Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.
Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.
En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.
En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.
Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.
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CAPITULO 20 - Nuevo amanecer La promesa de una segunda oportunidad.
Cuando terminó de observarlo todo, se detuvo. Pensó, profundamente, en lo que había presenciado. En cada detalle, en cada espacio. Luego, finalmente, preguntó:
—¿Cómo se mantiene este lugar?
La respuesta llegó sin demora.
—El submarino opera con energía nuclear de fisión avanzada. Permite décadas de autonomía sin necesidad de reabastecimiento. Además, los paneles solares en la superficie contribuyen, reforzando el sistema principal.
Su mente trató de asimilar la magnitud de tal tecnología, el vasto poder contenido en un simple susurro mecánico. Maravilloso. Inquietante.
La noche ya había caído. El exterior, oscuro y profundo, se reflejaba en los cristales de las ventanas. La luz interior lo envolvía todo en un resplandor tenue, pero la calma de la noche le recordaba, inevitablemente, su soledad.
Entró a la habitación. La cama, perfectamente tendida, la invitaba a recostarse. Era tan suave, tan acogedora, que la tentación de levantarse parecía desvanecerse por completo. Su estómago rugió, recordándole que el sándwich y las frutas no habían sido suficientes. Con un suspiro cansado, le pidió a la computadora que le preparara algo rápido y que lo llevara hasta la cama.
La noche llenaba la habitación de un silencio casi absoluto. Ella se recostó sobre el colchón, sintiendo la calidez del té y la comida que llegaba puntualmente. Su cuerpo se relajó poco a poco, y el cansancio acumulado comenzó a disiparse.
Finalmente, el sueño la envolvió. Su respiración se calmó, lenta y profunda, antes de caer en el olvido total.
Al despertar, el aire filtrado susurraba a su alrededor. El aire, fresco y limpio, le rozó la piel y la sacó lentamente del sueño profundo. Se estiró, dejando que la quietud de la mañana se hiciera dueña de su ser.
Se dirigió al baño, dejó correr el agua caliente y se sumergió en la ducha, sintiendo cómo el calor disipaba la rigidez del descanso. Luego se vistió con ropa cómoda, ligera, adecuada para el encierro prolongado.
Pidió algo de comer mientras caminaba hacia la sala de control. La tecnología desconocida la rodeaba por completo: pantallas brillantes, paneles táctiles, un murmullo constante de sistemas en funcionamiento que nunca se detenían.
De repente, la voz calmada del sistema anunció que el desayuno estaba listo.
Volvió hacia la mesa, se acercó a la mesa junto al sofá: frutas frescas, pan crujiente, huevos revueltos y una taza caliente de café la esperaban. Se sentó, dejando que la calidez de la comida le diera un respiro en la inmensidad silenciosa del submarino.
El momento había llegado. Ya era hora de irse. Deepness tomó el control y preguntó el destino. Ella dudó.
Pensó en sus hijos. En sus rostros esperándola. En su hogar vacío. ¿Cómo volvería así a casa? ¿Cómo miraría a sus hijos sin una vida digna que ofrecerles? ¿Cómo regresar sin nada, después de todo?
Entonces recordó.
Los documentos. Aquella habitación. Propiedades, cuentas, todo a su nombre.
Pidió los archivos. La computadora los entregó sin objeción. Verificó su autenticidad una y otra vez. Eran reales. Legales. En Estados Unidos se encontraban los mayores ingresos.
El sueño de empezar de nuevo, lejos, en un lugar donde sus hijos pudieran tener un futuro mejor, dejó de ser un anhelo vago y se convirtió en un plan concreto, tangible.
Algunos meses, vagando entre la profundidad del mar, no habían sido en vano; los aprovechó. Se preparó. Estudió y fortaleció sus conocimientos. Tres meses estuvo trabajando meticulosamente en su plan.
Aprendió lo necesario para manejar una empresa, perfeccionó los idiomas que apenas balbuceaba, absorbió información como nunca antes en su vida.
Y entonces construyó su historia.
Un secuestro. Un escape milagroso. La pérdida de memoria. Cada detalle calculado, cada informe cuidadosamente elaborado para respaldar su relato sólido. Todo encajaba a la perfección, sin fisuras visibles.
Con esos documentos podía ir a cualquier país, reclamar lo que le pertenecía, recuperar a sus hijos sin obstáculos. Ya nadie podría detenerla.
Buscó un punto solitario, una playa vacía. No podía arriesgarse a ser vista.
Gracias a los drones, lo encontró. Un tramo de costa algo desierto, lejos de miradas curiosas. La arena oscura se extendía como un manto silencioso, besada por las olas que rompían en espuma bajo la luz de la luna.
Ahí. Era el lugar perfecto.
Cuando la oscuridad se adueñó por completo del cielo, preparó un bote salvavidas. Cargó solo lo esencial. El submarino emergió lo justo para permitirle salir. Antes de marcharse, le ordenó a Deepness que se ocultara, que descendiera a donde nadie pudiera encontrarla jamás.
Remó con cautela hasta la orilla, sintiendo la humedad en el aire, el murmullo constante del océano a su alrededor. Al tocar tierra, se quedó quieta un instante, dejando que la realidad la alcanzara. El aire nocturno era denso, impregnado de sal y misterio.
Había llegado. Ahora empezaba todo. Una nueva vida.
Tomó la mochila con los documentos. Dentro, también llevaba algo de dinero, recogido tanto de la isla como del submarino.
Se sentó en la arena fría, dejando que el tiempo se escurriera entre sus dedos. El mar susurraba historias que ya no le pertenecían. Todo lo que había vivido quedaría atrás. Nadie sabría jamás la verdad. Y, con suerte, nunca volvería a enfrentar algo así.
Por fin, se puso de pie.
Caminó lentamente por la playa, sintiendo la brisa contra su piel, la inmensidad del océano a su espalda. Cada paso la acercaba a su destino. A su verdadero hogar.
Dentro de su pecho, el anhelo ardía con fuerza.
Pronto llegaría el día en que abrazaría a sus hijos de nuevo.
No sabía cómo.
No sabía cuándo.
Pero ella lo sentía con una certeza que no admitía dudas.
El amanecer comenzaba a abrirse en el horizonte, derramando una luz dorada que transformaba el paisaje. Los colores se volvían más intensos, como si el mundo despertara junto a ella, decidida a empezar de nuevo.
Respiró hondo.
El aire fresco le llenó los pulmones.
Cerró los ojos por un instante y permitió que la calma la recorriera por dentro, lenta y firme, como una promesa silenciosa.
El pasado era una sombra fragmentada.
El presente, una herida que aún ardía.
Pero el futuro…
El futuro la estaba esperando.