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Atada A La Oscuridad Del Alfa

Atada A La Oscuridad Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Romance oscuro
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.

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capitulo 2

​El portón de hierro forjado se cerró a sus espaldas con un chasquido metálico que pareció sellar el destino de Amelia. El vehículo avanzó a paso lento por un camino de grava oscura, flanqueado por pinos milenarios cuyos follajes tupidos tapaban por completo la luz del cielo. El aire dentro del auto se sentía cada vez más denso, cargado de un olor penetrante a tierra húmeda, pino y algo indefinible que erizaba la piel de Amelia: una vibración sorda en el ambiente, como la tensión previa a una tormenta eléctrica.

​Tras diez minutos de ascenso entre la espesura, el bosque abrió paso a un despeñadero de piedra gris. Allí se erigía la mansión.

​No era una residencia ejecutiva moderna ni una villa de lujo, sino una fortaleza victoriana de piedra negra y tejados inclinados, con ventanales altos protegidos por pesados marcos de madera oscura. La estructura parecía haber emergido de la propia montaña, imponente, sombría y privada de cualquier rastro de calidez. No había jardines floridos ni luces de bienvenida; solo el viento aullando entre las grietas de la fachada y el sonido distante de hojas secas arrastradas por el patio.

​El chofer apagó el motor y bajó para abrirle la puerta a Amelia.

​—A partir de este momento, su teléfono personal queda bajo resguardo —dijo el hombre con tono llano, extendiendo una pequeña caja de madera.

​Amelia tragó saliva, sacó su móvil del bolsillo y lo depositó en la caja. Se sintió despojada de su único nexo con el mundo exterior. Tomó su maleta y caminó detrás del conductor hacia la escalinata de entrada.

​La puerta principal, una mole de roble reforzada con herrajes, se abrió de par en par antes de que tocaran el timbre. Una mujer de edad avanzada, con el cabello cano recogido en un moño tirante y vestida con un uniforme gris impecable, la esperaba en la penumbra del gran vestíbulo.

​—Soy la Sra. Elena, ama de llaves —se presentó sin esbozar una sola sonrisa. Sus ojos grisáceos examinaron a Amelia de arriba abajo, evaluando su postura, su ropa y el ligero temblor de sus manos—. Es puntual, lo cual es raro en las jóvenes de la ciudad. Acompañeme. El tiempo es limitado.

​El interior de la mansión era aún más sombrío que el exterior. Techos de triple altura con vigas de madera quemada, candelabros de hierro con velas apagadas y una serie de retratos al óleo cubiertos por una fina capa de polvo. Sin embargo, lo que más llamó la atención de Amelia fue el silencio. Un silencio sepulcral, casi antinatural, interrumpiendo únicamente por el eco de sus propios pasos sobre el suelo de mármol negro.

​—Las reglas son sencillas, señorita Vance —dijo Elena mientras subían por una amplia escalera de caracol—. Su trabajo se limita estrictamente a la tercera planta. No debe deambulando por el ala oeste después de las seis de la tarde. No debe hacer preguntas al personal. Y bajo ninguna circunstancia debe intentar contactar al señor de la casa a menos que él lo requiera.

​—¿Y el niño? —preguntó Amelia, apretando el asa de su equipaje—. ¿Cuáles son sus cuidados médicos o rutina?

​Elena se detuvo en seco en el descansillo del segundo piso y se giró. Su mirada se volvió dura, atravesada por una punzada de cautela.

​—El pequeño Mateo no es un niño común. No necesita un horario de juegos ni cuentos antes de dormir. Necesita contención y silencio. Si usted no puede lidiar con su... temperamento, dígalo ahora y el chofer la llevará de vuelta a la estación.

​—Tengo tres años de experiencia en enfermería de urgencias —respondió Amelia con firmeza instintiva, sosteniéndole la mirada—. No le tengo miedo al temperamento de un niño.

​Elena apretó los labios, pareciendo dudar por un segundo, pero finalmente dio media vuelta y continuó subiendo.

​Llegaron a un corredor largo y angosto en la tercera planta. Las paredes estaban desiertas, sin cuadros ni adornos, y al final del pasillo había una sola puerta de roble reforzado con un cerrojo de hierro por fuera. A Amelia se le apretó el corazón. Aquello no parecía la habitación de un menor de cuatro años; parecía una celda.

​Elena sacó una llave pesada, giró el cerrojo y abrió la puerta despacio.

​—Tiene dos horas para adaptarse. Si necesita algo, use el intercomunicador de la pared. No garantizo que alguien responda —sentenció la anciana, dando un paso atrás y dejando que Amelia entrara sola. La puerta no se cerró con llave, pero quedó entornada.

​La habitación era amplia pero opresiva. Los ventanales estaban cubiertos por cortinas pesadas de terciopelo borgoña que apenas dejaban pasar un hilo de luz gris. El ambiente olía a limpio, combinado con una nota agria de sudor infantil, aislamiento y un matiz salvaje que Amelia no logró identificar. Los muebles eran mínimos: una cama pequeña con sabanas revueltas, una alfombra gruesa y juguetes de madera intactos, alineados con una precisión obsesiva en un rincón, como si nunca hubieran sido tocados.

​En la esquina más alejada y oscura del cuarto, entre la pared y el armario, había una silueta encogida.

​Amelia dejó su maleta junto a la puerta y dio un paso lento, cuidando de no hacer ruido.

​—¿Mateo? —susurró con voz suave, bajando la intensidad de su tono para no sobresaltarlo.

​Un gruñido bajo, ronco y sorprendentemente profundo para un niño de cuatro años, vibró desde el rincón. No era el llanto de un berrinche infantil; era un aviso de advertencia puramente animal.

​Amelia se congeló a dos metros de distancia. Acostumbró sus ojos a la penumbra y sintió que el aliento se le atascaba en la garganta.

​El niño estaba agazapado en el suelo, envuelto en una manta raída. Tenía el cabello castaño revuelto y la piel pálida, pero lo que heló la sangre de Amelia fueron sus ojos: unos iris de un amarillo dorado irreal, que brillaban en la oscuridad con una intensidad feroz y desconfiada. El pequeño temblaba de la cabeza a los pies, enseñando unos dientes pequeños pero afilados, con las manos apretadas en puños contra el pecho. Sus uñas no eran comunes; eran gruesas, oscuras y curvas, casi como pequeñas garras.

​—Está bien... no voy a hacerte daño —dijo Amelia, arrodillándose despacio para quedar a su misma altura en el suelo.

​Al bajarse a su nivel, el niño soltó un siseo agudo y se pegó aún más a la pared, respirando con una agitación desmedida. Amelia notó marcas rojas en sus muñecas, como si hubiera intentado liberarse de algún agarre antes, y el pánico puro que emanaba de su pequeña figura. Aquel niño no era malo ni salvaje por opción; estaba aterrorizado, acorralado y profundamente traumatizado.

​Olvidando las advertencias de Elena y la extrañeza de los ojos dorados del menor, el instinto de cuidado de Amelia se impuso. No vio a una criatura peligrosa; vio a un paciente, a un niño pequeño abandonado en la oscuridad.

​Sin hacer movimientos bruscos, Amelia se sentó con las piernas cruzadas sobre la alfombra, a una distancia segura, y metió la mano en su abrigo. Sacó un pequeño paquete de caramelos de miel que siempre llevaba consigo para sus turnos en el sanatorio. Desenvolvió uno despacio, dejando que el crujido del papel resonara en el silencio.

​—Tengo algo dulce aquí —murmuró con calma, sin mirarlo directamente a los ojos para no interpretarse como una amenaza—. No me voy a acercar. Si quieres, puedes quedártelo.

​Colocó el caramelo sobre la alfombra, a medio camino entre los dos, y luego volvió a cruzar las manos sobre su regazo, esperando en silencio.

​El pequeño Mateo dejó de gruñir poco a poco. Sus ojos amarillos se clavaron en el dulce y luego en Amelia, analizando cada uno de sus movimientos con una astucia y una hipersensibilidad que no pertenecían a un humano común. El silencio se prolongó durante varios minutos, pesado y expectante, mientras la llovizna comenzaba a golpear los cristales exteriores de la mansión.

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Lobelia
muy buenas el capitulo 💯
Lobelia
está muy buena
Miriam Josefina Vander Spoeltel
esta demasiado buena escritora no tardes mucho en actualizar xfaaaaaaaa gracias
Celina
💯💯👏👏me gusta
Celina
excelente gracias por compartir
Celina
super buena está historia
Lobelia
esto se está poniendo bueno 💯💯
Lobelia
💯💯💯💯
Lobelia
me gusta
Fernanda
💯💯💯💯💯👍
Fernanda
💯💯💯💯
celimar
muy buena l historia 💯
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