Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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La traición de la sangre
El viento aullaba entre las grietas de las montañas de Eldoria, cargado de polvo y el hedor metálico de la sangre. Los tambores de guerra retumbaban como latidos de un corazón moribundo, y el sol poniente teñía el campo de batalla con un rojo que parecía presagiar el fin. Yo, Lirael de la casa Valthar, capitana de la Guardia Real, me encontraba blandiendo mi espada con la furia de una tormenta desatada. Mi armadura, forjada en las fraguas ancestrales de mi linaje, crujía con cada movimiento, pero no me detenía. No podía. Habíamos estado luchando desde el amanecer contra los rebeldes que habían amenazado con derrocar al rey, mi rey, el hombre al cual había jurado proteger con mi vida.
—¡Por Eldoria!—, exclamé, con mi voz ronca por el polvo y los gritos. Mi espada, “Furia de Dragón”, cortaba el aire con un silbido letal. Y entonces un rebelde corpulento se lanzó hacia mi con un hacha oxidada, pero yo había sido más rápida. Giré sobre mis talones, esquivando el golpe por un pelo, y hundí la hoja en su costado. La sangre me había salpicado el rostro, caliente y pegajosa, pero no me inmuté. Había matado a cientos en mi vida; y esta no era diferente.
Mis soldados me seguían como sombras leales. Éramos la élite, era de esperarse ya que habíamos sido entrenados desde pequeños en las artes de la guerra. Mi hermano menor, Kael, se encontraba luchando a mi lado... o al menos eso creía. Lo miré de reojo, su cabello de un color negro ondeaba como una bandera de victoria mientras derribaba a dos enemigos con su lanza.
—¡Hermana, cubre el flanco izquierdo!—, me gritó, y yo me limité a asentir con la cabeza, confiando plenamente en él como siempre. Kael era mi propia sangre, mi confidente, y el único que comprendía el peso de ser un Valthar. Nuestro padre había muerto en una batalla similar hace unos años atrás, y desde ese entonces, habíamos jurado protegernos mutuamente.
La batalla había sido caótica. Habían cuerpos que yacían esparcidos por el suelo rocoso: hombres con armaduras rotas, caballos relinchando en agonía, banderas rebeldes pisoteadas bajo botas ensangrentadas. Los rebeldes eran feroces, habían campesinos y nobles descontentos unidos bajo la promesa de un nuevo orden. Habían dicho que el rey era un tirano, que les robaba a los pobres para enriquecer a los ricos. Mentiras, todo era mentira, por supuesto. Yo había visto al rey en persona: el era justo, aunque severo. Pero eso no importaba. Mi deber era claro.
Empezamos a avanzar hacia el líder rebelde, un hombre alto con una capa raída y una cicatriz que le cruzaba el rostro. Y lo reconocí de inmediato: era Lord Draven, un exiliado de la corte. —¡Ríndete, Draven!—, le grité, cargando contra él. Nuestras espadas empezaron a chocar con un estruendo que resonó como truenos. Él era hábil, más de lo que me había esperado, pero yo era mejor. Tenía años de entrenamiento en los salones del palacio los cuales me habían convertido en alguien invencible. Logré bloquear su golpe, me di la vuelta y le corté el brazo. Y ahí fue cuando lo escuché gritar, dejando caer su arma , y mis soldados lo rodearon.
—¡Victoria!—, gritó uno de mis tenientes, levantando el puño. Y el campo se llenó de vítores. Los rebeldes que habían quedado empezaron a huir, dispersándose como ratas. Mi corazón latía con euforia. Habíamos ganado. Eldoria estaba a salvo.
Y entonces miré a Kael, quien se encontraba sonriendo por primera vez en horas. —Lo logramos, hermano. Juntos, como siempre.
Él se aproximó hacia mí, su rostro estaba cubierto de sudor y sangre ajena. Sus ojos, aquellos ojos azules idénticos a los míos, se encontraban brillando con algo que interpreté como orgullo. —Sí, Lirael. Juntos.—Al decir esto, él extendió su mano hacia mí para ayudarme a ponerme de pie, ya que me había tropezado con un cadáver. Entonces me limité a tomarla, mientras sentía el calor familiar en su palma.
Pero entonces, sentí un dolor abrasador que me explotó en mi espalda.
Al principio, creí que solo era una flecha perdida. Entonces giré mi cabeza, confundida, y vi la daga hundida entre mis omóplatos. Y la sangre empezó a brotar, empapando mi armadura. Mis rodillas flaquearon, y finalmente logré caer de bruces al suelo polvoriento. Y el mundo empezó a volverse borroso. Los gritos de mis soldados llenaron el aire: —¡Traición! ¡El príncipe Kael!
¿Príncipe? No, Kael no era ningún príncipe. Era mi hermano, el segundo hijo. Entonces traté de incorporarme, pero el dolor que sentía me paralizaba. Observé hacia arriba, y allí se encontraba él, de pie frente a mí, con la daga todavía ensangrentada en su mano. Y su expresión no era de arrepentimiento. Era... Fría. Cruel. Calculadora.
—¿K-Kael?—, balbuceé, con el gusto metálico de la sangre todavía en mi boca. —¡Qué has hecho!
Él se agachó a mi lado, y su voz salió apenas un susurro venenoso que solo yo podía escuchar mediante el caos. —Lo que debía hacerse, hermana. Los rebeldes no son el enemigo. El rey lo es. Él mató a nuestro padre, no en batalla, sino envenenado en su propia cama. Yo lo descubrí. Me uní a ellos hace meses. Draven me prometió un trono justo, uno donde los Valthar gobernemos de verdad, no como perros del rey.
Mis ojos se abrieron de par en par. Traición. De mi propia sangre. —¡Mentiroso! Padre murió defendiendo el reino. Tú... Tú eras mi hermano. ¡Te cuidé, te crié cuando madre murió! ¡Te entrené!
Kael rio, pero su risa era un sonido amargo que me heló el alma. —Sí, me criaste para ser tu sombra. Siempre la gran Lirael, la heroína. La que recibía las alabanzas, los títulos. Y yo era el repuesto, el olvidado. Los rebeldes me vieron. Y me ofrecieron poder real.
Kael se levantó, mientras limpiaba la daga en su capa. Mis soldados intentaron aproximarse hacia nosotros, pero los rebeldes que quedaron —aquellos que no habían huido— los rodearon, demostrando su lealtad oculta.
—¡Deténganlo!—, les grité con todas las fuerzas que me quedaban, pero mi voz era un graznido. Y la sangre comenzó a llenar mis pulmones. Y empecé a sentir el frío que se extendía por todas mis extremidades. Kael se alejó, uniéndose a Draven, quien milagrosamente se había levantado —fingiendo su herida, probablemente.
—Adiós, Lirael—, exclamó Kael sin siquiera limitarse a mirar hacia atrás. —Tu era termina aquí.
El mundo se oscureció de manera inmediata, y una vaguada de pensamientos furiosos inundaron mi mente mientras la vida se escapaba ante mis ojos. “Maldito seas Kael. Si hay justicia en los dioses, renaceré. Te encontraré. Te destruiré. No importa cuántas vidas tome...”
La oscuridad logró envolverme. Y mi último aliento fue un juramento silencioso. Pero en lugar de paz, solo sentí un tirón . Un vacío. cómo si mi alma hubiera sido arrancada de mi cuerpo y lanzada al abismo.
Y entonces... luz.
De repente desperté con un jadeo ahogado. Mi cuerpo dolía, pero no lo hacía como antes. Era más pequeño, más frágil, más débil. Entonces abrí los ojos y lo único que pude ver al hacerlo fue un techo blanco, liso con luces brillantes que no eran antorchas. ¿Dónde estaba? Intenté moverme, pero mis manos... eran delicadas, con uñas pintadas de un color rosa suave. ¿Qué demonios?