Kristen Whittaker y Dante Macade se conocen desde que tenían seis años. Se han odiado desde entonces. Un odio a primera vista que, con los años, solo se ha vuelto más divertido… y mucho más peligroso.
Porque Dante sabe exactamente qué decir para hacerla enfurecer, y Kristen sabe perfectamente cómo devolverle el golpe. Han crecido peleando, provocándose y jurando que jamás sentirían nada diferente el uno por el otro.
Hasta que una noche, algo entre ellos cambia.
Algo que ninguno de los dos esperaba. Algo que ambos creyeron que podían olvidar.
Pero no todo se olvida tan fácilmente.
Ahora Kristen tendrá que decidir si confía en Dante lo suficiente para descubrir qué significa realmente lo ocurrido entre ellos.
Porque quizá aquella noche no cambió solo su relación.
Quizá cambió todo.
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VA A DOLER UNA SOLA VEZ
KRISTEN WHITAKER
Quisiera decir que los días siguientes fueron iguales a los anteriores, pero no fue así. Cada vez que iba a la universidad, podía ver a Dante a unos metros de distancia, siempre observándome discretamente.
¿Saben la enorme frustración que sentí al tener que reconocer, aunque fuera solamente para mí misma, que él sí era capaz de cuidar de alguien? Al parecer, después de perder a su tortuga, había aprendido a cuidar personas... y también a repartir puñetazos.
¡Ocurrió un milagro!
No me pidió ningún favor después de golpear a Daniel. No hubo exigencias, trabajos forzados ni ninguna otra forma de cobrarme lo que había hecho.
Aunque, para ser sincera, fui yo quien terminó preocupándose por él.
De una manera bastante poco discreta, le ofrecí un termómetro y le pedí que se tomara la temperatura. Solamente quería asegurarme de que no estuviera realmente enfermo.
Sin embargo, el karma decidió devolverme el favor unos días después, cuando amanecí con fiebre sin motivo aparente.
No me sentía mal. No tenía molestias extrañas ni la fiebre era demasiado alta. Aun así, Dante no tardó en notar que algo me sucedía.
--Te ves rara
--Estoy caliente. Me siento caliente-- respondí, llevándome una mano a la frente. También me dolía un poco la cabeza
De pronto, dejó de sonreír.
--Bueno, Justin no está disponible por razones bastante evidentes y...
Sentí que el calor me subía hasta las orejas. ¡No podía creer que se atreviera a decir semejante estupidez!
--¡No caliente en ese sentido, inútil! Tengo fiebre, idiota
Dante soltó una carcajada antes de recuperar la seriedad.
--Bueno... Por lo que veo, tendremos que esperar a que aparezcan otros síntomas. De todas maneras, viajar no será conveniente si no mejoras
--Tú no vas a prohibirme nada
--No, pero si les cuento a tus padres, ellos sí lo harán. Y en menos de un día los tendrás aquí, armados con mantas, una bolsa de agua caliente y esos deliciosos brebajes que tu madre prepara con tanto entusiasmo. Todo para que te mejores o, en el peor de los casos, te destruyan el estómago y la lengua en el proceso
Lo miré indignada.
--No serías capaz
--Estaré filmando cuando recibas esas deliciosas cucharadas medicinales
--Maldito
--Gracias
Así fue como terminé suspendiendo el viaje a casa. Aparentemente, estaba a punto de enfermarme, aunque ni siquiera sabía qué tenía.
Lo peor fue que Dante me ayudó a mentir. Inventó nuevos exámenes y dos trabajos prácticos larguísimos, utilizando términos médicos que ni siquiera existían. Era realmente tonto hasta para improvisar.
Por suerte, después de algunos días, aquella misteriosa fiebre desapareció y no volvió a molestarme. Lo más extraño era que me sentía perfectamente bien.
--No sé, Whitaker. Deberías ir a que te revisen
--¡¿Que me revisen?! Estoy perfectamente bien. No quedaría muy bien entrar en un consultorio y decirle al médico que revise todo lo que quiera hasta encontrar el problema
--Eso sería más apropiado decírselo a un cirujano plástico, pero no es tu caso porque no tienes dinero
--Gracias por recordármelo. Tú tampoco nadas en billetes
Nuestra conversación terminó ahí, aunque unos días después mi tranquilidad se acabó.
Todo comenzó con un pequeño pinchazo, una molestia breve dentro de la boca que al principio no me pareció importante.
Jamás había sufrido un dolor de muelas. Mi único temor relacionado con los dientes era el odontólogo, después de todo lo que había padecido con los brackets. Los ajustes, los roces, la irritación y aquella sensación de tener la boca llena de metal habían sido suficientes para dejarme traumada.
Sin embargo, esta vez era diferente.
Primero comencé a sentir dolor al masticar. Después, descubrí que me sangraban las encías cuando me cepillaba los dientes.
Insistí con el cepillado y mantuve mi rutina de higiene, convencida de que tarde o temprano las molestias desaparecerían.
Por supuesto, no quería contarle nada a Dante. ¿Para qué darle un nuevo motivo para amenazarme o burlarse de mí? Prefería soportar el dolor antes que escuchar sus comentarios.
Pero la molestia fue aumentando hasta convertirse en un dolor intenso, de esos que resultan imposibles de ignorar.
Una mañana me desperté con la mejilla hinchada.
--Whitaker
La voz de Dante me hizo levantar la mirada. Se había acercado y tenía una expresión tan seria que, por un instante, retrocedí.
--¿Qué quieres? Me duele la cabeza
--Tienes la mejilla hinchada
Me puso una mano en la mejilla, pero enseguida se la aparté de un manotazo. El simple contacto me provocó un dolor insoportable.
--¡No me toques!
--Haré mucho más que eso. Abre la boca
Entonces descubrí que había encendido la cámara de su teléfono.
--¡Ni loca!
--No me obligues a llamar a tus padres, porque estoy más que dispuesto a hacerlo
Resignada, caminé hasta el sofá y me senté. No podía creer que estuviera pasando por semejante situación.
¿Por qué tenía que sucederme todo esto?
--Abre
Lo miré con fastidio, pero terminé obedeciendo. Dante se acercó para observarme mejor y yo cerré los ojos cuando la luz de su teléfono me molestó.
--Necesitas un odontólogo con urgencia, Whitaker
--No pienso ir
--Irás, aunque tenga que llevarte yo mismo. Tienes una infección y, en esa zona, puede ser bastante complicada
--Mañana
--Ahora
--¡Dante!
--Tienes fiebre y una infección. Vamos
No tenía fuerzas para discutir. Busqué mi bolso y lo seguí, completamente resignada. Incluso me temblaban las piernas, aunque prefería atribuirlo al malestar antes que admitir que estaba aterrada.
Fuimos a una clínica dental que atendía urgencias las veinticuatro horas. Apenas llegamos, me senté en la sala de espera y comencé a temblar. Intentaba mantener la compostura delante de Dante, pero no estaba resultando demasiado bien.
--Te ves como la mierda-- comentó con su delicadeza habitual-- Y también como si estuvieran a punto de ejecutarte
--Tus palabras de aliento me conmueven. Casi podría empezar a quererte
Mi sarcasmo no consiguió arrancarle una respuesta inmediata. Se limitó a mirarme con una expresión divertida, como si estuviera disfrutando demasiado de mi desgracia.
Finalmente, una mujer salió del consultorio y pronunció mi nombre.
Dante se puso de pie enseguida.
Por supuesto, como no era él quien estaba sufriendo, podía darse el lujo de mostrarse tan entusiasmado. Por un momento, sentí unas ganas enormes de golpearlo, aunque solo fuera para compartir un poco de mi sufrimiento.
No pude entrar sola al consultorio. No sé si eso fue bueno o malo.
Después de revisarme, la odontóloga me miró y preguntó:
--¿Quieres la buena o la mala noticia?
--La buena-- respondí sin dudarlo
--Con unos inyectables y la medicación que voy a recetarte, comenzarás a sentirte mejor. La muela de juicio solamente molesta una vez-- fruncí el ceño
--¿Y entonces cuál es la mala?
Miré a Dante y me di cuenta de que él ya había comprendido lo que estaba sucediendo. Su expresión había cambiado y, por primera vez en toda la mañana, no parecía tener ganas de burlarse de mí.
Eso no podía ser una buena señal.
--La infección puede repetirse si no hacemos la extracción. La muela no está saliendo correctamente y tampoco tiene suficiente espacio. Si la dejamos así, seguirá provocándote molestias
Sentí que el corazón se me aceleraba.
--No quiero sacármela-- protesté, completamente aterrada
--Anótela para la extracción. Yo me ocuparé de que venga-- intervino Dante, antes de que pudiera decir algo más
Lo fulminé con la mirada. ¡¿Quién le había dado permiso para decidir por mí?!
Sin embargo, la odontóloga ya había terminado de explicarme el tratamiento y no parecía dispuesta a cambiar de opinión.
Después fuimos a una farmacia. Compramos los inyectables y la medicación que me habían recetado. De allí nos dirigimos al hospital para que me aplicaran las inyecciones.
Por supuesto, tampoco tuve privacidad para eso.
Salí de allí con una pierna medio dormida y Dante caminando a mi lado, como si acabara de cumplir una misión importante.
--No tenías por qué entrar conmigo-- me quejé
--Claro, Whitaker. Porque dejar que la infección empeorara hasta ocasionarte un problema grave habría sido una decisión muchísimo más inteligente
--Me va a doler
Dante soltó una carcajada.
--Bueno, te lo dijo la odontóloga. Te va a doler una sola vez. Igual que la virginidad
--Muy gracioso. Voy a tener que cavar un pozo enorme para encontrar el chiste
Él volvió a reírse, completamente satisfecho consigo mismo.
Yo, en cambio, solo podía pensar en la extracción que me esperaba.
Y en que, si Dante se atrevía a hacer un solo comentario, probablemente sería capaz de arrancarle los dientes a él también.
muy dramática yo