El Hospital Bernet siempre ha sido un lugar de segundas oportunidades… pero también de secretos que nunca sanaron.
Después de años lejos, Claudia Borges regresa para trabajar como interina, acompañada de su pequeña hija. Todos creen que la niña es hija de Agustín Murillo, su novio fallecido en un accidente.
Todos… menos alguien.
El doctor Osmán Bernet, hermano gemelo de Agustín, carga con un estigma que no merece: fue señalado como el villano de la historia, el que “arruinó” la relación de su hermano, el que siempre estuvo un paso detrás. Pero solo él conoce la verdad… o parte de ella.
Porque aquella noche en que Agustín la abandonó enferma, fue Osmán quien la cuidó.
Fue Osmán quien la sostuvo bajo el agua tibia.
Fue Osmán quien escuchó su llanto, su fiebre, su ruego…
Y fue a él a quien Claudia entregó su cuerpo sin saber que no era Agustín.
NovelToon tiene autorización de yeimy mora para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sonrisas de vida.
Una vez dentro del quirófano, localizaron el objeto en las vías respiratorias. El objeto se había movido, así que realizaron una laringoscopia y luego una broncoscopia. Con mucho esfuerzo lograron extraerlo.
Claudia vigiló cada paso, con el corazón encogido. Dio gracias a Dios cuando la trajeron de vuelta: a esa edad, la mayoría de niños no resisten una asfixia prolongada.
Al terminar, la niña fue trasladada a una sala especial. Claudia permaneció con ella un par de horas, pero Nati no despertaba. Cuando Eliézer entró a verla, Claudia habló sin quitar los ojos de su pequeña:
—Papá, quédate con ella un rato. No la dejes sola. Cuando regrese me tendrás que contar qué fue lo que pasó.
—Fue un accidente, hija… —dijo él, evitando mirarla.
—Ya lo hablaremos —sentenció Claudia.
Y salió en busca del doctor Osmán, pero nadie lo había visto por ningún lado.
—Creo saber dónde está —susurró.
Claudia llegó a una sala oscura. Ahí estaba él, recostado en una camilla, con un brazo sobre el rostro.
—¿También tienes guardia hoy? —preguntó.
El doctor no respondió.
—Solo quería agradecerte lo que hiciste. Salí corriendo con ella y no pude darte las gracias.
—Ya lo has hecho. Ahora déjame dormir —respondió sin abrir los ojos.
—Es que… hay algo más. No quiero que tu papá se entere de la existencia de Natalia.
—¿Entonces por qué viniste a trabajar aquí? Si no querías que él lo supiera —replicó él, sin moverse.
—No lo entenderías. Este tiempo he descubierto cosas sobre tu hermano… cosas que me cuesta creer. Solo quiero llegar a la verdad.
—¡No investigues nada! —Osmán abrió los ojos de golpe. La miró fijamente—. Aléjate ahora que puedes. No busques nada más.
Era una advertencia real, casi desesperada.
—No lo haré —Claudia sostuvo su mirada—. Agustín marcó mi vida para siempre. La prueba está en que solo bastó una vez para que mi hija existiera. No puedo creer todo lo que dicen de él. Se me hace difícil...
Dicho esto se dio media vuelta y caminó a la salida.
Osmán cerró los ojos, agotado.
—Allá tú —susurró.
Un segundo después, pum, perdió el equilibrio y se cayó de la cama.
—¿Doctor? —Claudia regresó al escuchar el golpe, pero él asomó la cabeza.
—Estoy bien. Así me bajo de la cama… No te preocupes. Ya estoy acostumbrado...
Ella se fue. Mientras que Osmán se sentó y repitió en su mente las palabras que escuchó:
"Solo bastó una vez…"
—No puede ser… —apretó la mandíbula—. Esa niña puede ser mi hija.
Su hija.
Los pensamientos lo golpearon como un tren. Nadie sabía lo que realmente ocurrió esa noche. Él siempre había sido víctima de las manipulaciones de Agustín, quien lo arrastraba a situaciones que nunca quiso. Y una de ellas terminó en la traición más grande de su vida.
—¿Qué voy a hacer…? —susurró con frustración.
---
Claudia volvió junto a su hija.
—Es tan pequeña… —acarició sus rizos—. Papá, no entiendo cómo te descuidaste. Las uvas… Los accidentes así son comunes, los niños no entienden eso, pero yo… si la hubiera perdido…
—No digas eso, mi niña. Nati está a salvo —Eliézer la abrazó—. Perdona mi descuido. Nunca me ha gustado preocuparte.
—Estoy pensando en contratar a alguien que los cuide a los dos. Solo debo organizarme mejor —murmuró ella.
—No, hija. No tienes que hacerlo. Ya tienes bastante con mi enfermedad…
Pero Borges ya había tomado la decisión.
Justo cuando su padre iba a insistir, entró Osmán.
—¿Cómo sigue?
—Aún duerme.
Él se acercó con cuidado, casi con temor. Ver a la niña tan pequeña, tan delicada… le apretó el pecho.
—Es muy hermosa —dijo con un hilo de voz—. Esos rizos… son como los de mi madre. Incluso lleva su nombre.
Claudia respondió sin pensarlo:
—Se parece mucho a su padre.
De inmediato, el rostro de Osmán se endureció. Y algo se quebró en su interior.
"Nunca se parecerá a ese monstruo…" Ella cree que es hija de Agustín.
No lo dijo, pero lo pensó con dolor.
—Cuando despierte quiero verla. Revisaré que todo esté bien y luego decidiré si puedo darle de alta —informó.
Claudia asintió.
—Y doctora… sé que es su hija, pero…
—No se preocupe —lo interrumpió—. Ya iba a volver a mis labores. Mi padre la cuidará, pero… quiero venir a verla cada vez que pueda.
Ella esperaba una negativa, una discusión, un “no”.
Pero Osman solo dijo:
—Puedes hacerlo.
—Gracias —sonrió por primera vez ese día.
Algo en él estaba cambiando. La existencia de esa niña removía sentimientos que creía muertos. La ilusión destruida por su enfermedad, el dolor de la esterilidad causada por la quimioterapia… todo lo que creyó que nunca podría tener.
Una hija.
---
Horas después, tras varias consultas, Osmán volvió a la sala. Entró en silencio.
—Señor Eliezer…
Los ojos de la pequeña estaban abiertos.
—¿Estás despierta? —Osmán sonrió con suavidad—. Mucho gusto, soy el doctor Osmán.
—Mucho gusto, doctor —respondió Natalia con voz angelical—. Mi mami y mi abuelo me dicen Nati.
Luego él se agachó a su altura.
—Parece que ya estás mejor. Pero ¿sabes cómo podemos comprobarlo?
La niña negó con la cabeza.
—Cantando una canción. Todos los niños se la saben… ¿te sabes la de Pimpón?
—Sí me la sé —dijo la niña, y sus ojos brillaron.
Y en ese instante, mientras la pequeña comenzaba a cantar, Osmán sintió algo que jamás pensó volver a sentir:
Pertenencia.
—Entonces cantemos —dijo el doctor colocándose a un lado de la cama—. Pimpón es un muñeco muy guapo y de cartón…
Ambos cantaban cuando entró el doctor Murillo.
—Doc, me disgusta que usted se meta al área de pediatría. Este es mi trabajo. Y como usted mismo dice: cada uno en lo suyo.
Murillo marcó la línea entre ellos, pues desde el principio le había caído mal.
Osmán respiró profundo antes de contestar.
—Doctor Murillo, creo que el equivocado es usted. Esta niña es mi paciente, yo la intervine y me corresponde seguir su caso.
La expresión de Osmán se tensó. Solo él sabía la verdad: esa niña era su hija. Pero ¿cómo decirle a Claudia que no había sido con su hermano… sino con él?
¿Cuánto tiempo seguiría viviendo bajo la sombra de Agustín?
¿Cuándo comenzaría a vivir su propia vida y no la que todos le habían impuesto?
—¿Ella es la hija de Borges? —insistió Murillo—. Claudia es mi mejor amiga y no confía en nadie para ver a su hija.
—Pues me la confió a mí. Y por si no lo sabías, esta niña es mi…
En ese instante, la doctora Borges entró apresurada y dijo:
—Es la paciente del doctor Bernet. Fue él quien me ayudó y salvó a mi hija.
Había súplica en su mirada. Seguía sin querer que nadie supiera que Natalia llevaba la sangre de un Bernet. Alguien los podía escuchar.
—¡Mami! —la niña estiró los brazos.
—Mi princesa… —Claudia la levantó con un abrazo lleno de alivio—. Me alegra tanto verte bien. Mamá es muy feliz de verte tan fuerte.
—Con permiso, doctor —interrumpió Bernet—. Creo que su presencia ya no hace falta. Déjeme hacer mi trabajo.
Bernet lo ignoró olímpicamente y continuó examinando a la niña. A Murillo no le quedó más que salir al sentir que estaba de sobra.
—Como dije, mi pequeña amiga: podrás ir pronto a casa —Bernet esbozó una sonrisa que encantó a las dos.
Por primera vez en su vida, Osmán sintió un amor diferente. No era deseo, no era atracción.
Era amor de padre.
Ese amor puro que nace sin permiso y sin explicación.
La niña ya le había robado la sonrisa… y ahora le robaba el corazón.
—A ver, muéstrame esa garganta para asegurarme de que todo está bien.
—Doctor, quiere que le gruña fuerte —avisó Natalia. Abrió grande la boca, la cerró y dijo—: Grrrr.
Osmán fingió asustarse, y la carcajada de la niña llenó la habitación.
—Te dije que te iba a gruñir. Soy un pequeño monstruo. Fuerte y feroz.
Claudia la sostuvo en brazos.
—No eres un monstruo, eres una linda princesa. Las niñas como tú se comportan bien. Así que no asustes a los doctores… ni a mamá. Y no vuelvas a comer nada sin que el abuelo lo sepa.
—Está bien, mami. El doctor apuesto dijo que ya casi nos podemos ir a casa.
los padres nunca deben tener favoritos 😭😭😭😭😭😭