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YO SOY ANA KARENINA

YO SOY ANA KARENINA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Época
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.

Pero el destino le concede una segunda oportunidad.

Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.

También conoce un secreto.

Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.

Ana no piensa permitir que esa historia se repita.

Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.

Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.

Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.

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El Peso de las Máscaras

El sol de octubre se filtraba apenas a través de las pesadas cortinas de terciopelo bordó en el gabinete de lectura de Ana, proyectando sombras alargadas sobre la caoba pulida del escritorio. Las semanas posteriores a la publicación del comunicado imperial habían transcurrido con una calma tensa y calculada en San Petersburgo. Los salones de la alta aristocracia, que antes resonaban con cuchicheos venenosos sobre el fallido arresto y la supuesta locura de la señora Karénina, guardaban ahora un silencio reverente y temeroso ante el manto de protección con el que el Zar Alejandro II la había cubierto de forma pública e inexpugnable.

Ana sopesó entre sus dedos una pluma de plata de fina manufactura, contemplando la correspondencia acumulada sobre la mesa. Entre las misivas, destacaban tarjetas de invitación en cartulina con finos filigranas de oro provenientes de las damas más influyentes de la corte de San Petersburgo —aquellas mismas mujeres que, meses atrás, fingían no verla al cruzarse en los pasillos del teatro o en los paseos de la avenida Nevski. Una leve e imperceptible sonrisa de amarga satisfacción se dibujó en la comisura de sus labios. La sociedad aristocrática de San Petersburgo no rendía culto a la virtud ni a la verdad, sino únicamente al poder bruto, y en ese preciso instante, Ana encarnaba el favor absoluto del soberano de toda Rusia.

La puerta de la estancia se abrió suavemente tras dos golpes discretos. Ivanov, el fiel y siempre eficiente asistente personal del Zar, ingresó al aposento portando una pequeña bandeja de plata sobre la cual descansaba una carta sellada con cera roja e insignia imperial.

—Señora Karénina —saludó el asistente inclinando la cabeza con el nivel exacto de protocolo y respeto institucional que el propio Zar le había exigido guardar frente a ella—. Su Majestad ha dispuesto que se le entregue esta comunicación de manera inmediata y sin intermediarios.

—Gracias, Ivanov —respondió Ana con voz suave, serena y pauseda, extendiendo la mano para tomar el pliego—. ¿Cómo se encuentra el Zar en esta jornada?

—Abrumado por las exigencias de la cancillería y los despachos militares, señora —contestó Ivanov, observando con detenimiento el rostro inexpresivo de la dama—. No obstante, Su Majestad ha reiterado que su visita de esta noche a esta residencia se mantendrá según lo programado en su agenda privada.

—Comprendo. Asegúrate de que los guardias de la entrada mantengan la máxima discreción al momento de su llegada —indicó Ana mientras rompía el sello de cera de la misiva.

Ivanov hizo una nueva reverencia y se retiró del gabinete con pasos silenciosos, dejando a Ana a solas con el mensaje del soberano. La caligrafía de Alejandro II era firme, enérgica y trazada con la prisa propia de un hombre que gobernaba un imperio colosal.

«Mi amada Ana: Las obligaciones del Estado consumen las horas del día con una pesadez insufrible, pero el único pensamiento que sostiene mi espíritu es la certeza de encontrar refugio en la calidez de tus brazos esta noche. He dispuesto que el Conde Shuvalov ajuste las partidas de la guardia en el distrito para que tu paz no sea alterada por miradas impertinentes. Eres mi único oasis de verdad en medio de un mar de lisonjas y traiciones. Tuya es mi protección eterna. Alejandro.»

Ana releyó la nota lentamente, fijándose en la intensidad de las palabras escritas por el monarca. La devoción que el Zar profesaba por ella era genuina, ciega e inquebrantable, moldeada con maestría a través de la fragilidad fingida y la entrega pasional que ella le demostró en la alcoba imperial. Sin embargo, la razón calculadora de Ana jamás se permitía el lujo de dormirse sobre los laureles de un afecto imperial. Sabía perfectamente que en la corte de San Petersburgo el favor de un Zar podía ser tan volátil como el viento del Neva si no se afianzaba con alianzas sólidas y un control estricto de la información.

Se levantó del escritorio y caminó hacia el ventanal, observando el patio interior de la residencia. A través del cristal pulido, vio a su pequeño hijo Seriozha jugando junto a su ayo bajo la atenta y vigilante mirada de dos guardias de uniforme sobrio apostados en el portón. La imagen de su hijo, libre de la sombra amenazante y opresiva de Alexéi Karénin, reafirmó la frialdad de sus convicciones. Había muerto una vez en el fango de la desesperación y el olvido social; no dudaría en utilizar todas las herramientas a su alcance para asegurar que ni ella ni su hijo volvieran a pisar ese abismo jamás.

A media tarde, una de las sirvientas enviadas por la cancillería anunció la llegada de una visita imprevista. La Princesa Betsí Tverskaya, antigua confidente y figura central de los salones más selectos, aguardaba en la sala de recibo. Ana descendió las escaleras con paso firme y pausado, manteniendo la cabeza erguida y una expresión de perfecta serenidad.

Al entrar a la sala, la Princesa Betsí se puso en pie de inmediato, haciendo una leve inclinación que denotaba una marcada mezcla de curiosidad, cautela y sumisión forzada.

—Querida Ana... qué alegría tan inmensa constatar que te encuentras plenamente restablecida tras semejante y lamentable malentendido —expresó Betsí con un tono acicalado, buscando descifrar en la mirada de Ana algún rastro de debilidad.

—Agradezco tu visita, Betsí —respondió Ana con una sonrisa tibia que no llegaba a reflejarse en sus ojos oscuros—. Como bien sabes, la justicia e integridad de Su Majestad Imperial han dejado las cosas en su debido lugar, limpiando cualquier mancha que la envidia ajena pretendiera colocar sobre mi nombre.

—Por supuesto, por supuesto —se apresuró a asentir la princesa, abriendo nerviosamente su abanico de plumas—. Toda la corte celebra la nobleza de nuestro soberano al enmendar el error de sus subordinados. De hecho, la sociedad entera aguarda con ansias tu retorno a los bailes de la temporada en el Palacio de Invierno.

—Mi lugar está donde mi paz y la voluntad de Su Majestad así lo requieran —sentenció Ana con voz firme, acortando cualquier intento de indagación sobre su vida privada—. Los compromisos vanos de la corte carecen de importancia ante el deber y la gratitud que guardo para con la corona.

Betsí Tverskaya captó de inmediato el mensaje implícito: la vulnerable y acorralada Ana del pasado había desaparecido por completo. En su lugar se erguía una mujer consciente de su inmenso poder, protegida por el propio soberano y capaz de destruir cualquier reputación con una sola palabra al oído del Zar. La visita concluyó poco después con cumplidos vacíos y reverencias apresuradas por parte de la visitante.

Al caer la noche, la residencia quedó sumida en un silencio pacífico. Ana, ataviada con un sobrio vestido de seda carmesí que realzaba la palidez de su piel, aguardó en la sala principal la llegada del carruaje discreto que traía al hombre más poderoso de Rusia. La partida de ajedrez en la cima del Imperio estaba en pleno desarrollo, y ella estaba dispuesta a jugarla hasta el final.

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Gleirys Carolina
😅😅
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa
EspirituCreativo: 🤭 Nuestra ana vivió mucho algo tuvo que aprender
total 1 replies
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