un romance entre un mafioso y un femboy
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EL APELLIDO PROHIBIDO
Dante pasó toda la noche frente a la pantalla del ordenador, con la espalda tensa y la mirada fija, como si de aquel conjunto de datos dependiera no solo su pasado, sino también su futuro. La luz azulada de la pantalla iluminaba su rostro en la penumbra de la sala, mientras el reloj de la pared avanzaba despacio, marcando las horas que nadie más parecía contar.
Adrián permaneció a su lado todo ese tiempo. No insistió, no hizo preguntas innecesarias. Simplemente estaba ahí: preparándole una taza de café que se enfriaba sobre la mesa, pasándole hojas impresas cuando él lo necesitaba, o simplemente sentado a su lado, observando cómo la expresión de Dante cambiaba poco a poco, volviéndose más pesada, más seria.
—¿Qué buscas exactamente? —preguntó finalmente Adrián, con voz suave, cuando el reloj ya marcaba las tres de la madrugada.
Dante no apartó la mirada de la pantalla de inmediato.
—Información sobre mi familia. Cosas que nunca me atreví a mirar. Cosas que creí que era mejor dejar olvidadas.
—¿Nunca investigaste esto antes?
—No de esta manera —respondió él, pasando el ratón para abrir una carpeta llena de archivos escaneados y fotografías antiguas—. Antes solo sabía lo que me contaban, lo que necesitaba saber para sobrevivir. Nunca quise ver el cuadro completo. Tenía miedo de lo que encontraría.
Poco a poco, los documentos comenzaron a revelar una historia mucho más grande y oscura de lo que Dante jamás había imaginado. Su verdadero apellido familiar aparecía una y otra vez, vinculado a nombres de lugares, fechas y negocios que se remontaban a generaciones atrás. No era simplemente una organización: era una red tejida a lo largo de décadas, con raíces tan profundas que parecían imposibles de arrancar.
Adrián se inclinó para leer uno de los documentos más antiguos.
—¿Tu familia comenzó todo esto? —preguntó, sorprendido.
—No exactamente —dijo Dante con voz baja—. Pero fueron una de las primeras familias en formar parte de él. Lo mantuvieron en secreto durante décadas. Creían que lo hacían por protección, por mantener el orden. No entendieron que al final, eso solo traería destrucción.
Señaló una fotografía en blanco y negro, donde se veía a un grupo de hombres serios, de pie frente a un edificio antiguo.
—Ahí está mi padre —dijo con suavidad—. Él comprendió que el camino estaba mal. Intentó cambiarlo desde dentro. Quería terminar con todo aquello.
Adrián lo miró.
—¿Y fracasó?
Dante asintió lentamente, sintiendo cómo se le cerraba la garganta.
—Lo hicieron parecer un accidente. Pero todos sabían la verdad. Se interpuso en el camino de personas que no dudaban en eliminar a quien fuera necesario. Por eso terminó muriendo. Y yo… yo crecí pensando que lo único que podía hacer era mantener todo funcionando, sin saber que estaba siguiendo los pasos de algo que él había intentado destruir.
Adrián le tomó la mano, apretándola con cariño.
—Lo siento mucho, Dante. De verdad.
Dante negó con la cabeza, aunque sus ojos estaban brillantes.
—Pasó hace mucho tiempo. Ya no puedo cambiarlo.
Pero entonces, entre una lista de nombres y fechas que apenas tenía sentido, sus ojos se detuvieron en algo que le hizo contener la respiración. Un nombre escrito con claridad, junto a su mismo apellido.
Gabriel Valenti.
Se quedó mirándolo, sin moverse, como si el nombre pudiera desaparecer si parpadeaba.
—¿Quién es? —preguntó Adrián, notando el cambio en su expresión.
Dante tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro.
—Mi hermano.
Adrián abrió los ojos con sorpresa.
—¿Tienes un hermano?
—Tenía —corrigió él, y pasó el cursor para leer más información—. Desapareció cuando éramos jóvenes. Tenía doce años, yo tenía dieciséis. Un día simplemente no volvió a casa. Me dijeron que probablemente se había escapado, que no quería volver. Y durante toda mi vida… creí que estaba muerto.
—¿Crees que está vivo? —preguntó Adrián con cautela.
Dante no respondió. Simplemente siguió leyendo, buscando alguna pista, alguna fecha que indicara lo contrario. Pero el silencio entre las líneas era tan elocuente como cualquier respuesta. Aquel silencio fue suficiente.
Y entonces, en ese preciso instante, el teléfono sobre la mesa vibró.
Ambos se quedaron quietos. Dante lo tomó con manos que temblaban ligeramente. Al abrir el mensaje, solo había una frase, escrita con una calma que heló su sangre:
"Tu hermano nunca murió."
El teléfono se le resbaló de los dedos y cayó sobre la mesa, haciendo un ruido seco en el silencio de la madrugada.
—Dante… —susurró Adrián, acercándose más.
Dante cerró los ojos. Toda su vida había creído que era el último miembro de su familia. Que no quedaba nadie más. Que esa historia terminaba con él. Ahora alguien aseguraba que no era cierto. Que Gabriel estaba vivo. Y si eso era verdad… entonces había una pregunta mucho más inquietante que no dejaba de dar vueltas en su mente:
¿Por qué había permanecido oculto durante todos estos años? ¿Por qué ahora aparecía su nombre? Y lo más aterrador de todo… ¿era él quien los estaba buscando?