*Ella solo quería pagar sus cuentas. Él solo quería mantener su imperio.*
Sofía no buscaba problemas, solo un buen turno de noche. Pero cuando sus ojos se cruzan con los de Alessandro, el hombre que controla la noche y el peligro, su vida sencilla se hace añicos. Ella es testigo de algo que no debió ver, y ahora, en lugar de ser eliminada, se convierte en su posesión más preciada y peligrosa.
Alessandro es un depredador, un jefe de la mafia cuya palabra es ley y cuyo corazón se creía muerto. Pero Sofía, con su inocencia indomable y su inesperada resistencia, desentierra una vulnerabilidad que él juró enterrar bajo capas de poder.
Atrapados en una mansión dorada que es también su jaula, la tensión entre ellos se vuelve insoportable. ¿Podrá Sofía amar a un hombre cuyo mundo se construye sobre secretos y violencia? y estará Alejandro dispuesto a quemar su imperio hasta los cimientos para mantenerla a salvo?
prepárate para una historia donde la obsesión es la única regla.
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capitulo 23
El aire de la noche en el sur de Eldoria era traicionero; lo que durante el día era un calor sofocante, al caer el sol se transformaba en un frío que calaba los huesos. Sofía se ajustó la capa de lana ruda que Mateo, el líder de la aldea, le había entregado para camuflar su atuendo real. Alejandro, por su parte, se había despojado de sus insignias y portaba una chaqueta de cuero desgastado, con la mano siempre cerca de la empuñadura de su arma.
—El paso de las Sombras es la única opción —susurró Mateo, señalando una hendidura casi invisible entre los riscos de granito que rodeaban San Pedro de los Arroyos—. Los hombres de Valois esperan que intenten despejar el camino principal. No se imaginan que una reina se atrevería a escalar la Garganta del Diablo.
—No conocen a mi reina —respondió Alejandro, con una mirada cargada de una mezcla de orgullo y ansiedad.
El ascenso por la Garganta del Diablo
La huida comenzó en un silencio absoluto. El grupo era reducido: los reyes, dos guardias de la confianza absoluta de Alejandro y Mateo como guía. Los consejeros reales habían sido escondidos en los sótanos de grano de la aldea; eran demasiado lentos y ruidosos para una infiltración de este tipo.
El terreno era despiadado. Sofía sentía cómo las piedras sueltas cedían bajo sus botas, y cada pequeño desprendimiento de grava sonaba como un disparo en la quietud de la noche. Sus manos, acostumbradas a pasar páginas de libros de contabilidad, ahora se aferraban a las rocas frías y afiladas.
—No mires hacia abajo, Sofía —le ordenó Alejandro en un susurro, colocándose justo detrás de ella para sostenerla si resbalaba.
—No estoy mirando hacia abajo, Alejandro. Estoy mirando hacia adelante —respondió ella, aunque su respiración era agitada.
A mitad del ascenso, una bengala de luz roja cruzó el cielo desde el valle. El corazón de Sofía dio un vuelco.
—Nos han encontrado —dijo Mateo, acelerando el paso—. Han entrado en la aldea. Si no cruzamos la cresta en los próximos veinte minutos, las patrullas a caballo nos alcanzarán en la salida del desfiladero.
La emboscada en el puente de cuerda
Al llegar a la cima, se encontraron con un obstáculo que no estaba en los planes: un antiguo puente de cuerdas y tablones podridos que cruzaba un abismo de cincuenta metros. El viento soplaba con fuerza aquí arriba, haciendo que la estructura oscilara peligrosamente.
—Es esto o volver atrás —sentenció Alejandro, evaluando la estabilidad de las cuerdas.
Pasaron uno a uno. Sofía sintió el vértigo cuando un tablón crujió y se desintegró bajo su pie, dejándola suspendida por un instante sobre el vacío. Alejandro la sujetó del brazo con una fuerza sobrenatural, subiéndola de nuevo a la sección segura.
Justo cuando el último guardia terminaba de cruzar, una voz resonó desde el otro lado del abismo.
—¡Majestades! Es descortés irse sin despedirse del comité de bienvenida.
Era el oficial de la guardia que Sofía había visto meses atrás en los informes de Valois. Estaba acompañado por una docena de mercenarios armados con ballestas. La trampa se había cerrado.
—Valois envía sus saludos —continuó el oficial, haciendo una señal a sus ballesteros—. Una pena que la reforma de Eldoria termine en el fondo de un barranco.
El sacrificio de la estrategia
Sofía, a pesar del miedo, sintió que su mente se activaba. Analizó la situación como si fuera un balance financiero: los recursos eran escasos, el riesgo era total y solo quedaba una jugada posible.
—¡Alejandro, el anclaje! —gritó ella.
Alejandro comprendió al instante. Mientras los mercenarios cargaban sus armas, él desenfundó su espada y, con un movimiento preciso, cortó las cuerdas principales del puente que estaban de su lado.
El puente se desplomó justo cuando la primera ráfaga de flechas era disparada. Los proyectiles se perdieron en la oscuridad mientras la estructura de madera caía contra la pared del acantilado, dejando a los perseguidores varados al otro lado del abismo, sin posibilidad de cruzar.
—¡Malditos sean! —bramó el oficial desde la distancia, pero ya era tarde. Los reyes estaban a salvo, al menos por ahora.
Refugio en la cueva de los pastores
Caminaron durante dos horas más hasta que Mateo los guio a una pequeña cueva oculta por la vegetación. Allí, encendieron un fuego minúsculo, lo suficiente para calentar sus manos pero no tanto como para ser detectados.
Sofía se dejó caer contra la pared de piedra, agotada. Sus manos estaban cortadas y su vestido azul era ahora un guiñapo sucio. Alejandro se sentó a su lado, tomando sus manos entre las suyas para inspeccionar las heridas.
—Lo siento —susurró él, su voz cargada de una culpa inusual—. Te prometí protección y te he traído a una cueva, huyendo de asesinos.
Sofía lo miró a los ojos y, por primera vez en toda la noche, sonrió.
—Alejandro, me has dado algo mucho mejor que la protección de un palacio. Me has dado la oportunidad de ver por qué lucho. Esos hombres al otro lado del abismo son el pasado. Mateo y su gente son el futuro. No me arrepiento de nada.
Alejandro la besó, un beso que sabía a tierra, sudor y una lealtad inquebrantable. En medio de la huida, rodeados de enemigos y con el trono pendiendo de un hilo, Sofía se sintió más reina que nunca.
—Mañana llegaremos al puesto de avanzada del norte —prometió Alejandro—. Y cuando regresemos a la capital, Valois deseará haberse quedado en ese puente.
Mientras el fuego se extinguía, Sofía se apoyó en el hombro de Alejandro. La huida no había terminado, pero la victoria ya no parecía un sueño lejano, sino una cuenta pendiente que estaba lista para cobrar.
El silencio de la cueva fue interrumpido por el goteo rítmico del agua filtrándose entre las estalactitas, un sonido que a Sofía le recordaba al segundero de un reloj marcando un tiempo que ya no les pertenecía. Alejandro no se había movido; permanecía alerta, con la mirada fija en la entrada de la gruta, mientras sus dedos acariciaban inconscientemente la empuñadura de su espada.
—Hay algo que no cuadra, Alejandro —susurró Sofía, rompiendo la quietud. Su mente, incapaz de detenerse a pesar del cansancio, seguía conectando puntos—. Valois no es un hombre de apuestas arriesgadas. Sabía que podíamos intentar escapar. El bloqueo del paso de Piedra Blanca y la emboscada en el puente son demasiado... evidentes.
Alejandro frunció el ceño y se giró hacia ella.
—¿Crees que es una distracción?
—Creo que nos quería aquí, en el sur, aislados. Pero no solo para matarnos —Sofía se incorporó, ignorando el dolor en sus músculos—. Mientras nosotros huimos por riscos, ¿quién está en la capital? ¿Quién tiene las llaves del Tesoro Real ahora que la Reina Madre está "enferma" y nosotros estamos "desaparecidos"?
La comprensión golpeó a Alejandro como un balde de agua fría. La verdadera jugada de Valois no era solo un magnicidio; era un golpe de Estado administrativo. Sin el Rey y la Reina para firmar los decretos, y con el Consejo Real atrapado en un sótano en San Pedro de los Arroyos, Valois podía nombrar un regente "provisional" alegando inestabilidad en el reino.
—Ricci —dijo Alejandro entre dientes—. Dejamos a Ricci desprotegido.
—Exacto. Ricci es el único que puede validar los desvíos de fondos. Si Valois lo encuentra antes de que regresemos, el expediente que le mostré a tu madre desaparecerá, y con él, toda nuestra evidencia.
La urgencia cambió de naturaleza. Ya no huían solo por sus vidas, sino por la verdad que habían luchado por desenterrar.
Mateo, que había estado dormitando cerca de la entrada, se acercó al oír el cambio en sus voces.
—Si necesitan llegar a la capital antes del amanecer, hay una forma. No es a pie, y no es por los caminos.
—Habla —ordenó Alejandro.
—Los antiguos túneles de los acueductos —dijo Mateo con una sombra de amargura—. Esos mismos que dejaron de mantener. Algunos todavía están secos y conectan con el sistema de alcantarillado de la ciudad baja. Es un camino sucio, oscuro y lleno de peligros, pero atraviesa la montaña por debajo.
Sofía miró sus manos sucias y luego a Alejandro. La ironía era casi poética: para salvar el reino, la Reina tendría que descender a las mismas entrañas de la infraestructura que intentaba salvar.
—El barro no me asusta, Mateo —dijo Sofía, poniéndose de pie con una determinación renovada—. Guíanos.
Alejandro la tomó de la cintura, deteniéndola un segundo antes de salir.
—Sofía, si entramos ahí, estaremos a ciegas. Si Valois ha pensado en todo, podría haber hombres esperándonos en las salidas de la ciudad.
—Entonces entraremos por donde menos lo esperen —replicó ella con un brillo de astucia en los ojos—. No entraremos por el palacio. Entraremos por la oficina de auditoría. Es el único lugar donde Valois no tiene jurisdicción directa sin una orden real... o un hacha.
Caminaron hacia la profundidad de la cueva, donde una losa de piedra ocultaba el acceso a las venas de Eldoria. Al entrar en el túnel, el olor a tierra húmeda y olvido los envolvió. Alejandro encendió una antorcha improvisada, y la luz vacilante iluminó las paredes de ladrillo antiguo.
—Dime, Sofía —susurró Alejandro mientras avanzaban por el estrecho conducto—, ¿alguna vez imaginaste que tu doctorado en finanzas terminaría con nosotros gateando bajo una montaña para evitar un golpe de Estado?
Sofía soltó una risa suave que resonó en las paredes del túnel.
—En realidad, el profesor de Macroeconomía siempre decía que el flujo de capitales era como el agua: siempre encuentra el camino más bajo para filtrarse. Supongo que solo estoy siguiendo la teoría.
Alejandro sonrió, maravillado por la resiliencia de la mujer a su lado. El peligro seguía allí, pero mientras caminaban por la oscuridad, el peso de la corona ya no se sentía como una carga, sino como la armadura que los mantenía unidos.
escrituras , al parecer 2 versiones de una misma historia
🤔
qué se cree ????/Smug/