Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Pacto entre dos almas en pena
Tiempo presente
Miranda Saavedra se detuvo frente al espejo de cuerpo entero de su oficina, pero no buscaba retocar su maquillaje ni admirar el impecable corte de su traje de diseñador. Lo que buscaba era el rastro de la mujer que alguna vez fue.
Sus ojos azules, ahora gélidos y desprovistos de cualquier rastro de duda, recorrieron su propio reflejo. Recordó, con una nitidez que todavía le quemaba el pecho, la forma en que el cobarde de Andrés Lara solía mirarla: como si fuera un mueble estorbando en una habitación, un accesorio prescindible que solo servía para firmar documentos y recibir sus desprecios.
De aquella Elena De La Vega —tonta, ingenua y desesperada por una caricia de aprobación— ya no quedaba ni la sombra. Esa mujer había muerto en el suelo sucio de aquel galpón, asfixiada por la traición de su propia sangre.
Miranda estiró los guantes de seda sobre sus manos, ocultando las cicatrices que el tiempo había borrado de su piel, pero que seguían grabadas en su memoria. Ahora, en lugar de lágrimas, en sus venas corría una sed de venganza que la mantenía más viva que nunca. Ya no buscaba amor; buscaba justicia, y estaba lista para cobrar cada deuda con intereses.
—Elena murió para que yo pudiera reinar —susurró para sí misma, y el espejo le devolvió la mirada de una cazadora que finalmente tenía a su presa en la mira.
Las puertas de roble de la oficina se abrieron con un suave clic. La figura de un hombre alto y fornido llenó el umbral; su mirada transmitía una paz profunda, esa que solo poseen quienes han dominado sus propios demonios, y su voz actuó como un bálsamo sobre el huracán de emociones que Miranda guardaba bajo llave.
—Ya estás lista, mi amor —dijo él, y una sonrisa genuina iluminó su rostro, marcando esos hoyuelos que lo hacían ver peligrosamente atractivo.
—Por supuesto que sí, esposo —respondió ella, devolviéndole una sonrisa cómplice que, aunque bella, no llegaba a derretir el hielo de sus ojos—. El espectáculo está por comenzar.
Lissandro le ofreció el brazo con una elegancia natural. Al entrelazar el suyo con el de él, no parecían simples empresarios; parecían monarcas preparándose para una conquista. El día que Miranda había planeado durante tres mil seiscientos cincuenta días finalmente había llegado: volvería a pisar el terreno de los Lara, pero no como una víctima, sino como su futura dueña, pues recuperaria lo que era suyo aunque tuviera que acabar con cada integrante de esa ruin familia.
—Será una noche inolvidable —halagó Lissandro mientras caminaban por el pasillo de mármol hacia el ascensor privado—. No hay mujer en este mundo que iguale tu belleza.
—No exageres —replicó ella con un tono seco pero juguetón—. Con que sea la más hermosa de la gala y eclipse a todos los presentes, me conformo.
Lissandro se detuvo un segundo antes de entrar al ascensor, obligándola a mirarlo.
—No exagero. Para mí, eres simplemente perfecta... y aún no pierdo la esperanza de que algún día me ames con la misma intensidad con la que yo te amo a ti.
El silencio que siguió fue más pesado que el descenso del ascensor. Miranda desvió la mirada hacia las puertas de acero inoxidable. Se había cerrado bajo siete llaves después de la traición del hombre que alguna vez creyó su alma gemela. El daño que Andrés le causó no fue solo físico; fue un incendio que arrasó con su capacidad de entrega. Lissandro la había salvado del galpón, le había dado un nombre y un imperio, pero ni siquiera él había logrado entrar en la cámara acorazada de su corazón.
—Vámonos —se limitó a decir Miranda cuando las puertas se abrieron—. Los lobos no deben esperar a su reina.
Él suspiró con una resignación que solo él comprendía. Sabía que llegar al alma de Miranda era una tarea imposible, una que aceptó hace cinco años cuando firmaron su destino.
Hace cinco años
—Sí, acepto casarme contigo —sentenció Miranda, mirando a Lissandro con determinación—. Sé que esto es un medio para mi venganza, pero si alguna vez amas a alguien más, puedes pedirme el divorcio.
Lissandro la miró con una distancia casi clínica. En aquel entonces, su mirada no buscaba afecto, sino un objetivo compartido.
—Sabes bien que no pienso casarme con nadie más —respondió él, con una voz que cortaba como el cristal—. Al igual que tú, mi corazón está cerrado. Mi capacidad de amar se fue con mi difunta esposa y no tengo intención de recuperarla. Esta unión es una transacción: tú obtienes el poder para destruir a los Lara, y yo obtengo lo que necesito de este trato.
La frialdad de Lissandro fue absoluta. No había espacio para romances en su vida; su lealtad seguía encadenada a una tumba, y las razones por las que había decidido rescatar y elevar a Miranda Saavedra eran un secreto que guardaba bajo llave, una deuda del pasado que nadie más conocía.
—Solo quiero dejar las cosas claras —insistió Miranda.
Lissandro asintió y salió de la habitación sin mirar atrás. En aquel momento, ambos eran dos extraños unidos por el odio y los fantasmas, caminando hacia un altar que era, en realidad, un cuartel de guerra.