En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capítulo 18: El Pacto de los Túneles
El aire bajo el río Chicago era una mezcla densa de humedad, óxido y el olor penetrante del lodo estancado. Los túneles de servicio abandonados, reliquias de la era de la prohibición, se extendían como venas necróticas bajo la superficie de la ciudad. Era el único lugar donde la vigilancia tecnológica de la Red Zero no podía penetrar con facilidad.
Valerius caminaba delante, su imponente figura proyectando una sombra alargada sobre las paredes de ladrillo húmedo. Su mano nunca se alejaba demasiado de la culata de su arma, pero su atención principal estaba anclada en el hombre que caminaba a su lado. A través del vínculo, Valerius sentía la aprensión de Dante; era un zumbido eléctrico en la base de su cerebro, una mezcla de nostalgia amarga y alerta máxima.
—Están cerca —susurró Dante, deteniéndose en una intersección donde el agua goteaba rítmicamente desde el techo—. Huelo a tabaco de Virginia y aceite de armas. Es el sello de los hombres de Marco.
Valerius se tensó, su aroma a roble quemado expandiéndose instintivamente para marcar su posición. —Si uno solo de ellos levanta su arma contra ti, Dante, no esperaré a las presentaciones.
—No lo harán si les demuestro que sigo siendo yo —respondió Dante, aunque por dentro sabía que eso era una mentira. Ya no era solo él; ahora llevaba la marca de un Alfa ruso en el cuello y el aroma de los Volkov impregnado en sus poros.
Emergieron a una cámara circular donde cinco hombres armados esperaban entre las sombras. En el centro, iluminado por una lámpara de gas antigua, estaba Marco "El Silencioso". Al ver a Valerius, los soldados italianos amartillaron sus fusiles.
—Bájalo —ordenó Marco, su voz resonando con autoridad—. El heredero Volkov ha cumplido su palabra de venir desarmado... o al menos, sin escolta.
Marco caminó hacia ellos y se detuvo frente a Dante. Sus ojos escanearon al joven Omega, deteniéndose inevitablemente en el cuello, donde la marca de Valerius era visible sobre el borde de la chaqueta táctica. Una expresión de dolor y desprecio cruzó el rostro del viejo capitán.
—Así que es verdad —dijo Marco, su voz goteando decepción—. El mejor hombre que hemos tenido, el que debía limpiar el honor de los Moretti, ahora lleva la correa de un perro ruso. Vincenzo está fuera de sí, Dante. Dice que estás muerto para nosotros.
—Vincenzo está ciego de poder, Marco —replicó Dante, dando un paso al frente, ignorando el gruñido de advertencia que Valerius soltó a través del vínculo—. Mi hermano Enzo vendió a nuestra familia a la Red Zero. Si no fuera por Valerius, no habría nadie para contar la historia. La Red Zero nos amenazó hoy; amenazaron el futuro de nuestra sangre.
Uno de los soldados de Marco soltó una carcajada burlona. —¿Sangre? Tu sangre ahora es rusa, Dante. Hueles a ellos. Te mueves como si estuvieras atado a él. ¿Cómo sabemos que no eres un títere de Mikhail enviado para atrapar a los últimos leales?
Valerius dio un paso adelante, su presencia de Alfa estallando en la habitación con tal fuerza que los soldados retrocedieron un paso por puro instinto biológico. —No es un títere. Es mi Omega. Y si creen que el vínculo lo hace débil, es que no entienden nada sobre la supervivencia. Dante mató a su propio hermano para salvar esta ciudad de la autodestrucción. ¿Cuántos de ustedes han sacrificado tanto?
Dante puso una mano en el pecho de Valerius, calmando la vibración de furia que emanaba del Alfa. Miró directamente a Marco. —El vínculo no me domina, Marco. Me da recursos. La Red Zero quiere un Chicago sin familias, sin honor, solo con algoritmos y mercenarios. Valerius y yo hemos creado un tercer bando. Uno que no responde ni a mi padre ni al suyo.
—Necesitamos pruebas —dijo Marco, cruzándose de brazos—. Los hombres necesitan saber que no se están uniendo a un esclavo. En la Cosa Nostra, el respeto se gana con sangre, no con marcas en el cuello.
Dante asintió, comprendiendo el código. Se despojó de su chaqueta, quedando solo en una camiseta negra que dejaba ver sus cicatrices y la marca vibrante en su piel. Sacó su daga de obsidiana. —Entonces, que el mejor de tus hombres intente quitarme esta daga. Si el vínculo me hace "débil", debería ser una presa fácil, ¿no?
Marco señaló al soldado más corpulento, un Alfa llamado Lucca. El combate fue breve y brutal. Lucca intentó usar su fuerza bruta, pero Dante se movió con una velocidad que parecía sobrenatural. El vínculo con Valerius le otorgaba una claridad sensorial aumentada; podía sentir la posición de Lucca antes de que se moviera. En menos de diez segundos, Dante tenía a Lucca en el suelo, con la punta de la obsidiana rozando su arteria carótida.
—La marca no es una correa —siseó Dante al oído del soldado—. Es un motor.
Marco observó la escena y luego miró a Valerius, quien observaba a Dante con un orgullo feroz y una posesividad que no intentaba ocultar. —Habéis hecho lo impensable —concluyó Marco—. Habéis unido el fuego y el acero. La Red Zero ha cometido el error de daros un propósito común. Mis hombres y las rutas de suministro que aún controlo están a vuestra disposición.
—Entonces el plan comienza ahora —dijo Valerius, extendiendo la mano hacia Marco en un gesto que sellaba la alianza prohibida—. Vamos a cazar a cada agente de la Red Zero en Chicago. Y cuando terminemos, no quedará nadie para decirnos quién debe gobernar.
Al salir de los túneles, Dante sintió que el peso en su cuello ya no era una carga de humillación, sino el estandarte de una guerra que apenas comenzaba. Valerius lo tomó de la mano, entrelazando sus dedos con una fuerza que decía más que cualquier palabra. Estaban solos contra el mundo, pero por primera vez, el mundo debería tener miedo.