Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo XXIII El plan de los prometidos
Punto de vista de Erika
El restaurante del club privado olía a puros costosos, langosta a la mantequilla y esa mezcla de perfume francés con poder añejo que siempre me había provocado náuseas.
Llevaba un vestido negro de seda que mi abuelo habría aprobado y la sonrisa más falsa de mi repertorio. A mi derecha, el abuelo fingía una cordialidad ridícula con el patriarca de los Maldonado, mientras yo solo podía pensar en el momento exacto en que lanzaría la copa de champán sobre la mesa para arruinar la velada. Mi plan era simple: comportarme como una loca caprichosa, malcriar a los meseros y hacer que los Maldonado salieran huyendo.
Hasta que él entró al salón.
Marcos Maldonado no se parecía en nada al heredero estirado y aburrido que me había imaginado. Alto, de hombros anchos, con un traje gris a medida que le asentaba de maravilla y unos ojos oscuros que transmitían una inteligencia serena y ligeramente burlona. Tenía un porte impecable, una barba corta bien cuidada y una presencia que obligó a media terraza a voltear a mirarlo.
Maldita sea, pensé, apretando la copa entre mis dedos. Tenía que ser guapo.
Se sentó frente a mí tras saludar a los viejos con una cortesía impecable. Durante los primeros cuarenta minutos de la cena, la conversación giró en torno a fusiones bancarias, acciones y la "maravillosa pareja" que haríamos para consolidar las inversiones de ambas familias. Marcos sonreía en los momentos adecuados y asentía con elegancia, pero sus ojos delataban que estaba tan aburrido como yo.
—Los jóvenes deberían ir a la terraza del jardín a tomar aire fresco—sugirió el abuelo con una sonrisa calculadora—. Tienen mucho de qué hablar sobre el futuro.
Me puse de pie sin protestar, ansiosa por salir de la mesa de los viejos. Marcos me abrió paso con caballerosidad y caminamos en silencio hacia la terraza privada que daba a los jardines iluminados del club.
En cuanto nos alejamos lo suficiente y la música de fondo se volvió un murmullo distante, me giré sobre mis tacones, me crucé de brazos y lo encaré sin rodeos.
—Ahórrate las frases de galán, Maldonado —solté con soltura y un punto de veneno—. Sé perfectamente que te obligaron a venir a este circo tanto como a mí. No me voy a casar contigo ni aunque mi abuelo me amenace con desheredarme.
Marcos se detuvo, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y dejó escapar una risa baja, profunda y extrañamente genuina.
—Vaya... y yo que pensé que tendría que esforzarme por ser desagradable para que me rechazaras —dijo con una sonrisa burlona que le dibujó dos hoyuelos cerca de la boca—. Me quitas un peso de encima, Vane.
Parpadeé, un poco descolocada por su reacción.
—¿Perdón?
—Tampoco tengo el menor interés en casarme contigo, Erika —respondió dando un paso hacia el barandal de la terraza y mirando la noche—. Eres hermosa, no lo voy a negar, pero no pienso pasar el resto de mi vida atado a un contrato matrimonial solo para que mi padre sume unos cuantos ceros a sus cuentas. Tengo mi propia firma en la capital y mi propia vida.
Lo observé en silencio durante unos segundos. La prepotencia inicial que esperaba encontrar en él no existía; en su lugar había un pragmatismo frío muy similar al de mi hermano Felipe.
—Si no te quieres casar, ¿por qué demonios aceptaste venir a esta cena? —pregunté, acercándome al barandal.
—Porque si les decía que no de forma abierta esta noche, mi padre congelaría las líneas de crédito de mi empresa antes del lunes —confesó Marcos, girando el rostro para mirarme—. Y por lo que sé, tu abuelo ya mandó a bloquear tus tarjetas. Si armamos un escándalo hoy, los dos salimos perdiendo. Ellos tienen todo el poder financiero en este momento.
—¿Y qué sugieres entonces? —lo desafié, entornando los ojos—. ¿Fingir que nos adoramos hasta que nos lleven al altar?
—No. Sugiero jugar a su favor para ganar tiempo —dijo él, bajando la voz a un susurro confidencial y dando un paso hacia mí—. Les damos por su lado. Aceptamos el "cortejo" oficial. Salimos a cenar un par de veces a la semana, dejamos que los periódicos nos tomen fotos y dejamos que crean que su gran plan de boda va viento en popa.
—¿Para qué?
—Para ganar tiempo —explicó Marcos con perspicacia afilada—. Tú usas ese tiempo para recuperar el acceso a tus cuentas y mover tus activos de la marca de ropa a un banco independiente. Yo termino de cerrar el financiamiento extranjero de mi firma. En cuanto los dos seamos financieramente inalcanzables para nuestros padres, filtramos un motivo sutil para romper el compromiso sin que puedan chantajearnos. Un desacuerdo irreconciliable de carácter, nada de escándalos.
Lo miré fijamente. El plan era maquiavélico, inteligente y absurdamente tentador.
—Eres bastante calculador para ser un Maldonado —comenté con una sonrisa leve.
—Soy un hombre de negocios, Erika. Y reconozco a una socia brillante cuando la tengo enfrente. ¿Tenemos un trato?
Marcos extendió su mano derecha hacia mí. Miré sus dedos largos y cuidados, y luego sus ojos oscuros, donde brillaba un destello de complicidad divertido.
—Tenemos un trato, Maldonado —respondí, estrechando su mano con firmeza—. Pero si intentas sobrepasarte o actuar como el prometido posesivo frente a la prensa, te rompo el plato en la cabeza.
Marcos soltó otra risa ligera y besó el dorso de mi mano con una caballerosidad impecable antes de soltarla.
—Trato hecho, futura no-esposa. Regresemos antes de que los viejos sospechen que estamos planificando su derrota.
Volvimos a la mesa entre risas y miradas de complicidad, los viejos al vernos se sintieron cómodos pensando que habían logrado lo que buscaban.
—Mañana vuelvo a casa —dije al abuelo mientras el chofer conducía a casa de Felipe.
—Aún no —, respondió el abuelo.
Giré para verlo, estaba confundida.
—¿Qué quieres decir? —, pregunté.
—Necesito ojos en esa casa. Quiero saber exactamente en qué anda tu hermano y si ese matrimonio es real.
Solté una risa burlona, mi abuelo era un viejo zorro, pero no sabía nada del amor. Entre Felipe y Esther había una química que aunque ellos trataran de esconder se notaba a miles de kilómetros. Si Don Augusto Vane pensaba que los podía separar estaba muy equivocado.
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
ojalá Felipe vea venir este golpe y Erika abre los ojos tu marca de ropa está por desaparecer de tus manos