NovelToon NovelToon
LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 16

El santuario privado de Don Alejandro no era una iglesia consagrada a la fe de los hombres, sino un templo dedicado a la sangre, al poder absoluto y a la ley del más fuerte. Las altas paredes de piedra volcánica negra estaban flanqueadas por hileras de antorchas encendidas que proyectaban sombras danzantes sobre los arcos ojivales. No había invitados de relleno, ni parientes lejanos fingiendo sonrisas, ni testigos temerosos de la alta sociedad. Solo una cincuentena de hombres de confianza, soldados de élite con las manos manchadas de pólvora y cicatrices de mil batallas, alineados en riguroso silencio a lo largo de la nave central.

El aire estaba cargado de un perfume denso a incienso, pólvora y el frío metálico del peligro inminente.

Yo caminaba con pasos firmes, calculados y soberbios sobre la alfombra de terciopelo carmesí que cubría el suelo de piedra. Cada impacto de mis tacones de aguja resonaba bajo las bóvedas como el tic-tac de un reloj de cuenta regresiva. Llevaba el rostro cubierto por un velo de gasa negra densa, una celosía translúcida que ocultaba mis facciones pero permitía que mis ojos, encendidos por la adrenalina y el triunfo, perforaran la penumbra. El vestido negro de alta costura se arrastraba tras de mí como una marea oscura, la encarnación misma de la ruina que acababa de desatar sobre el imperio de los Moretti.

Al final de la nave, de pie frente al altar de mármol negro donde reposaban las escrituras y los puñales rituales de la alianza, aguardaba él.

Don Alejandro.

Su imponente figura destacaba incluso entre la penumbra. Vestía un traje italiano hecho a medida, impecable, que se ceñía a sus hombros anchos y su musculatura imponente con la elegancia natural de un depredador alfa que no necesita demostrar su fuerza porque todos saben que es el dueño absoluto de la jauría. Su cabello oscuro caía ligeramente sobre su frente, y sus ojos, de un azul tan profundo que rozaba la negrura, me fijaban con una intensidad hipnótica, casi salvaje.

Me detuve a pocos pasos de distancia de él. El silencio en la catedral era tan absoluto que podía escuchar el eco lejano del viento azotando los ventanales blindados del exterior.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra. No hacía falta. La tensión entre nosotros chisporroteaba como electricidad estática, un campo magnético invisible y cargado de una lujuria oscura y una ambición desmedida que amenazaba con incinerarlo todo.

Alejandro dio un paso al frente, rompiendo la distancia milimétrica que nos separaba. Su respiración era pesada, audible, el ritmo acelerado de un hombre acostumbrado a tomar lo que desea por la fuerza, pero que por primera vez se encontraba ante una mujer que había venido a entregársele no como trofeo, sino como socia en la destrucción.

Extendió una mano grande, de nudillos firmes y piel cálida, y con una lentitud deliberada, casi ceremonial, levantó la esquina del velo negro que cubría mi rostro.

La gasa se deslizó hacia atrás, dejando al descubierto mis facciones iluminadas por el parpadeo de las antorchas: los labios pintados de un rojo carmín intenso, la barbilla erguida en un desafío perpetuo y la mirada fría, calculadora y absolutamente despiadada.

Por una fracción de segundo, la máscara de frialdad impenetrable de Don Alejandro se resquebrajó. Sus pupilas se dilataron de golpe, absorbiendo cada detalle de mi rostro con una mezcla de sorpresa visceral, asombro y una fascinación devoradora que le recorrió el cuerpo entero. No esperaba encontrar sumisión —eso lo sabía de sobra—, pero la magnitud de la belleza letal que tenía en frente, unida a la osadía maquiavélica de haber volteado el tablero de los Moretti en menos de veinticuatro horas, lo dejó momentáneamente sin aliento.

Una sonrisa lenta, perversa y profundamente admirativa se dibujó en las comisuras de sus labios.

—Vaya... —su voz brotó como un ronco susurro que raspó el aire de la catedral, cargada de una vibración magnética—. Me dijeron que la heredera de los Moretti venía dispuesta a negociar los puertos del norte... pero jamás imaginé que lo que cruzaría mis puertas sería una diosa dispuesta a quemar el mundo entero a mi lado.

—No he venido a negociar, Alejandro —le respondí con una voz cristalina, firme y provista de un filo invisible que se clavó en su pecho—. He venido a cobrar lo que es nuestro por derecho de sangre y traición. Marcos cree que me posee; tú y yo sabemos que acabo de dejarlo sin trono, sin dinero y sin imperio.

El hombre soltó una carcajada baja, un sonido gutural que resonó con fuerza en las paredes de piedra, lleno de una euforia oscura y peligrosa. Sus dedos, que aún sostenían el borde del velo, se deslizaron con lentitud por mi mejilla, recorriendo la línea de mi mandíbula con una posesividad abrasadora que hizo que un escalofrío de pura excitación me recorriera la espina dorsal. Su piel quemaba. Su toque era una declaración de guerra y de deseo al mismo tiempo.

—Eres un demonio vestido de alta costura, Elara —murmuró él con los ojos fijos en mis labios, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir el calor de su aliento mezclado con el aroma a tabaco caro y madera de sándalo—. Y debo admitir que jamás en mi vida había deseado tanto caer en el infierno.

Sin apartar su mirada de la mía, Alejandro curvó un brazo alrededor de mi cintura con una fuerza brutal pero perfectamente medida, atrapar mi cuerpo contra el suyo en un movimiento tan rápido y dominante que me arrebató el aliento. El impacto de nuestros torsos fue una colisión de armaduras invisibles; sentí cada músculo duro de su pecho presionando contra el mío, la sólida y pesada realidad de su poder físico envolviéndome por completo.

Los hombres apostados en la nave central emitieron un murmullo sordo de aprobación y respeto ante el gesto, pero ninguno se atrevió a levantar la vista. Estábamos solos en el centro de la tormenta.

—El ritual de la alianza exige sangre y fuego, mi querida esposa —susurró Alejandro contra mi oído, su voz rozando el lóbulo de mi oreja y provocando que un temblor involuntario me sacudiera las entrañas—. Pero antes de sellar los contratos definitivos sobre este altar... quiero comprobar si tu fuego quema tanto en privado como en tus malditas promesas.

Un calor denso, pesado y febril se instaló de golpe en mi bajo vientre. La adrenalina de la venganza se fundió de manera perversa con una necesidad física desbocada, un hambre de piel y dominio que llevaba horas acumulándose bajo mi aparente serenidad.

— Pruébame, Alejandro —le reté en un susurro hondo, clavando las uñas de mis manos en la solapa de su chaqueta y tirando de él con fuerza—. A ver si tienes lo necesario para soportar las cenizas.

El autocontrol del capo se rompió en ese preciso instante. Alejandro inclinó la cabeza con brusquedad y capturó mis labios en un beso feroz, hambriento, desprovisto de toda delicadeza y lleno de una urgencia salvaje. Sus labios firmes y ásperos mordieron los míos con una posesividad brutal que me hizo gemir contra su boca, un sonido ahogado que él tragó de inmediato mientras profundizaba el contacto, introduciendo su lengua con una autoridad incuestionable que me dejó sin defensas.

El beso no era una caricia; era una invasión mutua. Mis manos recorrieron la nuca de Alejandro, enredándose en su cabello oscuro y tirando de él con desesperación, mientras su mano libre descendía por mi espalda hasta aferrarse con fuerza obscena a la curva de mi cadera, levantándome ligeramente del suelo para pegarme aún más a su cuerpo. Podía sentir la erección dura y apretada de su miembro presionando contra mi abdomen a través de las telas de nuestros trajes, recordándome la magnitud del peligro en el que me había metido.

El eco de nuestros besos húmedos y desesperados rebotaba contra las paredes frías de la catedral, creando una atmósfera de una sensualidad tan cruda y pecaminosa que rozaba la blasfemia.

Sin romper el beso, Alejandro dio media vuelta conmigo en brazos, arrastrándome hacia el pequeño recinto privado ubicado detrás del altar mayor: la sacristía de piedra, un espacio íntimo blindado y oscuro donde los líderes de la mafia guardaban sus secretos más inconfesables.

La puerta se cerró a nuestras espaldas con un golpe seco y sordo que aisló por completo el mundo exterior.

La oscuridad de la estancia apenas era rota por una rendija de luz cenicienta que se filtraba por el ventanal alto. Alejandro me empujó con suavidad pero con firmeza contra la fría superficie de la pared de piedra, atrapándome entre su cuerpo imponente y el muro. El contraste del frío de la piedra en mi espalda y el calor abrasador de su torso musculoso me hizo arquear la columna con un suspiro tembloroso.

—Mírame —ordenó él con la voz ronca, oscura y temblorosa de deseo mientras separaba mis labios con la yema de su pulgar.

Abrí los ojos lentamente, sosteniendo su mirada azul oscurecida por la lujuria desenfrenada.

.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play