Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 24: El despertar de la Reina
Perspectiva del Rey
El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos dorados por los ventanales de mis aposentos, trazando líneas de luz sobre el suelo de roble.
Llevaba tres días sentado en la misma silla al lado de la cama, sin moverme, sin comer, apenas respirando. Los médicos imperiales habían ido y venido en un silencio aterrorizado, cambiando vendas, aplicando ungüentos y midiendo su pulso con manos temblorosas. Tras la masacre de la Casa de Selia, nadie en este palacio se atrevía a hablarme si no era estrictamente necesario. Sabían que un solo paso en falso significaría sus ejecuciones.
Mi mirada no se despegaba de Amira.
Sus labios, que durante días habían lucido un tono violeta y seco, comenzaban a recuperar un matiz rosado. La fiebre abrasadora por fin había cedido a medianoche, dejándola sumida en un sueño profundo y reparador.
De pronto, un leve suspiro cortó el silencio de la habitación.
Sus dedos, pequeños y aún pálidos sobre la colcha de seda, se movieron apenas un milímetro.
Mi corazón, que había permanecido congelado en el pecho como una piedra, dio un vuelco violento. Me abalancé hacia el borde de la cama, sujetando su mano entre las mías con una delicadeza extrema, temiendo que el menor movimiento la quebrara.
—Amira... —murmuré, mi voz raspada, rota por noventa horas de silencio y desesperación.
Los párpados de la reina temblaron lentamente. Una, dos veces... hasta que sus ojos oscuros se abrieron por completo, buscando la luz en la estancia con una confusión fugaz antes de fijarse directamente en mi rostro.
—Su majestad... —su voz era apenas un hilo de aire, un susurro rasposo que para mí sonó como la música más sagrada del universo.
Sentí una presión inmensa en el pecho, un nudo sofocante que me impidió respirar durante dos segundos. Apoyé mi frente contra su mano, cerrando los ojos con fuerza mientras dos lágrimas pesadas, ajenas a la voluntad del "Tirano", se derramaban sobre su piel.
—Estás despierta... Por los cielos, estás viva —articulé con la garganta apretada, apretando su mano contra mi mejilla.
Amira intentó moverse ligeramente, pero un leve gemido de dolor se le escapó al sentir la tirantez de la herida en el hombro.
—No te muevas —le ordené de inmediato, incorporándome para acomodar las almohadas detrás de su espalda con una torpeza inédita en mí—. La flecha fue profunda. El médico dijo que debes guardar reposo absoluto.
Amira me observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos recorrieron mi rostro desvelado, las ojeras marcadas bajo mis ojos, la barba de tres días y la túnica de seda... la misma túnica manchada con su sangre seca que no me había quitado desde la noche de la emboscada.
Una leve sonrisa, serena y cansada, se dibujó en la comisura de sus labios.
—Parece... que el gran rey del imperio se ha vuelto un desastre sin su reina —susurró con esa ironía sutil que solo ella sabía usar conmigo.
Dejé escapar un bufido que pretendía ser una risa, aunque terminó sonando como un sollozo ahogado.
—El consejo está destruido, Amira —le dije, mirándola a los ojos con una intensidad feroz—. La Casa de Selia fue borrada del mapa. Ninguno de los que financiaron esa emboscada vive para contarlo. Las chicas... Alessia, Lyra y Daría han tomado el control de los suministros y la guardia. El imperio entero está temblando a tus pies.
Amira parpadeó despacio, asimilando mis palabras. Luego, con un esfuerzo visible, alzó su mano sana y rozó mi pómulo con la yema de sus dedos, limpiando el rastro de la lágrima que acababa de caer.
—No lo hice por el consejo... ni por el imperio —dijo, mirándome con una devoción transparente, sin máscaras de por medio—. Lo hice porque no iba a permitir que te quitaran la vida. No antes de que cobremos la venganza completa.
Las palabras de mi reina penetraron en mi alma como un bálsamo helado sobre una quemadura.
Me incliné despacio, posando un beso suave y prolongado sobre la palma de su mano, dejando que la calidez de su piel me devolviera la cordura que había perdido en las últimas tres noches.
—A partir de hoy, no volverás a usar tu cuerpo como escudo —le prometí, manteniendo mi frente pegada a la suya, sintiendo su respiración contra mis labios—. El Rey a salido de las sombras para terminar la purga en el Gran Salón. Nos daremos nuestro lugar. Y cuando este reino esté completamente limpio de víboras... ya no habrá más máscaras entre tú y yo.
Amira asintió en silencio, cerrando los ojos con tranquilidad mientras se acomodaba contra el regazo del monarca. Por primera vez en meses, en aquella habitación impregnada de sangre y conspiraciones, no había reyes ni concubinas; solo dos sobrevivientes que habían encontrado su refugio en medio del infierno.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado