En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 19
El despertar fue frío. La calidez de la noche anterior se había evaporado, reemplazada por la cruda realidad de una citación que no se podía ignorar. Sobre la mesa de noche, una pequeña tableta de jade negro vibraba con una frecuencia que solo los oídos de Zixuan podían captar plenamente, pero que Yan sentía como una migraña incipiente en la base del cráneo.
—Es hora —dijo Zixuan. Ya estaba vestido, de nuevo con un traje negro a medida, la imagen perfecta del ejecutivo de poder. No había rastro de la vulnerabilidad de la noche anterior.
—Voy contigo —dijo Yan, levantándose y buscando su ropa.
—No. Es un suicidio. El consejo se reúne en el "Santuario de la Raíz", bajo el casco antiguo. Ningún humano ha entrado allí y salido con su cordura intacta. O con vida.
—Zixuan, mírame —Yan se acercó a él, abrochándose una blusa de seda oscura—. A través del vínculo, sé que Li Zhou planea usarte para llegar a los archivos que yo bloqueé. Si vas solo, te torturarán hasta que les des las claves. Si voy yo, tengo la palanca. Yo soy la única que puede desbloquear los servidores del Proyecto Manantial.
Zixuan la tomó por las muñecas, sus ojos brillando con advertencia.
—Li Zhou no negocia con humanos, Yan. Los usa. Si te llevo, te estás entregando en bandeja de plata.
—Ya estoy entregada, Zixuan. Desde que entraste en mi oficina. Al menos déjame pelear esta última batalla a tu lado.
Tras una tensa discusión, Zixuan cedió. Sabía que Yan tenía razón: su conocimiento técnico era su único escudo real contra los ancianos que veían la tecnología como un juguete moderno pero necesario.
El viaje al Santuario de la Raíz fue un descenso a las entrañas de Shanghái. Dejaron el coche en un aparcamiento privado cerca de los Jardines Yuyuan y entraron por un pasaje oculto en el sótano de una antigua casa de té. El aire cambió rápidamente; se volvió pesado, húmedo y cargado con el olor de la tierra vieja y la sangre seca.
El santuario era una cámara inmensa, tallada directamente en la roca madre. Columnas de piedra sostenían un techo donde las raíces de los árboles milenarios de la superficie se entrelazaban como nervios expuestos. En el centro, una mesa circular de piedra rodeaba un pozo de agua estancada.
Allí estaban los Ancianos. Li Zhou, el líder del clan Li, un hombre que aparentaba ochenta años pero cuyos ojos tenían la profundidad de milenios. Junto a él, representantes de los Wang y los supervivientes de los Si, todos ellos exudando una autoridad que hacía que el aire vibrara.
Zixuan caminó hacia el centro, con Yan un paso detrás de él. El silencio era absoluto, roto solo por el goteo constante del agua en el pozo.
—Zixuan —la voz de Li Zhou era un susurro rasposo que parecía resonar dentro de los huesos de Yan—. Te hemos llamado para responder por tus fracasos. Macao está en ruinas. El heredero de los Si ha sido asesinado bajo tu guardia. Y lo peor de todo... traes a la causa de tu perdición a este recinto sagrado.
—Traigo a la llave de nuestra supervivencia, Anciano —respondió Zixuan, su voz firme, proyectando una seguridad que Yan sabía que era, en parte, una fachada—. Shu Yan ha encriptado los registros del Proyecto Manantial. Sin ella, el suministro de sangre de todo el sudeste asiático se detendrá en cuarenta y ocho horas. Los bancos de sangre de los hospitales están bajo su control digital.
Un murmullo de indignación recorrió a los ancianos. Un hombre gordo con ropajes de la dinastía Ming, el Anciano Wang, golpeó la mesa.
—¡Es una insolencia! ¡Un vampiro de tu linaje, arrodillado ante una humana que juega con máquinas! —rugió Wang—. Li Zhou, esto es una afrenta a nuestras leyes más antiguas. La sangre no debe mezclarse con el sentimiento.
Li Zhou levantó una mano, y el silencio volvió a reinar. Sus ojos se fijaron en Yan. Ella sintió una presión inmensa, como si una mano invisible estuviera apretando sus pulmones.
—Acércate, pequeña Shu —ordenó Li Zhou.
Yan dio un paso adelante, sintiendo el sudor frío bajar por su espalda.
—Tu padre era un hombre útil —continuó el Anciano—. Entendía el orden de las cosas. Entendía que los fuertes se alimentan de los débiles para mantener el equilibrio. Tú, en cambio, pareces haber olvidado tu lugar. Has seducido a uno de mis mejores hijos y has saboteado nuestra infraestructura.
—No seduje a nadie —respondió Yan, su voz temblando ligeramente pero ganando fuerza—. Me arrastraron a este mundo. Mi padre murió por vuestros secretos, y mi hermano es un fantasma por vuestra codicia. No he saboteado nada, solo he puesto un seguro. Si yo muero, o si Zixuan es castigado, los servidores se borrarán automáticamente. El Sindicato Li se quedará a oscuras, y los humanos de la superficie finalmente verán quiénes son sus verdaderos dueños.
Li Zhou soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos.
—Crees que la tecnología es tu salvación. Olvidas que nosotros gobernábamos estas tierras antes de que existiera la electricidad.
—Pero ahora no podéis sobrevivir sin ella —replicó Yan—. No en este siglo. Sin vuestros activos financieros y vuestros suministros coordinados, seréis solo monstruos en cuevas, cazados por personas como mi hermano hasta la extinción.
Li Zhou se levantó. Su presencia parecía expandirse, llenando la cámara de una oscuridad física. Zixuan se interpuso inmediatamente entre Yan y el Anciano, sus ojos brillando con un desafío suicida.
—Zixuan, apártate —advirtió Li Zhou—. Tu juicio ya ha sido emitido. Has cometido la mayor herejía: amar a la presa. Has permitido que tu sangre se contamine con la emoción de una mortal. El consejo ha decidido.
Zixuan desenvainó una espada corta de acero negro que llevaba oculta bajo su chaqueta.
—Entonces el consejo tendrá que pasar por encima de mi cadáver —dijo Zixuan con una calma aterradora.
—Así sea —sentenció Li Zhou—. Condenamos a Li Zixuan al destierro y a la purga de su linaje. Y en cuanto a la humana... exijo su cabeza. No como alimento, sino como una advertencia. Que su sangre limpie la mancha que ha dejado en nuestra familia.
De las sombras de las columnas, surgieron los "Wu-Shi", los ejecutores silenciosos del clan. Eran figuras envueltas en vendas negras, con máscaras de porcelana blanca, moviéndose con una gracia sobrenatural.
—¡Yan, corre! —gritó Zixuan mientras se lanzaba contra el primer ejecutor.
La cámara se convirtió en un caos de acero y magia de sangre. Zixuan peleaba como un demonio, su espada trazando arcos de muerte mientras protegía el flanco de Yan. Ella, sin embargo, no corrió hacia la salida. Se lanzó hacia el panel de control que regulaba la iluminación y los sistemas de seguridad del santuario, oculto tras una estatua de Guanyin.
Sus dedos volaron sobre el panel táctil. Sabía que no podía vencer a los Wu-Shi físicamente, pero podía cambiar las reglas del juego.
—¿Quieres oscuridad, Li Zhou? —gritó Yan mientras ejecutaba una secuencia de comandos—. ¡Te daré oscuridad total!
Con un estruendo, los generadores del santuario explotaron. La luz desapareció, sumiendo la cámara en una negrura absoluta. Para los vampiros, esto no debería ser un problema, pero Yan activó los emisores de luz ultravioleta de alta intensidad que había integrado en el sistema de emergencia días antes, cuando previó este enfrentamiento.
Gritos de agonía resonaron en el santuario. Los Wu-Shi, cuyas retinas estaban adaptadas a la oscuridad milenaria, fueron cegados instantáneamente por la radiación UV.
En medio del caos, Zixuan agarró a Yan. Su piel humeaba por la luz, pero su voluntad era inquebrantable.
—¡Tenemos que irnos, ahora! —le rugió al oído.
Corrieron por los túneles mientras escuchaban las maldiciones de Li Zhou y los rugidos de dolor de los otros ancianos. Yan sentía el corazón a punto de explotar. Habían desafiado al corazón mismo de la mafia sobrenatural de China. No había vuelta atrás. Ya no eran fugitivos de los Si o de los cazadores; ahora eran enemigos públicos del imperio Li.
Al salir a la superficie, la lluvia de Shanghái los recibió de nuevo. El aire fresco nunca había sabido tan dulce, pero el sabor del miedo era amargo.
—Me van a cazar hasta el fin de los tiempos por esto —dijo Zixuan mientras se subían a un coche robado, sus manos temblando por el esfuerzo de la pelea y las quemaduras de la luz UV.
—Entonces correremos —respondió Yan, tomando el volante—. O mejor aún... dejaremos de correr y empezaremos a quemar sus cimientos.
Li Zhou había exigido la cabeza de Yan, pero lo que había obtenido era una enemiga que ya no tenía nada que perder y un hijo que había descubierto que la única ley que valía la pena seguir era la de su propio deseo. La guerra civil de los Li había comenzado, y Shanghái sería el campo de batalla de una eternidad que se desmoronaba.