En un mundo donde la sangre llama a la venganza y el destino teje hilos inquebrantables, ella, la Omega despreciada, se alzará para reclamar no solo un trono, sino el corazón de un Rey. Pero un amor tan puro puede ser la debilidad más letal en un reino oscuro.
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Capítulo 02
El día del Gran Baile amaneció con un sol pálido que no lograba calentar las estancias de la mansión Moonlight. Para el resto de la manada, era un día de esperanza y excitación; para Luneth, era el comienzo de una pesadilla coreografiada.
Desde el alba, los pasillos bullían con el ajetreo de los sirvientes y el aroma penetrante de los aceites esenciales, perfumes importados y el vapor de las bañeras que se preparaban para la aristocracia de la manada. Luneth no había parado ni un segundo. Sus pulmones ardían por el polvo de las alfombras que había tenido que sacudir y sus manos temblaban mientras sostenía una pesada bandeja con el desayuno de sus primas.
Al entrar en la habitación de Carla, el calor sofocante de la chimenea la recibió de golpe. Carla y Mariela estaban rodeadas de modistas, telas de seda y encajes que costaban más de lo que un sirviente ganaba en toda su vida.
—Llegas tarde, criatura inútil —bufó Carla sin siquiera mirarla, mientras una costurera ajustaba el corpiño de su vestido rojo carmesí—. Deja eso en la mesa y ven aquí. Mis botas de montar necesitan un último pulido, y quiero que lo hagas mientras las tengo puestas. No tengo tiempo para esperar a que te dignes a trabajar.
Luneth tragó saliva y dejó la bandeja. Se arrodilló frente a su prima, sintiendo el peso del desprecio sobre su nuca. Mientras frotaba el cuero de las botas, Mariela se acercó con una sonrisa maliciosa, jugueteando con un collar de perlas.
—Dime, Luneth —ronroneó Mariela, inclinándose para que su voz solo fuera audible para ellas—. ¿Has oído los rumores sobre el Rey Ethan? Dicen que tiene el rostro tan desfigurado por las garras de un Alpha rebelde que obliga a sus amantes a cerrar los ojos para no vomitar.
Luneth no respondió. Sabía que cualquier palabra sería usada en su contra.
—¡Te he hecho una pregunta, Omega! —exclamó Mariela, dándole un empujón con el pie que hizo que Luneth perdiera el equilibrio.
—No... no he oído nada, Señorita Mariela —susurró Luneth, recuperando su posición—. Solo que es un guerrero formidable.
—Un guerrero que nunca pondría sus ojos en alguien como tú —intervino Carla, mirándose al espejo con suficiencia—. Imagina la escena: el Rey llega, busca a su Luna, y se encuentra con la hija de los traidores, oliendo a ceniza y jabón barato. Sería un insulto para su linaje incluso que respiraras el mismo aire que él.
En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Lisandra entró con la elegancia de una depredadora. Su vestido de terciopelo verde oscuro resaltaba la frialdad de sus ojos. Al ver a Luneth arrodillada, una chispa de satisfacción cruzó su rostro.
—Basta de charlas, niñas. Tenemos mucho que hacer —sentenció Lisandra. Luego, se dirigió a Luneth con una voz gélida—. Tú. Levántate.
Luneth obedeció, manteniendo la mirada en el suelo. Lisandra se acercó a ella y, con una mano enguantada, le levantó el mentón con brusquedad. El contacto fue doloroso; las uñas de su tía se clavaron en la carne tierna de su mandíbula.
—Esta noche será crucial para nuestro futuro —dijo Lisandra, recorriendo el rostro de Luneth con una mirada de asco—. Mi esposo y yo no permitiremos que una presencia tan... desagradable como la tuya arruine nuestra oportunidad de emparentar con el Rey.
—Estaré en las cocinas, tía —respondió Luneth con la voz trémula—. No me verán.
—Oh, no. Ricardo ha decidido que eso no es suficiente. El Rey tiene sentidos muy agudos. El olor de una Omega de tu... condición, podría molestarlo. Pero tampoco podemos dejarte desatendida; eres experta en causar problemas. Servirás las mesas de la terraza exterior. Llevarás esto.
Lisandra sacó de una caja una máscara de hierro oxidado y una túnica de lino gris, áspera y pesada. La máscara no era una pieza de gala; era un objeto de castigo antiguo, usado para marcar a los esclavos de guerra. Solo cubría la mitad superior del rostro, pero sus bordes eran afilados y carecía de cualquier adorno.
—Es por tu propio bien, querida —añadió Lisandra con una sonrisa venenosa—. Así nadie tendrá que ver tus ojos, esos ojos que tanto me recuerdan a tu madre. Y así, el Rey solo verá a una sirvienta sin nombre, una sombra en la periferia de su gloria. Si te quitas esa máscara antes de que el último invitado se vaya, te juro que desearás haber muerto con tus padres en aquel incendio.
Las primas soltaron una carcajada. Luneth tomó la máscara con manos temblorosas. El metal estaba frío, oliendo a humedad y a olvido.
***
Las horas pasaron como una tortura lenta. El sol se ocultó y las antorchas de la mansión se encendieron, transformando la propiedad en un faro de luz en medio del bosque oscuro. Carruajes de lujo llegaban uno tras otro. Alfas de manadas vecinas, Betas influyentes y guerreros con armaduras ceremoniales llenaban el salón de baile.
Luneth estaba en la terraza, el viento nocturno azotando su túnica de lino. La máscara de hierro le pesaba sobre el puente de la nariz y le rozaba las mejillas, pero el dolor físico era preferible a la humillación de los comentarios que escuchaba al pasar.
—¡Eh, tú! ¡Sirvienta! —gritó un Alfa joven y corpulento, ya ebrio por el hidromiel—. ¡Trae más vino aquí! ¿Qué te pasa en la cara? ¿Eres tan fea que el Alfa Ricardo tiene que esconderte?
Luneth se acercó en silencio y llenó su copa. El hombre intentó agarrarle la muñeca, pero ella fue más rápida y retrocedió.
—Vaya, la pequeña sombra tiene reflejos —rio el hombre, volviéndose hacia sus amigos.
Desde su posición, Luneth podía ver el interior del salón a través de las grandes puertas de cristal. Carla y Mariela bailaban con elegancia, luciendo como las joyas de la corona de la manada. Su tío Ricardo reía con otros líderes, moviéndose con la confianza de un hombre que se cree intocable. Era la mansión de su padre. Eran las tierras de su linaje. Y allí estaba ella, oculta tras una máscara de hierro, sirviendo a los hombres que habían brindado sobre las cenizas de su hogar.
De repente, un silencio sepulcral cayó sobre el salón. La música se detuvo. Incluso el viento pareció contener el aliento.
Un aura de poder puro, denso y oscuro se filtró desde la entrada principal. No era el poder común de un Alfa; era algo primordial, algo que hacía que los lobos internos de todos los presentes se encogieran de miedo y sumisión.
—El Rey... —susurró alguien en la terraza.
Luneth se quedó petrificada. En el umbral del salón, flanqueado por guardias con capas negras, apareció un hombre que parecía haber sido esculpido en la misma roca de las montañas. Ethan Dark'Raven.
Su presencia era abrumadora. Vestía de negro absoluto, con una capa de piel de lobo sobre los hombros. Su cabello era oscuro como el ala de un cuervo, y aunque su postura era rígida y militar, había una ferocidad contenida en cada uno de sus movimientos. Lo más impactante, sin embargo, era su energía. Era como un agujero negro que devoraba toda la luz del lugar.
El Rey avanzó por el salón sin mirar a nadie. Los invitados se apartaban a su paso como las aguas ante una tormenta. Ricardo salió a su encuentro, haciendo una reverencia tan profunda que resultaba patética.
—Majestad... es un honor inigualable recibirlo en la Manada Moonlight —dijo Ricardo, su voz temblando ligeramente.
Ethan no respondió de inmediato. Sus ojos, que según los rumores eran dorados, estaban ocultos en la penumbra de la estancia, pero Luneth sintió que buscaban algo. Una inquietud extraña comenzó a crecer en su pecho. El medallón que llevaba oculto bajo la túnica pareció calentarse contra su piel.
—Ahorraos los halagos, Alfa Ricardo —dijo el Rey, y su voz fue como un trueno profundo que resonó hasta en las paredes de la terraza—. He venido a cumplir con la tradición. Pero advierto que mi paciencia es corta y mi tiempo es oro. Que comience el desfile de vuestras hijas, si es que eso es lo que deseáis.
Luneth, desde la oscuridad de la terraza, sintió una punzada de angustia. No podía soportar ver más. Ver cómo Carla o Mariela intentaban seducir a ese hombre, ver cómo su familia ganaba más poder a costa de mentiras.
El peso de la máscara de hierro se volvió insoportable. El aire dentro de ella era escaso y el olor a metal le revolvía el estómago. Miró hacia el bosque, más allá de las luces de la mansión. Los árboles ancestrales se mecían bajo la luz de la luna, llamándola. El bosque prohibido, el lugar donde nadie se atrevía a entrar de noche, parecía el único refugio posible.
—No puedo más —susurró para sí misma.
Aprovechando que la atención de todos, incluidos los guardias de la terraza, estaba centrada en la figura imponente del Rey en el interior del salón, Luneth se deslizó hacia la barandilla de piedra. Con la agilidad que le habían dado años de trabajo forzado, saltó hacia los jardines inferiores.
Corrió. Corrió como si su vida dependiera de ello, dejando atrás el ruido de la orquesta, las risas crueles de sus primas y la mirada gélida de su tía. Se adentró en la maleza, sintiendo cómo las ramas rasgaban su túnica gris, pero no se detuvo.
Necesitaba quitarse esa máscara. Necesitaba respirar. Necesitaba que la luna, la verdadera dueña de su nombre, la viera sin el desprecio de los hombres.
Sin saberlo, mientras se hundía en las sombras del bosque prohibido, unos ojos dorados se habían desviado del estrado real hacia la ventana de la terraza, captando el rastro de un aroma que no debería existir: una mezcla de jazmín nocturno, ceniza y una pureza ancestral que hizo que el lobo del Rey, por primera vez en siglos, soltara un rugido de reconocimiento.
El Rey Ethan Dark'Raven no estaba allí para elegir a una hija de Alfa. Estaba allí porque el destino lo había arrastrado hacia la Omega que todos intentaban ocultar.