempre. Aquí se explora el caso de Tristán Holmes, el acontecimiento que cambió destinos y cuyo peso se siente años después.*...
...*También veremos a Nathaniel Deveraux en una etapa distinta. Antes de convertirse en el hombre obsesivo, controlador y temido que conocemos en Dinastía de la Serpiente, fue alguien diferente. Este libro mostrará la transformación: cómo pasó de ser un joven común a alguien dispuesto a cualquier cosa por proteger a su hermana, incluso si eso significaba perderse a sí mismo en el proceso.*...
...🖤...
...⚠️ Advertencia ⚠️...
...Esta novela contiene escenas sensibles y emocionalmente intensas. Puede incluir situaciones crudas, violencia física y psicológica, manipulación, dinámicas familiares complejas y decisiones moralmente cuestionables....
...*Algunas escenas pueden resultar fuertes o perturbadoras para ciertos lectores. **Se recomienda discreción al leer esta historia.*...
...No es una lectura ligera....
...Es una historia que explora el lado más oscuro de sus personajes....
...----------------...
...01...
...ANNE MORETTI ...
La casa campestre de la abuela Clarissa siempre olía a vainilla y a madera vieja, un aroma que intentaba, sin éxito, sofocar el rastro de la tragedia. Aquí, lejos del ruido de la ciudad, el silencio era tan denso que podías escuchar tus propios miedos.
Estaba sentada en el borde de la cama, contemplando mis rodillas. El uniforme de la academia, ese que debería hacerme sentir orgullosa, era ahora una evidencia de mi humillación. Las medias blancas estaban rasgadas y la piel debajo estaba viva, en un rojo furioso mezclado con restos de tierra.
Mi padre estaba muerto. El abuelo Manuelle se había encargado de borrarlo del mapa, pero su sombra seguía proyectándose sobre mí, como si yo fuera la heredera directa de su locura. En la prestigiosa academia a la que asistía con mi hermano Nate, no era la "hija de un Moretti", era "la hija del psicópata", y ese estigma atraía a los depredadores.
—¿Anne? ¿Estás ahí, pequeña? —La voz de la abuela Clarissa sonó antes de que la puerta se abriera suavemente.
Me sobresalté e intenté bajar la falda para cubrirme, pero fue tarde. La abuela entró con su elegancia natural, esa que ni siquiera los años de peleas con el abuelo habían podido marchitar.
Sus ojos se fijaron de inmediato en mis piernas y luego en mis manos, donde los raspones en las palmas todavía supuraban un poco de sangre.
—¡Por Dios, Anne! ¿Qué te ha pasado? —Se acercó rápidamente, tomándome las manos con una delicadeza que me dio ganas de llorar.
—No es nada, abuela... —susurré, bajando la mirada para que no viera el temblor en mis ojos—Estábamos jugando con las chicas en el jardín de la academia, ya sabes... me tropecé con una raíz y caí de rodillas. Soy un poco torpe.
Mentirle a Clarissa dolía más que las heridas. La verdad era mucho más oscura: no había sido una raíz, sino el pie de Sophie Miller en la parte de atrás de la academia, seguido de las risas del grupo que me perseguía por los pasillos llamándome "monstruo psicopata". Me habían empujado contra el pavimento del patio mientras los profesores miraban hacia otro lado, demasiado asustados de lo poderosas que son esas chicas como para intervenir, pero lo suficientemente indiferentes como para dejar que me pisotearan.
—Son unas heridas muy feas para un simple tropiezo —comentó ella, entrecerrando los ojos mientras buscaba el botiquín—. ¿Y tus amigas? ¿Te ayudaron a levantarte?
—Sí, claro —mentí de nuevo, sintiendo un nudo en la garganta—. Son muy buenas conmigo.
La abuela suspiró, claramente no convencida, pero decidió no presionarme más. Empezó a curarme con manos expertas. Mientras el alcohol me escocía en la piel, mi mente voló hacia Nathaniel. Él estaba en la planta baja, probablemente limpiando su raqueta de tenis o fingiendo que leía, preparándose para su "entrenamiento" de los viernes.
Nate era el único que sabía que mi timidez no era natural, sino una forma de supervivencia. Pero él tenía su propia manera de lidiar con el veneno familiar. Mientras yo recibía los golpes en silencio, él buscaba dónde darlos.
—Ya está —dijo la abuela, dándome un beso en la frente—. Ve a buscar a tu hermano, la cena estará lista pronto. Y Anne... trata de tener más cuidado. No me gusta verte con heridas.
"Ya estoy más que herida, abuela", pensé mientras salía de la habitación. "Solo que ustedes solo pueden ver las heridas que están por fuera".
Bajé las escaleras y vi a Nate en el umbral de la puerta trasera. Llevaba su maleta de tenis, pero sus ojos estaban fijos en el bosque que rodeaba la casa campestre. Había una tensión en sus hombros que solo aparecía los viernes.
La cena en la casa de la abuela Clarissa fue un campo de minas. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido que llenaba el comedor, interrumpido ocasionalmente por los comentarios elegantes de la tía Aurelie. Yo mantenía las manos bajo la mesa, ocultando los raspones, y rezaba para que las vendas de mis rodillas no rozaran el mantel.
Sentía la mirada de Nathaniel quemándome la piel. Nate tiene ese radar para mi dolor que nadie más posee.
—¿Fue Maxine otra vez? —soltó él de repente, rompiendo la calma con una voz que arrastraba una amenaza sorda.
La abuela Clarissa levantó la vista, alerta. Yo forcé una sonrisa que me dolió en el alma.
—No, Nate. De verdad, estoy perfectamente bien. Solo fue un tropiezo en el jardín, no seas dramático.
Él no dijo nada más, pero apretó el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sabía que no me creía ni una palabra.
Al terminar la cena, llegó el momento que más temía: el regreso. El plan era el de siempre: Nate me dejaría en la finca Moretti con el tío Cassian y la tía Eleonora, y luego él seguiría hacia la finca D'Amato con su padre, Liam. Intenté desesperadamente evitar el encierro del auto. Quise jugar mi última carta para evitar el interrogatorio de mi hermano.
—Nate, no hace falta que te desvíes —dije, tratando de sonar convincente mientras bajábamos las escaleras—. Me iré con la tía Aurelie más tarde, ella se ofreció a llevarme. Ve tranquilo.
Nate se detuvo en seco junto a su auto. La luz del porche le daba un aspecto casi amenazante, resaltando la tensión de sus hombros. Me miró con una seriedad que me caló los huesos.
—No te lo repetiré, Anne. Sube al auto —dijo con una voz baja, peligrosa.
—En serio, hermano, no te preocupes, yo... —intenté replicar, moviendo la cabeza con desesperación.
—¡Que subas al maldito auto! —me gritó, haciendo que incluso los pájaros en los árboles cercanos alzaran el vuelo—. ¿Es que no entiendes? ¿Quieres que te suba a la fuerza? Sube de una maldita vez.
Tragué saliva, sintiendo un nudo de terror y vergüenza en la garganta. Sin decir una palabra más, me subí al asiento del copiloto de su coche. El portazo que dio Nathaniel al entrar hizo que el vehículo se sacudiera. El ambiente dentro era asfixiante.
Arrancó con brusquedad, saliendo de la finca de la abuela a toda velocidad.
—Ahora sí —soltó después de unos minutos de silencio tenso—, ¿me vas a decir quién fue el que te hizo eso?
—No hay necesidad, Nate —murmuré, mirando por la ventana—. De verdad, fue un accidente.
—No me tomes por idiota, Anne —gruñó, golpeando el volante con la palma de la mano—. Sé perfectamente que alguna de esas perras de la academia te hizo daño. No te caíste sola.
Me encogí en el asiento. Sabía exactamente lo que pasaría si hablaba. Si Nathaniel Moretti confirmaba un nombre, la venganza no sería una simple discusión escolar. Nate no sabía de términos medios; él cobraba las deudas con una crueldad que me aterraba, y el rastro no sería bonito de ver.
Pero su furia era una marea que me estaba ahogando. Él no iba a parar hasta tener una presa.
—Fue Sophie —susurré finalmente, cerrando los ojos con fuerza—. Fue Sophie Miller.
El coche derrapó ligeramente cuando Nate pisó el acelerador a fondo. No dijo nada, pero el perfil de su rostro se endureció como el granito. Nate no dijo nada durante varios segundos. Solo lo vi sonreír de una forma torcida, una mueca carente de cualquier rastro de alegría. Fue una expresión que me recordó, con un escalofrío, por qué la gente le tenía tanto miedo a los Moretti.
—Sophie Miller —repitió él, saboreando el nombre como si fuera una sentencia—. Gracias por ser honesta, hermanita.
En ese momento supe que, el lunes, Sophie Miller lamentaría haberme tocado, y que yo cargaría con la culpa de lo que mi hermano estaba a punto de hacer.
...----------------...
En la finca Moretti, los fines de semana no eran sinónimo de descanso, sino de infierno. Me puse un jersey de lana gruesa, intentando ocultar los vendajes en mis manos que la tía Eleonora me había ayudado a cambiar el día anterior, pero sabía que nada de eso me protegería de lo que venía.
El sonido de un motor potente subiendo por el camino de grava me heló la sangre. El abuelo Manuelle había llegado.
Bajé a la sala principal justo cuando él entraba. Su figura era imponente, un pilar de piedra que parecía absorber toda la luz de la habitación. El tío Cassian salió a recibirlo, con esa calma tensa que siempre mantenía frente a su padre.
—¿Dónde está la niña? —fue lo primero que salió de la boca de Manuelle, sin saludar, sin una pizca de afecto.
Me quedé en la sombra de la escalera. Para él, yo no era Anne Moretti. Era "la niña que nadie quiere". El recordatorio viviente del mayor error de la familia. El abuelo nunca me perdonó llevar la sangre de Arthur Kesington. Para él, yo no era una Moretti; era la semilla de un psicópata que casi mata a su hija Isaline, el hombre que él mismo tuvo que eliminar para limpiar el honor familiar.
—Anne está aquí, padre —respondió el tío Cassian, cruzándose de brazos—. Y está siendo criada con el respeto que merece cualquier miembro de esta casa.
—Respeto —escupió Manuelle, sentándose en el sillón principal como si fuera un trono—. Lo que esa niña necesita es disciplina de hierro, Cassian. No puedes permitir que crezca blanda. Si la dejas ser débil, la sangre de su padre tomará el control. Mira esas manos... —dijo, señalándome con su bastón mientras yo intentaba retroceder—. Ya empezó a meterse en problemas. Es la naturaleza de los Kesington. Son parásitos que destruyen lo que tocan.
Sentí que las lágrimas me escocían detrás de los ojos, pero me obligué a tragarlas. El abuelo odiaba las lágrimas; decía que eran la prueba de que el veneno de mi padre era más fuerte.
—Suegro, basta —intervino la tía Eleonora, acercándose a mí para ponerme una mano en el hombro, aunque yo sentía cómo ella también temblaba ligeramente bajo el peso de la autoridad de Manuelle—. Ella es solo una niña.
—Es una bomba de tiempo —sentenció el abuelo, clavando su mirada gélida en mí—. Y si ustedes no tienen el valor de moldearla con dureza, yo mismo me encargaré de que entienda que en esta familia, los errores no deberían de existir.
Me giré y salí corriendo hacia el jardín trasero, ignorando los llamados de mi tío Cassian. Necesitaba aire. Necesitaba que alguien me dijera que no era un monstruo. Busqué mi teléfono en el bolsillo y, con los dedos temblorosos, marqué el número de Nathaniel.
Él estaba en la finca D'Amato, probablemente preparándose para desaparecer en sus propios infiernos, pero era el único que no me miraba buscando el reflejo de un asesino.
—¿Nate? —susurré en cuanto contestó, mi voz quebrándose finalmente—. El abuelo está aquí. Dice que soy como él. Dice que la sangre de Arthur me va a convertir en un parásito...
Hubo un silencio del otro lado de la línea, un silencio cargado de una furia sorda que conocía muy bien.
—No escuches a ese viejo amargado, Anne —su voz sonó como el acero—. Escúchame bien: tú no eres él. Y juro por Dios que si vuelve a decirte una palabra más, voy a adelantar mis planes de ir a visitarlo este domingo. Quédate en tu habitación. No salgas hasta que él se vaya.
Colgué y me abracé a mí misma bajo el gran roble. El abuelo quería que fuera de piedra, pero yo solo quería que alguien me amara sin miedo a lo que corría por mis venas.
...----------------...
...NATHANIEL DEVERAUX ...
Liam Deveraux tenía esa capacidad de diseccionarte con los ojos sin mover un solo músculo de la cara. Frente a mí, el almuerzo parecía una montaña de comida insípida. El dolor en mis costillas, recuerdo de un rodillazo mal recibido anoche en el sótano del sitio de peleas clandestinas, gritaba con cada respiración profunda que intentaba dar.
—Te lo voy a preguntar una vez más, Nathaniel —dijo Liam, dejando los cubiertos sobre el plato con una parsimonia que me puso los pelos de punta—. ¿Dónde estuviste anoche?
Mantuve la vista en mi plato, cortando un trozo de carne con excesiva atención.
—Ya te lo dije, papá. Estuve en mi habitación... donde más voy a estar un viernes a las once de la noche. Me quedé dormido leyendo —solté, tratando de que mi voz sonara aburrida, casi indignada por la insistencia.
Escuché un suspiro pesado. Liam se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—No me tomes por idiota. Tu cama estaba hecha cuando pasé a las doce, y tu coche no estaba en el garaje. Además... —hizo una pausa, señalando con la barbilla mi rostro—, tienes un hematoma empezando a asomar en la mandíbula que no estaba ahí ayer por la tarde.
Maldición. Pensé que el maquillaje que le robé a Anne la semana pasada lo habría cubierto mejor.
—Me golpeé con la puerta de la alacena buscando un snack a oscuras —mentí, finalmente levantando la vista para sostenerle la mirada. Era un juego peligroso.
Liam soltó una risa seca, carente de humor.
—También fui joven, Nathaniel. Y fui uno muy rebelde e intenso, mucho más de lo que te imaginas. Conozco esa mirada de "no me arrepiento de nada" porque la veía en mi propio espejo cada mañana —Su tono cambió de la ironía a una seriedad cortante—. Así que dime de una vez: ¿Dónde estuviste? ¿En qué clase de mierda te estás metiendo que te obliga a mentirme en la cara?
Tragué saliva. No podía decirle que descargo la rabia de llevar el apellido Moretti golpeando huesos ajenos en un club de pelea. No podía decirle que el tenis es solo la fachada para que el abuelo Manuelle no decida que yo también necesito "disciplina de hierro".
—Estaba fuera, dando vueltas. Necesitaba aire. Esta familia me asfixia, papá. El abuelo, la academia, los rumores absurdos sobre mi hermana, Anne... —usé la verdad a medias como escudo—Solo quería ser alguien que no tuviera que dar explicaciones por una noche.
Liam me observó en silencio durante lo que pareció una eternidad. Sabía que no me creía del todo, pero también sabía que, al igual que él en su juventud, cuando un Deveraux se cerraba, no había forma de sacarle la verdad a golpes.
—Si te metes en un lío del que no puedas salir solo, me lo vas a decir —sentenció, volviendo a su comida—. Pero ten cuidado, hijo. Jugar con fuego es divertido hasta que te das cuenta de que no tienes agua para apagar el incendio.
En ese momento, mi teléfono vibró en el bolsillo. Era una notificación de The Inner Circle, el grupo privado de la academia donde los hijos de los diplomáticos y empresarios vomitan su veneno.
Saqué el teléfono bajo la mesa y mi sangre se convirtió en mercurio hirviendo.
Era un video. Se veía el patio trasero de la academia, cerca de las fuentes. Sophie Miller estaba allí, rodeada de su séquito, riendo con esa estúpida voz chillona. En el centro, Anne. Mi hermana estaba encogida, con los libros desparramados por el suelo y el uniforme manchado de café. Sophie le decía algo al oído —seguramente alguna basura sobre su padre y nuestra familia— y luego, con una sonrisa angelical, le ponía el pie para que, al intentar recoger sus cosas, Anne cayera de bruces contra el pavimento. El video terminaba con un primer plano de los raspones en sus rodillas y las risas de fondo de los que grababan.
El celular casi crujió bajo la presión de mi agarre.
—¿Nathaniel? —La voz de mi padre me trajo de vuelta—. Te hice una pregunta.
—Tengo que irme —solté, levantándome con una brusquedad que hizo que la silla chirriara contra el suelo que hizo que mi padre se pusiera alerta.
—¿Nathaniel? ¿Qué demonios...?
—Olvidé que quedé con un compañero para revisar unos apuntes de física.
—¿El sábado al mediodía? —preguntó Liam sin levantar la vista.
—Es un examen difícil —respondí, saliendo del comedor antes de que pudiera hacerme otra pregunta que no quisiera contestar.
Salí de la finca D’Amato quemando neumáticos. No iba a esperar al lunes. El sábado era el día de las fiestas en los clubes de campo y Sophie Miller siempre presumía de sus tardes en el Sporting Club.
El club estaba a reventar. La música retumbaba desde la zona de la piscina, pero mantuve la máscara puesta. Estacioné el auto de un tirón y bajé ajustándome la chaqueta. No podía entrar como el animal que sentía que era; tenía que entrar como el Nathaniel que ellos adoraban. El "chico dorado", el estudiante estrella, el heredero entre dos familia poderosas.
En cuanto crucé la entrada, el ambiente cambió.
—¡Nate! ¡Pensamos que no vendrías! —gritó un tipo del equipo de remo, levantando su vaso.
Le devolví un asentimiento casual, una media sonrisa ensayada. Un grupo de chicas de último año se detuvo frente a mí, bloqueándome el paso con esa falsa timidez que usaban para llamar mi atención.
—Nate, qué genial verte hoy—dijo una de ellas, enroscando un mechón de pelo en su dedo mientras me recorría con la mirada—. Te ves... intenso hoy. ¿Estás bien?
—Mejor que nunca —le dije, bajando la voz a ese tono que sabía que las ponía nerviosas. Le guiñé un ojo y pasé de largo, dejando una estela de murmullos a mi espalda.
Mis ojos, sin embargo, eran dos radares buscando un objetivo específico. Y entonces la vi.
Sophie estaba sentada en una de las mesas lounge, rodeada de su séquito, con una copa en la mano y riendo con la misma boca que horas antes había escupido veneno sobre mi hermana. Se veía radiante, intocable, como si el video que acababa de ver fuera una obra de arte y ella la protagonista orgullosa.
Respiré hondo. Bajé las revoluciones de mi pulso. "Sencillo, amigable y coqueto", me repetí.
Caminé hacia su mesa con paso relajado, las manos en los bolsillos, proyectando esa seguridad que hacía que la gente se apartara a mi paso.
Sophie me vio venir y su expresión cambió de la sorpresa a una satisfacción absoluta. Se enderezó, brillando bajo la atención que el chico más codiciado de la academia le estaba prestando frente a todos.
—¿Interrumpo algo, Sophie? —pregunté cuando llegué frente a ella, curvando los labios en una sonrisa que ocultaba perfectamente el deseo de estampar su cara contra el mármol de la mesa.
—Nate... —susurró ella, dejando su copa a un lado y mirándome de arriba abajo con descaro—Para nada. Siempre hay lugar para ti. ¿A qué debemos el honor?
Me incliné un poco, invadiendo su espacio personal, lo suficiente para que pudiera oler mi perfume y sentir que tenía toda mi atención.
—He visto algo hoy que me ha recordado a ti —le dije, suavizando la voz, casi como si fuera un secreto entre los dos—. Y no pude evitar venir a buscarte. Tienes un talento especial, Sophie. Realmente... único.
Ella se sonrojó, creyéndose el cuento, mientras sus amigas se codeaban entre ellas, muertas de envidia. No tenía idea de que el "talento" al que me refería era su capacidad para cavar su propia tumba.
—¿Ah, sí? —respondió ella, ganando confianza y acercándose más a mí—. ¿Y qué piensas hacer al respecto?
—Bueno —le dije, extendiéndole la mano fingiendo caballerosidad—, pensaba que podíamos ir a un lugar un poco más privado, lejos de tanto ruido. Me encantaría que me contaras cómo grabaste ese video tan... interesante que circula por ahí.
Su sonrisa se congeló por un milésimo de segundo, pero mi expresión seguía siendo de puro flirteo, así que decidió que yo estaba de su lado, que yo era como ella. Mi despreciada hermana no significaba nada para mí frente a su belleza, o eso pensaba la idiota.
—Me encantaría —contestó, poniendo su mano sobre la mía.
La sentí temblar levemente. Sabía que había ganado. Ahora solo tenía que sacarla de la luz y llevarla a las sombras.